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Archivo de la Categoría “Sevilla”


Tiene el mismo rostro en esta foto reciente, la misma mirada ennegrecida de hachís, torcida de pena o tal vez de cansancio, quizás de impaciencia porque la agonía que siempre ha sido su vida se prolonga en los años como se dilatan las horas viles de una tortura intensificada sin sobrepasar la barrera de la muerte, torciendo el gesto de sus cejas y sus párpados inferiores para camuflar sin éxito y con fiereza la mísera marca de la penuria. Sé que él, que se llama Cebrián o eso dijo, ha sobrevivido porque el bálsamo del instinto y el fingimiento de la dignidad han frenado su caída como el agua cenagosa de un pantano amortigua el peso muerto y mineral de una pierda arrojada a sus profundidades, no con crueldad ni mala fe, sino con desidia e ignorancia. Por eso los rasgos de Cebrián eran y siguen siendo esclavos de unos párpados inflamados y unos ojos enrojecidos de hachís y una mandíbula afilada como una navaja, a causa, tal vez, del hambre o de un agotamiento que le consume y quizás no entienda.

Tiene ese mismo rostro, el de aquel perro que era entonces, el día que se me acercó en un bar al que yo había entrado solo, la misma cara de zagal guapo desgastado por la erosión de unos pocos años duros, la camisa igualmente abierta y sin planchar, la cicatriz en el tabique nasal, el acento hiperbólicamente sevillano al decir «mostruo, me voy a sentá contigo, si no te molesta, vamo, camarero, pon una arbondiguita pa mi primo, así no está tú solo y echamo un buen rato». Cebrián se sentó en mi mesa con otro hombre, de piel morena y pelo oscuro en los rizos y en el mentón, que vestía una camiseta rayas azules y negras ceñidas y me hizo pensar que para rematar su aspecto debería lucir un ancla en su antebrazo musculado no por el deporte ni los gimnasios, sino por el trabajo o quizás la delincuencia. Cebrián comía con compulsión mientras el marinero desviaba la vista, compungida como en un pesar sobreactuado, y ese giro de la mirada era para Cebrián como una ausencia del oído marino de su amigo, porque hablaba de él sin discreción, aparentando un grado creciente de compadrería o fraternidad hacia mí similar al que se gasta en los confesionarios o en los despachos, «perdona si te he molestado», decía, «pero te hemos visto solo, y así seguro que estamos mejor los tres, más a gusto, entre compadres», y alzaba la cabeza y pedía, «camarero, una cerveza pa mi primo», y yo remoloneaba entre trago y trago, en bocado y bocado, entre frase y frase, como si dilatar la conversación me hiciera ganar un tiempo que me permitiría marcharme sin ser descortés o desvelar mi desconfianza hacia Cebrián que sabría fundada más tarde, cuando me dijo que tenía un problema, «anoche jodieron a mi amigo», hablaba Cebrián mientras el otro hacía como si no escuchara, «se fue con una puta y la puta le dio un palo, le quitó todo, todo el dinero, la documentación, la ropa, y yo estoy intentando ayudarlo, porque se tiene que ir a Madrid mañana, que acaba de nacer su primer hijo y no lo conoce todavía, así que yo estoy pidiendo para juntar los cincuenta euros que le faltan para coger el autobús mañana», «qué putada», le dije, y mientras el marinero renegaba de la mendicidad de su compañero, «que no, hombre, que mañana me echo a la carretera y me voy a Madrid haciendo autostop», el pedigüeño daba trabajo al camarero, «camarero, ponte tres cervecitas más», y luego se giraba hacia nosotros haciendo gala de su ardor fraternal y de su generosidad, «si hace falta yo le pego un palo a alguien, por mi amigo lo que sea, de verdad, que yo soy todo corazón, porque ayer me fui a buscar a la puta y le di una somanta al cabrón del chulo, que era un moro culturista así», decía separando los codos del tronco, «y yo soy capaz de coger a cualquiera, por mi amigo, y darle una paliza, pegarle un navajazo y quitarle lo que lleve para éste se vaya a conocer a su hijo, y si hace falta luego lo busco y le devuelvo el dinero, pero no quiero llegar a esos extremos, que te lo digo de verdad, que yo soy todo corazón, si tienes algún problema en Sevilla pregunta por Cebrián el de la Macarena, ¿de dónde eres tú? ¿de Granada? Yo conozco gente allí, en el barrio del Polígono, si tienes algún problema di que eres primo de Cebrián el de la Macarena, verás como no te tocan ni un pelo, y ahora estoy intentando ayudar a mi colega, ¿tú no lo harías?, por un amigo hay que dejarse la piel, ¿es o no es?, por un amigo lo que sea, lo juro por mis hijos que tienen uno tres meses y el otro cinco años, camarero, un par de cervezas más, tú nos dejas lo que lleves, y ya está, y esto lo pagamos nosotros, camarero, una tapita de merluza». Lo primero que pensé es que Cebrián no había leído un libro en su vida, seguramente tampoco había visto demasiado cine y todas las historias que había escuchado consistían en cuentos para chavales que las abuelas u otros chavales cuentan para tratar de construir algún tipo de mito a su alrededor, porque Cebrián tenía la habilidad de hilar frases que no llevaban a ningún sitio que no fuera mi cartera, construía una historia incoherente que se apoyaba tan solo en una vehemencia sobreactuada, en una pasión que no se correspondía con la presencia fiera de sus amenazas veladas, en una necesidad que se hundía en el derroche de platos y vasos, que a su vez pretendía darse un postín incoherente con el bar sucio en el que encontré a Cebrián y al Marinero. Cebrián no habría sido nunca un buen novelista, no era ni siquiera un buen mentiroso, y seguramente el único rasgo cervantino que tenía era el hambre que le había inspirado una picaresca que de puro vulgar no podía ser picaresca. No tardé en imaginar, aquella noche en que vi la cara ruda de Cebrián, la facilidad que tendrían los dos delincuentes barriobajeros en sacarme del bar o acompañarme cortésmente a la calle o darme charla hasta doblar la primera esquina de un callejón sevillano y luego limpiarme de un navajazo los cinco euros que llevaba en la cartera y el espacio que alojaba mi riñón derecho. Ni las novelas de Auster ni la poesía de Juan Ramón Jiménez contenían instrucciones o pistas sobre cómo defenderme de Cebrián y su amigo, tal vez Lorca había escrito sobre el duende carmesí que brotaría a la luz de la luna cuando el resplandor amarillento de una navaja me desollara; quisiera creer que fue la inteligencia en lugar de la cobardía la cualidad que me incitó a entrar en su juego, aparentar que creía todas y cada una de las palabras que me contaban, fingir que me hermanaba con Cebrian de la Macarena y con su amigo el Marinero Putero, ocultar el desprecio que siento hacia la mentira y la prepotencia, aconsejarles y animarlos en su bella y falsa empresa de ir a cuidar un niño recién nacido hijo de putero, ayudar a un buena amigo, reparar los rasgos de unos rostros que ahora se mostraban compungidos, doblados, exagerados, deformados como si pertenecieran a un mundo diferente o como si fueran tan falsos como sus palabras. Fue cuando de manera más vehemente cuando me descubrí no odiando o temiendo a Cebrián, sino despreciándolo, sintiendo hacia él el desdén que se siente hacia una mala hierba o hacia la suciedad infecta de una vivienda y que, más tarde, descubrí, era el mismo desdén que Cebrián sentía hacia sí mismo.

En esta foto de Cebrían que han publicado hoy en el periódico, aparece la misma mirada partida de desdén hacia sí mismo a la misma altura que la cicatriz de la nariz partida, con la cabeza alta y presuntuosa, saliendo de los juzgados con libertad condicional un día antes de que lo mataran, según dice el pie de foto, los mismos que no supieron ajustarle las cuentas a través de los tribunales. No utilizaron más armas que sus brazos y sus piernas para tumbar a Cebrián a la salida de una taberna en una calle que desconozco y arrojarlo inconsciente al Guadalquivir, quizás con una fractura simbólica en la nariz, a la altura de la cicatriz que ya lucía la noche en que lo conocí, quizás después de buscar en sus bolsillos algunos gramos de cocaína, alguna china, algo de dinero, quizás acercándose a la barandilla del río y alzándolo sin zarandeándolo, arrojándolo a las aguas como los narcos arrojan la carga para huir de la policía o como el destino arroja a algunos hombres al cieno de la vida -pero estoy seguro de que Cebrián, de haber estado despierto en el momento de morir ahogado, se habría hundido alzando la barbilla y farfullando amenazas de muerte contra sus asesinos, porque lo único había aprendido Cebrián para diferenciarse de un perro era el fingimiento de una dudosa o mal entendida dignidad-.

Ahora que Cebrián está muerto dudo de sus impulsos violentos, dudo de su facilidad para el asalto y el derribo y el robo violento, dudo de sus intenciones aquella noche, cuando lo conocí en aquel bar y le confundí con un perro de labia torpe, porque quizás no era más que un mendigo torpe. Al salir de aquel lugar les dejé a Cebrían y al Marinero mi billete de cinco euros, «tu nos das lo que lleves y nosotros te invitamos», dijo Cebrián, y se despidieron dándome las gracias, el Marinero compungido como una plañidera haciendo ejercicios de calentamiento, Cebrián sonriente como si hubiera logrado algo más que cinco euros, como si hubieran encontrado algo realmente valioso al cruzarse conmigo, al irme de aquel lugar con la mano en el bolsillo buscando la cartera, el móvil, mis órganos vitales, mirando hacia a atrás más tarde, esperando que me siguieran para horadar en mi espalda un túnel que les llevara a un dinero que yo ni siquiera tenía. «Por un amigo lo que sea», había repetido Cebrián una y otra vez, y ahora pienso yo que tal vez me equivoqué, que tal vez Cebrián murió defendiendo una causa tan justa como la amistad o el amor paternal, que no intentó pegarle a una puta en un recodo o en un portal, que frunció el ceño para asaltar a la gerencia de algún lupanar de mala muerte hallando allí precisamente la muerte mala que el mismo destino que le había arrojado al légamo de la vida le había deparado en un alegoría hiperbólica como su acento sevillano: morir hundido en fondo pantanoso de un río sin tan siquiera bracear como un perro, quizás con un último estertor reflejo que inútilmente intentara evitar la asfixia, un estertor alegoría hiperbólica de aquel otro estertor metafórico del bar donde lo conocí mendigando, fingiendo torpemente, jugando a la dignidad sin mas destino que el cruel e insulso acto de morir.

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Puente de la Barqueta, Sevilla

«¡Ay! Y por desgracia la mirada profundizaba aún más; llegaba hasta el corazón de toda la humanidad, expresaba elocuentemente en un solo segundo la duda entera de un pensador, de un sabio quizá, en la dignidad y en el sentido general de la vida humana. Aquella mirada decía: “¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!” Y toda celebridad, toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos…». Con estas palabras de Hermann Hesse desayuné ayer, sentado en un autobús y rodeado por una niebla densa como un incendio de agua gris. Llegué a una ciudad de Sevilla nublada, de color gris y sombrío albero que, quizás, deseaba ilustrar aquella jauría de pensamientos de lobo estepario que me rondaban feroces.

No puedo obviar que finalmente encontré un sol taurino digno de Sevilla, capaz de espolvorear un halo mágico por las paredes del barrio de Santa Cruz, en el recipiente calmado y dulce de la Plaza de España, en el rodar atónito de los carruajes, que parecían tirados por unicornios azules; no puedo obviar que ese embrujo me cautivó, la canción ya lo advertía: «Y al alba blanca le contaré /lo que yo te amé / Sevilla… /Bandido ¡ay! muero yo por ti /tu paloma fui /Sevilla…». Pero eso es otra historia.

Fue al marcharse aquel sol, con la luna asomando pícara por detrás de la Giralda, cuando volví a estar solo, como un lobo estepario, entre deportistas y paseantes, a orillas del río Guadalquivir, en ese lugar en el que el Puente del Alamillo se enciende como un dragón milenario, o como un arpa mitológica, y el Puente de la Barqueta flota anaranjado, bañado de ocaso. Me quedé paseando entre las últimas cenizas del día, buscando torpemente algunas fotografías que añadir a mi escasa colección de souvenirs. Nadie salvo el sol, el agua y la arquitectura aparece en aquellas imágenes y, sin embargo, había brillos en el río, elegancia en los puentes, me atrevería a decir incluso que el aire estaba cargado de un aroma inaudito. Será que el otoño es la primavera de los veranos, pensé cuando empecé a remontar el río hacia la Torre del Oro para luego alejarme de su cauce, ya enlutado, y buscar la vieja estación de autobuses, dejando que la noche penetrara por cada poco de mi piel, viendo al gentío desvanecerse, convirtiéndose en individuos aislados que paseaban la oscuridad cabizbajos. Era cada esquina de Sevilla como un aullido silencioso.

Mi condición de viajero solitario y nocturno estaba ligada, en cierta forma a la idea del lobo estepario; a ello contribuía el estado sucio y decadente de la estación, con sus dársenas ennegrecidas de noche, su cafetería mugrienta y desértica, su sala de espera vacía y silenciosa como una morgue. Supongo que por eso tuve que descolgar un teléfono y llamar, hablar y escuchar, reconocer un ápice de esperanza en una voz ajena -que era en realidad una esperanza surgida de mí mismo- y descubrir que todas las conquistas del espíritu ahondan en lo sublime, lejos de esos monos que vagan por los andenes nocturnos, como jaurías perdidas de lobos esteparios.

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