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Archivo de la Categoría “Granada”


Tal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al río en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.

Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondíamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efímera. Padi solía cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a Lucía e Irene.

Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacío y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del río -si aún vive allí-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subíamos, Padi, Lucía, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertía de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oído la voz de un hombre, venía de allá, quizás haya alguien», decía Irene o Lucía, y nos deteníamos en seco agudizando el oído, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansía descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.

Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos deteníamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y Lucía tenían unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mío propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.

Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mí y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creímos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.

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Ahora es de noche. Abajo, en el jardín, reinan las sombras entre las ramas del jazmín recién podado, junto al tronco del naranjo que comienza a florecer, tras las pequeñas zarzamoras que brotan al pie del muro, allá donde la salamandra posa sus ventosas mudas como si ya durmiera. Es aquí, en el dormitorio, donde podemos mirarnos a los ojos con la luz que se filtra por las cortinas del balcón -será su cara la luna llena en estas noches en las que el verano no parece un quimérico porvenir-. Hablamos al amparo del sigilo, con susurros tan ligeros como el humo de penumbra de habitación, mientras la abrazo y le cuento la historia de esta casa, de esta habitación, de esta cama a la que no volvía desde las noches de infancia, tantos años atrás que la memoria la ha circunscrito en un altar de recuerdo sedimentado.

Mañana, le digo, te enseñaré el barrio, las calles en las que nos escondíamos y perseguíamos, las esquinas que doblaba temerariamente con una bicicleta de la marca BH heredada de algún primo mayor con los frenos gastados y oxidados. Subiremos desde la Plaza de los Arcos hasta la Rosaleda, pasando por esa calle empedrada donde aún viven los árboles de morera que alimentaron a mis gusanos de seda. Verás mañana aquellas calles que casi había olvidado, las verás tal y como las veía yo entonces, porque allí la luz parece estancarse, menguar los días nublados, refulgir si sale el sol al cielo raso, pero es siempre la misma, partículas que vuelan en círculos entre los nísperos desde mil novecientos ochenta y tres, tal vez impacientes, jamás inquietas, porque te esperaban a ti, ahora lo sé. En esta calle había una carnicería donde solía comprar mi abuela, aquella casa de allí, la que hay junto a la Rosaleda, era la de Trini, que también tenía un árbol de morera, y ésta de aquí, la que hay justo al doblar la esquina, es la casa, aquel el balcón donde yo me asomaba a escondidas de pequeño porque al atardecer se podían ver las primeras estrellas de las noches de verano y el humo de la fábrica de cervezas.

No le hablo de los discos de música clásica de mi abuela, de los archivadores con partituras impresas en papel amarillento, no le hablo de Juan, que tenía la misma edad que yo y al que no he vuelto a ver desde entonces, guardo silencio porque ahora se suspende el tiempo como las flores de azahar del jardín, se detienen los segundos concentrados en un solo pétalo blanco o en un mínimo ápice de olor a galán de noche, se confunden los años, la noche en que charlo con ella y la mañana soleada en que mi padre le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta, me callo ahora que intuyo en la noche que hay un doblez de tiempo en este preciso instante,  el pasado nos mira como un tornasol crecido sólo para orientarse hacia nosotros y el futuro se abate en esta habitación para arroparnos con su perfume de recuerdos de infancia, tal vez porque es el momento, aquí y ahora, de encontrar el orden indescifrable que nos ha tendido abrazados en esta cama, junto a este balcón frente al que revolotean a ritmo de vals los murciélagos, los mismos o idénticos murciélagos cuyo vuelo he contemplado durante el último cuarto de siglo, desde aquellos atardeceres cercanos a mil novecientos ochenta y tres mientras mi madre me llamaba para cenar, en el presente exacto de esta habitación en la que he recuperado, con el olor a jazmín y azahar y limón que penetra por el balcón abierto, el gusto inexplicable por las noches de verano.

Mañana, empiezo a decir acariciando su flequillo y mirándola a los ojos, pero las palabras se detienen porque no encuentran sentido en esta extraña mezcla de tiempos, y caigo en la cuenta de que aquellas mañanas de sol sucedieron en un tiempo remoto que se me antoja presente, mucho antes de que yo aprendiera a leer, mucho antes de que el universo se nublara irremediablemente de palabras. Era entonces, cuando las letras parecían dibujos sin sentido, cuando la morera y los rosales no eran más que formas de color, quizás nombres expresados con sonidos, y es ahora cuando la miro a ella y digo su nombre en voz alta, sin calificativos ni adornos innecesarios, sin gramática ni oraciones completas, sin más palabras que las de sus ojos cansados y su sonrisa atenuada en la penumbra de la habitación, su nombre sin más necesidad que la de mirarla de cerca.

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Now john at the bar is a friend of mine
He gets me my drinks for free
And he’s quick with a joke
or to light up your smoke
But there’s someplace that he’d rather be

He says, bill, I believe this is killing me.
As the smile ran away from his face
well I’m sure that I could be a movie star
if I could get out of this place

Billy Joel, Piano Man

A finales de 2003 pasamos varias semanas tocando en aquel pub del centro de la ciudad al que nunca iba nadie. Héctor, el camarero, nos puso en contacto con el dueño, que andaba buscando gente que sonara más o menos suave, que cobraran poco dinero y que estuvieran fuera del circuito de cantautores de Granada. Nosotros por entonces ensayábamos con un par de guitarras acústicas y sin apenas percusión, tocábamos los viernes y los sábados por la tarde delante de nuestros amigos y de curiosos que se colaban en el local pensando que veían a futuras estrellas, alimentando así un ego que nos distanciaba de nuestras verdaderas formas humanas, fracasados, algo inquietos, buscadores de un grado de desigualdad que nos permitiera alzarnos un escalón por encima de quienes nos contemplaban como quien contempla figuras informes queriendo ver en ellas perfiles atractivos -también creíamos que el rock estimulaba la libido de las chicas, aunque no conseguimos robar más que alguna mirada, alguna insinuación-; de modo que reuníamos las condiciones idóneas para tocar allí, en el bar de Héctor, porque éramos unos chavales no demasiado ruidosos y dispuestos a actuar gratis o por poco dinero con tal de tocar delante de alguna cara desconocida, éramos las promesas que adoraban hacer sonar un par de canciones en un local pequeño, éramos artistas sin tablas pero con corazón, inspiración sin talento, exquisitez sin pulir. Unos mierdas.

Durante dos o tres semanas dábamos conciertos en dos pases, versionábamos alguna canción conocida y repetíamos hasta la saciedad temas propios que creíamos colmados de talento, después recogíamos, el local se quedaba casi vacío y algunos de los del grupo nos quedábamos tomando una copa con Héctor, que solía pasearse por la barra, colocando vasos, abriendo bolsas de hielo, mirando hacia la puerta principal por la que no entraba nadie, quizás alguna pareja de treintañeros buscando un rincón discreto para consumar los preeliminares de una infidelidad, observados por Héctor con una mirada turbia de whisky y de humo blanco de tabaco negro, no con celos, en absoluto, sino con envidia, porque el camarero miraba a la puerta y a veces caminaba despacio hacia ella para asomarse y mirar la calle mojada esperando ver a lo lejos el paraguas de aquella chica morena que iba algunos jueves al bar, o al menos eso imaginé yo.

A Héctor le gustaba que tocáramos allí, no nuestra música, o eso pensaba yo, sino el hecho de que tocáramos, porque pensaba que teníamos alguna esperanza de salir de aquel rincón oscuro de aquel callejón negro del centro de la húmeda ciudad de Granada. Gracias a Héctor aprendí que no hay escapatoria, son ineluctables los tentáculos asesinos de esta ciudad. Han pasado cinco años y seguimos todos en el mismo sitio.

En el insondable destino del bar, Héctor esperaba que aquella chica apareciera con serena impaciencia, de una forma similar a la que tenía yo de esperar a la furcia de Mónica, que para entonces ya había dejado de venir a vernos a los conciertos espantada por la antipatía que yo gastaba en las inmediaciones de la barra, «pareces más simpático en el escenario», me dijo la última vez que la vi, y yo le menté sus aptitudes de putón verbenero para confirmar mi incapacidad social. Llegó un momento en el que yo mismo empecé a confundirme con una fingida parte de mí, del mismo modo en que Héctor se confundía con su sombra cuando volvía a entrar en el bar, en silencio, caminando despacio, después de haber mirado callejón abajo sin ver a nadie aparecer en el horizonte nocturno. «Otro día vendrá», le decía yo, y Héctor respondía en silencio, con un gesto de indiferencia que pretendía explicar que aquí no existen otros días, porque en la burbuja impermeable de Granada sólo vale el aquí y ahora que se repite luna tras luna, apenas un resquicio vale soñar con un lugar más allá de los tentáculos asesinos de esta ciudad -era Héctor quien hablaba de tentáculos asesinos, siempre, dos whiskys después de las doce de la noche, cuando la chica morena aún no había aparecido y él sentía la necesidad de hablar con ocurrencias tristes y cáusticas que luego yo copiaba para impresionar a Mónica y luego decirle que se fuera; es ahora, al escribir esto, cuando descubro que yo no fui una sombra de mí mismo, sino una sombra de la sombra de Héctor, aquel camarero al que conocí hace cinco años, con quien traté durante apenas tres o cuatro semanas-.

El tiempo, la falta de práctica, la desgana, me han robado aquel caparazón que logró engañar a alguien, mis dedos ya no pueden imitar aquellos movimientos torpes que hacían sonar alguna guitarra, algún bajo eléctrico. Cuando la furcia de Mónica dejó de llamarme sentí el amargo alivio de no tener que seguir viviendo, pensé que sólo me quedaba tocar algunas noches en el bar de Héctor y tomar un par de copas de Red Label antes de irme a casa, pero entonces llegó la Navidad y el dueño decidió suspender las actuaciones hasta el mes de febrero, y ya no volvió a llamarnos. El grupo se separó poco después y yo no he vuelvo a ver ni a Héctor ni a la furcia de Mónica, sin embargo he imaginado que me encontraba con aquella chica morena a la que Héctor esperaba con escasa paciencia en la puerta del bar, he imaginado que podría reconocerla si la viera por la calle, porque era vívida aunque sencilla la descripción que Héctor hacía de ella, el pelo moreno y largo, ondulado, el flequillo cayendo de forma graciosa sobre los ojos, los brazos a veces separados de las caderas, como invitando a un corto abrazo, la camiseta siempre de manga francesa, la falda a rayas, vaqueros si hacía demasiado frío, sí, era vívida y sencilla aquella descripción que hacía Héctor como quien recuerda una figura vista sobre un escenario o sobre un altar, aquella descripción que ahora recuerdo como una receta médica, como una vacuna inoculada en el virus inoculado en las venas de esta ciudad que son las mías propias, porque era aquella la descripción de la mujer que todos los envenenados de Granada hemos soñado alguna vez.

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De este modo podremos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimento en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio.

Creo que tardé más de una hora en recorrer los veinte minutos que había hasta mi casa; bordeé las calles que solía tomar de regreso mientras despuntaba por la Sabika el amanecer. Apenas recuerdo haberme cruzado con alguien: las cafeterías aún no habían abierto, los borrachos todavía no habían apurado la última copa. Dos esquinas atrás San Agustín se apuntaba en la sien con un revólver. Sé que fue culpa mía, el Santo supo que eso no tenía importancia. La ciudad era una noche enmarañada y remolona, los nublos retrasaban el alba ensuciando la primera luz como gotas de tinta china disolviéndose en una sangre sin corazón.

Nada de esto habría visto si hubiera recuperado mi costumbre de cerrar los bares, de apurar hasta la humedad de la barra, de perder la consciencia hasta de la soledad. Tal vez si hubiese pasado por allí quince o treinta minutos después, habría encontrado a San Agustín tendido en aquella esquina, durmiendo plácido y ebrio, quizás empapado en su propio líquido amniótico de bilis y babas, tal vez farfullando en sueños algunas palabras de paz agridulces y nostálgicas con sabor whisky barato y arcadas.

Pero llegué antes de tiempo y la impuntualidad es ese defecto de los hombres que en términos de azar se confunde con la inoportunidad. Pronto me anticipé con la imaginación al temblor de la mano amartillando del revólver, casi como si pudiera escucharlo, al estruendo del estallido de pólvora, a la bala perforando la cabeza del Santo, al golpe sordo, seco y fulminante del mártir ateo que fue Santo. Y me imaginé a mí de espaladas a él, huyendo sin mirar atrás y olvidando los colores corales ennegrecidos imaginados en segundo plano a través de los sonidos imaginados en primer lugar.

Cuando me crucé con él, San Agustín estaba borracho en una esquina. Me dijo que mi pensamiento no podría recoger jamás aquel mar de calles, la marejada hombres en que nos ahogamos cada día, la tormenta de mujeres que ha sacudido nuestras vergas, el fuego de San Telmo, el temblor más allá de la zozobra, el pánico del recuerdo, el miedo a la mar y el miedo a la tierra firme, el amor que en definitiva siempre se avista más allá del horizonte, añorados nudos de distancia, invisible más allá de lo invisible, lejano más allá de lo lejano. Me dijo el Santo que mi pensamiento no podría recoger jamás ese orden de cosas que han escapado de lo trivial, lo dijo con palabras de estropajo y la mirada estrábica de ebriedad. Yo le respondí que eso no era importante. Él debió creerme.

Seguí caminando despacio, vísceras puestas del revés, sin luna, sin pies que sentir. Miré atrás. El Santo que sabía desde hace siglos que jamás comprendería a Dios había comprendido que no podía comprenderse a sí mismo y, peor aún, que semejante conclusión en buena parte paradójica tenía una trascendencia nula en el orden del Universo. En definitiva, San Agustín entendió que los límites entre el bien y el mal se habían confundido como aquel alba nublada. Abrió la pistolera, sacó el arma, se apuntó a la sien -alguien me dijo que un hombre común no puede soportar la existencia sin la  ayuda de Dios-. Yo me giré y seguí caminando, sin mirar atrás, consciente de que no importaba, disyuntiva absurda entre hacer bien o dejar hacer mal, agudo es el conflicto entre el hacer lo correcto o lo realmente divertido -y aunque conflictivo es intrascendente-.

Recuerdo que alguien me dijo una vez «de todas formas un día morirás». Ahora me pregunto qué importa morir si vamos a morir. Doblé la esquina y el disparo con el que el Santo se iba a descerrajar la caja de Pandora no llegó a sonar. Creo que entendió que no merecía la pena, habiendo muerto hacía ya tanto tiempo. Debió dormirse llorando para despertar cuando el sol se colara por algún nublo sobre esta ciudad innecesaria.

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Han debido apalzar el día del estío: ahora el cielo viene trenzado de nubes, de cabellos envejecidos que lloran las lágrimas que yo no he tenido tiempo de derramar, fumigando las aceras, humedeciendo las mejillas cansadas de tanta sequedad. Me acompaña el caminar del peregrino que ya no está, el eco sordo de la voz que habla desde la distancia, la ausencia de las aves migratorias que se desvanecen en el horizonte, la hora insomne de las alimañas.

Sólo quedan los huecos de lo que antes fue: un solar donde hubo una estación; una quimera donde se forjó la esperanza; donde habitaron personas, no más que una ciudad.

Fue ayer cuando empecé a notar este incesante hormigueo entre las vísceras, el que deja una oquedad de órgano desaparecido, de función vital extirpada, de paz insatisfecha. Paseaba bajo el sol de medio día e incluso las horas habían desaparecido, sólo quedaban agujas en el espacio de los minutos, en el tiempo que pasa convirtiéndonos a nosotros, a las promesas, en el vacío que espera un futuro que nunca llegará.

Cuando se marchó ella, entre el pulmón izquierdo y el derecho, sólo me quedó el pobre fruto de la retórica vacua.

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How many roads must a man walk down
before you call him a man

Bob Dylan

Tres días de lluvia -el extraño fantasma de un invierno que quizás quiera disfrutar de la primavera- me han llevado a ciertas asociaciones de ideas: Oxford, durante unos segundos, aquella calle en la que yo imaginé que Thom Yorke había compuesto Harrrowdown Hill; Bob Dylan (but it ain’t me babe, no, no, no); y por motivos obvios Dylan Thomas (Donde una vez las aguas de tu rostro giraron impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma). Hay reminiscencias en el viento, aromas de algo que no alcanzo a comprender, aunque esta vez no se trata del dulce vacío de los días de lluvia, sino de una presencia velada, tal vez inminente, tal vez intangible.

Ayer por la mañana vi por la calle a Clochard, ese vagabundo con el que nunca he hablado y cuyo nombre verdadero desconozco. Bajo el espeso nublo de abril, el oximorón Clochard caminaba grandullón y erguido, barbudo, con el pelo mugriento, y a la vez discreto. Clochard es uno de los fantasmas de Granada, un paseante primaveral más que tal vez muera un invierno hablando solo y apestando a licor. Caminaba por los soportales de Pedro Antonio de Alarcón, lento, sin mirar a nadie, y yo decidí seguirle.

Creo que al principio no me di cuenta, pero la necesidad de perseguir y espiar a Clochard respondía, más que a un capricho aleatorio, a una ineluctable necesidad: aquel hombre es un cristal más en el espejo de Granada. Camina meditabundo, lo sé porque murmura, porque tiene la mirada perdida, aunque no hace aspavientos, ni vitupera, ni se queja -más tarde le escuché en un bar, hacía cuentas en un idioma sin sentido que debía ser el puro lenguaje de los pensamientos, dosezas y dos, cuatro, y una, cinco, dirás si no, y tres y tres y tres y dos, luego negaba con la cabeza antes de seguir hablando solo, en voz baja-.

Clochard, aquel vagabundo con andares de hidalgo, o al menos con un ápice de elegancia peculiar, entró a un bar y yo tras él, sin discrección alguna, porque tenía la sensación de pasar inadvertido para él, del mismo modo que él parecía volverse transparente para mucha gente cuando caminaba por la calle. Pidió un whisky Dyc, el camarero le puso un Doble V y Clochard le dio las gracias. Bebió despacio, hablando solo, pero en voz baja, y cuando terminó pidió otra copa, y cuando terminó la segunda pidió una tercera que sería la última. Alguien comentó que olía a marihuana, pero él siguió impasible con sus cuentas. Me di cuenta de que sabía de memoria lo que había consumido cada persona que había en el bar y cuánto debía cada uno. Cada tres o cuatro minutos repasaba sus números y al terminar empezaba a divagar sobre cualquier otra cosa; tres o cuatro minutos después empezaba de nuevo. Me di cuenta de aquel espía barato que era yo se había visto sorprendido por un observador aún mejor: Clochard sabía exactamente qué había tomado mientras estaba en el bar, quizás también supiera cuánto tiempo había estado siguiéndole, incluso si una persona hubiese estado siguiéndome a mí, Clochard lo habría sabido sin lugar a dudas. Es una pena, pensé, que Clochard no escriba jamás una novela, porque tiene algo mucho más importante que la inspiración: detrás de su mirada difusa hay un interior observador y lúcido -aunque a su manera-.

Me levanté para irme antes que él. Al pasar por su lado escuché su voz, hablando esta vez de una forma más nítida en un inglés perfectamente pronunciado:
-Contrariwise, if it was so, it might be; and if it were so, it would be; but as it isn’t, it ain’t. That’s logic.

Sospecho -o quiero imaginar- que lo dijo a modo de despedida. Clochard, de esa forma, me dictaba el final de este artículo -que empezó con un recuerdo desvencijado de Oxford- con unas palabras escritas por Lewis Carroll -quien vivió en Oxford hasta que una polémica con la pederastia le obligó a trasladarse a Guilford-. Estaba en el aire aquella respuesta, aquel pensamiento, aquella piedra angular en la que yo no había reparado pero que el observador Clochard me había regalado, aquella presencia intangible pero cercana, Alicia, la única Alicia, hablándole al gato, But I don’t want to go among mad people‘. ‘Oh, you can’t help that,’ respondió el gato, ‘We’re all mad here.

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“Relax, said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
But you can never leave!”

Pese a que hablo cada vez con menos gente -del mismo modo que escribo menos cada vez- y las conversaciones y disertaciones se confunden, es posible que ya les haya hablado de esto alguna vez -pero las mismas palabras, creemos los que tendemos a repetirnos, suenan diferentes en función del momento-.

Últimamente tengo la costumbre de pasar entre las doce y las dos de la madrugada por un garito que se llama Blus, perdido en un callejón de Granada, oscuro, tan americano como la caritura de un bar de carretera en Alabama: uno de los camareros luce una melena lisa que llega más allá de los hombros un bigote que desentona con sus treinta y tantos años -al menos en una ciudad como Granada-, el otro, que se afeita dejando unas gruesas patillas de roquero, es una mezcla entre Loquillo y Morrisey. Suele sonar algo de rhythm & blues, rock con olor a años sesenta, tal vez punk si es sábado y la clientela llega a cubrir la mitad del aforo del local. Voy por allí buscando un sitio con poca gente para tomarme una jarra de cerveza muy fría y escuchar canciones que casi nunca reconozco -salvo algún tema de los Rolling, algo de Marvin Gaye, Las malas lenguas cuando un amigo mío necesita escuchar a Auserón-, aunque los hombres que se apoyan en la barra como en la caricatura de un pub americano -camisa a cuadros, barba espesa, pelo largo- parecen conocer todos y cada uno de los temas, incluso recordar las digitaciones de todos los punteos.

Suelo sentarme allí acompañado. Escuchamos música, bebemos cerveza y no hablamos.

Entre acordes de blues, anoche empezó a sonar el Si menor de Hotel California, On a dark desert highway, cool wind in my hair, warm smell of colitas, rising up through the air. Como el universo que contiene, esa canción parece ser en sí algún tipo de lugar, tal vez un recipiente, en el que caben no sé si cosas o personas -no en vano es la canción favorita de mi madre-. El mayor de los silencios que se puede obtener a las dos de la madrugada en un garito en el que hay instalada una mesa de billar llega sin duda con Hotel California.

Llevo toda la vida escuchando esa canción. En casa teníamos el disco grabado en una cinta con el título escrito en bolígrafo azul que siempre creí una reliquia de la juventud de mis padres -la cinta en realidad no era más vieja que yo-. No sé por qué, desde pequeño me gustó sobre todo el solo final, escuchaba la canción una y otra vez, volvía al solo, a los acordes de la intro, y del mismo modo que yo pasaba por la canción la canción iba y venía por mi vida, desaparecía unos años, volvía a aparecer porque rescataba la vieja cinta de mis padres, se iba de nuevo y casi la olvidaba.

Cuando tenía catorce o quince años yo estaba empezando a tocar un poco la guitarra. Mi amigo Fer a la vez había rescatado una vieja guitarra de su abuelo y a veces quedabamos en su casa para tocar un poco, enseñarnos un par de acordes y escuchar algo de música -ya pegaban fuerte Lenny Kravitz, Radiohead, Placebo-. Fue Fer quien rescató Hotel California de aquel extraño estado de memoria en que se había convertido -soleadas mañanas de sábado, interminables viajes en coche por carreteras tortuosas-, abrió el estuche de madera, cogió la vieja guitarra española y empezó a rasgar con más pasión que técnica los dos o tres primeros acordes de la canción. Estuvimos toda la tarde pegados al radiocassette, sacando la canción y disfrutando de la música.

Fue tres o cuatro años más tarde cuando empecé a tocarla de vez en cuando con Agustín Soler con la esperanza infundada de versionarla algún día en directo. La canción era distinta ahora: no era ya el tema adictivo de los ochenta, tampoco el deleite instrumental de mediados de los noventa, además se había convertido en un imposible, una canción sencilla e imposible de interpretar. Decidimos no tocarla nunca fuera de casa.

Hotel California despareció una temporada, hasta que me hice con el CD y empecé a esucharlo con una asiduidad que creía perenne, leyendo a la vez la letra de la canción, leyendo algunas teorías -quizas desvaríos- sobre significados ocultos de la letra; no obstante, casi había olvidado que la canción existía hasta que anoche reapareció en el Blus, entera, precisa, desde el primer rasgueo hasta el fade out del punteo final, como una diosa que al aparecer enmudece a todos los presentes.

No fue hasta entonces cuando entendí el verdadero sentido de Hotel California, el mismo que había hilado diferentes momentos de mi vida -la vieja cinta de mi madre, la habitación de Fer, la acústica azul de Agustí Soler, la negrura perdida del Blus-, se trataba de una puntada que iba y venía sobre los mismos agujeros en la tela del tiempo, igual que van y vienen las notas en la parte final del solo -porque creo que Hotel California es el camino hacia esa melodía final que queda atrapada en compases repetidos, una melodía que uno puede detener en cualquier momento pero que no se puede abandonar-.

Ése era nuestro final: una repetición melliza de momentos anteriores, un bucle del que no podemos escapar, porque recuerdo que aquellos sueños de los años ochenta -que deben ser los mismos de ahora-, fueron los que de alguna forma se repetían y compartía con Fer, con Agustín Soler y ahora con ustedes, porque tiendo a repetirme, porque Hotel California volverá para recordarme que esto no tiene salida, se repiten los mismos compases en tonos diferentes, historias que se cuentan una y otra vez añadiendo ardides narrativos, ilusiones repetidas a las que añadimos pizcas de novedad. Cuando empezó a sonar Hotel California, los hombres del Blus guardaron un silencio fúnebre, porque la canción volvía a sonar para recordarnos que empezaba un nuevo compás