Archivo de la Categoría “Madrid”
Creo que los dos fuimos allí buscando un lugar donde quedarnos. Yo fantaseaba con algún apartamento en el Barrio de las letras, cerca de las casas de Cervantes y de Lope de Vega -el Madrid bohemio se vende muy bien a quienes fantaseamos con la literatura con más oficio que beneficio-. Recuerdo que ella llevaba un pañuelo lila y unos vaqueros ajustados; recuerdo también que yo quería arrancárselos, enredar los dedos en su pelo ondulado y que el hambre se confundiera con las ganas de cenar.
Entramos a uno de esos bares de tapas de Madrid en los que no ponen tapas, creo que se llamaba Los olivares. Aunque no lo recuerdo, el bar debía estar lleno. La decoración consistía en una gran carga de tauromaquia y flamenco y en la radio sólo sonaba pop agitanado y copla, ay mi rosa en el suelo, ay mi vida en tu boca. Parece que lo español vende mejor cuando se confunde con lo andaluz.
Creo que el único duende que había allí era patrimonio de la mujer con la que estaba cenando.
No tenía disimulo el acento de los camareros, sureño aunque muy diferente al mío. Los creí oriundos de Andalucía occidental, idea que confirmé al descubrir en las paredes bufandas del Cádiz y del Málaga. Tomamos una combinación de platos que la alta cocina consideraría sacrílegos y apenas hablamos entre nosotros -yo sólo pensaba en arrancarle la ropa empezando por el pañuelo que llevaba alrededor del cuello, y ella sabe quién qué-.
Creo que durante el tiempo que estuvimos allí sentados, con espacio para los dos, las miradas frente a frente, encontramos cierta paz, más propia de la imaginación o de la literatura que de la realidad, pero pensé que aquella noche todo era posible, porque estábamos en el Barrio de las letras y porque la realidad siempre supera a la ficción. Estoy seguro de que los dos imaginamos que habíamos encontrado un hogar, una especie amparo de madriguera, y que no había nada que nos obligara a salir de aquel barrio. Sólo hubiéramos necesitado una prueba tangible, un ápice de realidad feliz, una señal, como quieran llamarlo.
Cuando pedimos la cuenta para salir de allí, el camarero nos preguntó con deje malagueño:
-¿Les ha estado rica a ustedes la comida? -Ella sonrió y respondió que sí, yo pensé que quería llevarme a la boca algo que no podía ponerse en un plato. El camarero bajó un poco la cabeza y sonrió, quizás sabiendo que había creado, en el Barrio de las letras, uno de esos universos que tan difíciles nos resultan a los escritores sin beneficio. Lo hogareño se hizo cierto cuando alzó la vista y dijo:
-¿De verdad? Bueno, ahora voy a ir a ver si se lo han terminado todo.
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Tras varios días de encierro en casa, a finales de la semana pasada me escapé unos días a la capital del Reino, por razones principalmente lúdicas. Durante estos días, momentos de soledad aparte -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado-, he podido disfrutar varias charlas con algunos amigos, conversaciones de bar, de sofá o de avenida, siempre alejadas de facultades, despachos, aulas y otros lugares en los que el conocimiento equivale, por lo general, a un lametón en el culo de una persona de dudosa autoridad.
En las cercanías del kilómetro cero, estuve recordando con Sebas L. algunos momentos de la adolescencia, cuando empezamos a hacer el payaso delante mi 386 y, cómo no, con su flamante 486, que tenía 8 megas de RAM, el doble que mi ordenador. La charla la tuvimos de madrugada, en el salón de su casa, guiados por las malas horas de la noche, perdiéndonos poco a poco en temas más presentes como las mujeres, el vino y alguna otra cosa más. De él he aprendido que la suerte juega un papel importante en la consecución del éxito, aunque mantengo el convencimiento de que la suerte no es un fantasma que se aparece, sino un tesoro que hay que buscar.
Con A. Infante me perdí paseando por algunas calles del centro, sometiendo al pobre hombre a la tortura de uno de los monólogos sobre mí mismo que suelo mantener. En esta ocasión, además de hablar de ciertos libros, de ciertos locales de Madrid que tengo en mi lista de pendientes y de algunos discos, estuve comentándole cierta conversación nefasta que tuve hace poco con una persona a quien preferiría no volver a oír hablar jamás. De él he aprendido que a los imbéciles, a los prepotentes y a los chulos hay que saber tratarlos, no todo lo contrario; y también llegué a una conclusión: sólo acepto recomendaciones bibliográficas de mis amigos.
Ya de vuelta en tierras provincianas, estuve compartiendo unas cañas con José L. Ballesteros. Aprovechando su condición de colchonero, nos vimos en un bar del Zaidín donde tienen mal fútbol y peor clientela, adonde vamos de vez en cuando a regar la garganta yo y a pasar un mal rato él. Pelotazos aparte, tuvimos tiempo de charlar y creo que se hizo una idea de lo que me ha rondado la cabeza estos últimos días -no sé si por elocuencia mía o por comprensión suya-. El relato de lo que ha acontecido los últimos días ha sido, en esencia, lo que han podido leer ustedes en estas páginas, por eso no hay necesidad de reproducirlo. El amigo y doctor José L. Ballesteros aseguró que yo soy de esas personas que prefieren hablar en un bar a hacerlo en cualquier otra lugar; yo estuve de acuerdo.
Fue horas más tarde cuando anuncié a Paul Bitternut mi retorno a la ciudad mora y decidimos vernos para debatir ciertos asuntos -en un bar, claro-. Entonces fue cuando todo encajó, cuando las conversaciones aisladas que mantuve con mis amigos se convirtieron en una sola y tuvieron una razón de ser, un hilo conductor: todas ellas habían ocurrido en lugares y momentos de ocio, lo que me ha llevado a pensar que realmente es en los bares donde se dicen las cosas importantes -es decir, donde sucede lo trascendental de nuestras vidas-, del mismo modo que en los momentos de soledad -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado- es cuando asimilamos lo que hemos aprendido. De alguna forma he decidido que los próximos días de vacaciones los voy a pasar en casa trabajando, asimilando lo que varios días de escapada me han enseñado -sé que eso quizás contradiga el mandato celeste de santificar las fiestas, pero ya saben que Dios no es santo de mi devoción-, y cuando se me acaben las ideas, sin más remedio, volveré a salir a la calle, nos veremos en alguna taberna.
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Es la misma cantinela, el mismo comienzo de hace unas dos décadas, el mismo nombre, Cortylandia, repulsivamente hortera, que se repite en un estribillo lobotomizante. Una voz femenina y enlatada que parece surgir desde una figura mecánica pregunta al aire: «¿has visto cuánta gente hay ahí abajo?». El vulgo alza a sus retoños para que puedan observar el espectáculo de Navidad de unos grandes almacenes. Hasta un indigente, con una cruz gamada estampada y tachada en la manga, entona la cancioncilla.
La Navidad es vigente en Madrid desde hace semanas, está en las calles, domina los comercios. El frío empieza a mostrar su lado más crudo, postra a los mendigos sobre sus cestas de recaudación, ofrecidas a modo de cepillo, mientras las aguas heladas que rodean el Templo de Debod atrapan a las hojas del otoño en su solidez, como el ámbar atrapa a los mosquitos. Un guitarrista callejero agacha la cabeza en la Plaza de Oriente, alza las manos formando un cuenco, intentando atrapar en su oquedad el leve calor de la brasa de un cigarrillo, con los ojos ocultos bajo la corta ala de un sombrero, la memoria repasando unos celebérrimos acordes, sus manos hábiles aunque heladas dispuestas a tocar un famoso canon. En la Plaza Mayor, por la mañana, los transportistas descargan marisco para un restaurante, los puestos de la plaza se preparan para el gentío con prisa, dos hombres preparan un tenderete: «y el richarl, el richarl a qué ha venío, a fastidia la velbena».
Yo froto los dedos contra los dedos. Había olvidado el frío de las mañanas de diciembre, agudizado por la falta de sol en el barrio de La Latina, donde entro a una local buscando un café cargado e hirviente como quien busca hogar y candela. Retengo en la memoria el olor a café de máquina, la luz tostada de un par de lámparas, la prisa de la gente, que este sábado por la mañana es más por inercia que por necesidad, el buen humor del camarero, la calma opaca de una mujer morena que no levanta la vista de los botones de su abrigo negro -o quizás lea algún libro oculto tras el recodo de la barra-. Lo retengo todo en la memoria porque quizás lo cuente, aunque sea de forma desordenada, porque el tiempo en que suceden las cosas no tiene importancia, sólo permanecerá el recuerdo final de la mañana helada, de la librería del Callejón de San Ginés, de la explanada desierta frente al mercado de la Puerta de Toledo, de la mujer del abrigo negro que fue la misma que se cruzó conmigo anoche en el metro de Plaza de Castilla, tan parecida a aquella otra que cantaba en un local de Chueca.
Pero no importa el orden de los acontecimientos, porque lo que presenciamos en cada ciudad no es más que una parte de nosotros mismos, un capítulo diferente de nuestras vidas, y en la mixtura de memoria de lo que hemos presenciado se encierra la esencia de nuestro presente, como una canción de propaganda repetida durante veinte años, libros impresos hace tres décadas que ahora sostengo en mis manos del mismo modo que un volumen recién editado, personas agotadas que dormitan en el metro a esta temprana hora de la mañana, pedigüeños que mendigan solitarios y hombres solos que piden compasión, mujeres desconocidas con las que cruzo una mirada fugaz, a las que nunca volveré a ver, como tantas otras personas a las que no volveré a encontrar sino por casualidad.
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Ahora recuerdo -no sé cómo pude olvidarlo- el extraño insomnio que siempre he sufrido en los aviones, esa cansada incapacidad de dormir que apenas he podido superar alguna vez tras pasar la noche en vela en un aeropuerto. Debí suponer que el efecto en los autobuses es de naturaleza similar y multiplicada magnitud, será por el traqueteo temerario de los asientos o por el vocerío inoportuno de quienes hablan por teléfono, por el caso omiso que hago al película que dan por esa pantalla minúscula o, tal vez, por el encierro claustrofóbico de la negrura de los cristales, rota a veces por las luces de Navidad de algún polígono industrial, más aún por las luces coloreadas de los puticlubs.
Se quiebra la negrura (o se quiebra la luz, según se mire) como se quiebran las líneas que escribo: la literatura en un autobús es intermitente (el simil lo dejo a gusto del lector, que ponga lo más miserable que se le ocurra). En la lista negra de mis medios de transporte, el autobús interurbano tiene la segunda plaza, superado (si se me permite la generosa palabra) solamente por el autobús urbano, concretamente el granadino, que es mezquino, torpe y retrasado como el peor secuaz del malo de una película infantil. Pero ahora me encuentro en un autobús urbano, a más o menos una hora de la Avenida de América de Madrid, con la incómoda urgencia de estirar las piernas, de saludar a Sebas L., que ya debe haber comprado una botella de vino, y de dar una vuelta por la Gran Vía con A. Infante (ese hombre que podría codearse con Cary Grant). Hace rato que vi como tantas veces el atardecer en Almuradiel, la tierra roja de La Mancha, el rojo cielo del ocaso, la luz triste de Casa Marcos, a medida del viajero solitario; y ahora la noche cerrada es un cuarto creciente duplicado en el cristal.
Te escribo para distraer mi desvelo. Ahora tú y yo nos miramos como el locutor que habla a solas en la noche y el oyente que escucha como quien escucha a hurtadillas. Te escribo porque viajo solo, porque la noche es cada vez más fría (tú y yo sabemos que es fría la Navidad) y todos los trayectos se vuelven más largos de lo que debieran. Te escribo, anclado en la soledad anfibia del páramo húmedo, porque sin tinta que corra no hay tiempo que transcurra en el sentido de la esperanza, porque sin palabras no hay más destino que el tedio negro del insomnio.
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En los lugares extraños, uno tiende a buscar señales hogareñas, calles, comercios, gente, edificios que recuerden a los sitios que con el tiempo hemos aprendido a llamar nuestros. En la Villa de Vallecas es fácil encontrar esa familiaridad, ese sentir de barrio que no es el de un barrio cualquiera, sino el de uno mismo. No recuerdo quién me ha dicho esta mañana que Vallecas engancha, poniendo como ejemplo a Manuela Malasaña, que murió defendiendo Madrid en los fusilamientos del 2 de mayo, olvidados ya sus orígenes franceses. Por extensión, Don Ángel Garrido García, Concejal Presidente del Distrito de Vallecas, nos comentaba en una charla esta mañana que «es fácil ser madrileño, porque no pedimos nada»; eran sus palabras menos propaganda que una verdad agradable.
Cuando uno se siente extranjero, por vocacional que sea esta situación, por preciada que sea la circunstancia de la soledad remota que nos lleva a veces a escapar hacia lugares nuevos, siempre queda un ápice de añoranza que se refleja en la mirada de quien espera encontrar un lugar familiar. Al llegar esta mañana a Vallecas, he intentado imaginar que aquel era mi barrio, que de alguna forma, caminando por el Paseo de Federico García Lorca -nombre en el que los granadinos encontramos siempre un lazo remoto pero irrefutable-, esa presencia extraña que he sido yo durante unas horas, tenía un lugar cómodo. Ha sido grato descubrir que la sensación un tanto confusa de estar en un lugar conocido no era producto de la imaginación, del recuerdo retorcido de algún barrio de Granada, sino de una gente que puebla las calles de una manera amistosa -quizás sea el déficit de malafollá granaína que disfrutan todos los pueblos menos el mío-. Ha venido después a mi imaginación un futuro remoto -seguramente irreal- en el que poner casa en las calles vallecanas. Quizás porque de alguna forma tenga la necesidad -de origen aún incomprensible para mí- de desgranar los lugares y a la gente de Vallecas con cierto detemiento, quizás porque en el fondo no soy más que un extranjero aquí, la mezcla del recuerdo y la imaginación de la hospitalidad vallecana me hagan buscar cierta ficción en sus calles, porque la ficción siempre es más que la nada.
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Fotografía: Beta Design.
Nos prometimos un paseo por la calle Alcalá, quizás un café en aquel bar, desde el que se veía a la gente pasar al abrigo de la prisa, y luego una cena en aquel restaurante, cerca del Retiro, que parecía estar en ningún sitio. Madrid está preciosa a finales de otoño, como si recogiera las formas de tantos otros lugares, como si robara briznas de color a otras ciudades y las mezclara como quien mezcla alcoholes: es el refugio de los ebrios, la guarida de la incertidumbre, el escenario de tantas novelas aún por escribir. Tantas veces me senté a esperar en la Plaza de España que pensé que alguien llegaría, llevando consigo un lento caminar de nube, para subir hasta Callao, para bajar hacia la Puerta del Sol, como si en realidad no estuviesemos solos los habitantes de los atardeceres, como si en la espera Cibeles hubiera un atisbo de esperanza, como si la esperanza no estuviera desmentida por la mirada compasiva de los leones.Fue en un lugar indeterminado, un día que no recuerdo, que nos prometimos dejarnos llevar entre la lluvia incipiente y las prisas húmedas de la gente que huye de las ciudades que no tienen límites, como si algo que no sea caduco pudiera existir en el otoño, como si las promesas no cayeran como hojas secas en el saco roto de las aceras. Madrid, en esta época del año, tiene entre el suelo y los nublos un vacío similar al de quienes caminamos por las aceras con la templanza del que espera sentado, un peso agotador de bolsas de compra y un tránsito enardecido por la avidez de llegar a un destino. Qué tristeza de gente, cuando lo que se busca son personas, cuando uno se mira cara a cara en las ciudades y no hay nadie en el espejo.
Me senté a esperar en la Plaza de España, a espaldas de Sancho y Quijote, como un Cervantes sin talento, como la Cibeles espera tras sus leones, como si Madrid escondiera alguna esperanza, algún pasaje que no fuera inventado. Yo, que trato de escribir a cada segundo, redactaba la novela de mi vida en la penumbra de un jardín tan extraño -pero jamás tuve talento-, sin una musa que guiara mis palabras, sin Rocinante para sostener mi cuerpo, mientras la tierra se oscurecia bajo el peso de la noche temprana y de la lluvia incipiente, de las hojas caducas que caían como un vals deshaciéndose ya en el aire, mientras los árboles bailaban desnudándose de pena y los pájaros trinaban desesperados, volando en un cielo cada vez más bajo y oscuro, en el que se deshacía una gota irreal.
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(Parte II)
A las doce y veinte de la madrugada del día quince de septiembre recibí una llamada telefónica de mi amigo Ernesto. Después de unos pocos minutos hablando, contándome él lo impresionante de las vistas de su nuevo apartamento junto a Central Park, lo vertiginoso de encontrarse a miles de kilómetros de su casa del Zaidín, asegurándole yo que tal distancia no era tal, Ernesto se disculpó y se retiró unos segundos porque, según decía, estaban llamando al timbre. No volvimos a tomar la conferencia.
Aunque tenía tiempo suficiente decidí no esperar, cogí dinero, en una mochila metí varias cosas que a las que llamaría mis efectos personales, y salí de mi casa con paso decidido. Diez minutos después encontré un taxi que me llevó a la estación de autobuses, a las dos salí hacia Madrid y a las ocho de la mañana estaba tomando café y magdalenas -de esas a las que llaman muffins- en un Starbucks cercano al Parque del Retiro.
Pueden comprobar que en realidad no tenía prisa. Mi agilidad a la hora de partir de viaje se debió a una emoción que hormigueaba cada vez con más intensidad entre mi pubis y mis pulmones. Si hubiera tenido la más mínima necesidad o urgencia de salir de viaje, habría sido comprensible mi ligereza de equipaje, pero yo tenía tiempo. ¿Por qué tanta prisa entonces?. Seguro que lo entienden perfectamente: estaba deseando ver lo que iba a ver. Me había embarcado en un viaje inútil sólo por placer -seguro que eso también lo entienden perfecamente-.
A medio día comí en el aeropuerto de Barajas con un billete de avión en el bolsillo y a media noche salí hacia Nueva York. Trece horas después aterricé en el JFK y puse mi reloj en hora: las siete de la mañana del dieciseis de septiembre. Entre la media noche y las siete de la mañana habían transcurrido trece horas. El tiempo, pensé, es un jodido engaño; la distancia, deduje, también.
Un taxista latino me llevó a Central Park. Para entonces yo ya no podía evitar torcer una sonrisa cruel y divertida. Caminaba tan emocionado por mi tarea que apenas reparé en la gente, en las calles, en las cosas que salen en las películas de Woody Allen.
Entonces me planté en la puerta del apartamento de Ernesto. Abrí la bolsa de mis efectos personales, saqué mi viejo Viceroy-Virgin digital y tecleé en el horario de Nueva York: 17:20 horas del 14 de septiembre. En España ya habían cruzado la media noche. Cuando llamé al timbre, Enersto abrió la puerta estupefacto, con la boca abierta, como en estado de shock. En su mano izquierda el teléfono inalámbrico empezó a emitir un tono, como si alguien hubiera colgado al otro lado.
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Pese a que podría desmoronarse con apenas soslayar las historias de subsaharianos ahogados en el estrecho o de judíos huídos, la idea romántica de la migración es como un dolor crónico que se agudiza en función de las condiciones atmosféricas, como una vieja lesión de la adolescencia. Nos resultan atractivas, incluso hipnóticas, las imágenes de caminantes que cargan con un fardo a la espalda, navegantes que sujetan firmemente un timón en medio de una tempestad, hombres que esperan impacientes la llegada de un tren en el andén transitado de una estación, viajeros que pegan la cara a la ventanilla del avión mirando el sol reflejado en un mar plateado, mercados porteños en los que se mezclan lenguas y enseres de cada rincón del mundo, comensales que buscan solitarios un menú barato en algún bar de pueblo, con el pelo alborotado y la mirada perdida en algún pensamiento lejano. Son, en definitiva, ideales extraños que se contemplan como si alguien los hubiera colocado dentro de una urna de cristal y rodeados por un cordón rojo.
Hace poco, desde esta rutina inmersa en noticieros de agosto, isoflavonas de soja y comida china, fantaseaba con pasar varios meses en Madrid, investigando sobre alguna materia que ahora no viene al caso y que en cierto modo me empieza a obsesionar. También cruzaban Chueca y Fuencarral por mi fantasía, por parecer tener esa arquitectura literaria de los poetas evadidos, la misma que hay en los ferrocarriles o en las casas de campo. Lo hablaba ayer con Antonio Muñoz, incansable explorador de literaturas, músicas y espacios urbanos; no hay que dejar que lo ilusorio contagie de confusión los estrechos límites de la probabilidad. No me veo viviendo como M.S. Fogg en el parque del Retiro, con una chaqueta húmeda de inmundicia y, seguramente, un perenne cartón de vino debajo del brazo. Y es una pena, concluímos, porque al final las ligaduras laborales y estudiantiles tienen atada a la mayoría de la población mundana. La pela es la pela, diría alguno; o la pelas, sencillamente, diría otro. ¿Cuántas novelas habrá sin escribir, cuantos cuadros sin pintar, cuantos temas sin investigar porque el autor estaba perdiendo el tiempo en un trabajo aburrido o en un aula mugrienta?.
Al sur de Granada (Fernando Colomo, 2002) es una adaptación de la obra homónima de Gerarld Brenan (1894 - 1987) en la que el escritor tiene una conversación con un granadino de la Alpujarra, quien dice que quiere viajar. Tiene la idea romántica de la migración, ha mitificado una ciudad, en su caso Buenos Aires, y la ve como una vía de escape, una salida de ese pueblo pequeño y en cierto modo aislado. El granadino dice que no puede viajar, porque para eso hacen falta perras, y lo asegura con una melancolía llena de frustración. Es una de las mutaciones de esa epidemia llamada fracaso. Gerarld Brenan, ‘don Geraldo’, alimenta su ilusión con una respuesta tan descabellada como cierta: le contesta que para viajar no hacen falta perras, sólo hace falta caminar.
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