Me he perdido en corrientes circulares en el tiempo
Escrito por: Gotardo J. González en Ciencia, Madrid, Nueva York(Parte II)
A las doce y veinte de la madrugada del dÃa quince de septiembre recibà una llamada telefónica de mi amigo Ernesto. Después de unos pocos minutos hablando, contándome él lo impresionante de las vistas de su nuevo apartamento junto a Central Park, lo vertiginoso de encontrarse a miles de kilómetros de su casa del ZaidÃn, asegurándole yo que tal distancia no era tal, Ernesto se disculpó y se retiró unos segundos porque, según decÃa, estaban llamando al timbre. No volvimos a tomar la conferencia.
Aunque tenÃa tiempo suficiente decidà no esperar, cogà dinero, en una mochila metà varias cosas que a las que llamarÃa mis efectos personales, y salà de mi casa con paso decidido. Diez minutos después encontré un taxi que me llevó a la estación de autobuses, a las dos salà hacia Madrid y a las ocho de la mañana estaba tomando café y magdalenas -de esas a las que llaman muffins- en un Starbucks cercano al Parque del Retiro.
Pueden comprobar que en realidad no tenÃa prisa. Mi agilidad a la hora de partir de viaje se debió a una emoción que hormigueaba cada vez con más intensidad entre mi pubis y mis pulmones. Si hubiera tenido la más mÃnima necesidad o urgencia de salir de viaje, habrÃa sido comprensible mi ligereza de equipaje, pero yo tenÃa tiempo. ¿Por qué tanta prisa entonces?. Seguro que lo entienden perfectamente: estaba deseando ver lo que iba a ver. Me habÃa embarcado en un viaje inútil sólo por placer -seguro que eso también lo entienden perfecamente-.
A medio dÃa comà en el aeropuerto de Barajas con un billete de avión en el bolsillo y a media noche salà hacia Nueva York. Trece horas después aterricé en el JFK y puse mi reloj en hora: las siete de la mañana del dieciseis de septiembre. Entre la media noche y las siete de la mañana habÃan transcurrido trece horas. El tiempo, pensé, es un jodido engaño; la distancia, deduje, también.
Un taxista latino me llevó a Central Park. Para entonces yo ya no podÃa evitar torcer una sonrisa cruel y divertida. Caminaba tan emocionado por mi tarea que apenas reparé en la gente, en las calles, en las cosas que salen en las pelÃculas de Woody Allen.
Entonces me planté en la puerta del apartamento de Ernesto. Abrà la bolsa de mis efectos personales, saqué mi viejo Viceroy-Virgin digital y tecleé en el horario de Nueva York: 17:20 horas del 14 de septiembre. En España ya habÃan cruzado la media noche. Cuando llamé al timbre, Enersto abrió la puerta estupefacto, con la boca abierta, como en estado de shock. En su mano izquierda el teléfono inalámbrico empezó a emitir un tono, como si alguien hubiera colgado al otro lado.


















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