Archivo de la Categoría “Música”


Now john at the bar is a friend of mine
He gets me my drinks for free
And he’s quick with a joke
or to light up your smoke
But there’s someplace that he’d rather be

He says, bill, I believe this is killing me.
As the smile ran away from his face
well I’m sure that I could be a movie star
if I could get out of this place

Billy Joel, Piano Man

A finales de 2003 pasamos varias semanas tocando en aquel pub del centro de la ciudad al que nunca iba nadie. Héctor, el camarero, nos puso en contacto con el dueño, que andaba buscando gente que sonara más o menos suave, que cobraran poco dinero y que estuvieran fuera del circuito de cantautores de Granada. Nosotros por entonces ensayábamos con un par de guitarras acústicas y sin apenas percusión, tocábamos los viernes y los sábados por la tarde delante de nuestros amigos y de curiosos que se colaban en el local pensando que veían a futuras estrellas, alimentando así un ego que nos distanciaba de nuestras verdaderas formas humanas, fracasados, algo inquietos, buscadores de un grado de desigualdad que nos permitiera alzarnos un escalón por encima de quienes nos contemplaban como quien contempla figuras informes queriendo ver en ellas perfiles atractivos -también creíamos que el rock estimulaba la libido de las chicas, aunque no conseguimos robar más que alguna mirada, alguna insinuación-; de modo que reuníamos las condiciones idóneas para tocar allí, en el bar de Héctor, porque éramos unos chavales no demasiado ruidosos y dispuestos a actuar gratis o por poco dinero con tal de tocar delante de alguna cara desconocida, éramos las promesas que adoraban hacer sonar un par de canciones en un local pequeño, éramos artistas sin tablas pero con corazón, inspiración sin talento, exquisitez sin pulir. Unos mierdas.

Durante dos o tres semanas dábamos conciertos en dos pases, versionábamos alguna canción conocida y repetíamos hasta la saciedad temas propios que creíamos colmados de talento, después recogíamos, el local se quedaba casi vacío y algunos de los del grupo nos quedábamos tomando una copa con Héctor, que solía pasearse por la barra, colocando vasos, abriendo bolsas de hielo, mirando hacia la puerta principal por la que no entraba nadie, quizás alguna pareja de treintañeros buscando un rincón discreto para consumar los preeliminares de una infidelidad, observados por Héctor con una mirada turbia de whisky y de humo blanco de tabaco negro, no con celos, en absoluto, sino con envidia, porque el camarero miraba a la puerta y a veces caminaba despacio hacia ella para asomarse y mirar la calle mojada esperando ver a lo lejos el paraguas de aquella chica morena que iba algunos jueves al bar, o al menos eso imaginé yo.

A Héctor le gustaba que tocáramos allí, no nuestra música, o eso pensaba yo, sino el hecho de que tocáramos, porque pensaba que teníamos alguna esperanza de salir de aquel rincón oscuro de aquel callejón negro del centro de la húmeda ciudad de Granada. Gracias a Héctor aprendí que no hay escapatoria, son ineluctables los tentáculos asesinos de esta ciudad. Han pasado cinco años y seguimos todos en el mismo sitio.

En el insondable destino del bar, Héctor esperaba que aquella chica apareciera con serena impaciencia, de una forma similar a la que tenía yo de esperar a la furcia de Mónica, que para entonces ya había dejado de venir a vernos a los conciertos espantada por la antipatía que yo gastaba en las inmediaciones de la barra, «pareces más simpático en el escenario», me dijo la última vez que la vi, y yo le menté sus aptitudes de putón verbenero para confirmar mi incapacidad social. Llegó un momento en el que yo mismo empecé a confundirme con una fingida parte de mí, del mismo modo en que Héctor se confundía con su sombra cuando volvía a entrar en el bar, en silencio, caminando despacio, después de haber mirado callejón abajo sin ver a nadie aparecer en el horizonte nocturno. «Otro día vendrá», le decía yo, y Héctor respondía en silencio, con un gesto de indiferencia que pretendía explicar que aquí no existen otros días, porque en la burbuja impermeable de Granada sólo vale el aquí y ahora que se repite luna tras luna, apenas un resquicio vale soñar con un lugar más allá de los tentáculos asesinos de esta ciudad -era Héctor quien hablaba de tentáculos asesinos, siempre, dos whiskys después de las doce de la noche, cuando la chica morena aún no había aparecido y él sentía la necesidad de hablar con ocurrencias tristes y cáusticas que luego yo copiaba para impresionar a Mónica y luego decirle que se fuera; es ahora, al escribir esto, cuando descubro que yo no fui una sombra de mí mismo, sino una sombra de la sombra de Héctor, aquel camarero al que conocí hace cinco años, con quien traté durante apenas tres o cuatro semanas-.

El tiempo, la falta de práctica, la desgana, me han robado aquel caparazón que logró engañar a alguien, mis dedos ya no pueden imitar aquellos movimientos torpes que hacían sonar alguna guitarra, algún bajo eléctrico. Cuando la furcia de Mónica dejó de llamarme sentí el amargo alivio de no tener que seguir viviendo, pensé que sólo me quedaba tocar algunas noches en el bar de Héctor y tomar un par de copas de Red Label antes de irme a casa, pero entonces llegó la Navidad y el dueño decidió suspender las actuaciones hasta el mes de febrero, y ya no volvió a llamarnos. El grupo se separó poco después y yo no he vuelvo a ver ni a Héctor ni a la furcia de Mónica, sin embargo he imaginado que me encontraba con aquella chica morena a la que Héctor esperaba con escasa paciencia en la puerta del bar, he imaginado que podría reconocerla si la viera por la calle, porque era vívida aunque sencilla la descripción que Héctor hacía de ella, el pelo moreno y largo, ondulado, el flequillo cayendo de forma graciosa sobre los ojos, los brazos a veces separados de las caderas, como invitando a un corto abrazo, la camiseta siempre de manga francesa, la falda a rayas, vaqueros si hacía demasiado frío, sí, era vívida y sencilla aquella descripción que hacía Héctor como quien recuerda una figura vista sobre un escenario o sobre un altar, aquella descripción que ahora recuerdo como una receta médica, como una vacuna inoculada en el virus inoculado en las venas de esta ciudad que son las mías propias, porque era aquella la descripción de la mujer que todos los envenenados de Granada hemos soñado alguna vez.

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“Relax, said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
But you can never leave!”

Pese a que hablo cada vez con menos gente -del mismo modo que escribo menos cada vez- y las conversaciones y disertaciones se confunden, es posible que ya les haya hablado de esto alguna vez -pero las mismas palabras, creemos los que tendemos a repetirnos, suenan diferentes en función del momento-.

Últimamente tengo la costumbre de pasar entre las doce y las dos de la madrugada por un garito que se llama Blus, perdido en un callejón de Granada, oscuro, tan americano como la caritura de un bar de carretera en Alabama: uno de los camareros luce una melena lisa que llega más allá de los hombros un bigote que desentona con sus treinta y tantos años -al menos en una ciudad como Granada-, el otro, que se afeita dejando unas gruesas patillas de roquero, es una mezcla entre Loquillo y Morrisey. Suele sonar algo de rhythm & blues, rock con olor a años sesenta, tal vez punk si es sábado y la clientela llega a cubrir la mitad del aforo del local. Voy por allí buscando un sitio con poca gente para tomarme una jarra de cerveza muy fría y escuchar canciones que casi nunca reconozco -salvo algún tema de los Rolling, algo de Marvin Gaye, Las malas lenguas cuando un amigo mío necesita escuchar a Auserón-, aunque los hombres que se apoyan en la barra como en la caricatura de un pub americano -camisa a cuadros, barba espesa, pelo largo- parecen conocer todos y cada uno de los temas, incluso recordar las digitaciones de todos los punteos.

Suelo sentarme allí acompañado. Escuchamos música, bebemos cerveza y no hablamos.

Entre acordes de blues, anoche empezó a sonar el Si menor de Hotel California, On a dark desert highway, cool wind in my hair, warm smell of colitas, rising up through the air. Como el universo que contiene, esa canción parece ser en sí algún tipo de lugar, tal vez un recipiente, en el que caben no sé si cosas o personas -no en vano es la canción favorita de mi madre-. El mayor de los silencios que se puede obtener a las dos de la madrugada en un garito en el que hay instalada una mesa de billar llega sin duda con Hotel California.

Llevo toda la vida escuchando esa canción. En casa teníamos el disco grabado en una cinta con el título escrito en bolígrafo azul que siempre creí una reliquia de la juventud de mis padres -la cinta en realidad no era más vieja que yo-. No sé por qué, desde pequeño me gustó sobre todo el solo final, escuchaba la canción una y otra vez, volvía al solo, a los acordes de la intro, y del mismo modo que yo pasaba por la canción la canción iba y venía por mi vida, desaparecía unos años, volvía a aparecer porque rescataba la vieja cinta de mis padres, se iba de nuevo y casi la olvidaba.

Cuando tenía catorce o quince años yo estaba empezando a tocar un poco la guitarra. Mi amigo Fer a la vez había rescatado una vieja guitarra de su abuelo y a veces quedabamos en su casa para tocar un poco, enseñarnos un par de acordes y escuchar algo de música -ya pegaban fuerte Lenny Kravitz, Radiohead, Placebo-. Fue Fer quien rescató Hotel California de aquel extraño estado de memoria en que se había convertido -soleadas mañanas de sábado, interminables viajes en coche por carreteras tortuosas-, abrió el estuche de madera, cogió la vieja guitarra española y empezó a rasgar con más pasión que técnica los dos o tres primeros acordes de la canción. Estuvimos toda la tarde pegados al radiocassette, sacando la canción y disfrutando de la música.

Fue tres o cuatro años más tarde cuando empecé a tocarla de vez en cuando con Agustín Soler con la esperanza infundada de versionarla algún día en directo. La canción era distinta ahora: no era ya el tema adictivo de los ochenta, tampoco el deleite instrumental de mediados de los noventa, además se había convertido en un imposible, una canción sencilla e imposible de interpretar. Decidimos no tocarla nunca fuera de casa.

Hotel California despareció una temporada, hasta que me hice con el CD y empecé a esucharlo con una asiduidad que creía perenne, leyendo a la vez la letra de la canción, leyendo algunas teorías -quizas desvaríos- sobre significados ocultos de la letra; no obstante, casi había olvidado que la canción existía hasta que anoche reapareció en el Blus, entera, precisa, desde el primer rasgueo hasta el fade out del punteo final, como una diosa que al aparecer enmudece a todos los presentes.

No fue hasta entonces cuando entendí el verdadero sentido de Hotel California, el mismo que había hilado diferentes momentos de mi vida -la vieja cinta de mi madre, la habitación de Fer, la acústica azul de Agustí Soler, la negrura perdida del Blus-, se trataba de una puntada que iba y venía sobre los mismos agujeros en la tela del tiempo, igual que van y vienen las notas en la parte final del solo -porque creo que Hotel California es el camino hacia esa melodía final que queda atrapada en compases repetidos, una melodía que uno puede detener en cualquier momento pero que no se puede abandonar-.

Ése era nuestro final: una repetición melliza de momentos anteriores, un bucle del que no podemos escapar, porque recuerdo que aquellos sueños de los años ochenta -que deben ser los mismos de ahora-, fueron los que de alguna forma se repetían y compartía con Fer, con Agustín Soler y ahora con ustedes, porque tiendo a repetirme, porque Hotel California volverá para recordarme que esto no tiene salida, se repiten los mismos compases en tonos diferentes, historias que se cuentan una y otra vez añadiendo ardides narrativos, ilusiones repetidas a las que añadimos pizcas de novedad. Cuando empezó a sonar Hotel California, los hombres del Blus guardaron un silencio fúnebre, porque la canción volvía a sonar para recordarnos que empezaba un nuevo compás en nuestras vidas, una nueva repetición, y no había escapatoria alguna.

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Mañana actuará Lara Bello en el Organ Jazz (Cenes de la Vega, Granada). Para quienes no estén por la zona, Lara Bello actuará en las próximas semanas en Antequera, Madrid, Motril y Murcia.

Servidor se va a perder este concierto (aunque anda desde hace tiempo persiguiendo el momento de escuchar a Lara Bello en directo), por eso les pido a los asistentes que pasen por aquí para dejar su saludo y, de paso, contarme qué tal estuvo el concierto.

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Darts actuarán mañana 29 de marzo en la sala Sugarpop de Granada a las 21.30

Desde The Moon’s Backside hasta Castles in the Air, pasando por Too Many Ways for a Man, los granadinos Darts encuentran el equilibrio perefecto entre el amplio abanico de influencias musicales que confiesan en su web: Beatles, Queen, Radiohead, Bob Dylan, The Who, Oasis…

Saben sonar bien, buscar la medida exacta de cada nota para construir una música que bebe de los 60 pero suena actual, que tiene un sonido fresco pero sin perder un ápice de sentimiento, que sabe distorsionarse pero sin caer en el ruido.

Podrán ver a Darts mañana en la sala Sugarpop de Granada a las 21.30.

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Más allá de la paz espiritual que tendemos a buscar en las músicas de oriente, la solista de pipa china Liu Fang posee desde su infancia un talento (y cuando digo talento imagino disciplina de fondo) que, tras empezar con la pipa a los seis años, la llevó con once a un recital frente a la reina de Inglaterra. Estudió en Kunming, en Shanghai y ahora reside en Canadá.

Liu Fang visitará España el próximo mes de abril. El día 26 será su única cita: Alicante.

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Ha sido el sol quien la ha devuelto a la memoria que se alimenta de las calles, de eso estoy seguro. Cuando apareció la chica de la falda a rayas, en Granada había aún algo de verano, de un verano de noches largas en el que el suelo de todos los bares estaba impregnado de un líquido oscuro y peguntoso. Si me preguntaran de qué color es el recuerdo de entonces, diría que es turbio como el agua de un pedazo de hielo en vaso de tubo, porque es el color con en el que se diluye la memoria, en el que se condensa el veneno de los desesperados. Escuchábamos, en aquel verano sucio como las aguas de un pantano de ebrios, algunas canciones de La fuga de sabor a garrafón y a bar oscuro. Aquella era la música de los que no teníamos esperanza, tal vez de los que no queríamos tenerla o de los que jamás la habíamos conocido -la esperanza es un juego de cara apuesta, no la padecen quienes no tienen nada que perder-. Así estábamos nosotros, los que poblábamos la noche como alimañas, sencillos y desalmados como aquella canción:

Llévame a los bares más oscuros,
vamos a fumarnos la ciudad,
vamos a bebernos tú y yo el mundo,
vamos a esquivar la soledad.

Al menos así fue hasta que apareció ella, fugaz y desconocida como una noche beoda, y ahora que los mediodías empiezan a sofocar mis paseos, ha vuelto a mi memoria, casi irreal como cuando la vi por primera vez con aquella falda a rayas ceñida y el pelo cayendo sobre los hombros, no con gravedad ni elegancia, sino con descanso. Se marchó antes de que llegara el otoño; yo me quedé tan vacío como una botella en un portal. No supe su nombre y tuve que identificarla con una prenda de vestir, aquella falda a rayas que se contoneaba en un bar en el que era mediodía cuando los estudiantes volvían a la ciudad; además de aquello sólo me quedé con algunos versos sueltos, «dónde coño te escondes, felicidad», que alguien me recomendó no escuchar, porque sabían a veneno y a desesperación.

Esta mañana el sol calentaba la Gran Vía desde temprano, sofocaba por contraste, como una resaca desbocada. Al ver de espaldas a la chica de los vaqueros azules y la camiseta negra de tirantes, he reconocido las curvas de la falda a rayas y en ellas retorno de la primavera -a veces las mujeres son como las golondrinas, al menos para los hombres que somos como los lobos-. Me he acercado a ella como quien se acerca a un recuerdo nítido, es decir, con morfina de esperanza, con felicidad toxicómana, esperando que se girara y tal vez atisbar en su gesto siempre ausente un ápice de memoria, y antes de llegar a donde estaba ella se ha girado sin mirarme, descubriendo tras la melena un rostro que no era el suyo, la cara vulgar y desabrida de otra.

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«Quemad en silencio cuanto yo escriba, regaladlo al viento». Los versos más nostálgicos son los que nos unen con más fuerza al recuerdo. Recordar con vehemencia es además olvidar el resto, desasirse de todo, ebrios de alguna extraña necesidad, para obcecarse en la paradoja nostálgica de añorar todo aquello que queremos rendir al olvido. «Marzo, vuelves a mí, como una ola que no perdona y siempre retoma el camino a seguir».

Creo que solía escuchar aquella canción, Marzo -de un grupo que se llamaba El tiempo y que desapareció sin dejar rastro hace unos años-, a finales del otoño de no recuerdo qué año, quizás por eso ahora no identifico este marzo, que vuelve sin el gris de entonces -salvo por la ventisca ártica que ha sorprendido esta tarde la ciudad-. «Fue duro el invierno, no supe nada de ti». Me sentaba en mi habitación, o en el sofá del local de ensayo, le dábamos vueltas a un disco que se llamaba Zahorí y que aprendimos de memoria. Aquella era la música que siempre quisimos hacer, el sonido de nuestro refugio; el color era aquel de los nublos sin lluvia.

Pero marzo no ha vuelto con la delicadeza del invierno, sino con la avidez de una primavera súbita que parece hacer correr el tiempo. Han pasado demasiados años y aquellos días parecen pertenecer a la memoria de otra persona, los recuerdos de aquel tiempo está más allá del recuerdo, se desvanecen como si se desvaneciera una parte de lo que fui, se confunde con otros momentos que entonces me hubieran parecido tan diferentes: las mañanas de clase que pasábamos en un banco al sol, las tardes de ensayo y de charla en el sofá, las noches que se diluían deshechas en un arroyo de tiempo, los vaqueros rotos y las canciones desmembradas. Ahora somos personas distintas y no ha quedado en nosotros lugar para el recuerdo. Tal vez ya no estemos tan solos como en aquella adolescencia tardía y maldita.

Salimos de nuestro escondite, dejamos de vernos y nuestros instrumentos quedaron en silencio. De eso hace ya muchos años. El instinto de guarecernos dio paso al esfuerzo por escapar: lo único que queda de marzo en esta ciudad es la aspereza del aire, el candor de la esperanza por huir de la urbe. Nos volveremos a ver en una playa, entre el olor tenue del salitre y el amargo del licor, que sobrevive al frío invierno, incapaces de escribir una canción, lo que agudizará la nostalgia de aquel tiempo en el que eramos capaces de ansiar el recuerdo. «Marzo, deshielo por ti». Ahora sé que al dejar de buscar ciertos momentos el tiempo pasado se abandona en jirones de minutos olvidados, como la lluvia rota en gotas que se deshacen, como la música partida en compases, como el sol que estos días se rompe a través de la persiana al depsertarme desnudo, como si un mayo nuevo floreciera en el árido recuerdo de marzo.

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Seguramente una de las peores canciones de la historia de la música es el Baile del Chikichiki, o como se llame el bodrio que uno de los colaboradores de Buenafuente ha alzado al número uno de los favoritos de Eurovisión. No sé si Televisión Española tendrá la poca vergüenza de presentar este tema al certamen -no me extrañaría, porque la canción da la talla, al menos tanto como las de los últimos años-, pero sin duda su inclusión en el concurso sería seguramente el fondo que tendría que tocar el gusto musical español para, quizás, remontar.

Yo he votado por la canción. Hay que ser muy inteligente para hacer una payasada y que salga algo que mucha gente considera una canción -además abanderada de nuestro país-. Si la canción va a concurso, pueden pasar dos cosas: ganaremos, como aquellos austriacos de hace unos años, o quedaremos de los últimos y eliminados, como merece la música que hemos paseado últimamente por allí y con la que, de paso, se han rellenado las listas de ventas.

Escuchar más música (de verdad).