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Archivo de la Categoría “Mitología”


Templo de Diana en Mérida

I. Un hombre pisa suelo común, asfalto, adoquines, losas, incapaz de intuir a unos metros bajo el suelo la posible existencia de objetos de más de dos mil años de antigüedad. Frente a él, se alzan las ruinas parcialmente reconstruidas de un templo que recibe el nombre de una diosa a la que nunca rindió homenaje: Diana. La ciudad, que ahora se llama Mérida, le mira cara a cara con vanidad.

II. Acteón contempla con lascivia a Artemisa. Más allá de la belleza de la diosa, a quien en Roma llamarán Diana, Acteón es ineluctablemente atraído por el bien guardado misterio de su anatomía, por el peligro vigente que supone la profanación visual de la virginidad de Artemisa. En medio de un vórtice de adrenalina y atracción sexual, Acteón es descubierto por Artemisa, convertido en venado y devorado por sus perros de presa.

III. Durante el siglo XVII, el falso templo de Diana fue utilizado como vivienda. Podemos imaginarlo habitado por un noble y por su familia, por una doncella tal vez. Y tal vez podamos imaginar al vulgo pasar ante el templo de Diana desviando la mirada para descubrir entre sus columnas la inalcanzable presencia de una mujer preciosa.

Unos metros calle arriba, desde las ruinas de un complejo monumental, la cara de la Medusa vigila al paseante que curiosea por las calles de Augusta Emerita.

IV. Acteón, o quizás su sólo su mirada mitológica reencarnada en otro hombre, uno contemporáneao, se yerge sobre el asfalto observando el templo de Diana. Más tarde descubrirá que entre las columnas del templo vislumbraba la imaginación de un futuro lejano. La reencarnación de Acteón se mira a sí mismo en el espejo de Mérida, que es la reencarnación de Augusta Emérita, dos hombres, dos tiempos, una sola intuición: la de una construcción futura y monumental que sobreviva más allá del tiempo. El nombre de Artemisa transfigurado y encarnado en un templo que no le pertenece, el nombre de Acteón repetido milenios después, en tercera persona, en otro cuerpo, la pervivencia intuitivamente eterna del nombre verdadero, quizás la inmortalidad a secas, configura el fin de todo hombre.

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Jonás pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Fuente: Wikimedia
Jonás pintado por Miguel Ángel
en la Capilla Sixtina. Fuente: Wikipedia

El primer impulso que tuvo Jonás al escuchar el mandato de Dios -pese a temer o adorar al Señor Dios del cielo- fue huir del mandato divino, quizás intuyendo que su misión estaba destinada al fracaso, tal vez por mera apatía, porque todo deber que nos es ajeno siempre es tedioso. Antes que cumplir con su obligación como profeta, Jonás prefirió convertirse en un prófugo e incluso, más tarde, esocoge la muerte cuando ya le es imposible esconderse -quizás el mito nos quiera decir que la obligación es ineluctable-, la prefiere antes que viajar a Nínive, ciudad en la que deberá anunciar su destrucción, castigo divino a causa de «la mala vida e inicuo proceder» (Jon, 2, 8 ) de sus habitantes. (more…)

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Masacre de los inocentes. Fuente: Wikimedia

«Se han oído allá en lo alto [en Ramá] voces de lamentos, de luto y de gemidos, y son de Raquel, que llora a sus hijos, ni quiere admitir consuelo en orden a la muerte de ellos, visto que ya no existen». Estas palabras de Jeremías (31, 15) escritas allá por el siglo VI adC son, según San Mateo (2, 17), una profecía que se cumplió a principios de nuestra era cuando Herodes ordenó la matanza de los Santos Inocentes, una de las leyendas bíblicas más populares, contada siempre como un capítulo decisivo de la biografía de Jesús, en cuya infancia se ha encontrado una figura ideal para hipnotizar religiosamente a los niños. Herodes el grande, antagonista en el mito bíblico, sanguinario rey según algunos historiadores, propulsor de la cultura según otros, «mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus contornos», unos pocos días antes de su muerte en el año 4 adC. Para entonces María y José ya habían huido de Belén con Jesús, salvándolo así de la matanza, poco después de la adoración de los Magos. (more…)

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Bernardo Álvarez es el nombre del obispo que se ha encargado de renovar la cubierta de gloria de la Iglesia Católica en España, según publica hoy El País, realizando unas declaraciones en las que mezcla los términos homosexualidad y abuso de menores. «La persona practica [la homosexualidad]», dice Álvarez, «como puede practicar el abuso de menores». Para la Iglesia, la homosexualidad sigue siendo una enfermedad que hay que sufrir en silencio, aunque suponga el padecer de algunos miembros de sus filas, con toda la resignación que le falta a otros tantos clérigos de mayor o menor rango a la hora de cumplir los predicados votos de pobreza y castidad. (more…)

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Gran Vía de Madrid
Fotografía: Beta Design.

Nos prometimos un paseo por la calle Alcalá, quizás un café en aquel bar, desde el que se veía a la gente pasar al abrigo de la prisa, y luego una cena en aquel restaurante, cerca del Retiro, que parecía estar en ningún sitio. Madrid está preciosa a finales de otoño, como si recogiera las formas de tantos otros lugares, como si robara briznas de color a otras ciudades y las mezclara como quien mezcla alcoholes: es el refugio de los ebrios, la guarida de la incertidumbre, el escenario de tantas novelas aún por escribir. Tantas veces me senté a esperar en la Plaza de España que pensé que alguien llegaría, llevando consigo un lento caminar de nube, para subir hasta Callao, para bajar hacia la Puerta del Sol, como si en realidad no estuviesemos solos los habitantes de los atardeceres, como si en la espera Cibeles hubiera un atisbo de esperanza, como si la esperanza no estuviera desmentida por la mirada compasiva de los leones.Fue en un lugar indeterminado, un día que no recuerdo, que nos prometimos dejarnos llevar entre la lluvia incipiente y las prisas húmedas de la gente que huye de las ciudades que no tienen límites, como si algo que no sea caduco pudiera existir en el otoño, como si las promesas no cayeran como hojas secas en el saco roto de las aceras. Madrid, en esta época del año, tiene entre el suelo y los nublos un vacío similar al de quienes caminamos por las aceras con la templanza del que espera sentado, un peso agotador de bolsas de compra y un tránsito enardecido por la avidez de llegar a un destino. Qué tristeza de gente, cuando lo que se busca son personas, cuando uno se mira cara a cara en las ciudades y no hay nadie en el espejo.

Me senté a esperar en la Plaza de España, a espaldas de Sancho y Quijote, como un Cervantes sin talento, como la Cibeles espera tras sus leones, como si Madrid escondiera alguna esperanza, algún pasaje que no fuera inventado. Yo, que trato de escribir a cada segundo, redactaba la novela de mi vida en la penumbra de un jardín tan extraño -pero jamás tuve talento-, sin una musa que guiara mis palabras, sin Rocinante para sostener mi cuerpo, mientras la tierra se oscurecia bajo el peso de la noche temprana y de la lluvia incipiente, de las hojas caducas que caían como un vals deshaciéndose ya en el aire, mientras los árboles bailaban desnudándose de pena y los pájaros trinaban desesperados, volando en un cielo cada vez más bajo y oscuro, en el que se deshacía una gota irreal.

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La historia de la ciencia ha sido, a lo largo de los siglos, una carrera de ciegos que intentan llegar a una meta cuya existencia es incierta. Sin embargo, muchos de estos ciegos han sabido ingeniárselas para guiarse hacia ese fin: la elaboración de una teoría unificada del Universo, la llegada, por fin, al límite del conocimiento humano. Pero la carrera de la ciencia es traicionera, y justo cuando creemos estar llegando a nuestro destino nos encontramos con nuevas barreras que sortear o, si quieren, nuevos sucesos a tener en cuenta.

Aparte de la naturaleza misma del Universo, la ciencia ha tenido dos grandes obstáculos a lo largo de la historia. El primero ha sido la carencia de tecnología suficiente para avanzar, problema que se fue solucionando poco a poco en el siglo XX, dando paso, por fortuna, a una época rica en descubrimientos -descubrimientos que a su vez son muy interesantes-.

El segundo problema que ha tenido la ciencia, y que parece inevitable, ha sido el condicionamiento social de muchos de los hombres que han trabajado para su desarrollo; tenemos el ejemplo de Aristóteles, que describió la tierra como un disco plano -seguramente por razones místicas- pese a tener indicios para darse cuenta de lo contrario: durante los eclipses lunares, la sombra dejada por la tierra en la luna era siempre circular -nunca elíptica como debería haber sido de ser la tierra plana-. Pero eso ha pasado incluso en nuestros días. En el siglo XX, la teoría del big bang tuvo una gran acogida porque daba una explicación plausible a la formación del universo y, además, dejaba un lugar para la acción de un creador en las primeras fracciones de tiempo posteriores al estallido. La Iglesia católica no tardó en aceptar la teoría, pidiendo, eso sí, que no se investigara más allá de esa barrera, que no se llegara a la raíz del big bang, porque era el lugar que le correspondía al Creador.

Ese mismo problema es el que tenemos en la calle, los humanos de a pie, para concebir el Universo tal y como hoy día creemos que es, porque parece que hasta nuestro idioma se queda corto para entenderlo: un universo finito y sin barreras -parece un poco contradictorio-. Siempre hemos tenido la idea, ya sea por las teorías del big bang y el big crunch o por el mito de la creación del Génesis, de que todo ha de tener un comienzo y un final. ¿Podemos realmente entender un universo en el que un viaje hacia el infinito en el espacio nos devuelva al punto de partida? ¿Podemos entender un universo en el que un viaje en el tiempo hacia la eternidad -pasada o futura- nos devuelva a la actualidad? Podemos, si y solo si desaprendemos ciertos falsos mitos y somos capaces de construir nuestra idea del entorno de una forma distinta. No obstante, habrá quien se niegue a hacerlo, porque, si no existen ni un principio ni un final, ¿qué lugar queda para un creador?.

En cualquier caso, lejos de vivir en un universo que las matemáticas pueden medir, existe un límite que por ahora parece insalvable para la ciencia, aquel que describió Heissenberg y que viene a darnos un margen para la incertidumbre. Dudo que ése sea el nuevo lugar que la ciencia reserva para el Creador, pero puede que sí sea la morada última del libre albedrío.

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