Archivo de la Categoría “China”
Es divertido jugar con las palabras, buscar en sus sonidos la sugerencia que en ocasiones no encontramos a través del significado, disfrutar al pronunciarlas y escribirlas, pensar al articular cada sonido que en parte de nuestro cuerpo se desencadena una danza sonora. Por eso siempre he pensado que una mujer debe ser zalamera como una zagala, sin duda sus besos sabrán a una miel que se queda acariciando el paladar con su ele final.
Los hispanohablantes apenas experimentamos estas sensaciones -sobre todo si tenemos en cuenta que se suele hablar sin apenas pensar lo que se dice-. A finales de este mes todos pronunciaremos en más de una ocasión la palabra paz, de significado tan lejano que deberÃamos detenernos en su zeta para encontrar cierta armonÃa -que nos sugerirá una horizontalidad sublime-. Pensarán en esa horizontalidad los que sepan que el ideograma chino para la palabra paz, tiene su origen en la representación de una mujer bajo un techo -y quiero pensar que en la imagen la mujer cruza los brazos en espera calmada, en contra de otras teorÃas, más realistas pero menos románticas-.
Quiero pensar que fijarnos en lo que se puede conseguir con ciertas palabras, más allá de su significado, puede hacer que cambiemos bastante -y para bien- nuestra forma de pensar y actuar. Porque quizás algunos hombres, más o menos primitivos, necesitamos una mujer que construya la paz hogareña. Cada noche, en lugar de ir a la cama, envuélvanse en sábanas que suenen a seda, pensando en esa zagala zalamera que les trae de cabeza; intenten, la próxima vez que le digan a alguien que «se me hace la boca agua al decir tu nombre», que los labios endulzados se les humedezcan de verdad.
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De Tao Yuanming (o Tao Qian) me llamó la atención la imagen de bohemio ebrio y despreocupado que da en Bebiendo vino, despreciando toda utilidad del arte, escribiendo sólo por el placer de la escritura sin preocuparse ¿aparentemente? del resultado literario: «En cuanto me emborracho no puedo evitar escribir algunos versos para mi placer. Papel y tinta forman montañas, pero los textos no están en orden». Creo que leà a Tao Yuanming por primera vez poco antes o poco después de la pronunciación del discurso de Paul Auster en la entrega de los premios PrÃncipe de Asturias; fue por esa época cuando fui totalmente consciente de la inutilidad del arte -una inutilidad totalmente conciliable con la necesidad de expresión artÃstica-. Totalmente convencido de ello, supe que cualquier obra es innecesaria; ésta es la idea que llevo ya un tiempo barajando, atrapado entre la genial satisfacción de saciar una necesidad como la que provoca la escritura y su fruto, que es ninguno.
Hasta ahora no me habÃa dado cuenta de que la necesidad de la escritura desemboca en la satisfación de una necesidad que tiene un origen claro en la mayorÃa de las ocasiones: la creación de un mundo de ficción que nos permite, ebrios de imágenes literarias, sumergirnos en un cosmos que nos es totalmente ajeno y, por tanto, evadirnos de una realidad que no siempre nos es grata. La inutilidad de la literatura desaparece para convertirse en una herramienta imprescindible. Me he convencido de esto releyendo al borracho Tao Yuanming, que en alguna de sus composiciones -me he fijado particularmente en La fuente de las flores de durazno*- quiso claramente construir un mundo idÃlico que, además, era inalcanzable.
Una vez superada la inutilidad del arte, y entendiéndola como vÃa de escape, sabiendo cada cual de dónde quiere escapar, es un buen momento para que usted, lector -quizás pintor o poeta también-, se pregunte hacia dónde va, y se responda.
* No he encontrado en internet una traducción de La fuente de las flores de durazno de Tao Yuanming que me haya gustado especialmente. Si alguien está interesado en leer el cuento quizás pueda enviárselo por email.
Tags: China, Li Bai, Literatura, Tao Yuanming
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«Se han oÃdo allá en lo alto [en Ramá] voces de lamentos, de luto y de gemidos, y son de Raquel, que llora a sus hijos, ni quiere admitir consuelo en orden a la muerte de ellos, visto que ya no existen». Estas palabras de JeremÃas (31, 15) escritas allá por el siglo VI adC son, según San Mateo (2, 17), una profecÃa que se cumplió a principios de nuestra era cuando Herodes ordenó la matanza de los Santos Inocentes, una de las leyendas bÃblicas más populares, contada siempre como un capÃtulo decisivo de la biografÃa de Jesús, en cuya infancia se ha encontrado una figura ideal para hipnotizar religiosamente a los niños. Herodes el grande, antagonista en el mito bÃblico, sanguinario rey según algunos historiadores, propulsor de la cultura según otros, «mandó matar a todos los niños que habÃa en Belén y en sus contornos», unos pocos dÃas antes de su muerte en el año 4 adC. Para entonces MarÃa y José ya habÃan huido de Belén con Jesús, salvándolo asà de la matanza, poco después de la adoración de los Magos. (more…)
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Hace unos dÃas terminé un trabajo -que seguramente ustedes nunca leerán- en el que intentaba destripar los entresijos de la literatura a través de cuatro textos: el Gran prefacio de Mao, el Ensayo sobre literatura de Cao Pi, el Fu sobre literatura de Lu Ji y El corazón de la literatura y el cincelado de dragones de Liu Xie -de los cuales les recomiendo que curioseen al menos los dos últimos-. Mi reflexión sobre lo que teóricamente es o debe ser la literatura, visto desde la perspectiva de la antigua China, me llevó a una conclusión que durante un tiempo dudé en compartir: todo artista es un grandÃsimo mentiroso.
Digo que dudé en compartir esta conclusión porque seguà una serie de silogismos, de premisas más o menos dudosas pero que constituyen lo que hoy por hoy yo me atrevo a llamar realidad. Lo cierto es que creo que en estas páginas hay literatura -los calificativos peyorativos se los dejo a ustedes, que no seré yo quien tire piedras sobre mi tejado-, lo que me convierte en al menos un intento de mentiroso, algo a la altura de un caco de la palabra; pero parece que en los bajos fondos del arte también tejemos trolas, usamos la pluma como un cristal translúcido a través del cual miramos hacia el mundo obteniendo una visión más o menos favorable. Esa visión que llega a ustedes, que son quienes se emocionan, quienes se ilusionan -intuyo que quienes pasan página no están leyendo esto-, parece ser el producto de un tiempo empleado en medir la palabra. Lo cierto es que el poema espontáneo no me lo imagino fuera de un instituto, sin faltas de ortografÃa, tampoco sin tener de fondo a un adolescente onanista y melancólico o a una pava existencialista. Deduzco, por tanto, que todo el romanticismo que han leÃdo ustedes en su vida es tan sintético como la bolsa del supermercado en la que hacen la compra cada semana. Desprendo también de estas reflexiones que en la realidad no hay literatura alguna, estoy seguro de que más de una vez se asomó Juan Ramón Jiménez a la ventana, con pesadumbre matinal y agotadora, y exclamó: vaya mierda de dÃa. Lo siento por ustedes; pero más por mÃ, que a estas alturas me siento ese mago cabrón y frustrado que revienta los trucos. No se fien de los poetas.
Dudé en decirles que todo lo que lean es mentira, porque entonces estarÃa llamándome mentiroso a mà mismo, acusación que creo de las más graves que se pueden hacer. Y sin embargo, aquà sigo contándoles que todo lo que leen es falso, porque en algún momento de mis fluctuaciones recordé la paradoja de Epiménides, y pensando que en realidad miente todo el mundo, se me ocurrió que la diferencia entre lo real y lo falso no se vislumbra sino pasado el tiempo. Todo sentimiento, igual que la poesÃa, es falso mientras el tiempo no demuestre lo contrario; ese amor grandilocuente que se declara es un ardid, pero si existe una mÃnima posibilidad de la realización de algo, ésta pasa por dejarse caer en la posible trampa. Tendrán que dejarse engañar, tendrán que seguir leyendo, tendrán que creer en ese falso amor.
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Si he de ser sincero, mis conocimientos de Arte e Historia brillan por su ausencia, y quizás por eso me sorprendió lo que les voy a contar -aunque pensándolo bien puede ser de lo más normal del mundo-. Desde hace un tiempo vengo quejándome a ratos de la dificultad de encontrar ciertos textos chinos traducidos al español y, por extensión, del divorcio cultural que existe entre nuestra civilización actual y la China clásica, de la que parece que sólo hemos aprendido algunas técnicas de decoración. Sin embargo, poco a poco voy encontrando en nuestra cultura popular objetos importados, tras un largo viaje, desde China. El pasado martes, en una conferencia excelente titulada Filipinas, Puerta de Oriente, incluÃda en el ciclo de conferencias que esta semana ha organizado el Seminario de Estudios Asiáticos de la Universidad de Granada, Alfredo Morales (Universidad de Sevilla) habló de algunos objetos que llegaron al imperio español desde Manila, pasando por México.
Uno de los datos que aportaba era la influencia que habÃa tenido la porcelana china de la dinastÃa Ming (1368-1644) en la estética de ciertos enseres, que empezarán a fabricarse en España con los blancos y azules caracterÃsticos de los jarrones de esta dinastÃna. Alfredo Morales habló también de una mitra regalada a la Hermandad de San FermÃn que fue encargada desde México a Manila y, a su vez, desde Manila a China -he buscado la foto pero no he podido encontrarla-.
Pero quizás el más sorprendente de los objetos es uno que el folclore español ha absorvido y hecho suyo. El mantón de Manila, que se llama asà obviamente por su importación a través del puerto de Manila, en Filipinas, tiene sus orÃgenes también en la artesanÃa china. En la zarzuela La verbena de la Paloma se nos documenta muy bien sobre este detalle en el que no se suele reparar, cuando se cantan esos famosos versos: «¿Dónde vas con mantón de Manila? / ¿Dónde vas con vestido chiné?». Se pueden imaginar la etimologÃa de la palabra chiné.
En realidad parece que somos más chinos de lo que parecemos. Durante mucho tiempo España mantuvo un importante intercambio cultural con China que, precisamente ahora, en la era de las comuncaciones, parece haber desaparecido casi por completo, empenzando a retomarse de nuevo cierto interés por su cultura. Personalmente espero que las dificultades que tenemos para acercarnos a la cultura china quienes no hablamos la lengua de Han vayan desapareciendo. Por fortuna, podemos depositar una gran esperanza en aquellos que la investigan, quienes importan ya no sólo objetos, sino la cultura en sÃ.
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Paul Bitternut me sorprendió ayer con un regalo que creo que va a ocupar un lugar de lujo, cerca del alcance solÃcito de mi mano, en alguna balda de mi estanterÃa. Después de llevar tiempo buscando la traducción al español que Carmelo Elorduy hizo del Romancero Chino -habiendo tenido el tortuoso placer de manejar un ejemplar prestado- y que el dichoso libro no apareciera en ningún sitio, una especialista en sinologÃa me aseguró, como quien confirma la pena capital, que la edición en español del que es posiblemente el libro más importante de la tradición literaria china está descatalogado. -Para qué editar un clásico, pensarán las editoriales, habiendo lo que hay en las listas de los más vendidos, entre los que se encuentran las últimas obras de Torquemada y Ansar-. Tuve que redirigir la ampliación china de mi pequeña biblioteca hacia otras obras. La última adquisición, hasta ayer, fue Wen xin diao long (El corazón de la literatura y el cincelado de dragones), traducido, introducido y anotado por Alicia Relinque.
Pero Paul Bitternut me sorprendió ayer con un obsequio que creo que va protagonizar muchas de mis lecturas durante mucho tiempo, una antologÃa de poesÃa clásica china editada y traducida por Guojian Chen, de quien ya habÃa leÃdo Poemas de Tang, edad de oro de la poesÃa china, libro que recomiendo como todos los que lleven en el tÃtulo la palabra Tang. PoesÃa clásica china da un repaso a lo más importante de la tradición literaria de los hijos de Han, desde el siglo XI a.C, antes de ser hijos de Han, hasta la caÃda de la dinastÃa Quing a principios del siglo XX. No podÃa celebrarlo de otra forma que recitando -por obsesión- a Li Bai con el permiso de Guojian Chen:
«No dejéis vuestras copas ni un momento.
Os voy a cantar una balada,
y escuchadme todos atentos:
Para mà no importan nada
gongs, tambores ni manjares.
Sólo deseo una ebriedad perpetua.
Los santos y sabios del pasado
se quedan todos en el olvido.»
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Leo en 20minutos que la censura china ha dado via libre a YouTube. El gigante amarillo, futura potencia económica, según dicen, ha crecido a base de sudor y sangre, manteniendo a sus ciudadanos bajo control dictatorial. Ahora que desde PekÃn se empieza a construir una imagen moderna de China, ahora que está de moda todo lo que tenga que ver con los hijos de Han, yo me pregunto si es posible que en el siglo XXI se alce una potencia mundial con dos lacras: una es la pena de muerte -que por desgracia también vela por la seguridad de los estadounidenses-, que acabó en 2003 con 726 vidas en China, y la otra es la censura, presente también en Internet, que impide el acceso de los navegantes chinos al dÃa a dÃa de la red de redes. Dicen en 20minutos que «China es el segundo paÃs del mundo en número de internautas, con más de 170 millones de usuarios y las protestas de éstos contra el control que PekÃn quiere ejercer sobre la red arrecian dÃa a dÃa. Populares páginas web como Wikipedia, los blogs de Blogspot, Technorati y otros muchos siguen bloqueados, mientras que el portal de fotos Flickr, que también tuvo problemas de acceso en meses pasados, ha recuperado la normalidad». Lenguas de Fuego está también entre las páginas censuradas por razones que aún no hemos podido encontrar, quizás porque los que hacemos estas páginas admiramos la palabra, gran enemiga del silencio que acuna a los dictadores, y condenamos la opresión. China, la tradición que quizás mejor ha tratado las herramientas del lenguaje, sobre todo el escrito, aplica una censura ciclópea, y por eso ahora yo sà me gano la antipatÃa de su gobierno: porque maldigo todo lo que no sea libertad de expresión, maldigo todo lo que enmudece al hombre, porque en la otra cara de la China moderna que aparece en los folletos de Beijing 2008, está la China agrÃcola y pobre, cuya única esperanza es alzar la voz, porque sólo allá donde haya palabra libre, habrá vida humana. Ay de la nación que olvida sus grandes logros y vuelve a la barbarie.
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