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Camden Lock

Más de uno nos sobrecogimos el sábado pasado al ver Camden Lock reduciéndose a cenizas a causa del fuego, y casi tanto al escuchar que los informativos reducían el famoso mercado londinense a unas cifras: atracción turística, medio millón de visitantes semanales, llamas de diez metros de altura.

Si todas las ciudades tienen un lugar al que siempre me gusta volver -la orilla este del Guadalquivir sevillano, cierta librería de la calle Larios, los metros que hay de la calle Arenal al Palacio Real, los canales más oscuros de Venecia y otros tantos sitios cuyo nombre no recuerdo o desconozco, si es que lo tienen-, el sitio digno de peregrinación perenne que corresponde a Londres es Camden Town. Creo que no ha habido vez que haya puesto los pies en una estación de metro londinense, por apretada que fuera la agenda del viaje, sin que haya buscado la Northern Line -que es curiosamente la línea negra-, seguramente desde Leicester Square, para dirigirme al norte, Warren Street, Euston, Mornington Crescent, mientras los vagones se van vaciando de almas de urbe y sólo van quedando turistas y esa especie semihumana que puebla Camden Town.

Los provincianos, que sentimos una atracción terrible por lo exótico, solemos caminar por Camden St., recién salidos del metro, como si un bautismo lumínico nos hubiera abierto a un mundo de dimensiones desproporcionadas: en Camden Town no hay razas, no hay hombres, no hay convenciones. Todas las modas de la historia de la humanidad convergen y resurgen en un mestizaje estético inválido en los barrios convencionales que habitamos nosotros, los convencionales, los mediocres. Las fachadas se atreven a romper con los monótonos gris y marrón británicos, desprendiendo fucsias y pistachos, decorándose con prendas de vestir estrafalarias, accesorios que van de lo hortera a lo lóbrego, setas alucinógenas y frijoles saltarines, hombres cartel, mechandising de cine y videojuegos de los años setenta y ochenta, baratijas de mercadillo, tiendas de discos y puestos de comida demasiado rápida.

Me gusta subir por Camden St. hacia Camden Lock, el núcleo del barrio. Allí, al tacto húmedo y denso del aire londinense se suman todos los ingrendientes de las comidas, china, india, japonesa, libanesa y sabe Dios de dónde más. Los mercachifles de la bazofia internacional estiran las manos peguntosas ofreciendo a gritos todo tipo de manjares que huelen a especias, a caldo chino, a carne, a pasta, a tantas cosas que son tan diferentes y saben tan parecido. Esos puestos se intercalan con tiendas de ropa y, al otro lado de alguna puerta que se abre como un hueco en la pared, se empotran tiendas de discos en las que uno disfruta entretenido, viendo carátulas de recopilatorios de Los Ramones o de conciertos piratas de Kent, los discos más famosos de REM o algunas rarezas inéditas de Radiohead, algunas veces incluso a buen precio.

Camden Town tiene vida propia, no es un mero mercado, no es una atracción turística más. En las aceras, entre los puestos, parece acumularse toda su historia, desde el siglo XVIII, recogiendo lo más significativo de la edad de oro del punk, hasta la actualidad. Creo que además de salir de las habitaciones en las que dejamos pasar nuestras vidas y enquistarse nuestros tópicos, hay que ir a lugares así, donde el mejor monumento que se puede admirar es un catálogo heterogéneo de personas, de historias que se cruzan, y cruzarse con ellas. El pasado sábado, cuando las llamas devastaron Camden Lock, y estos días, mientras se llevan a cabo los trabajos de demolición, las zonas afectadas van más allá de los tenderetes, los locales y los edificios. La ira de Vulcano -tradicionalmente ensañanda con la ciudad de Londres- ha atacado una parte importante de los cimientos de quienes viven y trabajan allí, de quienes hemos paseado por Camden intentando empaparnos de cada uno de sus haces grises de luz, de cada una de las personas con las que nos cruzamos en los mercados. El sábado, al correr por todo el mundo la noticia del incendio, supimos que estaba ardiendo hasta el derrumbe algo más que Camden.

 

 

Camden Lock

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