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«Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», pensé el dÃa que la conocÃ, o tal vez lo dije en voz alta pero nadie me prestó atención, en aquella taberna irlandesa del Realejo donde las guiris se emborrachan con dos sorbos de cerveza y los estudiantes sin pareja van a mirarle a las erasmus gordas el escote hiperbólico, el tanga y las lorzas que asoman entre la camiseta de tirantes y la minifalda. «Te recuerdo, Amanda», recordé, porque cuando conozco a alguien juego en silencio a buscar alguna canción con su nombre, Alicia, Lola, Noelia, Angie, Eloisse, Penélope o Yolanda. Conocà a Amanda, «Te recuerdo, Amanda», una noche al final un verano, sentados varios amigos alrededor de una mesa en una taberna, charlando, sobre todo Amanda, que hablaba de la gente de su barrio, casi entrando en un monólogo que a veces parecÃa medido. Estuvimos allà durante algo más de una hora, bebimos poco, rodeados de las erasmus que a veces chillaban si empezaba a sonar una canción hortera, Amanda dirigiendo la conversación, pronunciando unas palabras que he olvidado y porque no forman parte de esta historia. Después de aquella noche no volvimos a vernos hasta varios meses después.
Amanda es una persona normal, con algunos distintivos, habilidades y defectos que la distinguen del resto de la gente como nos diferenciamos todos de los demás, con cierta habilidad para el relato oral, para imprimir a cada frase cierta contundencia espontánea, sin alcanzar la gloria de la genialidad, lejos del fango de lo miserable o lo grotesco, capaz de enamorar a alguien o de ser despreciada o envidiada, una compañÃa agradable para pasar las tardes y las noches de verano; por eso me sorprendió que hace unos dÃas me sugiriera escribir la historia de su vida, porque no hay nada especial en ella, ni la grandilocuencia de las grandes conquistas ni el espanto de un crimen secreto, tal vez el sentimiento apasionado de un amor que ella creyera único, quizás el nombre una canción, «Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», que cuenta una historia distinta a la suya.
Meses después de conocer a Amanda, en diciembre, viajé a Madrid para pasar unos dÃas, pasear por el centro y charlar con Sebas L., entre otras cosas. Allà conocà a Grecia, mucho antes incluso de saber de su existencia: entré a la FNAC, compré Travels in the Scriptorium de Paul Auster y algún volumen de cuentos de Edgar Allan Poe, y Grecia estaba en la caja, uniformada, el rostro joven aunque algo serio, el pelo suelto, balanceándose junto a las ondas morenas unos pendientes de color verde hechos a mano. No supe quién era Grecia hasta mucho tiempo después, no supe qué relación tenÃa con la historia que hoy les cuento porque no era más que un rostro al otro lado de una caja, una mano que cobra, quizás un amor o una desdicha o ambas cosas detrás del anonimato, alguien que no me conocÃa y que quizá me leyera como usted, alguien como yo mismo. Aunque tiempo después tuve noticias de Grecia, jamás volvà a verla, nunca cruzamos una sola palabra y hasta hoy no pensé escribir sobre ella, porque Grecia es una persona como otra cualquiera, no conozco de ella ninguna historia digna de ser escrita, su vida, en esencia, puede considerarse similar a mi vida, similar a la vida de mis lectores: si la pudiera relatar, la gente verÃa en ella a una hermana, a una compañera de trabajo, a una hija.
Durante el tiempo que estuvimos sin vernos, supe de Amanda que trabajaba y que algunos fines de semana salÃa de viaje como salimos todos de vez en cuando para huir de Granada. La ciudad cada dos semanas se vuelve como un gas venenoso. Hablábamos de cuando en cuando, mostrábamos un interés general por nuestras vidas, sin entrar en detalles, lo único que pude percibir en ella fue un brillo diferente en la voz, quizás una forma reÃrse sincera, similar a la que A. Infante solÃa decir que tienen las mujeres que ya no son vÃrgenes. Sin embargo, cuando volvà a verla, tiempo después, habÃa desaparecido buena parte de su labia, bajo sus ojos habÃa una sombra del color del atardecer, el iris de color mate, la pupila cansada o triste: era la erosión de las lágrimas, eran las marcas del llanto, y el llanto no era más que un sÃntoma de la angustia, la implacable acuosidad de la tristeza, pensaba yo, «te recuerdo, Amanda, la calle mojada».
La vida de Amanda seguÃa siendo común, vivÃa en Granada como viven los gorriones de la Vega, en bandada, trabajando, disfrutando de alguna puesta de sol. Supe después que los cortos viajes que la llevaban algunos fines de semana por los pueblos de Castilla-La Mancha se debÃan al amor y no al ocio, no al amor común, sino al misterio silencioso de un amor secreto que, hasta hoy dÃa, permanece oculto por excusas y mentiras. Me lo dijo Amanda, con la voz temblorosa y la mano desatinada, aquel dÃa en que descubrà en sus ojos doloridos la pena, extendiendo el brazo por encima de una mesa del bar donde nos solÃamos ver, mostrándome una foto en la que aparecÃa ella junto a otra mujer, más joven, morena, de fondo los molinos inertes de Campo de Criptana. «Es ella», me dijo, «también me ha regalado estos pendientes que ha hecho ella a mano», los llevaba puestos, de un color verde que se me antojó tópicamente de esperanza, suspendidos entre el pelo rubio de Amanda. No sé cómo se conocieron Amanda y Grecia, no sé cuánto tiempo llevan viéndose cada dos semanas en algún pueblo de La Mancha, tampoco es interesante para esta historia que no es la historia de dos mujeres, sino la historia de todos los hombres, de la miseria de la humanidad, del hundimiento de una especie en el lodo de la crueldad.
Se enamoraron Amanda y Grecia, la mujer a la que nunca conocÃ, como se enamoran todas las personas, creyendo que su amor es único y eterno, deseándose en las esquinas desiertas de un hotel o a través del hilo telefónico, y además, construyendo una burbuja que las ocultara de los comentarios y de las miradas indiscretas del barrio de Amanda, de los rumores urdidos a la ligera, del juicio de los hombres legos en amores. Amanda y Grecia se esconden para verse fugitivas de la mirada miserable de los hombres que las miran como se miran las rarezas circenses. Más allá de la incomprensión hay siempre una madriguera angustiosa. Amanda y Grecia se han perdido los besos en los parques, los paseos en Navidad por el centro de Granada, las siestas en la playa tumbada una encima de la otra.
Amanda me sugirió que escribiera sobre ella, quizás porque necesitaba abrir una ventana hacia el exterior para vencer la claustrofobia del secretismo absoluto, pero no habÃa nada que contar aún, pensé, quizás la historia de un amor, quizás el peso del secreto que ahora brota en los ojos de Amanda, semanas, quizás meses, antes de que por fin se deje ver paseando de la mano de Grecia. Ni siquiera he podido relacionar, al más puro estilo de los estudiantes de literatura comparada, la historia de Amanda y Grecia con la Amanda de VÃctor Jara, porque esta no es la historia de dos nombres, no es una historia con fechas, es el germen que brotó sutilmente de la voz de Amanda, «esto da para mucho, podrÃas escribir mi historia», y yo pensé que no querÃa escribirla, se la dejo a ella para que la narre en primera persona, que salga de la asfixiante guarida de lo oculto, que hable como hablan los enamorados, aquà nos conocimos, allà cenamos por primera vez, mientras yo hablo de los hombres, de la verdadera historia que cuento hoy, la que se empieza a extinguir como los dinosaurios, la historia de aquellos cavernÃcolas que ven a Amanda huir algunos fines de semana, aquellos que no sabrÃan verla cogida de la mano de Grecia porque aprendieron a censurar lo que les parecÃa diferente al identificarlo con lo perverso, porque aprendieron a considerar perverso lo que despertaba en ellos la lujuria o la curiosidad de una sexualidad amordazada ente dos cojones y que no pertenece a maricones ni bolleras. Esta es la historia de la felicidad llorosa de dos personas, la vergüenza moral de los hombres que no llegaron a entenderse a sà mismos a través de aquellos otros a los que creen diferentes. Será la historia de las personas que un dÃa, pronto, consigan empalagarse de la palabra libertad.
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 Piscina natural en La Granja de Granadilla
Ladridos de perro irrumpen en el rumor de las aguas,
realza el rocÃo las flores de melocotonero.
Li Bai, traducido por Anne Hélene Suárez Girard.
Siempre que cierro los ojos cerca del agua recuerdo la misma imagen, la de un cuento que no leÃ: me contó mi madre que Max Aub describÃa con total precisión en un relato la visión de los granos de arena vistos a ras de suelo, el mosaico de colores, la nitidez de los más cercanos, los más alejados volviéndose borrosos con la distancia. En la piscina natural de Granja de Granadilla no hay arena, pero lo recuerdo ahora que me he quedado solo, tumbado en el césped y con los ojos cerrados. Me irá venciendo el sueño con Ãmpetu irregular, frenando su asedio para sortear el mosaico de sonidos, la nitidez de los ladridos del perro que se llama Arco, los gritos de Marcos, el niño que juega con él, el rumor borroso del rÃo y el rumor pastel del gentÃo. Es éste el momento de escribir, antes de tomar papel y bolÃgrafo, apartado de la inspiración y otras religiones, escucho e intento construir, hablo en silencio de la gente, del sonido, del tacto de la toalla tendida en el césped, del eco lejano de un ciclomotor que se acerca lento por la próxima carretera. ¿Dónde está la poesÃa? ¿Acaso no hay belleza en lo más vulgar? Sin duda habrÃa que inventarla para la hubiera, en vano tal vez, pienso, ahora que recuerdo el comienzo del primer poema que se conserva de Li Bai, en el que ladraba un perro violando deliberadamente todas las convenciones estéticas de la poesÃa de la dinastÃa Tang. Cierro los ojos cerca del agua y escucho a Marcos gritarle a Arco, escucho el rumor lejano del agua y de un ciclomotor que pasa por la carretera, junto al césped; quién querrÃa escribir sobre los ladridos de perro, quién describir el horrendo sonido de los vehÃculos a motor.
Me vence el sueño de la media tarde: ha sido alimentado por una brisa fresca llena de rÃo, por un peso que masajea los párpados, que son inmunes a la luz y casi inmunes al sonido de los motores y de los animales. A una hora indefinida de la media tarde, viene el sueño, la paz de la Extremadura deteniendo el flujo de la sangre y el flujo del pensamiento. Se apagarán las ideas cuando se apague tras la arboleda el sonido del motor que empieza a alejarse, lento como el sol de la tarde o como la sombra de los sauces. No se puede escribir en las piscinas, pienso, aquà no hay maestros taoÃstas, no hay ningún gurú de la palabra.
Ya no se escucha Marcos y Arco, tal vez se hayan marchado, sólo perdura en primer plano el sonido del ciclomotor, que cesa una fracción de segundo y se estampa en un estruendo de asfalto y carcasa. Entorno los ojos con la cabeza vuelta hacia la carretera y veo a un hombre levantando raudo el ciclomotor del suelo mientras varios zagales se levantan divertidos para observar de cerca al accidentado, uno de ellos dando una palmada. Imbécil, pienso. Qué tosca serÃa la poesÃa si dependiera de la mera realidad, no serÃa ni poesÃa, apenas serÃa. Imbéciles, qué sórdido y aburrido es el humor fácil, la cáscara de plátano, encefalograma plano divertido por la desgracia ajena, y a la vez qué humillante por cómica es la torpeza. Humor y horror se confunden con una frecuencia apabullante, la misma frecuencia con la que uno encuentra gente de carcajada fácil y ruidosa, habitantes de las aceras, niños que suben cuestas en bicicletas encabritadas, ensayando quizás piruetas que hacer sobre un ciclomotor, con un casco torcido como una boina francesa.
Qué escasez de poesÃa allá donde mire, incluso cuando cierro los ojos. Qué triste existencia del mundo más allá de mis párpados o, tal vez, qué facilidad para reconocer la vulgaridad en cualquier viento, qué siniestro modo de ver la faz mÃsera del prójimo, quizás para ensalzar la probablemente inexistente virtud propia.
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Alguien me dijo, lo he contado ya varias veces en estas páginas, parafraseando no recuerdo a qué autor, que la literatura consiste en mentir bien la realidad, es decir, en hablar de uno mismo sin que se sepa que es uno mismo el protagonista del texto. Es una sentencia que siempre he relacionado con esa otra que reza que la realidad supera siempre a la ficción, porque al fin y al cabo la literatura es un sucedáneo de la realidad, de una realidad bien mentida para suscitar el interés que ciertas verdades no inspiran.
En ello pensaba hace unos dÃas viendo a lo lejos el Castillo de Feria, erigido por encima del pueblo, gobernando el paisaje en kilómetros a la redonda: a la hora del ocaso, un hombre convertido en vampiro podrÃa saltar de una de sus ventanas para iniciar en el valle una caza de vÃrgenes. Aún no entiendo la asociación de ideas, pese a la similitud que puede tener la fortaleza de cualquier villa con el castillo de Drácula, debió ser que a esa hora de la tarde yo ya pensaba en la noche clara y en la sombra del castillo alzándose, señalando al cielo como una maldición que le acusara.
Pero dejamos el coche junto a la Iglesia y continuamos la ascensión al Castillo a pie, por la madeja de calles del pueblo, que parecÃan los infinitos tentáculos enredados de un pulpo que era el Castillo, siguiendo las señales que indicaban unas calles mientras eran otras las que nos mostraban el castillo. Aquel pueblo era un falso engaño. Cuando alguien coqueteó con la idea del fracaso de nuestra visita, «tanto subir cuestas para que ahora el castillo esté cerrado», dijo, recordé a K. en cualquiera de sus intentos de acceder al Castillo de Kafka, subiendo por calles como un laberinto de espigas, salvando las diferencias, porque nosotros fuimos a Feria una tarde en la que el calor era más plácido que sofocante -la nieve sin duda habrÃa exagerado la belleza del castillo, lo habrÃa dotado de una luz desoladora, más aún sabiendo que se trata de algo real y no fingido-.
Pero el Castillo estaba abierto, a su entrada una mujer en un escritorio, el resto de las estancias vacÃas, sólo los insectos y el vacÃo fantasmal del eco vagaban por sus habitaciones como guardianes de una enorme cripta. A sus pies el pueblo de Feria con forma de estrella de cinco puntas, quizás acentuando una maldición que yo imaginaba, pero creo que fue Susana quien encontró allÃ, en lugar del origen de un maleficio, la inspiración para una fábula: «Mirad ahÃ, una mariposa, parece la misma que vimos la última vez, será la princesa del castillo que adopta forma humana en las noches de luna llena», y yo tuve que hacer un esfuerzo para imaginar, a la luz del plenilunio, la transfiguración de la mariposa en una doncella ataviada con blanco de luna brillante o nebuloso, diadema con una constelación de diamantes, espera ahogada en la impaciencia por la tardÃa llegada de un joven noble quizás con forma de halcón o negro corcel, porque mis imaginaciones apenas entendÃan al morador alado que era la mariposa como un habitante maldito y sin duda capaz de una conversión espectral o demonÃaca, como imaginaba de niño la siniestra presencia de los caballitos del diablo.
K. no habrÃa llegado jamás hasta esas torres, a lo sumo habrÃa partido de allà buscando una salida sin encontrarla, se habrÃa convertido en un fantasma de Canterville agrio, sin comedia alguna, por la sencilla razón de que Kafka habrÃa construido una historia a través de la realidad, narrando en tercera persona el tedio de una ascensión penosa. La breve leyenda Susana habÃa sido una mera improvisación basada en ficciones anteriores, un atisbo de literatura desligado de la presencia del mundo real, del terreno que se extendÃa en kilómetros a la redonda y del castillo que se alzaba junto al pueblo en forma de estrella de cinco puntas.
AllÃ, en el lugar más inesperado, habÃa encontrado otra de las espinas de la literatura.
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I. Un hombre pisa suelo común, asfalto, adoquines, losas, incapaz de intuir a unos metros bajo el suelo la posible existencia de objetos de más de dos mil años de antigüedad. Frente a él, se alzan las ruinas parcialmente reconstruidas de un templo que recibe el nombre de una diosa a la que nunca rindió homenaje: Diana. La ciudad, que ahora se llama Mérida, le mira cara a cara con vanidad.
II. Acteón contempla con lascivia a Artemisa. Más allá de la belleza de la diosa, a quien en Roma llamarán Diana, Acteón es ineluctablemente atraÃdo por el bien guardado misterio de su anatomÃa, por el peligro vigente que supone la profanación visual de la virginidad de Artemisa. En medio de un vórtice de adrenalina y atracción sexual, Acteón es descubierto por Artemisa, convertido en venado y devorado por sus perros de presa.
III. Durante el siglo XVII, el falso templo de Diana fue utilizado como vivienda. Podemos imaginarlo habitado por un noble y por su familia, por una doncella tal vez. Y tal vez podamos imaginar al vulgo pasar ante el templo de Diana desviando la mirada para descubrir entre sus columnas la inalcanzable presencia de una mujer preciosa.
Unos metros calle arriba, desde las ruinas de un complejo monumental, la cara de la Medusa vigila al paseante que curiosea por las calles de Augusta Emerita.
IV. Acteón, o quizás su sólo su mirada mitológica reencarnada en otro hombre, uno contemporáneao, se yerge sobre el asfalto observando el templo de Diana. Más tarde descubrirá que entre las columnas del templo vislumbraba la imaginación de un futuro lejano. La reencarnación de Acteón se mira a sà mismo en el espejo de Mérida, que es la reencarnación de Augusta Emérita, dos hombres, dos tiempos, una sola intuición: la de una construcción futura y monumental que sobreviva más allá del tiempo. El nombre de Artemisa transfigurado y encarnado en un templo que no le pertenece, el nombre de Acteón repetido milenios después, en tercera persona, en otro cuerpo, la pervivencia intuitivamente eterna del nombre verdadero, quizás la inmortalidad a secas, configura el fin de todo hombre.
Tags: Acteón, Diana, Mérida
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Tal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al rÃo en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.
Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondÃamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efÃmera. Padi solÃa cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a LucÃa e Irene.
Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacÃo y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del rÃo -si aún vive allÃ-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subÃamos, Padi, LucÃa, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertÃa de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oÃdo la voz de un hombre, venÃa de allá, quizás haya alguien», decÃa Irene o LucÃa, y nos detenÃamos en seco agudizando el oÃdo, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansÃa descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.
Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos detenÃamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y LucÃa tenÃan unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mÃo propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.
Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mà y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creÃmos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.
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Tiene el mismo rostro en esta foto reciente, la misma mirada ennegrecida de hachÃs, torcida de pena o tal vez de cansancio, quizás de impaciencia porque la agonÃa que siempre ha sido su vida se prolonga en los años como se dilatan las horas viles de una tortura intensificada sin sobrepasar la barrera de la muerte, torciendo el gesto de sus cejas y sus párpados inferiores para camuflar sin éxito y con fiereza la mÃsera marca de la penuria. Sé que él, que se llama Cebrián o eso dijo, ha sobrevivido porque el bálsamo del instinto y el fingimiento de la dignidad han frenado su caÃda como el agua cenagosa de un pantano amortigua el peso muerto y mineral de una pierda arrojada a sus profundidades, no con crueldad ni mala fe, sino con desidia e ignorancia. Por eso los rasgos de Cebrián eran y siguen siendo esclavos de unos párpados inflamados y unos ojos enrojecidos de hachÃs y una mandÃbula afilada como una navaja, a causa, tal vez, del hambre o de un agotamiento que le consume y quizás no entienda.
Tiene ese mismo rostro, el de aquel perro que era entonces, el dÃa que se me acercó en un bar al que yo habÃa entrado solo, la misma cara de zagal guapo desgastado por la erosión de unos pocos años duros, la camisa igualmente abierta y sin planchar, la cicatriz en el tabique nasal, el acento hiperbólicamente sevillano al decir «mostruo, me voy a sentá contigo, si no te molesta, vamo, camarero, pon una arbondiguita pa mi primo, asà no está tú solo y echamo un buen rato». Cebrián se sentó en mi mesa con otro hombre, de piel morena y pelo oscuro en los rizos y en el mentón, que vestÃa una camiseta rayas azules y negras ceñidas y me hizo pensar que para rematar su aspecto deberÃa lucir un ancla en su antebrazo musculado no por el deporte ni los gimnasios, sino por el trabajo o quizás la delincuencia. Cebrián comÃa con compulsión mientras el marinero desviaba la vista, compungida como en un pesar sobreactuado, y ese giro de la mirada era para Cebrián como una ausencia del oÃdo marino de su amigo, porque hablaba de él sin discreción, aparentando un grado creciente de compadrerÃa o fraternidad hacia mà similar al que se gasta en los confesionarios o en los despachos, «perdona si te he molestado», decÃa, «pero te hemos visto solo, y asà seguro que estamos mejor los tres, más a gusto, entre compadres», y alzaba la cabeza y pedÃa, «camarero, una cerveza pa mi primo», y yo remoloneaba entre trago y trago, en bocado y bocado, entre frase y frase, como si dilatar la conversación me hiciera ganar un tiempo que me permitirÃa marcharme sin ser descortés o desvelar mi desconfianza hacia Cebrián que sabrÃa fundada más tarde, cuando me dijo que tenÃa un problema, «anoche jodieron a mi amigo», hablaba Cebrián mientras el otro hacÃa como si no escuchara, «se fue con una puta y la puta le dio un palo, le quitó todo, todo el dinero, la documentación, la ropa, y yo estoy intentando ayudarlo, porque se tiene que ir a Madrid mañana, que acaba de nacer su primer hijo y no lo conoce todavÃa, asà que yo estoy pidiendo para juntar los cincuenta euros que le faltan para coger el autobús mañana», «qué putada», le dije, y mientras el marinero renegaba de la mendicidad de su compañero, «que no, hombre, que mañana me echo a la carretera y me voy a Madrid haciendo autostop», el pedigüeño daba trabajo al camarero, «camarero, ponte tres cervecitas más», y luego se giraba hacia nosotros haciendo gala de su ardor fraternal y de su generosidad, «si hace falta yo le pego un palo a alguien, por mi amigo lo que sea, de verdad, que yo soy todo corazón, porque ayer me fui a buscar a la puta y le di una somanta al cabrón del chulo, que era un moro culturista asû, decÃa separando los codos del tronco, «y yo soy capaz de coger a cualquiera, por mi amigo, y darle una paliza, pegarle un navajazo y quitarle lo que lleve para éste se vaya a conocer a su hijo, y si hace falta luego lo busco y le devuelvo el dinero, pero no quiero llegar a esos extremos, que te lo digo de verdad, que yo soy todo corazón, si tienes algún problema en Sevilla pregunta por Cebrián el de la Macarena, ¿de dónde eres tú? ¿de Granada? Yo conozco gente allÃ, en el barrio del PolÃgono, si tienes algún problema di que eres primo de Cebrián el de la Macarena, verás como no te tocan ni un pelo, y ahora estoy intentando ayudar a mi colega, ¿tú no lo harÃas?, por un amigo hay que dejarse la piel, ¿es o no es?, por un amigo lo que sea, lo juro por mis hijos que tienen uno tres meses y el otro cinco años, camarero, un par de cervezas más, tú nos dejas lo que lleves, y ya está, y esto lo pagamos nosotros, camarero, una tapita de merluza». Lo primero que pensé es que Cebrián no habÃa leÃdo un libro en su vida, seguramente tampoco habÃa visto demasiado cine y todas las historias que habÃa escuchado consistÃan en cuentos para chavales que las abuelas u otros chavales cuentan para tratar de construir algún tipo de mito a su alrededor, porque Cebrián tenÃa la habilidad de hilar frases que no llevaban a ningún sitio que no fuera mi cartera, construÃa una historia incoherente que se apoyaba tan solo en una vehemencia sobreactuada, en una pasión que no se correspondÃa con la presencia fiera de sus amenazas veladas, en una necesidad que se hundÃa en el derroche de platos y vasos, que a su vez pretendÃa darse un postÃn incoherente con el bar sucio en el que encontré a Cebrián y al Marinero. Cebrián no habrÃa sido nunca un buen novelista, no era ni siquiera un buen mentiroso, y seguramente el único rasgo cervantino que tenÃa era el hambre que le habÃa inspirado una picaresca que de puro vulgar no podÃa ser picaresca. No tardé en imaginar, aquella noche en que vi la cara ruda de Cebrián, la facilidad que tendrÃan los dos delincuentes barriobajeros en sacarme del bar o acompañarme cortésmente a la calle o darme charla hasta doblar la primera esquina de un callejón sevillano y luego limpiarme de un navajazo los cinco euros que llevaba en la cartera y el espacio que alojaba mi riñón derecho. Ni las novelas de Auster ni la poesÃa de Juan Ramón Jiménez contenÃan instrucciones o pistas sobre cómo defenderme de Cebrián y su amigo, tal vez Lorca habÃa escrito sobre el duende carmesà que brotarÃa a la luz de la luna cuando el resplandor amarillento de una navaja me desollara; quisiera creer que fue la inteligencia en lugar de la cobardÃa la cualidad que me incitó a entrar en su juego, aparentar que creÃa todas y cada una de las palabras que me contaban, fingir que me hermanaba con Cebrian de la Macarena y con su amigo el Marinero Putero, ocultar el desprecio que siento hacia la mentira y la prepotencia, aconsejarles y animarlos en su bella y falsa empresa de ir a cuidar un niño recién nacido hijo de putero, ayudar a un buena amigo, reparar los rasgos de unos rostros que ahora se mostraban compungidos, doblados, exagerados, deformados como si pertenecieran a un mundo diferente o como si fueran tan falsos como sus palabras. Fue cuando de manera más vehemente cuando me descubrà no odiando o temiendo a Cebrián, sino despreciándolo, sintiendo hacia él el desdén que se siente hacia una mala hierba o hacia la suciedad infecta de una vivienda y que, más tarde, descubrÃ, era el mismo desdén que Cebrián sentÃa hacia sà mismo.
En esta foto de CebrÃan que han publicado hoy en el periódico, aparece la misma mirada partida de desdén hacia sà mismo a la misma altura que la cicatriz de la nariz partida, con la cabeza alta y presuntuosa, saliendo de los juzgados con libertad condicional un dÃa antes de que lo mataran, según dice el pie de foto, los mismos que no supieron ajustarle las cuentas a través de los tribunales. No utilizaron más armas que sus brazos y sus piernas para tumbar a Cebrián a la salida de una taberna en una calle que desconozco y arrojarlo inconsciente al Guadalquivir, quizás con una fractura simbólica en la nariz, a la altura de la cicatriz que ya lucÃa la noche en que lo conocÃ, quizás después de buscar en sus bolsillos algunos gramos de cocaÃna, alguna china, algo de dinero, quizás acercándose a la barandilla del rÃo y alzándolo sin zarandeándolo, arrojándolo a las aguas como los narcos arrojan la carga para huir de la policÃa o como el destino arroja a algunos hombres al cieno de la vida -pero estoy seguro de que Cebrián, de haber estado despierto en el momento de morir ahogado, se habrÃa hundido alzando la barbilla y farfullando amenazas de muerte contra sus asesinos, porque lo único habÃa aprendido Cebrián para diferenciarse de un perro era el fingimiento de una dudosa o mal entendida dignidad-.
Ahora que Cebrián está muerto dudo de sus impulsos violentos, dudo de su facilidad para el asalto y el derribo y el robo violento, dudo de sus intenciones aquella noche, cuando lo conocà en aquel bar y le confundà con un perro de labia torpe, porque quizás no era más que un mendigo torpe. Al salir de aquel lugar les dejé a CebrÃan y al Marinero mi billete de cinco euros, «tu nos das lo que lleves y nosotros te invitamos», dijo Cebrián, y se despidieron dándome las gracias, el Marinero compungido como una plañidera haciendo ejercicios de calentamiento, Cebrián sonriente como si hubiera logrado algo más que cinco euros, como si hubieran encontrado algo realmente valioso al cruzarse conmigo, al irme de aquel lugar con la mano en el bolsillo buscando la cartera, el móvil, mis órganos vitales, mirando hacia a atrás más tarde, esperando que me siguieran para horadar en mi espalda un túnel que les llevara a un dinero que yo ni siquiera tenÃa. «Por un amigo lo que sea», habÃa repetido Cebrián una y otra vez, y ahora pienso yo que tal vez me equivoqué, que tal vez Cebrián murió defendiendo una causa tan justa como la amistad o el amor paternal, que no intentó pegarle a una puta en un recodo o en un portal, que frunció el ceño para asaltar a la gerencia de algún lupanar de mala muerte hallando allà precisamente la muerte mala que el mismo destino que le habÃa arrojado al légamo de la vida le habÃa deparado en un alegorÃa hiperbólica como su acento sevillano: morir hundido en fondo pantanoso de un rÃo sin tan siquiera bracear como un perro, quizás con un último estertor reflejo que inútilmente intentara evitar la asfixia, un estertor alegorÃa hiperbólica de aquel otro estertor metafórico del bar donde lo conocà mendigando, fingiendo torpemente, jugando a la dignidad sin mas destino que el cruel e insulso acto de morir.
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