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Archivo de la Categoría “Fernando Colomo”


Pese a que podría desmoronarse con apenas soslayar las historias de subsaharianos ahogados en el estrecho o de judíos huídos, la idea romántica de la migración es como un dolor crónico que se agudiza en función de las condiciones atmosféricas, como una vieja lesión de la adolescencia. Nos resultan atractivas, incluso hipnóticas, las imágenes de caminantes que cargan con un fardo a la espalda, navegantes que sujetan firmemente un timón en medio de una tempestad, hombres que esperan impacientes la llegada de un tren en el andén transitado de una estación, viajeros que pegan la cara a la ventanilla del avión mirando el sol reflejado en un mar plateado, mercados porteños en los que se mezclan lenguas y enseres de cada rincón del mundo, comensales que buscan solitarios un menú barato en algún bar de pueblo, con el pelo alborotado y la mirada perdida en algún pensamiento lejano. Son, en definitiva, ideales extraños que se contemplan como si alguien los hubiera colocado dentro de una urna de cristal y rodeados por un cordón rojo.

Hace poco, desde esta rutina inmersa en noticieros de agosto, isoflavonas de soja y comida china, fantaseaba con pasar varios meses en Madrid, investigando sobre alguna materia que ahora no viene al caso y que en cierto modo me empieza a obsesionar. También cruzaban Chueca y Fuencarral por mi fantasía, por parecer tener esa arquitectura literaria de los poetas evadidos, la misma que hay en los ferrocarriles o en las casas de campo. Lo hablaba ayer con Antonio Muñoz, incansable explorador de literaturas, músicas y espacios urbanos; no hay que dejar que lo ilusorio contagie de confusión los estrechos límites de la probabilidad. No me veo viviendo como M.S. Fogg en el parque del Retiro, con una chaqueta húmeda de inmundicia y, seguramente, un perenne cartón de vino debajo del brazo. Y es una pena, concluímos, porque al final las ligaduras laborales y estudiantiles tienen atada a la mayoría de la población mundana. La pela es la pela, diría alguno; o la pelas, sencillamente, diría otro. ¿Cuántas novelas habrá sin escribir, cuantos cuadros sin pintar, cuantos temas sin investigar porque el autor estaba perdiendo el tiempo en un trabajo aburrido o en un aula mugrienta?.

Al sur de Granada (Fernando Colomo, 2002) es una adaptación de la obra homónima de Gerarld Brenan (1894 - 1987) en la que el escritor tiene una conversación con un granadino de la Alpujarra, quien dice que quiere viajar. Tiene la idea romántica de la migración, ha mitificado una ciudad, en su caso Buenos Aires, y la ve como una vía de escape, una salida de ese pueblo pequeño y en cierto modo aislado. El granadino dice que no puede viajar, porque para eso hacen falta perras, y lo asegura con una melancolía llena de frustración. Es una de las mutaciones de esa epidemia llamada fracaso. Gerarld Brenan, ‘don Geraldo’, alimenta su ilusión con una respuesta tan descabellada como cierta: le contesta que para viajar no hacen falta perras, sólo hace falta caminar.

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