Una mujer a la que se quiere enamorar
Escrito por: Gotardo J. González en Cine, Fernando Fernán Gómez, Guerra Civil, Música, PersonalDurante varios años -creo que siete u ocho- he tenido en mente una frase cuyo origen habÃa olvidado por completo: «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar». Me gustó tanto que la utilicé como cabecera de uno de los peores textos que he escrito -tal vez haga de nuevo que un personaje la cite-, porque me pareció que la carga retórica de estas palabras no quedaba vacÃa: contenÃa una actitud ante la música asà como una forma galante de tratar a las mujeres. No se trata sólo de tener un instrumento entre las manos y utilizarlo con precisión -una precisión que muchos entienden como arte-, sino hacer del sonido una sucesión sugerente de notas musicales, sostener con firmeza las vibraciones de la cuerda o del metal y desencadenar el sonido con la suavidad de un beso; con respecto al trato de a las mujeres, basta preguntarse ¿no es mezquino tocar el cuerpo de una mujer con actitud diferente a la de quien compone una pieza musical sublime, con tacto distinto al de las manos que arrancan las más nobles melodÃas?.
«La música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», le dice un profesor de música su alumno en La lengua de las mariposas, una pelÃcula que debà ver en algún momento en el que empezaba a buscarle, no sin torpeza, la cara a la música, a la vez que intentaba por primera vez enamorar a alguna muchacha. Viendo de nuevo la pelÃcula, hace poco, me encontré con un personaje que, en sà mismo, ya es casi tan aleccionador como la máxima del músico, aquel maestro rojo interpretado por Fernando Fernán Gómez cuyo objetivo primordial parece ser conseguir que los niños sublimen su manera de mirar a la naturaleza, y en ella a las chiquillas por las que ya empiezan a sentir curiosidad. El maestro de escuela, quizás intuyendo la barbarie bélica que pronto estallarÃa, le deja a uno de sus alumnos, en contra de todas las supersticiones católicas, una vital enseñanza: «Ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad, eso es el infierno», es decir, ese ente ambiguo del infierno tiene una manifestación fÃsica a la que hay que temer realmente.
Pero el ser humano se resiste muchas veces a las enseñanzas más básicas, quizás cuando estas se alejan de los comportamientos más instintivos y temerosos, y, al estallar la Guerra Civil, el pueblo que dÃas antes habÃa homenajeado al viejo maestro de La lengua de las mariposas despide al personaje de Fernán Gómez a pedradas y entre insultos: ateo, rojo, traidor. No habÃan entendido ellos que las emociones deben tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar, la firmeza de unos brazos ebrios de deseo, la dulzura de una lengua que se desenrosca para extraer un néctar único.
DecÃa también aquel maestro encarnado en Fernán Gómez, o tal vez Fernán Gómez encarnado en el personaje del maestro republicano, que si el pueblo español lograba que una sola generación creciera libre ya nadie podrÃa arrebatarles ese tesoro -cito de memoria-. Y al escuchar esas palabras pensé que tal vez esa generación sea la mÃa, una generación de personas capaces no sólo de entender que «la música debe tener el rostro de una mujer a la que se quiere enamorar», sino también libre de ver en la música a aquellas mujeres que nos enamoran, una generación tesorera de canciones propias que expresen con claridad un sentimiento musical, que al fin y al cabo, con la misma vibración del saxo o de la cuerda de guitarra, es lo que pone en movimiento cada centÃmetro de piel, cada segundo de vida que pueda hallarse en el alma del ser humano.


















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