Impromptus Nr. 1. op. 29 As-Dur/in A flat major, Allegro assai
Escrito por: Gotardo J. González en Chopin, Literatura, Música, PersonalIntento convertir, por compasión, la paz de la tarde en una habitación fugazmente umbrÃa, si se me permite la expresión. Qué dulce serÃa dormir a la sombra de un jazmÃn, arropado por una gruesa camisa de franela, que recuerda a la de un leñador canadiense; qué dulce el café con leche que se empieza a enfriar al calor tibio del sol. Como aquà no hay jazmines tengo que echar la persiana, retorcerme en la horizontal tortuosa del sofá de dos plazas, apoyar la cabeza en dos cojines que intento horadar en busca de esa ergonomÃa que nunca tienen algunas cosas, determinadas sillas, ciertas camas, estos cojines. ¿Qué retorica habrÃa en decir que me agosta lo angosto? La de un mameluco con la espalda dolorida, no más. Pero como soy una persona que consigue lo que se propone, al final me duermo; incluso a veces sueño, aunque no me acuerde después. Qué dulce es ese dormir retorcido y destemplado del sofá, ese dormir al fin y al cabo. Pero siempre hay algún ruido malnacido que perturba los escasos momentos de paz: una llamada telefónica inútil, un timbre imbécil -y yo despierto a Satán con rezos, que se lleve al infierno todos los sonidos vivos y me deje a mà en el paraÃso terrenal-.
Asà que me siento en la mesa, porque la tarde sigue siendo dulce y el sol brilla al otro lado de esa ventana que mira siempre hacia la Sabika, porque las ideas están reposadas y la lengua parece capaz de dictarle a la mano, y escribo: «Michele dijo que volverÃa…». Un jaleo de voces atraviesa las paredes, se cuela por debajo de la puerta como un gas venenoso y asesina a mi complemento circunstancial de tiempo. Sordera selectiva, imploro, ya, Dios. Qué dulce serÃa crear un clima acústico en la habitación con algún vinilo crujiendo en el viejo tocadiscos; qué dulce Chopin, hábil y sentido, sonámbulo ante el piano; qué bello es el sonido cuando vibra con ritmo matemático, con afinación delicada. Pero ya corren malos tiempos para los reproductores analógicos, asà que pongo un CD en mi reproductor de MP3, que ya parece cavernÃcola, y me conecto a los auriculares como a una máquina de diálisis. HarÃa falta tener tercer riñón detrás de los ojos para evitarle al cerebro ciertos envenenamientos sensitivos.
Y, asÃ, qué dulce suena Chopin, mon Dieu, mon Amour, mon Cherie; qué paz hay por fin en la paz de la tarde. ¿Por dónde iba? Michele, cierto, a ver, dónde habÃa ido Michele. Pero corren malos tiempos para la lÃrica, caracoles, la puerta se ha abierto a mi espalda y una voz fémina parlotea a discreción un terrorismo verbal, cogollos, y yo me rindo de rodillas con las manos en la nuca y la frente en el suelo, que me aspen, que le den viento en popa a todas las literaturas y a todas las paces del mundo y que me maten, o que se calle el mundo de una vez, cojones ya.


















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