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Archivo de la Categoría “Granada”


La inmobiliaria JPsica ha convocado el Primer concurso de post sobre curiosidades y leyendas locales, en el que servidor tiene el placer de participar. Pueden leer el texto que he enviado, Esperándola del cielo, y si lo tienen a bien, votar para que sea el ganador del concurso.

El plazo de inscripción sigue abierto hasta el día 15 de marzo. Si quieren participar, pueden leer las bases del concurso en este enlace.

El fallo del jurado tendrá lugar a mediados de abril. Les contaré el resultado.

Les agradezco toda la difusión que puedan darle, así como los votos ya recibidos en las primeras horas de concurso.

LEER Y VOTAR
ESPERÁNDOLA DEL CIELO

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Dante Pensando (o El Pensador de Rodin), en Granada

Dante medita a las puertas del infierno, inmune a los objetivos de los fotógrafos, a las miradas de los curiosos y de los interesados y al desdén de los ignorantes. El Pensador continúa batallando contra la duda ciento veintiocho años después de que Auguste Rodin fundiera en bronce la negra inquietud de su pensamiento. Desnudo, da la espalada a la granadina Fuente de las Batallas sin encontrar una respuesta, sin alzarse en pie recitando los versos de La divina comedia; El Pensador eclipsa a los viandantes sin mirarlos, sin mover uno solo de los músculos que mantienen su equilibrio eterno.

El pensamiento de Dante Alighieri se bloqueó en sus formas metálicas, en el discurrir de los paseantes que él, tal vez, imagina al otro lado de su mirada opaca, en las curvas que Rodin ideó para él. A las puertas del Infierno, desnudo ante la duda, busca una respuesta inalcanzable, porque son inalcanzables las respuestas que realmente merecen la pena. Si, como dicen, lo importante es el viaje en lugar del destino, por analogía no merece la pena la respuesta que Dante busca, sino el interminable razonamiento que provoca la pesadumbre de su cráneo, posado sobre unos nudillos desgastados. Esa antesala de la respuesta es el camino de la felicidad que tal vez esté buscando en la conclusión que no encuentra, a la vez que se convierte en su propia razón de ser y en el embaucamiento de su pensamiento inconcluso. Dante es ese eterno castigado por la duda, que para la estatua es igual que la piedra a Sísifo.

Si Dante hubiese pensado, antes de inmovilizarse en bronce, que hay preguntas que no tienen respuesta y razonamientos que no concluyen jamás -o si hubiese afrontado la realidad inútil del pensamiento-, tal vez Rodin hubiese fundido otra estatua, tal vez un Dante sin esperanza o un Dante desengañado.

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Durante mucho tiempo la ha buscado sin encontrarla por las calles de la ciudad y ha decidido soñar con ella. El plenilunio ha teñido todo de colores puros: los edificios son de un blanco de escarcha, el cielo y las calzadas se han vuelto negras como la nada y su piel, envuelta en el el límpido aire de la luna, parece de aceituna plateada. Ella debe estar allá, en una zona alta de la ciudad coronada por casas nuevas, con calles con nombres de moros, desde donde se ven los picos de las montañas que la luna ha cubierto de preciosas nieves, allá arriba, hasta donde llegan las espadas de luz de Sierra Nevada como estelas de cometas.

Se ha ceñido el pañuelo al cuello porque el color de la noche es el color del un iceberg en las tinieblas, aunque no siente el frío en las manos y tiene los ojos llenos de una calidez translúcida como un estanque. Sube por la ladera de la colina, tiempo atrás desnuda y virgen, mirando la penumbra de los soportales, escuchando en el silencio la vibración recóndita de las voces invisibles que pueblan la noche, apenas perceptibles como las estrellas más tenues del firmamento, como la estela de un lágrima del cielo que él, distraido, no alcanza a ver. Ella estará esperando arriba, con la mirada escondida bajo el flequillo y la melena llena de claros de luna; lo sabe, aunque jamás ha estado allí, aunque desde el páramo nocturno del ensueño ella sigue siendo una mujer a la que no ha visto jamás.

Las calles más altas se comunican a través de pasajes, de arcos abiertos en las fachadas que desembocan en patios interiores por los que discurren pequeños canalillos de agua cristalina, agua que embriaga a las plantas que flotan en el aire sin brisa, agua que lloran las flores en forma de rocío perfecto cuando, en vertical, miran hacia la luna, que queda tan lejos, hacia los jirones de luz, que quedan tan cerca, como los últimos compases de un sueño que se desvanece. Ella está esperando al doblar cualquier esquina con la cara de la luna en su cara, quizás impaciente porque el tiempo apremia y los reflejos de las fachadas blancas ya se diluyen. Surgirán en su rostro dos estrellas de rocío que él nunca verá, ni siquiera en el sueño que ya acaba.

[La luz esmerilada de la mañana es como la luz de la luna en sueños. La confusión de la noche ha dado paso a la desazón matinal al descubrir que vive en una ciudad que no es la suya y que en la cama hay un vacío que no es el de ella. Cuando baje a la calle doblará las esquinas mirando los faroles, que ya están apagados, y como en sueños, la verá pasar al otro lado de una plaza, fugaz como un sortilegio fallido, llevando en el pelo un brillo de luna y en la cara, bajo los ojos, un antojo de estrellas.]

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Me entristece no poder recordarlo, tener que intentar imaginarla allí y aun así sentir sólo el tacto intenso del aire cuando me senté a su lado, porque apenas puedo fantasear con la suavidad blanca de la piel de su mano o con el aura fresca de su pelo, que jamás he acariciado en la sien ni en la nuca, aunque su perfil, iluminado ahora por el color blanco de la inmensa pantalla, parezca tan cercano en la estrechez del viejo cine, a la vez que el espacio interminable que hay entre nosotros nos separa como separa las butacas en las que estamos sentados. Despierto, he soñado que ella venía a la puerta del cine por el bulevar de la Carrera de la Virgen, que a esa hora de la noche está oscuro y desierto, surgiendo de entre la gente, con el rostro ruborizado de frío y de presura al mismo tiempo, porque la película estaba a punto de empezar, mientras yo esperaba impaciente con la incertidumbre de su llegada, mirando intranquilo el reloj ante la posibilidad de que un retraso se cerniera sobre su llegada y ella no apareciera; pero mi inquietud se ha visto sorprendida al ver su rostro entre la gente, derrumbando la falsa certeza de su demora esquiva, quizás haciendo florecer en mi rostro un rubor de alivio y utopía que flanquea mi vista, fijándola en su abrigo verde y en su caminar ligero e irreal a la vez que me delata un gesto de avidez consumada y me embriaga la urgencia de besarla en los labios.

Tengo miedo de hablarle, porque en el silencio de la sala, antes de comience la película, sólo parecen estar permitidos los murmullos lejanos; tengo miedo de bajar la voz y acercarme a ella y que las palabras queden adheridas a mi garganta seca, quizás emitiendo un sonido homogéneo y humillante que la haga pensar que he estado toda la tarde tan inquieto como al sentarme a su lado. Quizás ella gire hacia mí la cara, ahora iluminada por los colores cambiantes de los anuncios comerciales, y entonces yo venza la escasa distancia que separa su boca de la mía, o tal vez finja mirar hacia otro sitio en el vacío oscuro de la sala, o le hable del calor intenso que hace en el local aparentando la causalidad de nuestro cruce de miradas, o sencillamente se me incendie de nuevo la cara como cuando hemos entrado al cine, incapaz yo de mirarla a los ojos, fijando la vista solamente en el rectángulo de papel rugoso, azul y pequeño que tenía entre los dedos, buscando nuestros asientos, que estarán uno al lado del otro, tapizados del mismo tono rojo de las cortinas que cubren las paredes, pero con un tacto de terciopelo áspero impregnado de olor a rosetas y de ancianidad. Las cortinas que caen desde el alto techo hasta el suelo apenas se iluminan con las imágenes de la pantalla, apenas reclaman el volumen de sus pliegues, rendidos a la sombra de las oquedades que he convertido en un infinito al que mirar mientras imagino que ella me observa ahora que he vuelto la cara, dejando el cuello descubierto, que tal vez ella bese.

Pero apenas puedo sentir el tacto de su mano, quizás el del aire que nos separa, porque en él flotan algunas partículas de su jersey lila, impregnadas de un perfume que de ser real evocaría su presencia si sorpresivamente, al doblar cualquier esquina, lo encontrara perdido en el aire de la ciudad de Granada; o tal vez la penumbra de la sala, su olor a rosetas y a tela gastada, me ate por siempre a su perfil imaginado, atento e iluminado por el resplandor irregular de la pantalla. Apenas puedo pensar en el título de la película que vamos a ver, ésa que tal vez en un futuro también imaginado recordaremos, ésa que me haría aparecer en los posos de su memoría cuando la volviera ver, porque si esto no fuera una farsa inventada para los dos, para que nuestros recuerdos tuvieran un lazo imaginario con el que aferrarse el uno al otro, si existiera una cuerda floja y real con la que salvarnos del abismo del olvido, no tendría sentido el fondo negro y vacío en el que aparece la palabra fin.

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Hace ya mucho tiempo que escuché hablar por primera vez de los Queros, en casa de mis abuelos, cuando la Guerra Civil era para mí tan lejana y absurda como un mito bíblico -con el tiempo he aprendido que las guerras, independientemente de su lejanía, son siempre absurdas-. Quizás porque no era una historia que me llamara la atención en aquella época, a la que correspondían más los cuentos infantiles, se quedó en un catálogo de anécdotas que contaban mis abuelos, los viejos de la ciudad de Granada y, hoy día, sus descendientes.

Los Queros, que tenían nombre de trío flamenco o de grupo de forajidos, como unos Dalton nonainos, eran una banda de quinquilleros, según la versión que más veces he escuchado, bandidos que saqueaban la ciudad de Granada y algunos pueblos de alrededor durante la posguerra. Mi historia no se ha cruzado jamás con la de los hermanos Quero, sin embargo se ha acercado en cierta forma en alguna ocasión -cosa lógica en una ciudad tan pequeña como Granada-. Cuando mi abuelo materno llegó a Granada a mediados de los años cincuenta, desaparecida ya la banda, parece ser que le relacionaron con ellos en algún momento por compartir el primer apellido, además de tener mi abuelo un hermano tocayo de uno de los Quero. Me he encontrado con este apellido en diversas ocasiones, no sin cierta sensación de casualidad: un médico homeópata que pasa consulta en el Camino de Ronda -y que comparte nombre con uno de los hermanos Quero-, un periodista deportivo local, un alcalde de los noventa y una muchacha a la que nunca he visto y que se examinó de selectividad el mismo año que yo.

Hace poco volvió a salir en una conversación con una amiga la historia de los Quero. Me preguntó que si yo tenía algún tipo de lazo familiar con ellos -parece ser que ella sí- y me contó una versión de la historia que para mí, hasta el momento, era minoritaria: el principal delito de los hermanos Quero fue establecer una fuerte resistencia al franquismo en Granada. Me contó también que Miguel Hermoso está preparando un difícil documental sobre los bandoleros. Digo difícil porque la información es bastante escasa y la historia de la resistencia guerrillera de los Quero acabó hace ya mucho tiempo, a finales de los años cuarenta.

La Historia no sólo la escriben los vencedores, también sus lectores, que serán los encargados de interpretarla y volver a contarla, y los descendientes de sus protagonistas, que la transmiten y la cuentan bajo el marco de la subjetividad familiar. Cuando los pasajes de la historia son tan confusos, surgen leyendas, versiones, y los hechos dan lugar a diferentes leyendas. De segunda mano conozco la historia de una descendiente de los hermanos que establece cierta relación familiar con aquel alcalde granadino de los noventa, incluso recuerda que su abuela aseguraba haber visto al alcalde de niño jugando en su casa, cosa improbable, pues los orígenes del ex alcalde no son granadinos, sino manchegos.

La historia de los hermanos Quero apenas tiene documentación bibliográfica. He preguntado a varias personas estos días, he indagado un poco y sólo he encontrado un libro que parece hablar de los Quero en buena parte (no he podido hacerme aún con ningún ejemplar), se trata de Consecuencias de la tragedia española 1936-1939… y los hermanos Quero, escrito y editado por Nicolás Manzanares Artés hace ya bastantes años. Aparte, hay obras que recogen historias de la resistencia de guerrillas en Granada que tocan la historia de los Quero en alguno de sus capítulos. También existe en Granada una biblioteca social que lleva el nombre de los hermanos Quero, en cuya web se puede encontrar alguna reseña.

En las fuentes bibliográficas encontramos un relato que difiere en buena parte del popular, inspirado seguramente por la propaganda franquista. Según la obra formal escrita en torno a la figura de los hermanos Quero, la actividad delictiva de estos comienza con la Guerra Civil española como resistencia y huida del franquismo y como defensa familiar ante la represión del régimen durante la Guerra Civil y los años de la posguerra. La imagen que queda de ellos en la versión histórica de este pasaje granadino es la de héroes republicanos y radicales opositores al régimen franquista, en una ciudad que desde un primer momento estuvo del lado nacional y en la que se suele tender ideológicamente a la derecha. La historia de los Quero parece estar situada entre una bruma de leyenda y un relato popular que se tiñe de la oscuridad de los relatos de posguerra y las historias de bandoleros, seguramente porque la Historia en realidad no es más que un borrador que cada cual se encarga de redactar en función de sus intereses o tendencias.

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Una especie de bruma espesa, casi opaca, nos ha sorprendido esta mañana. A las once, el sol era un disco blanco y sin brillo que parecía vigilar desde un cielo incierto. La niebla fluía, densa, entre las fachadas, acariciándolas y deformándose en el aire, con una lentitud de sueño profundo, pasando entre las ramas secas de los árboles, que dejaban pasar hacia el suelo algunos haces de luz, que no eran rayos de sol, sino niebla iluminada. A unos metros de distancia, los hombres y los coches, los edificios y las calzadas parecían ocultarse tras el humo de la memoria; más allá no había nada, sino niebla iluminada. He recorrido las mismas aceras de siempre, como quien camina por un lugar extraño, porque era difícil adivinar lo que se escondía más allá de la nube blanca; he creído extrañar el suelo de pisaba, porque mis pasos me eran ajenos, como pasos ocultos tras la niebla, y me ha sorprendido descubrir que, en mitad de la ceguera nebulosa, no había más desconocido que uno mismo. Más allá, tal vez, hubiera alguien.

La anciana niebla apenas ha intentado levantarse para volver a caer por su propio peso en forma de lluvia. Ya de noche todo parecía ahogado en negrura líquida: el agua resonaba en los capós de los coches aparcados junto a la acera, resbalaba abundante por los contenedores, proseguía acaudalada desde los charcos hacia los diminutos riachuelos, me empapaba el cabello y los ojos cerrados y los labios abiertos. El suelo era un cielo negro y empapado, mi boca el aliento de una tempestad; Granada se ha derretido como la oscuridad de tus ojos, como un diamante de hielo entre mis manos. A unos metros, el diluvio apenas dejaba ver las fachadas con su regadío de viuda, las arboledas se turbaban humilladas bajo el peso de la humedad. He creído escuchar pasos a mi izquierda, pero al sólo he visto el aire desdibujándose, reflejando en las luces de la lluvia todo lo desconocido. La media distancia dibujaba sombras en el vacío, algunas figuras humanas aparecían y se desvanecían, como barcos fantasma, sobre la calzada, bajo los soportales y los portales cerrados. Más allá, tal vez, hubiera alguien.

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Árbol de Navidad

Ahora escribo para intentar entenderlo, porque a veces el pensamiento sin palabras es una marejada de sensaciones ininteligibles, restos de tiempos y espacios que se diluyen, que parecen algo que jamás ha existido. Recuerdo aquella tarde en la que no sucedió nada, en la que el tiempo transcurría pastoso y sereno, como las nubes de diciembre, como el ligero humo que escapaba del tiro de la chimenea, como la presencia quieta y queda de una persona cuyo único propósito es esperar. No importa dónde estuviera aquel caserón frío y antiguo en el que comimos, del que salimos a media tarde, bajo la amenaza de la lluvia, cuando los últimos rayos de sol aún recortaban desde poniente las nubes frías del ocaso, llegando cansados a la vega de Granada, como si fueran las ultimas luces de mi adolescencia, reflejadas en los árboles y en los campos esmerilados. En la carretera disminuía el trajín, como si la humanidad retrocediera ante el frío, al mismo ritmo que en la radio del coche sonaba la canción de un grupo sueco al que acababa de descubrir Fer, aunque yo aún no entendía lo que decía la letra:

Jag är rädd att man glömmer
glömmer allt
Som vi glömde att vi
älskade varandra

Quizás aquella sinestesia fuese el primer signo de madurez de mi vida, tal vez el hilo conductor de todos los pasajes que he atravesado, porque tenía la sensación de ver en la música el mismo sonido del atardecer nublado, de escuchar en la vibración de la luz acordes que aún hoy día me parece exóticos, como idiomas extranjeros que construyen versos imposibles, palabras ininteligibles que me obligan ahora, tantos años después, a escribir para entender. En tantos lugares he encontrado la sensación azul de aquella canción de sonidos limpios, la melodía dulce de la luz que se enfría al atardecer, en tantas ciudades se ha impregnado mi cuerpo de este brocado celeste, que en ocasiones he creído diluirme en el aire hueco de quien espera sin más, como esperaba yo aquella tarde de finales de siglo, viajando en coche por la vega de Granada, alejado de casa a través del sonido de una banda extranjera. Creo que ya en aquel momento sabía que se pueden olvidar los lugares, las épocas y las personas, pero no las sensaciones.

Aquella tarde, cuando entré al apartamento vacío, ya no entraba apenas luz por las ventanas, pero brillaban en el salón las luces del árbol de Navidad y el reloj digital del equipo de música, así supe que aún quedaba más de una hora para verla a ella, aquella chica morena y enigmática que se hacía llamar Alicia Adler, a la que llevaba toda la tarde esperando conforme pasaba el tiempo, a quien tendría que seguir esperando un rato más en la penumbra fina de la sala de estar, como quien espera en la más absoluta nada vacía incluso de palabras.

No importa todo lo que sucedió después, todo aquello que ya terminó y que hemos olvidado de la misma forma en que, con la facilidad que nos ha dado la holgura del tiempo, casi hemos olvidado nuestros nombres. Importa sólo el presente, este mes de diciembre en el que escribo para entender el significado de la luz de las aceras cuando casi al atardecer se han vuelto azules, quedas y expectantes como el frío edulcorado por los nublos. Escribo porque la espiral del tiempo me ha devuelto, a través de los colores y de los sonidos que un día no comprendí, aquel invierno en que no encontré palabras, cuando no tenía herramientas para intuir que aquella voz escandinava lloraba con resignación, «me apena que olvidemos las cosas, que se olvide todo, como olvidamos nosotros que nos habíamos amado el uno al otro». Escribo -porque aquello que escribo es todo lo que puedo entender o prometer- con la certeza de que la luz venenosa de las tardes de invierno se ha inoculado en mis retinas como el color de las lágrimas, que es el color de las esperas que no terminan nunca más, porque casi una década después, al entrar al apartamento con las luces apagadas, el árbol de Navidad brillaba como la torre de Pharos albergando a un guardián muerto y el reloj digital, parpadeando en el equipo de música, marcaba la hora absurda de un tiempo en el que no hay nadie a quien esperar.

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Tras varios días de encierro en casa, a finales de la semana pasada me escapé unos días a la capital del Reino, por razones principalmente lúdicas. Durante estos días, momentos de soledad aparte -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado-, he podido disfrutar varias charlas con algunos amigos, conversaciones de bar, de sofá o de avenida, siempre alejadas de facultades, despachos, aulas y otros lugares en los que el conocimiento equivale, por lo general, a un lametón en el culo de una persona de dudosa autoridad.

En las cercanías del kilómetro cero, estuve recordando con Sebas L. algunos momentos de la adolescencia, cuando empezamos a hacer el payaso delante mi 386 y, cómo no, con su flamante 486, que tenía 8 megas de RAM, el doble que mi ordenador. La charla la tuvimos de madrugada, en el salón de su casa, guiados por las malas horas de la noche, perdiéndonos poco a poco en temas más presentes como las mujeres, el vino y alguna otra cosa más. De él he aprendido que la suerte juega un papel importante en la consecución del éxito, aunque mantengo el convencimiento de que la suerte no es un fantasma que se aparece, sino un tesoro que hay que buscar.

Con A. Infante me perdí paseando por algunas calles del centro, sometiendo al pobre hombre a la tortura de uno de los monólogos sobre mí mismo que suelo mantener. En esta ocasión, además de hablar de ciertos libros, de ciertos locales de Madrid que tengo en mi lista de pendientes y de algunos discos, estuve comentándole cierta conversación nefasta que tuve hace poco con una persona a quien preferiría no volver a oír hablar jamás. De él he aprendido que a los imbéciles, a los prepotentes y a los chulos hay que saber tratarlos, no todo lo contrario; y también llegué a una conclusión: sólo acepto recomendaciones bibliográficas de mis amigos.

Ya de vuelta en tierras provincianas, estuve compartiendo unas cañas con José L. Ballesteros. Aprovechando su condición de colchonero, nos vimos en un bar del Zaidín donde tienen mal fútbol y peor clientela, adonde vamos de vez en cuando a regar la garganta yo y a pasar un mal rato él. Pelotazos aparte, tuvimos tiempo de charlar y creo que se hizo una idea de lo que me ha rondado la cabeza estos últimos días -no sé si por elocuencia mía o por comprensión suya-. El relato de lo que ha acontecido los últimos días ha sido, en esencia, lo que han podido leer ustedes en estas páginas, por eso no hay necesidad de reproducirlo. El amigo y doctor José L. Ballesteros aseguró que yo soy de esas personas que prefieren hablar en un bar a hacerlo en cualquier otra lugar; yo estuve de acuerdo.

Fue horas más tarde cuando anuncié a Paul Bitternut mi retorno a la ciudad mora y decidimos vernos para debatir ciertos asuntos -en un bar, claro-. Entonces fue cuando todo encajó, cuando las conversaciones aisladas que mantuve con mis amigos se convirtieron en una sola y tuvieron una razón de ser, un hilo conductor: todas ellas habían ocurrido en lugares y momentos de ocio, lo que me ha llevado a pensar que realmente es en los bares donde se dicen las cosas importantes -es decir, donde sucede lo trascendental de nuestras vidas-, del mismo modo que en los momentos de soledad -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado- es cuando asimilamos lo que hemos aprendido. De alguna forma he decidido que los próximos días de vacaciones los voy a pasar en casa trabajando, asimilando lo que varios días de escapada me han enseñado -sé que eso quizás contradiga el mandato celeste de santificar las fiestas, pero ya saben que Dios no es santo de mi devoción-, y cuando se me acaben las ideas, sin más remedio, volveré a salir a la calle, nos veremos en alguna taberna.