La historia de la ciencia ha sido, a lo largo de los siglos, una carrera de ciegos que intentan llegar a una meta cuya existencia es incierta. Sin embargo, muchos de estos ciegos han sabido ingeniárselas para guiarse hacia ese fin: la elaboración de una teoría unificada del Universo, la llegada, por fin, al límite del conocimiento humano. Pero la carrera de la ciencia es traicionera, y justo cuando creemos estar llegando a nuestro destino nos encontramos con nuevas barreras que sortear o, si quieren, nuevos sucesos a tener en cuenta.
Aparte de la naturaleza misma del Universo, la ciencia ha tenido dos grandes obstáculos a lo largo de la historia. El primero ha sido la carencia de tecnología suficiente para avanzar, problema que se fue solucionando poco a poco en el siglo XX, dando paso, por fortuna, a una época rica en descubrimientos -descubrimientos que a su vez son muy interesantes-.
El segundo problema que ha tenido la ciencia, y que parece inevitable, ha sido el condicionamiento social de muchos de los hombres que han trabajado para su desarrollo; tenemos el ejemplo de Aristóteles, que describió la tierra como un disco plano -seguramente por razones místicas- pese a tener indicios para darse cuenta de lo contrario: durante los eclipses lunares, la sombra dejada por la tierra en la luna era siempre circular -nunca elíptica como debería haber sido de ser la tierra plana-. Pero eso ha pasado incluso en nuestros días. En el siglo XX, la teoría del big bang tuvo una gran acogida porque daba una explicación plausible a la formación del universo y, además, dejaba un lugar para la acción de un creador en las primeras fracciones de tiempo posteriores al estallido. La Iglesia católica no tardó en aceptar la teoría, pidiendo, eso sí, que no se investigara más allá de esa barrera, que no se llegara a la raíz del big bang, porque era el lugar que le correspondía al Creador.
Ese mismo problema es el que tenemos en la calle, los humanos de a pie, para concebir el Universo tal y como hoy día creemos que es, porque parece que hasta nuestro idioma se queda corto para entenderlo: un universo finito y sin barreras -parece un poco contradictorio-. Siempre hemos tenido la idea, ya sea por las teorías del big bang y el big crunch o por el mito de la creación del Génesis, de que todo ha de tener un comienzo y un final. ¿Podemos realmente entender un universo en el que un viaje hacia el infinito en el espacio nos devuelva al punto de partida? ¿Podemos entender un universo en el que un viaje en el tiempo hacia la eternidad -pasada o futura- nos devuelva a la actualidad? Podemos, si y solo si desaprendemos ciertos falsos mitos y somos capaces de construir nuestra idea del entorno de una forma distinta. No obstante, habrá quien se niegue a hacerlo, porque, si no existen ni un principio ni un final, ¿qué lugar queda para un creador?.
En cualquier caso, lejos de vivir en un universo que las matemáticas pueden medir, existe un límite que por ahora parece insalvable para la ciencia, aquel que describió Heissenberg y que viene a darnos un margen para la incertidumbre. Dudo que ése sea el nuevo lugar que la ciencia reserva para el Creador, pero puede que sí sea la morada última del libre albedrío.