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Archivo de la Categoría “Realejo”


«Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», pensé el día que la conocí, o tal vez lo dije en voz alta pero nadie me prestó atención, en aquella taberna irlandesa del Realejo donde las guiris se emborrachan con dos sorbos de cerveza y los estudiantes sin pareja van a mirarle a las erasmus gordas el escote hiperbólico, el tanga y las lorzas que asoman entre la camiseta de tirantes y la minifalda. «Te recuerdo, Amanda», recordé, porque cuando conozco a alguien juego en silencio a buscar alguna canción con su nombre, Alicia, Lola, Noelia, Angie, Eloisse, Penélope o Yolanda. Conocí a Amanda, «Te recuerdo, Amanda», una noche al final un verano, sentados varios amigos alrededor de una mesa en una taberna, charlando, sobre todo Amanda, que hablaba de la gente de su barrio, casi entrando en un monólogo que a veces parecía medido. Estuvimos allí durante algo más de una hora, bebimos poco, rodeados de las erasmus que a veces chillaban si empezaba a sonar una canción hortera, Amanda dirigiendo la conversación, pronunciando unas palabras que he olvidado y porque no forman parte de esta historia. Después de aquella noche no volvimos a vernos hasta varios meses después.

Amanda es una persona normal, con algunos distintivos, habilidades y defectos que la distinguen del resto de la gente como nos diferenciamos todos de los demás, con cierta habilidad para el relato oral, para imprimir a cada frase cierta contundencia espontánea, sin alcanzar la gloria de la genialidad, lejos del fango de lo miserable o lo grotesco, capaz de enamorar a alguien o de ser despreciada o envidiada, una compañía agradable para pasar las tardes y las noches de verano; por eso me sorprendió que hace unos días me sugiriera escribir la historia de su vida, porque no hay nada especial en ella, ni la grandilocuencia de las grandes conquistas ni el espanto de un crimen secreto, tal vez el sentimiento apasionado de un amor que ella creyera único, quizás el nombre una canción, «Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», que cuenta una historia distinta a la suya.

Meses después de conocer a Amanda, en diciembre, viajé a Madrid para pasar unos días, pasear por el centro y charlar con Sebas L., entre otras cosas. Allí conocí a Grecia, mucho antes incluso de saber de su existencia: entré a la FNAC, compré Travels in the Scriptorium de Paul Auster y algún volumen de cuentos de Edgar Allan Poe, y Grecia estaba en la caja, uniformada, el rostro joven aunque algo serio, el pelo suelto, balanceándose junto a las ondas morenas unos pendientes de color verde hechos a mano. No supe quién era Grecia hasta mucho tiempo después, no supe qué relación tenía con la historia que hoy les cuento porque no era más que un rostro al otro lado de una caja, una mano que cobra, quizás un amor o una desdicha o ambas cosas detrás del anonimato, alguien que no me conocía y que quizá me leyera como usted, alguien como yo mismo. Aunque tiempo después tuve noticias de Grecia, jamás volví a verla, nunca cruzamos una sola palabra y hasta hoy no pensé escribir sobre ella, porque Grecia es una persona como otra cualquiera, no conozco de ella ninguna historia digna de ser escrita, su vida, en esencia, puede considerarse similar a mi vida, similar a la vida de mis lectores: si la pudiera relatar, la gente vería en ella a una hermana, a una compañera de trabajo, a una hija.

Durante el tiempo que estuvimos sin vernos, supe de Amanda que trabajaba y que algunos fines de semana salía de viaje como salimos todos de vez en cuando para huir de Granada. La ciudad cada dos semanas se vuelve como un gas venenoso. Hablábamos de cuando en cuando, mostrábamos un interés general por nuestras vidas, sin entrar en detalles, lo único que pude percibir en ella fue un brillo diferente en la voz, quizás una forma reírse sincera, similar a la que A. Infante solía decir que tienen las mujeres que ya no son vírgenes. Sin embargo, cuando volví a verla, tiempo después, había desaparecido buena parte de su labia, bajo sus ojos había una sombra del color del atardecer, el iris de color mate, la pupila cansada o triste: era la erosión de las lágrimas, eran las marcas del llanto, y el llanto no era más que un síntoma de la angustia, la implacable acuosidad de la tristeza, pensaba yo, «te recuerdo, Amanda, la calle mojada».

La vida de Amanda seguía siendo común, vivía en Granada como viven los gorriones de la Vega, en bandada, trabajando, disfrutando de alguna puesta de sol. Supe después que los cortos viajes que la llevaban algunos fines de semana por los pueblos de Castilla-La Mancha se debían al amor y no al ocio, no al amor común, sino al misterio silencioso de un amor secreto que, hasta hoy día, permanece oculto por excusas y mentiras. Me lo dijo Amanda, con la voz temblorosa y la mano desatinada, aquel día en que descubrí en sus ojos doloridos la pena, extendiendo el brazo por encima de una mesa del bar donde nos solíamos ver, mostrándome una foto en la que aparecía ella junto a otra mujer, más joven, morena, de fondo los molinos inertes de Campo de Criptana. «Es ella», me dijo, «también me ha regalado estos pendientes que ha hecho ella a mano», los llevaba puestos, de un color verde que se me antojó tópicamente de esperanza, suspendidos entre el pelo rubio de Amanda. No sé cómo se conocieron Amanda y Grecia, no sé cuánto tiempo llevan viéndose cada dos semanas en algún pueblo de La Mancha, tampoco es interesante para esta historia que no es la historia de dos mujeres, sino la historia de todos los hombres, de la miseria de la humanidad, del hundimiento de una especie en el lodo de la crueldad.

Se enamoraron Amanda y Grecia, la mujer a la que nunca conocí, como se enamoran todas las personas, creyendo que su amor es único y eterno, deseándose en las esquinas desiertas de un hotel o a través del hilo telefónico, y además, construyendo una burbuja que las ocultara de los comentarios y de las miradas indiscretas del barrio de Amanda, de los rumores urdidos a la ligera, del juicio de los hombres legos en amores. Amanda y Grecia se esconden para verse fugitivas de la mirada miserable de los hombres que las miran como se miran las rarezas circenses. Más allá de la incomprensión hay siempre una madriguera angustiosa. Amanda y Grecia se han perdido los besos en los parques, los paseos en Navidad por el centro de Granada, las siestas en la playa tumbada una encima de la otra.

Amanda me sugirió que escribiera sobre ella, quizás porque necesitaba abrir una ventana hacia el exterior para vencer la claustrofobia del secretismo absoluto, pero no había nada que contar aún, pensé, quizás la historia de un amor, quizás el peso del secreto que ahora brota en los ojos de Amanda, semanas, quizás meses, antes de que por fin se deje ver paseando de la mano de Grecia. Ni siquiera he podido relacionar, al más puro estilo de los estudiantes de literatura comparada, la historia de Amanda y Grecia con la Amanda de Víctor Jara, porque esta no es la historia de dos nombres, no es una historia con fechas, es el germen que brotó sutilmente de la voz de Amanda, «esto da para mucho, podrías escribir mi historia», y yo pensé que no quería escribirla, se la dejo a ella para que la narre en primera persona, que salga de la asfixiante guarida de lo oculto, que hable como hablan los enamorados, aquí nos conocimos, allí cenamos por primera vez, mientras yo hablo de los hombres, de la verdadera historia que cuento hoy, la que se empieza a extinguir como los dinosaurios, la historia de aquellos cavernícolas que ven a Amanda huir algunos fines de semana, aquellos que no sabrían verla cogida de la mano de Grecia porque aprendieron a censurar lo que les parecía diferente al identificarlo con lo perverso, porque aprendieron a considerar perverso lo que despertaba en ellos la lujuria o la curiosidad de una sexualidad amordazada ente dos cojones y que no pertenece a maricones ni bolleras. Esta es la historia de la felicidad llorosa de dos personas, la vergüenza moral de los hombres que no llegaron a entenderse a sí mismos a través de aquellos otros a los que creen diferentes. Será la historia de las personas que un día, pronto, consigan empalagarse de la palabra libertad.

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En el breve tiempo en el que cuento esto, habrá atardecido por completo, porque ahora es sólo un breve resplandor, aquel que viene del sol que se deshace en la Vega, el que llega desde poniente a la Plaza del Realejo, donde la iluminación de Navidad ha empezado a lucir, no tanto como los colores aún vivos de la ciudad, mecida por una megafonía que desafina Adeste fideles con un sonido de gramola obsoleta. Por la calle Molinos camina la gente, entrando y saliendo de pequeños comercios, bares, antiguos establecimientos, como si correspondieran afables a la tesitura añeja del sonido del villancico; van todos embutidos en abrigos, bufandas flojas al cuello, algunos con guantes, otros con las manos desnudas sujetando bolsas de la compra, otros tantos, con finas ropas y helados hasta el alma, apenas alcanzan ya a levantar la mano vacía, ávidos de limosna o aguinaldo, para bajarla desierta aún, mientras los camiones apenas alcanzan a mitigar el canto del tenor que la megafonía desentona: «Pro nobis egenum et foeno cubantem / Piis foveamus amplexibus». El Teatro Alhambra sigue cerrado, pero hoy es demasiado tarde para escuchar el rumor de obra, que es lo más parecido a los aplausos que allí ha sonado en los últimos años -¡qué tiempos de Valle-Inclán! ¿son en verdad tan lejanos?-.

He caminado hacia la Cuesta de Escoriaza, he bajado mirando una Sierra Nevada que se apaga con la tarde, como plata oscura de luna, y he llegado a orillas del Genil como una sombra, no como un caminante de la tarde, como aquellos que hacían compras en la calle Molinos. Aunque ya no queda del sol nada sino un recuerdo que clarea en el horizonte, cruzo el río y subo por la ribera, mirando el agua del Genil que es agua de luna, de luna oscura como las nieves de la Sierra. Queda aún gente que pasea, gente que corre, gente que conversa, porque es una tarde sin viento y el frío no nos agrede, está quieto en el aire, acechante, empezando a agitarse con la huida del sol. Al fondo brillan ya las casas de la Bola de Oro, rodeando un descampado oscuro como la noche, y más allá se alza el Serrallo en su trono de arboledas. Esta noche, la luna vendrá tarde: debe estar desnuda tras la Sabika, pues su polisón de nardos está hecho jirones por doquier, en el Genil, en la Sierra, en mi alma de recién nacido, en la vieja fábrica de telas, en el nuevo puente que le pusieron al río como una grapa. Está la luna tan lejos y la noche es tan negra, que creo ver en la oscuridad, entre tanta gente como si no hubiera nadie, entre tantas luces en la negrura, en el vacío que está lleno de nada.

Al pie de la Cuesta de la Plata, se cruzan varias varios callejones, formando una pequeña plaza -seguramente sin nombre- en su confluencia, junto a la acequia, donde también desemboca, flanqueado por dos hileras de cipreses, un camino de adoquines que sube hasta la entrada del Serrallo. Es al comienzo de este camino donde humean con abundancia los restos húmedos de una fogata, tejiendo una nube, áspera en su mezcla con el frío, que huele candela y sabe a madera consumida, que suaviza con su velo gris la negrura profunda de la noche y las luces escasas de las viviendas del lugar, sin violar un ápice del himen malogrado del silencio, y en la oquedad morena de los callejones hay tres viejos que hablan a gritos de las ultimas mercas del día, a punto de recogerse cada uno al calor de su candela hasta la llegada del nuevo día.

A esta hora ya ha caído el sol por completo, se ha apagado tras la Vega como la fogata de los viejos, dando al frío un margen sin ley, las alas de un corcel negro que es el viento de la noche, que azotará mi cara y mi flequillo cuando llegue a lo alto del camino de adoquines, cuando decida regresar a casa con la sensación de haber recorrido mundos diferentes, como si me encontrara en medio de dos realidades distintas, la mía propia y la que me secuestra, sin saber cual es cual, como un fantasma perdido entre las luces de los hombres y el cobijo negro de la noche.

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