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Archivo de la Categoría “Opinión”


«Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», pensé el día que la conocí, o tal vez lo dije en voz alta pero nadie me prestó atención, en aquella taberna irlandesa del Realejo donde las guiris se emborrachan con dos sorbos de cerveza y los estudiantes sin pareja van a mirarle a las erasmus gordas el escote hiperbólico, el tanga y las lorzas que asoman entre la camiseta de tirantes y la minifalda. «Te recuerdo, Amanda», recordé, porque cuando conozco a alguien juego en silencio a buscar alguna canción con su nombre, Alicia, Lola, Noelia, Angie, Eloisse, Penélope o Yolanda. Conocí a Amanda, «Te recuerdo, Amanda», una noche al final un verano, sentados varios amigos alrededor de una mesa en una taberna, charlando, sobre todo Amanda, que hablaba de la gente de su barrio, casi entrando en un monólogo que a veces parecía medido. Estuvimos allí durante algo más de una hora, bebimos poco, rodeados de las erasmus que a veces chillaban si empezaba a sonar una canción hortera, Amanda dirigiendo la conversación, pronunciando unas palabras que he olvidado y porque no forman parte de esta historia. Después de aquella noche no volvimos a vernos hasta varios meses después.

Amanda es una persona normal, con algunos distintivos, habilidades y defectos que la distinguen del resto de la gente como nos diferenciamos todos de los demás, con cierta habilidad para el relato oral, para imprimir a cada frase cierta contundencia espontánea, sin alcanzar la gloria de la genialidad, lejos del fango de lo miserable o lo grotesco, capaz de enamorar a alguien o de ser despreciada o envidiada, una compañía agradable para pasar las tardes y las noches de verano; por eso me sorprendió que hace unos días me sugiriera escribir la historia de su vida, porque no hay nada especial en ella, ni la grandilocuencia de las grandes conquistas ni el espanto de un crimen secreto, tal vez el sentimiento apasionado de un amor que ella creyera único, quizás el nombre una canción, «Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», que cuenta una historia distinta a la suya.

Meses después de conocer a Amanda, en diciembre, viajé a Madrid para pasar unos días, pasear por el centro y charlar con Sebas L., entre otras cosas. Allí conocí a Grecia, mucho antes incluso de saber de su existencia: entré a la FNAC, compré Travels in the Scriptorium de Paul Auster y algún volumen de cuentos de Edgar Allan Poe, y Grecia estaba en la caja, uniformada, el rostro joven aunque algo serio, el pelo suelto, balanceándose junto a las ondas morenas unos pendientes de color verde hechos a mano. No supe quién era Grecia hasta mucho tiempo después, no supe qué relación tenía con la historia que hoy les cuento porque no era más que un rostro al otro lado de una caja, una mano que cobra, quizás un amor o una desdicha o ambas cosas detrás del anonimato, alguien que no me conocía y que quizá me leyera como usted, alguien como yo mismo. Aunque tiempo después tuve noticias de Grecia, jamás volví a verla, nunca cruzamos una sola palabra y hasta hoy no pensé escribir sobre ella, porque Grecia es una persona como otra cualquiera, no conozco de ella ninguna historia digna de ser escrita, su vida, en esencia, puede considerarse similar a mi vida, similar a la vida de mis lectores: si la pudiera relatar, la gente vería en ella a una hermana, a una compañera de trabajo, a una hija.

Durante el tiempo que estuvimos sin vernos, supe de Amanda que trabajaba y que algunos fines de semana salía de viaje como salimos todos de vez en cuando para huir de Granada. La ciudad cada dos semanas se vuelve como un gas venenoso. Hablábamos de cuando en cuando, mostrábamos un interés general por nuestras vidas, sin entrar en detalles, lo único que pude percibir en ella fue un brillo diferente en la voz, quizás una forma reírse sincera, similar a la que A. Infante solía decir que tienen las mujeres que ya no son vírgenes. Sin embargo, cuando volví a verla, tiempo después, había desaparecido buena parte de su labia, bajo sus ojos había una sombra del color del atardecer, el iris de color mate, la pupila cansada o triste: era la erosión de las lágrimas, eran las marcas del llanto, y el llanto no era más que un síntoma de la angustia, la implacable acuosidad de la tristeza, pensaba yo, «te recuerdo, Amanda, la calle mojada».

La vida de Amanda seguía siendo común, vivía en Granada como viven los gorriones de la Vega, en bandada, trabajando, disfrutando de alguna puesta de sol. Supe después que los cortos viajes que la llevaban algunos fines de semana por los pueblos de Castilla-La Mancha se debían al amor y no al ocio, no al amor común, sino al misterio silencioso de un amor secreto que, hasta hoy día, permanece oculto por excusas y mentiras. Me lo dijo Amanda, con la voz temblorosa y la mano desatinada, aquel día en que descubrí en sus ojos doloridos la pena, extendiendo el brazo por encima de una mesa del bar donde nos solíamos ver, mostrándome una foto en la que aparecía ella junto a otra mujer, más joven, morena, de fondo los molinos inertes de Campo de Criptana. «Es ella», me dijo, «también me ha regalado estos pendientes que ha hecho ella a mano», los llevaba puestos, de un color verde que se me antojó tópicamente de esperanza, suspendidos entre el pelo rubio de Amanda. No sé cómo se conocieron Amanda y Grecia, no sé cuánto tiempo llevan viéndose cada dos semanas en algún pueblo de La Mancha, tampoco es interesante para esta historia que no es la historia de dos mujeres, sino la historia de todos los hombres, de la miseria de la humanidad, del hundimiento de una especie en el lodo de la crueldad.

Se enamoraron Amanda y Grecia, la mujer a la que nunca conocí, como se enamoran todas las personas, creyendo que su amor es único y eterno, deseándose en las esquinas desiertas de un hotel o a través del hilo telefónico, y además, construyendo una burbuja que las ocultara de los comentarios y de las miradas indiscretas del barrio de Amanda, de los rumores urdidos a la ligera, del juicio de los hombres legos en amores. Amanda y Grecia se esconden para verse fugitivas de la mirada miserable de los hombres que las miran como se miran las rarezas circenses. Más allá de la incomprensión hay siempre una madriguera angustiosa. Amanda y Grecia se han perdido los besos en los parques, los paseos en Navidad por el centro de Granada, las siestas en la playa tumbada una encima de la otra.

Amanda me sugirió que escribiera sobre ella, quizás porque necesitaba abrir una ventana hacia el exterior para vencer la claustrofobia del secretismo absoluto, pero no había nada que contar aún, pensé, quizás la historia de un amor, quizás el peso del secreto que ahora brota en los ojos de Amanda, semanas, quizás meses, antes de que por fin se deje ver paseando de la mano de Grecia. Ni siquiera he podido relacionar, al más puro estilo de los estudiantes de literatura comparada, la historia de Amanda y Grecia con la Amanda de Víctor Jara, porque esta no es la historia de dos nombres, no es una historia con fechas, es el germen que brotó sutilmente de la voz de Amanda, «esto da para mucho, podrías escribir mi historia», y yo pensé que no quería escribirla, se la dejo a ella para que la narre en primera persona, que salga de la asfixiante guarida de lo oculto, que hable como hablan los enamorados, aquí nos conocimos, allí cenamos por primera vez, mientras yo hablo de los hombres, de la verdadera historia que cuento hoy, la que se empieza a extinguir como los dinosaurios, la historia de aquellos cavernícolas que ven a Amanda huir algunos fines de semana, aquellos que no sabrían verla cogida de la mano de Grecia porque aprendieron a censurar lo que les parecía diferente al identificarlo con lo perverso, porque aprendieron a considerar perverso lo que despertaba en ellos la lujuria o la curiosidad de una sexualidad amordazada ente dos cojones y que no pertenece a maricones ni bolleras. Esta es la historia de la felicidad llorosa de dos personas, la vergüenza moral de los hombres que no llegaron a entenderse a sí mismos a través de aquellos otros a los que creen diferentes. Será la historia de las personas que un día, pronto, consigan empalagarse de la palabra libertad.

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Una mujer llora silenciosamente, a intervalos, mientras pronuncia unas palabras, «estamos esperando, no sabemos nada», como si lo hiciera sin convicción, sin un significado determinado o la intención de un eufemismo, sollozando de forma imprevisible y con los ojos arrasados por la certeza impronunciable de una muerte cercana, «lo llamamos pero no coge el teléfono, por eso lo sabemos», añade, como si un golpe de realidad la hiciera confesarse consciente de la catástrofe. Aún no ha podido asumir la muerte de un familiar, quizás varios, en un accidente aéreo, el vuelo JK 5022 acaba de estrellarse y la caja mágica retransmite el dolor de esa mujer a través de un micrófono a todos los televidentes, porque las historias que confluyeron en aquel avión y que finalizaron súbitamente tienen su secuela en los encargados de recoger e identificar los restos mortales de decenas de personas, en los retales de fuselaje casi desintegrados, en los retazos de realidad que se guardan en la caja negra y que prolongan la existencia fantasmal de los fallecidos a través de aquellas otras personas que viven la catástrofe desde la angustiosa orilla del desastre: hermanos, padres, hijos, amigos, buenos vecinos y compañeros rencorosos, antiguos amantes o viejos conocidos. Es la muerte, mostrándose cercana o magnánima, irreversible y todopoderosa, los que nos hace sentirnos vivos.

Necesitamos del sufrimiento a la vez que esquivamos con torpeza su presencia ineluctable. Aquella mujer que lloraba por televisión la muerte certera y sin confirmar de su hermano desea de una forma irracional, instintiva, despertar de la pesadilla, suspirar profunda y violentamente y abrir los ojos con un grito ahogado que disuelva la realidad, o que el argumento de su vida gire convirtiendo la tragedia en algo irreal; pero los que somos ajenos a ello nos podemos acercar a la angustiosa orilla del desastre a través de la televisión, fingir unas condolencias que nos vuelvan más humanos. Bordeamos el dolor ajeno con cautela, como quien se asoma a un precipicio manteniéndose a unos pasos de distancia del borde, en una comprobación rutinaria de nuestra humanidad. Sentimos, o eso fingimos o deseamos, porque somos capaces de dolernos por lo ajeno.

Una reportera de televisión se encarga de proporcionarnos un suntuoso banquete de catástrofe. Más allá de los restos del avión incendiado, más allá de las cifras o de las víctimas anónimas, la reportera alarga el brazo sosteniendo un micrófono, acercándolo a la boca torcida de una mujer que llora esperando la noticia de la muerte de su hermano, así podemos poner rostro al dolor, podemos comprar una dosis de tragedia e identificarnos, condolernos para ser felices, porque nuestra felicidad depende del sufrimiento ajeno, ése y no otro es el motor del informativo televisivo que negocia con el llanto ahogado de una mujer angustiada, del dolor y no de la información vive la reportera que alza el micrófono como quien alza una mano y vierte vinagre sobre una herida abierta y doliente, padecimiento sobre el padecimiento que construye una televisión que observamos embobados, la repugnancia de la era de la información que degeneró en el placer por el chascarrillo.

Hablaremos de dolor ajeno, hablaremos de negligencias ajenas, los medios sabrán conmovernos y conmocionarnos, nos hará recordar el once de marzo, nos harán temer la aviación y el pánico nos hará sentirnos vivos en cada despegue, en cada sacudida de una turbulencia, en cada despedida en cada terminal, porque con cierta frecuencia aparecerá en la pantalla del televisor una mujer con los ojos arrasados, agotada de sufrimiento, padeciendo la peor de las formas de la ignorancia, ésa que está entre la incertidumbre y el límite de la fatalidad, y una reportera la hará recrearse en su propio dolor, como en una especie de herramienta de tortura verbal, porque nuestra felicidad, empiezo a pensar, depende en muchas ocasiones sentir en otros el dolor.

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«No realizarás manipulaciones genéticas. No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones. No contaminarás el medio ambiente. No provocarás injusticia social. No causarás pobreza. No te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común. Y no consumirás drogas.»

Quien no recicle basura irá al infierno. elmundo.es

La palabra de Dios, que tiende a variar de cuando en cuando, sin seguir las vías de lo que se supone que sería la renovación más necesaria, y a través de las interpretaciones libres que la secta legal más grande de occidente tiene a bien sacar de ella, ha mutado para ampliar su lista de Pecados Capitales, es decir, de los delitos religiosos que pueden dar con nuestros huesos del alma en esos campos de concentración de infieles que son el purgatorio y el infierno, supongo que en función de la disponibilidad de estos según el estado de apertura o cierre que la voluntad clerical haya dispuesto, y siempre en caso de no haber un arrepentimiento -o, supongo, un pergeño de arrepentimiento- por parte del condenado.

La condena de los siete pecados capitales clásicos ya me parecía excesiva, intolerable: soy codicioso, envidioso y avaro (estos tres van juntos), la ira es inevitable para una persona que no necesita de la soberbia para tenerse en buena estima y, por último, lo mejor, la pereza y la gula forman una mezcla explosiva que intento curar con la más solitaria de las faltas, es decir, la lujuria. Con las normas que desde hace quince siglos la Iglesia utiliza para componer el censo del infierno, las zonas más ardientes de la mitología cristiana deben estar llenas de crápulas, aquello debe ser un bar de madrugada lleno de borrachos que lloran, mujeres con más maquillaje de la cuenta, whisky de dudosa calidad, mesas de billar y una camarera gorda y rubia de bote; el purgatorio tiene que ser como la cola de entrada a una discoteca de moda. Servidor encuentra razones de sobra para renegar de la extrema unción y quedarse en el limbo, como Mecano, «y los muertos aquí lo pasamos muy bien entre flores de colores, y los viernes y tal si en la fosa no hay plan nos vestimos y salimos».

Ahora han ampliado la lista con siete nuevos pecados -citados en la cabecera del artículo-, encaminados a regular el miedo de los feligreses del siglo XXI, que con tanto moderno libertinaje están empezando a pensar que disfrutar no puede ser malo. Los nuevos pecados capitales abordan, en clave de prohibición, temas cuyo debate apenas se ha desarrollado en la sociedad, como la manipulación genética, otros cuyo debate no se planteará jamás, como la ‘riqueza obscena’ -de la que la Iglesia Católica es beneficiaria-, u otros cuyo debate está pasado de rosca, como el consumo de drogas. Ahora los borrachos, los porreros y demás drogodependientes y politoxicómanos cogerán el tren hacia los campos de concentración del infierno junto con los investigadores médicos, los conductores, los que tiran plástico al contenedor del papel, algunos maleantes varios, sin olvidarnos de los violadores de la antigua ley, los luchadores indecorosos, los agrios de carácter, los zampabollos, los vagos y los follarines. Según la palabra de Dios, leída por los hombres en el siglo XXI, el Paraíso se va a quedar sólo para que San Pedro juegue al squash con Teresa de Calcuta.

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Digamos que la literatura está de vacaciones -son cosas que pasan a veces- y que yo me he quedado de rodríguez consumiendo política prostituída y poniéndome de mal humor, porque son ya demasiados días escuchando a los líderes de la derecha desvariar sin argumentos, o con argumentos de ciencia ficción (una de las últimas ha sido asegurar que fue Zapatero y no el PP quien apoyó la guerra de Irak), y empiezo a echar de menos que la izquierda responda de manera convincente en lugar de mantener un discurso tímido que parece enfocado a no terminar a hostia limpia. Parece que llamar imbécil a un imbécil es políticamente incorrecto, porque generalmente los imbéciles tienden a ofenderse. A Dios pongo por testigo que mi indecisión crece con el tiempo, porque la situación empieza a merecer que deleguemos el derecho de voto en Rita la Cantaora, y más ahora, que de fondo escucho hablar al impresentable de Pepiño Blanco, mal despertar después de acostarme anoche con declaraciones de Bono y Zaplana. Qué panorama.

Razonamientos esquizofrénicos aparte, da la sensación de que sólo quedan unos pibes con algo de coherencia -quizás porque por definición lo llevan crudo en el mundo de la política-: la gente de PACMA, a quienes reconocerán porque en la papeleta para el senado que les mandarán los partidos mayoritarios ellos también aparecen, identificados por un anagrama que representa a un toro bravo en las últimas, acuchillado y vomitando sangre, horrible icono para un partido político, pero no menos desagradable que su referente en la realidad. Parece que son los únicos que mantienen un discurso congruente (quizás no sea muy difícil en discursos cortos), porque una de las cosas que se echan de menos en las propuestas electorales es la prohibición total de la fiesta troglodita del toreo.

Será difícil que un político se arriesgue a contrariar la voluntad asesina de la merca de la tauromaquia, que parece mover pasta cochina como para parar el tren de la condena al maltrato animal, imagino que porque sentarse a ver a un toro en el prado no es interesante, es mejor matarlo, eso sí que tiene duende y no el Camarón de la Isla. Así que imagino que la gente de PACMA se quedará a dos velas, porque en España (y parte del extranjero) no gusta eso de no poder matar toros y otros bichos, y porque el programa electoral que han presentado suena un poco excesivo:

3.9. Retirada de cualquier apoyo y publicidad a las pruebas hípicas.
3.10. No a las empresas de rutas de caballos, paseos de poneys y similares.
3.11. Negar todo apoyo a los concursos y exposiciones caninas y de aves cantoras.
3.12. Prohibición de exposiciones de animales tanto vivos como disecados.
3.13. Prohibición de zoos, delfinarios y acuarios.
3.14. Prohibición de pequeños zoos en parques o propiedades particulares.
3.15. Prohibición de rifar animales o que éstos sirvan de reclamo para cualquier evento.
3.16. Prohibición que se utilicen animales en programas y concursos televisivos.
3.17. Prohibición y retirada de cualquier publicidad que suponga un trato vejatorio y ajeno a la condición del animal.
3.18. No a la presencia de animales en cabalgatas de reyes históricas, festejos turísticos, y similares.

Durante mucho tiempo aún vamos a poder visitar las plazas de toros embarrizadas de sangre y albero, porque el mundo crea escuela: esta mañana, entre corte y corte del debate electoral de anoche, las noticias mostraban las artes de toreras de un zagal de diez años que ya lidia en un país latinoamericano en el que la ley permite la participación de menores en la actividad taurina. La misma Universidad de Granada, centro educativo centenario, ofertó el mes pasado la XIII edición de sus jornadas taurinas. La tauromaquia se sigue difundiendo sin aludir a su cariz cruel, incluso por aquellos en cuya mano está terminar con ella.

Mientras los políticos se torean unos a otros y torean nuestra intelectualidad llamándose unos a otros demagogos, mentirosos e imbéciles (insisto, lo son, sobre todo lo último, unos más que otros), mientras los delfines palurdos de la extrema derecha española imitan las formas caricaturescas de sus gurús y la extrema izquierda sigue pensando que la libertad pasa por ahostiar nazis y fumar petardos en cualquier esquina -subvencionando los chalés de los narcos-, hay temas que siguen sin llevarse a debate.

Y eso me preocupa, pero no porque yo quiera, sino porque la literatura me abandonó hace unos días y ahora paso las horas escuchando noticias sobre política. Qué vida más triste ésta. Uno no puede con tanto jaleo sentarse tranquilamente a lidiar con sus conflictos internos con tanto problema en el mundo. Así que reivindico a ser tan inútil como los jefes: si no les importa, tómense su tiempo para votar, y después cállense unos días, que aquí hay uno que quiere dedicarse a la paz espiritual, a las artes y a las musas.

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Servidor lleva años practicando una forma de vida que muchos calificarían como vagancia -o eso decían mis profesores de la EGB, la cosa viene de largo-, pero en lugar de hacerlo tentado por los opiáceos tentáculos de la abulia, intento llevar una existencia relativamente cómoda: estudiar un poco de todo, beber café, escuchar a Enrique Morente, salir de vez en cuando -cada vez con más moderación- y sentir un odio radical hacia el Sistema y, por tanto, hacia la mayoría de los hombres. Ahora empiezo a pensar que los campos gravitatorios de la convencionalidad me arrastran de forma ineluctable hacia algo que siempre he detestado en la teoría y en la práctica: la vida de entrega a un trabajo aburrido, sin fruto, el coma intelectual, el hastío. Ha sido ése mi gran vicio: vivir ebrio de una fantasía que dice que las cosas pueden ser de otra manera, que no necesariamente la vida es una jornada laboral de diez o doce horas y unas vacaciones calurosas en la ciudad mientras, rentas mediante, el jefe estrena barco en Palma de Mallorca -hijo de puta-. Hay que intentarlo, qué duda cabe.

Pero el Sistema -confieso que odio esta palabra- está regido por una constante universal: el dinero, la tela, la plata, el vil metal que tiene más nombres que la verga, y su cuantía es la medida del éxito de los hombres, éxito que bien podría meterse el Sistema por los anales si no fuera porque el fracaso significa el hambre -la gula es mi pecado más practicado después de la lujuria de pensamiento y la codicia, que en mí se manifiesta como una paradoja de omisión-. La guita que nos guía por los mares de la vida como una estrella Polar hipnótica, con el sextante de las nóminas y el astrolabio de los tipos de interés, es la que realmente viene a jodernos la existencia con su cantinela de metales. Dicen que el dinero no da la felicidad, no puedo decir que no estoy en desacuerdo: quizás lo que sucede es que la necesidad de dinero nos produce infelicidad.

Se me ocurrió un ejemplo sencillo por lo universal de su eje: follar. La práctica del sexo, de mutuo acuerdo, ya sea hormonal o afectivo, suele ser una actividad deseada por todo fulano, desde los estratos más bajos de ésta nuestra comunidad hasta la aristocracia de abolengo -sin pasar los célibes lechos del clero-. Sin embargo, los placeres de la trilla, como los de cualquier vocación sea o no malsonante, se van al garete cuando empiezan a ser regulados por el cochino caballero. En el mercado del sexo, el que desembolsa mecaniza su actividad amatoria -que pase por aquí algún putero convencido a contármelo-, la rinde a los fogones donde se cuecen las habas de los burdeles más inhóspitos. Es una jodienda que no embriaga -dice Nacho Vegas que hasta los perros se ponen tristes después de eyacular-. En cualquier caso, el pago nos garantiza cierta calidad en el trabajo, porque los desembolsos nos obligan a amortizar con disfrute el gasto -paradójicamente, estoy convencido de que si pagáramos para que nos cobraran soltaríamos el parné a espuertas-. Del otro lado, basta decir que no he conocido a ninguna puta vocacional que cobre. Son sorprendentes las cantidades de jente jodida porque no jode, de jente jodida porque jode por jodido dinero y de jente jodida porque tiene que juntar para joder.

Harto feliz sería la infeliz vida si la gente folgara por amor. Alguien debería inventarlo.

Jodidos como estamos, vuelvo a mi tesis que asegura que el en el fondo el único que jode es el dinero. Servidor escribe mierda de letrina de antro por falta de talento, sí, pero sólo en parte: influye también la falta de una nómina que ayude a potenciar el hábito literario y a dejar de descuidarlo con pamplinas de oficina, de Universidad no universal y de papeles que no sirven para nada. Todavía no me pagan por tomar café y escuchar música -al contrario-, pero vista la casta de caraduras con la que todos nos cruzamos a lo largo de la vida, alguna forma debe haber para cambiar las quejas de pobretón por un puro y unos zapatos caros apoyados en un escritorio de manera noble. No les quepa duda: entre la dignidad y Don Dinero una persona de moral débil como yo prefiere al segundo, al fin y al cabo todo se puede comprar -los conflictos que producen la divisas son bárbaros-. Me queda la duda de qué pasa cuando se alcanzan las espectativas económicas. Estoy convencido de que una gran depresión nos azotaría si nos pagaran por ser felices.

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No te asustes, pibe, que este artículo no es tan largo; no cierres la ventana ni lo dejes a medias.

La cosa viene de largo, aunque nos escandalizó durante unos días a finales de 2007. El informe Pisa 2006 nos dejaba en evidencia y nosotros centramos las conspiraciones de taberna y las opiniones de portal en lo cazurros que somos durante no más de una semana, porque la prensa escoge los temas de los que vamos a hablar según el terreno que acoja los duelos entre el ejecutivo y la oposición, ya sea el terrorismo, la economía o el miedo supuesto que le tenemos a esos extraños hombres que vienen de un sitio que se llama África. De modo que durante unos días estuvimos todos avergonzados de lo incultos que somos y luego volvimos a preocuparnos de otra cosa, dada la fecha, seguramente, nos jodió que nos dijeran que comiéramos conejo por Navidad, porque ya sabemos que en España cada cual es libre ser consumista consumista hasta la ruina en función del comercial que le llame más la atención.

Ya olvidado el tema, mi hermana apareció ayer con dos folios que su profesor de filosofía había repartido, para que lo leyeran los chavales y su gente, dijo. El panfleto era un artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en diciembre en el que pone a parir, siguiendo su conocida línea, a todos los responsables de la educación de los pipiolos españoles, desde cualquier maestro de escuela hasta el presidente del Gobierno de España -con eñe de coño-, ya sea el de ahora o el de hace treinta años. La lectura del artículo, redifundido a nivel local por una de esas piezas del nefasto engranaje educativo español, vuelve a abrir una herida en el orgullo de quienes aún nos queda el suficiente para darnos por aludidos, sobre todo de quienes nacimos, crecimos y nos educamos en Andalucía, que es la comunidad que sale peor parada en los estudios y que según Pérez-Reverte es un lugar «donde la cultura roza el subdesarrollo», leído lo cual uno quiere mentar la madre del articulista o abofetearle la cara con pescado podrido al más puro estilo de las Galias de Gosciny y Uderzo, y todo porque tiene razón, lo dice un andaluz de Granada, vecino de imbéciles descamisados en ciclomotor y de más de un subnormal que se jacta de no leer porque no tiene paciencia para eso. Gilipollas.

De modo que Pérez-Reverte nos llama subdesarrollados culturales y nosotros, si tenemos la más mínima elegancia, tenemos que agachar la cabeza y jodernos, porque tiene razón, porque no somos ni Juan Ramón ni Machado, porque aquí cultura popular hay poca, y la poca que hay se la reparten unos pocos mamones que disfrutan despiojándose con sus poemas de verso libre y sus ensayos rebuscados sobre literatura. Lo imbécil, si elitista, dos veces imbécil. De modo que el vulgo tiene el honor de vivir en una tierra llana, paralela a al cielo que habita un Dios al que no hemos visto nunca aunque sabemos que existe, evitando el martes y el trece, admirando a letrados de mercadillo y pintores de pincel gordo, con el talento musical e interpretativo de los veinteañeros pudriéndose en garitos de mala muerte mientras nos mamamos la vida y obra de Paquirrín y nos creemos los culebrones del Diario de Patricia, mientras nos preocupamos por el circo y el pan, que sube cada vez que alguien abre la boca en el Zaidín, sin preguntarnos qué es la levadura ni qué se siente con el cuello en las fauces del león.

Y todo porque la España del futuro -y del presente-, teniendo medios a su disposición, no se interesa ni por las cosas que creen interesarle, porque nuestros jóvenes tragan dibujos japoneses sin preguntarse en realidad quién es Son Goku y porqué su bastón se alarga cuando lo sujeta con firmeza, porqué uno de los colegas de Ranma se convierte en cerdo y no en cualquier otra cosa, cuál es el conflicto bélico que desencadena el drama de La tumba de las luciérnagas o qué orígenes tiene la destreza con la espada de los protagonistas Kenshin. No lo saben los jóvenes porque sus profesores -lo digo por compañeros del que nos envió el artículo de Pérez-Reverte- creen que el dibujo japonés es horrible, chapucería de friki en comparación con sun pinceladas, tan sutiles como vacuas. No sabe nuestra juventud que los músicos a los que idolatran versionan a Cecilia -ni les suena el nombre-, Metallica o Nacha Pop, que algunos temas de Shakira rozan el plagio barato a Coldplay y U2, no se paran a pensar que Melendi es en realidad un mameluco de verso facilón y mala voz, que Avril Lavigne no sería nada sin Nirvana y, lo peor de todo, se unen a la moda de llamar artista a todo mono que sale por la tele, así luego pueden anotarse puntos de grandilocuencia.

Reverte, cabrón, qué razón tienes, y cuánto me duele.

Así no establecemos la verdadera relación que tienen los productos que consumimos. ¿Os habéis preguntado, queridos niños, quién es ese perro de tres cabezas de Harry Potter? ¿Hay un personaje femenino, Hermione, para mantener la paridad,  compensando la falocracia, o el hecho de que sea mujer va más allá? ¿Por qué le dieron el anillo al imbécil de Frodo en vez de dárselo al montaraz?. Lo importante no es saber responder a estas preguntas, sino hacerlas, y así dejaremos de decir que Joaquín Sabina es un poeta y El Quijote, quizás, será un libro en lugar de un título para fardar de una literatura que no sabemos apreciar.

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Bernardo Álvarez es el nombre del obispo que se ha encargado de renovar la cubierta de gloria de la Iglesia Católica en España, según publica hoy El País, realizando unas declaraciones en las que mezcla los términos homosexualidad y abuso de menores. «La persona practica [la homosexualidad]», dice Álvarez, «como puede practicar el abuso de menores». Para la Iglesia, la homosexualidad sigue siendo una enfermedad que hay que sufrir en silencio, aunque suponga el padecer de algunos miembros de sus filas, con toda la resignación que le falta a otros tantos clérigos de mayor o menor rango a la hora de cumplir los predicados votos de pobreza y castidad. (more…)

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Quizás mañana, veinte de noviembre, más que otros años, se calienten a hostias las vertientes radicales de las ideas en España, los que luchan por ideas obsoletas e incongruentes y los que dicen defender la libertad callando bocas.

Los fascistas españoles ya no exhiben parafernalia, sino sino trajes decrépitos o ropas de pandilleros que esconden armas blancas y cobardes. No defienden a los vivos, sino la memoria rancia de los muertos -Franco la diñó, mi menos sentido pésame-. No predican un ideal patriótico, sino radicalismo asesino. Ya no arrastran multitudes, porque no es suya ya la extorsión convincente de la fuerza militar, sólo la brutalidad del pandillero, y sólo les queda la mentira propagandística, decir que hace un año había siete mil personas en Plaza de Oriente de Madrid, cuando los vítores franquistas eran desentonados por unos pocos centenares de exaltados.

Los fachas del antifascismo han estado últimamente nerviosos, con ganas de zurrar a quien se pusiera delante, escondidos en la excusa de la lucha contra la represión. Como toda forma de barbarie se apoyan en una incongruencia falta de sutileza, intentando situarse a la izquierda de las ideologías, como si la guerrilla urbana fuera una forma de ejecución política y no de terrorismo barato y cobarde.

La imbecilidad se reparte en dosis idénticas por los cabos de una cuerda de ideas mal construídas. Los extremos siempre se encuentran, faca en mano y a chuletaza limpia, en esa singularidad ideológica que se llama violencia.

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Para quienes andamos por la calle con la elegancia de quien anda por casa, quizás con pena y siempre sin gloria, los protocolos son coreografías que se nos antojan compuestas a partes iguales por vacuidad y tedio, pompas de alarde que huelen a rancio y a vanidad. Recelamos del lujo suntuoso, del pavoneo galante y del eufemismo emperejilado: nos parece cada ritual una ceremonia de engaño y de apariencia. Debe ser la diplomacia algún tipo de ciencia exacta del engaño, al menos en la humilde opinión de una persona, servidor, que colecciona entre sus calificativos el de primitivo, así de gráfico -quizás porque me paso el respeto infuso, la piedad filial y la jerarquía injustificada por el forro pudendo-.

La nueva frase lapidaria de SAR, que encabeza la clasificación de las más populares de la última década después de habersela escupido a Hugo Chávez, me ha sorprendido menos que la falta de una reacción de crítica masiva, es decir, lo que en España se ejecuta como una jauría de hienas sometiendo a acoso y derribo al primero que se encuentren. Ya sabemos que aquí el petardeo gusta como si alimentara; no habría protagonizado el Lazarillo una picaresca de haber podido participar de los chismorreos de un mercado cualquiera.

Pero el método olímpico con el que SAR se saltó las las normas protocolarias para mandar callar al payaso de moda del mundo hispanoamericano -ya que Ansar está oficialmente retirado de la farándula- no carecía de elegancia, detalle laudable en un panorama de ocurrencias chabacanas. Si SAR hubiese hecho caso de la doctrina confuciana, aplicando la sentencia del maestro chino que aseguraba que había rectificar los nombres, tendría que haber concluído su «¿por qué no te callas?» con una leve pausa y un apelativo inequívoco: «gilipollas» -y poco se le podría haber recriminado, porque no es incierto-. El protocolo aquí jugó el papel de la dignidad: la que todos fingieron ver en el déspota venezolano.

Esa elegancia es la que le faltaba a la viñeta de la revista El lunes, carencia que parece bastar para multar a sus autores. Si es cierto que tenemos libertad de expresión, la única falta de la viñeta fue la del decoro, un decoro que brilla por su ausencia en muchos hogares del vulgo español, entre los que incluyo el mío, convirtiéndonos a todos en delincuentes comunes de la decencia. Pero no puedo evitar imaginarme a Don Juan Carlos viendo por primera vez la viñeta protagonizada por su delfín, dejando escapar una risotada simpática.

Habrá que rectificar los nombres como decía Confucio. Deberíamos llamar cabrón al jefe de estado que cierra televisiones y amarillea en sus discursos, deberíamos llamar diplomático a aquel que ataca a quien no deja hablar. Yo, por mi parte, volveré a llamar Rey a nuestro Jefe de Estado cuando en España sea compatible la crítica con la falta de decoro, condición básica para que sea total la libertad de expresión. Sólo así tendrán sentido los ritos, protocolos y demás pamplinas.

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Leo en 20minutos que la censura china ha dado via libre a YouTube. El gigante amarillo, futura potencia económica, según dicen, ha crecido a base de sudor y sangre, manteniendo a sus ciudadanos bajo control dictatorial. Ahora que desde Pekín se empieza a construir una imagen moderna de China, ahora que está de moda todo lo que tenga que ver con los hijos de Han, yo me pregunto si es posible que en el siglo XXI se alce una potencia mundial con dos lacras: una es la pena de muerte -que por desgracia también vela por la seguridad de los estadounidenses-, que acabó en 2003 con 726 vidas en China, y la otra es la censura, presente también en Internet, que impide el acceso de los navegantes chinos al día a día de la red de redes. Dicen en 20minutos que «China es el segundo país del mundo en número de internautas, con más de 170 millones de usuarios y las protestas de éstos contra el control que Pekín quiere ejercer sobre la red arrecian día a día. Populares páginas web como Wikipedia, los blogs de Blogspot, Technorati y otros muchos siguen bloqueados, mientras que el portal de fotos Flickr, que también tuvo problemas de acceso en meses pasados, ha recuperado la normalidad». Lenguas de Fuego está también entre las páginas censuradas por razones que aún no hemos podido encontrar, quizás porque los que hacemos estas páginas admiramos la palabra, gran enemiga del silencio que acuna a los dictadores, y condenamos la opresión. China, la tradición que quizás mejor ha tratado las herramientas del lenguaje, sobre todo el escrito, aplica una censura ciclópea, y por eso ahora yo sí me gano la antipatía de su gobierno: porque maldigo todo lo que no sea libertad de expresión, maldigo todo lo que enmudece al hombre, porque en la otra cara de la China moderna que aparece en los folletos de Beijing 2008, está la China agrícola y pobre, cuya única esperanza es alzar la voz, porque sólo allá donde haya palabra libre, habrá vida humana. Ay de la nación que olvida sus grandes logros y vuelve a la barbarie.

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