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Archivo de la Categoría “Juan Carlos de Borbón”


Para quienes andamos por la calle con la elegancia de quien anda por casa, quizás con pena y siempre sin gloria, los protocolos son coreografías que se nos antojan compuestas a partes iguales por vacuidad y tedio, pompas de alarde que huelen a rancio y a vanidad. Recelamos del lujo suntuoso, del pavoneo galante y del eufemismo emperejilado: nos parece cada ritual una ceremonia de engaño y de apariencia. Debe ser la diplomacia algún tipo de ciencia exacta del engaño, al menos en la humilde opinión de una persona, servidor, que colecciona entre sus calificativos el de primitivo, así de gráfico -quizás porque me paso el respeto infuso, la piedad filial y la jerarquía injustificada por el forro pudendo-.

La nueva frase lapidaria de SAR, que encabeza la clasificación de las más populares de la última década después de habersela escupido a Hugo Chávez, me ha sorprendido menos que la falta de una reacción de crítica masiva, es decir, lo que en España se ejecuta como una jauría de hienas sometiendo a acoso y derribo al primero que se encuentren. Ya sabemos que aquí el petardeo gusta como si alimentara; no habría protagonizado el Lazarillo una picaresca de haber podido participar de los chismorreos de un mercado cualquiera.

Pero el método olímpico con el que SAR se saltó las las normas protocolarias para mandar callar al payaso de moda del mundo hispanoamericano -ya que Ansar está oficialmente retirado de la farándula- no carecía de elegancia, detalle laudable en un panorama de ocurrencias chabacanas. Si SAR hubiese hecho caso de la doctrina confuciana, aplicando la sentencia del maestro chino que aseguraba que había rectificar los nombres, tendría que haber concluído su «¿por qué no te callas?» con una leve pausa y un apelativo inequívoco: «gilipollas» -y poco se le podría haber recriminado, porque no es incierto-. El protocolo aquí jugó el papel de la dignidad: la que todos fingieron ver en el déspota venezolano.

Esa elegancia es la que le faltaba a la viñeta de la revista El lunes, carencia que parece bastar para multar a sus autores. Si es cierto que tenemos libertad de expresión, la única falta de la viñeta fue la del decoro, un decoro que brilla por su ausencia en muchos hogares del vulgo español, entre los que incluyo el mío, convirtiéndonos a todos en delincuentes comunes de la decencia. Pero no puedo evitar imaginarme a Don Juan Carlos viendo por primera vez la viñeta protagonizada por su delfín, dejando escapar una risotada simpática.

Habrá que rectificar los nombres como decía Confucio. Deberíamos llamar cabrón al jefe de estado que cierra televisiones y amarillea en sus discursos, deberíamos llamar diplomático a aquel que ataca a quien no deja hablar. Yo, por mi parte, volveré a llamar Rey a nuestro Jefe de Estado cuando en España sea compatible la crítica con la falta de decoro, condición básica para que sea total la libertad de expresión. Sólo así tendrán sentido los ritos, protocolos y demás pamplinas.

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