Una nueva farola se enciende anaranjada, bajo su sombrero negro, frente a mi ventana; su luz es caduca como el viento del otoño, que ya agita algunas hojas, que ya se cuela por la ventana y enfrÃa la luz de mi flexo, que también es caduca como mi pelo caduco. Hay sombras extranjeras en la noche: un séquito invisible de octubre, un cortejo fúnebre para la luna, que esta noche no ha salido -no serán vivos esta noche los muertos de la Sabika-; hay en mi sombra un pensamiento extranjero, un filón de plata que mira hacia hacia las luces lejanas, que son tinieblas desdibujadas, donde los gatos velan el vacÃo desnudo de las calles; hay luces extranjeras en el cielo de Granada, se han vuelto oscuras las estrellas apagadas. Era lo extraño, ahora lo sé, el hueco silencioso de la habitación, de los libros callados en las estanterÃas, de la cama desnuda y vacÃa como una canción que nadie escucha.
He prestado atención a los altavoces y he necesitado contártelo. Los gatos miran envidiosos desde la calle, intuyendo un delicioso sonido, curado como un vino de buen año, de buen año y aroma lejano. Las sombras se han cerrado sobre la ciudad y han borrado todo rastro de voces. Nos hemos quedado los dos solos con su canción extranjera -eramos un hombre y una melodÃa bajo la luz anaranjada de las noches caducas-. Yo no me sonrojo; tampoco tengo sombrero, debió desvancerse postrado ante lo sublime de aquel piano, de aquellos vientos metálicos -dorados quizás, como vientos otoñales- que me embargaron. Ahora que florecen las notas y las olas sonoras, desaparezco como un viento otoñal y caduco; soy extranjero de estos silencios nocturnos.


















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