Archivo de la Categoría “Francisco Umbral”


I. De esta historia sólo me interesa el final: allí, a la salida de aquella casa marrón en la que festejaban un día cualquiera, al borde de la carretera serpenteante que se perdía mitad de la campiña inglesa, a aquella hora en la que el día era de una claridad difusa bajo el cielo nublado -sin embargo no había llovido ni llovería-, donde un jolgorio que sonaba lejano apenas hacía temblar el silencio plácido de la tarde.

Se escuchó un trueno. Yo creí ver pasar un rayo humeante sobre mi cabeza y deshacerse en la carretera, unas decenas de metros en dirección a la ciudad. Allí apareció un coche negro del que se bajó un hombre. El hombre empezó a caminar hacia mí, con ritmo diligente, agitando los brazos, que agitaban también su levita, con su rostro -que en un principio me resultó familiar- enfurruñado y apretado sobre el pañuelo de seda holgado alrededor del cuello. Pensé yo que era un enviado del cielo que venía con algún tipo de reprimenda. Francisco Umbral, colérico, recorrió los metros que me separaban del coche y siguió de largo sin mirarme. Yo, al reconcer su cara, quise saber qué hacía en mitad de la campiña inglesa un hombre que, era sabido de todos, estaba muerto y enterrado. Le pregunté educadamente «Don Francisco, ¿cómo es que está usted por aquí?». Obtuve por respuesta el silencio, de modo que decidí insistir: «Don Francisco, ¿cómo es que está usted por aquí?». Obtuve por respuesta una mirada remoñona. Que no nos conocieramos no quería decir que yo fuera invisible para él, así que pregunté una tercera vez: «Don Francisco, ¿cómo es que está usted por aquí?». Él alzó el brazo, la barbilla y la voz: «Yo he venido aquí para ignorarte».

Pero fui yo quien despertó.

II. En resumen: cuenta Zhuangzi que una vez soñó que era una mariposa. Cuando despertó, se preguntó: ¿había soñado él que era una mariposa, o era en cambio una mariposa que en ese momento estaba soñando que era Zhuangzi?.

III. Es posible que sea Francisco Umbral quien ha soñado que se encuentra conmigo en la campiña inglesa. Es posible también Zhuangzi esté soñando que escribe su libro y que yo lo leo miles de años después. ¿Se encontrarán los dos en ese sueño en el que yo escribo sobre ellos?.

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Tres muertes han acaparado la atención de los medios en las últimas horas, las de Emma Penella, Paco Umbral y Antonio Puerta.

La primera, la actriz Emma Penella, falleció ayer tras una carrera de casi sesenta años, de la que se ha recordado principalmente su última etapa, en la serie televisiva Aquí no hay quien viva y en su versión en la competencia, La que se avecina. Su papel en películas como El verdugo o La estanquera de Vallecas se ha quedado en meras menciones, mientras que otras películas como La busca (1966), dirigida por Angelino Fons y protagonizada por un jovencísimo Jacques Perrin, parecen olvidadas hasta en la Wikipedia.

Siguiendo con la inercia mediática de justificar la metamorfosis de la muerte en noticia del día con cualquier estupidez, la figura de Francisco Umbral, fallecido hoy, se veía ensalzada en los periódicos, que hablaban de su calidad literaria e independencia, mientras la televisión recordaba como momento cumbre de su carrera aquel de la década pasada en el que se quejaba, con toda la razón del mundo, de estar haciendo el ‘paria’ en un programa de televisión con Mercedes Milá.

El fondo fangoso del morbo más mezquino y carroñero, cómodo ecosistema televisivo, ha vuelto a ser alcanzado con la muerte de Antonio Puerta, fallecido esta tarde a causa de los daños cerebrales causados por las sucesivas paradas cardiorespiratorias que sufrío el sábado, cuando disputaba el Sevilla - Getafe de la primera jornada de liga. La suerte rastrera propició que las cámaras pudieran grabar la escena de la reanimación del jugador y que, en consecuencia, se hayan podido emitir las imágenes de Antonio Puerta al borde de la muerte las veces necesarias para memorizar cada uno de sus gestos agónicos. Ya de paso, familiares y amigos tendrán un video más que poner junto a los de las bodas, bautizos y comuniones. Es el gusto que tenemos por el morbo, por la contemplación del sufrimiento innecesario.

Estos tres han sido ejemplos de noticias desviadas que nos ayudarán a recordar a una buena actriz por una coletilla comercial, a un buen escritor por un arrebato de genio -que se prepare Fernando Fernán Gómez, que me apuesto a que media España aún no sabe que escribe, ni le importa-, y a un futbolista cuya hazaña más popular ha sido morir en público para ser exhibido en televisión como una enfermiza atracción circense.

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