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Archivo de la Categoría “Franz Kafka”


Alguien me dijo, lo he contado ya varias veces en estas páginas, parafraseando no recuerdo a qué autor, que la literatura consiste en mentir bien la realidad, es decir, en hablar de uno mismo sin que se sepa que es uno mismo el protagonista del texto. Es una sentencia que siempre he relacionado con esa otra que reza que la realidad supera siempre a la ficción, porque al fin y al cabo la literatura es un sucedáneo de la realidad, de una realidad bien mentida para suscitar el interés que ciertas verdades no inspiran.

En ello pensaba hace unos días viendo a lo lejos el Castillo de Feria, erigido por encima del pueblo, gobernando el paisaje en kilómetros a la redonda: a la hora del ocaso, un hombre convertido en vampiro podría saltar de una de sus ventanas para iniciar en el valle una caza de vírgenes. Aún no entiendo la asociación de ideas, pese a la similitud que puede tener la fortaleza de cualquier villa con el castillo de Drácula, debió ser que a esa hora de la tarde yo ya pensaba en la noche clara y en la sombra del castillo alzándose, señalando al cielo como una maldición que le acusara.

Pero dejamos el coche junto a la Iglesia y continuamos la ascensión al Castillo a pie, por la madeja de calles del pueblo, que parecían los infinitos tentáculos enredados de un pulpo que era el Castillo, siguiendo las señales que indicaban unas calles mientras eran otras las que nos mostraban el castillo. Aquel pueblo era un falso engaño. Cuando alguien coqueteó con la idea del fracaso de nuestra visita, «tanto subir cuestas para que ahora el castillo esté cerrado», dijo, recordé a K. en cualquiera de sus intentos de acceder al Castillo de Kafka, subiendo por calles como un laberinto de espigas, salvando las diferencias, porque nosotros fuimos a Feria una tarde en la que el calor era más plácido que sofocante -la nieve sin duda habría exagerado la belleza del castillo, lo habría dotado de una luz desoladora, más aún sabiendo que se trata de algo real y no fingido-.

Pero el Castillo estaba abierto, a su entrada una mujer en un escritorio, el resto de las estancias vacías, sólo los insectos y el vacío fantasmal del eco vagaban por sus habitaciones como guardianes de una enorme cripta. A sus pies el pueblo de Feria con forma de estrella de cinco puntas, quizás acentuando una maldición que yo imaginaba, pero creo que fue Susana quien encontró allí, en lugar del origen de un maleficio, la inspiración para una fábula: «Mirad ahí, una mariposa, parece la misma que vimos la última vez, será la princesa del castillo que adopta forma humana en las noches de luna llena», y yo tuve que hacer un esfuerzo para imaginar, a la luz del plenilunio, la transfiguración de la mariposa en una doncella ataviada con blanco de luna brillante o nebuloso, diadema con una constelación de diamantes, espera ahogada en la impaciencia por la tardía llegada de un joven noble quizás con forma de halcón o negro corcel, porque mis imaginaciones apenas entendían al morador alado que era la mariposa como un habitante maldito y sin duda capaz de una conversión espectral o demoníaca, como imaginaba de niño la siniestra presencia de los caballitos del diablo.

K. no habría llegado jamás hasta esas torres, a lo sumo habría partido de allí buscando una salida sin encontrarla, se habría convertido en un fantasma de Canterville agrio, sin comedia alguna, por la sencilla razón de que Kafka habría construido una historia a través de la realidad, narrando en tercera persona el tedio de una ascensión penosa. La breve leyenda Susana había sido una mera improvisación basada en ficciones anteriores, un atisbo de literatura desligado de la presencia del mundo real, del terreno que se extendía en kilómetros a la redonda y del castillo que se alzaba junto al pueblo en forma de estrella de cinco puntas.

Allí, en el lugar más inesperado, había encontrado otra de las espinas de la literatura.

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(Parte I)

«Ayer te aconsejé no escribirme a diario. Hoy sigo opinando lo mismo; considero que sería un beneficio para ambos y vuelvo a aconsejártelo, con mayor insistencia aún», escribía Franz Kafka a Milena Jesenská, dos víctimas de la distancia entendida como sinónimo de la separación con todo lo que ello implica, y proseguía: «Sólo que, por favor Mílena, no sigas mi consejo y escríbeme a diario. Me basta con unas pocas líneas, algo más breve que las cartas de hoy, dos líneas, una, una palabra … pero el privarme de esa palabra me causaría un terrible dolor». El dolor de la ausencia, provocada por la distancia, se enardecía en la mente depresiva y catastrófica de Franz Kafka. No faltará en esta historia de amor una lucha encarnizada contra la distancia que, a su vez, tendrá que librar terribles batallas contra los obstáculos ciclópeos que el escritor veía en toda difícultad; uno de estos obstáculos sería burocrático: «Sólo podré decirte en qué fecha viajaré, cuando reciba el permiso de residencia. Para una estancia de más de tres días se requiere un permiso especial de las autoridades locales. Lo solicité hace ya una semana».

Entre tanto, en estado constante de separación, el único enlace entre Franz Kafka y Milena Jesenská era espistolar y compulsivo. La ausencia de ella era recibida por el escritor como una soledad imposible y frustrante. Si, por un lado, podemos imaginar que ambos habrían deseado la quietud pacífica del silencio, sostenido en un abrazo o un beso, las palabras configuraban el solo sustento de su unidad -de ahí la postura bipolar de Kafka ante la frecuencia de las cartas de Milena-. Suponemos a Kafka hipnotizado por las misivas de su amada: «He permanecido hasta la una y media de la mañana sobre esta carta, sin hacer nada más; pero la contemplaba y, a través de ella, te contemplaba a ti» . Era para ellos el silencio un antónimo de paz interior, lo que llevará a Kafka a perseguir la inmediatez a costa de la razón: «No sé exactamente por qué escribo, probablemente por nerviosidad, como esta mañana, cuando te mandé por pura nerviosidad una torpe respuesta telegráfica a tu carta por expreso, recibida anoche».

Pensaré que, debido a la distancia, Kafka y Milena eran dos ávidos amantes puestos del revés ante una situación imposible: «Para eliminar en lo posible todo lo fantasmal que se interpone entre los hombres y para lograr una comunica­ción natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano.» El pesimismo natural en Kafka le llevará a concluir: «Pero ya es tarde; es obvio que esos inventos han surgido en plena caída. La otra parte es mucho más serena y fuerte: después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilo. Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos». Kafka sucumbió a la distancia, quizás por su vocación de rendido al fracaso. Quizás esta rendición se debía a una adicción inexplicable al dolor -sería el dolor mismo de la lejanía el equivalente al amor que habrían disfrutado en la cercanía-. No tuvieron en cuenta, por desconocimiento, el placer de los reencuentros en los andenes humeantes, antídoto para la distancia que hoy se ha convertido en la frialdad de los aeropuertos y la suciedad grotesca de las estaciones de autobús.

La distancia -y ya se habrán dado cuenta de que obvio las consideraciones euclídeas- está en todo aquello que no ha sido elegido por nosotros mismos, en el vacío de las cartas que no llegan, en los barrotes gélidos de una prisión, en el pudor absurdo que nos imponen las convenciones sociales, en definitiva, en los límites que van más allá de las millas, los que sí podemos cruzar pero no nos atrevemos. Debía haber una distancia mínima entre el sueño obseso de Kafka y su realización, pero esa distancia era la propia infelicidad de Kafka, su propia naturaleza

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