Alguien me dijo, lo he contado ya varias veces en estas páginas, parafraseando no recuerdo a qué autor, que la literatura consiste en mentir bien la realidad, es decir, en hablar de uno mismo sin que se sepa que es uno mismo el protagonista del texto. Es una sentencia que siempre he relacionado con esa otra que reza que la realidad supera siempre a la ficción, porque al fin y al cabo la literatura es un sucedáneo de la realidad, de una realidad bien mentida para suscitar el interés que ciertas verdades no inspiran.
En ello pensaba hace unos dÃas viendo a lo lejos el Castillo de Feria, erigido por encima del pueblo, gobernando el paisaje en kilómetros a la redonda: a la hora del ocaso, un hombre convertido en vampiro podrÃa saltar de una de sus ventanas para iniciar en el valle una caza de vÃrgenes. Aún no entiendo la asociación de ideas, pese a la similitud que puede tener la fortaleza de cualquier villa con el castillo de Drácula, debió ser que a esa hora de la tarde yo ya pensaba en la noche clara y en la sombra del castillo alzándose, señalando al cielo como una maldición que le acusara.
Pero dejamos el coche junto a la Iglesia y continuamos la ascensión al Castillo a pie, por la madeja de calles del pueblo, que parecÃan los infinitos tentáculos enredados de un pulpo que era el Castillo, siguiendo las señales que indicaban unas calles mientras eran otras las que nos mostraban el castillo. Aquel pueblo era un falso engaño. Cuando alguien coqueteó con la idea del fracaso de nuestra visita, «tanto subir cuestas para que ahora el castillo esté cerrado», dijo, recordé a K. en cualquiera de sus intentos de acceder al Castillo de Kafka, subiendo por calles como un laberinto de espigas, salvando las diferencias, porque nosotros fuimos a Feria una tarde en la que el calor era más plácido que sofocante -la nieve sin duda habrÃa exagerado la belleza del castillo, lo habrÃa dotado de una luz desoladora, más aún sabiendo que se trata de algo real y no fingido-.
Pero el Castillo estaba abierto, a su entrada una mujer en un escritorio, el resto de las estancias vacÃas, sólo los insectos y el vacÃo fantasmal del eco vagaban por sus habitaciones como guardianes de una enorme cripta. A sus pies el pueblo de Feria con forma de estrella de cinco puntas, quizás acentuando una maldición que yo imaginaba, pero creo que fue Susana quien encontró allÃ, en lugar del origen de un maleficio, la inspiración para una fábula: «Mirad ahÃ, una mariposa, parece la misma que vimos la última vez, será la princesa del castillo que adopta forma humana en las noches de luna llena», y yo tuve que hacer un esfuerzo para imaginar, a la luz del plenilunio, la transfiguración de la mariposa en una doncella ataviada con blanco de luna brillante o nebuloso, diadema con una constelación de diamantes, espera ahogada en la impaciencia por la tardÃa llegada de un joven noble quizás con forma de halcón o negro corcel, porque mis imaginaciones apenas entendÃan al morador alado que era la mariposa como un habitante maldito y sin duda capaz de una conversión espectral o demonÃaca, como imaginaba de niño la siniestra presencia de los caballitos del diablo.
K. no habrÃa llegado jamás hasta esas torres, a lo sumo habrÃa partido de allà buscando una salida sin encontrarla, se habrÃa convertido en un fantasma de Canterville agrio, sin comedia alguna, por la sencilla razón de que Kafka habrÃa construido una historia a través de la realidad, narrando en tercera persona el tedio de una ascensión penosa. La breve leyenda Susana habÃa sido una mera improvisación basada en ficciones anteriores, un atisbo de literatura desligado de la presencia del mundo real, del terreno que se extendÃa en kilómetros a la redonda y del castillo que se alzaba junto al pueblo en forma de estrella de cinco puntas.
AllÃ, en el lugar más inesperado, habÃa encontrado otra de las espinas de la literatura.
Tags: Castillo, Feria, Kafka

















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