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Archivo de la Categoría “Li Bai”


La luna salía en los poemas de Lorca como la muerte, como la luna llena de Granada que asoma por detrás de la Sabika, alzándose cercana a la vertical por la que ascienden los humos espesos del crematorio. Estos días de cielo raso, por el aire se desliza el brillo frío de la luna como en un poema de Li Bai, pero se ensucia con el resplandor anaranjado de las farolas -aquellas luciérnagas tristes del Barranco del Abogado que pasan las noches en silencio-.

La contemplación de la luna, más que la luna en sí, ha llenado las noches vacías de los poetas. Debe tener algo hipnótico su baño de plata, un embrujo que Lorca vio similar al que usa la muerte para llevarnos y para el que Li Bai tenía un antídoto, porque era Li Bai en sus noches de ebriedad quien marcaba el ritmo del paso de la luna por el firmamento. Quién bailara cómo Li Bai, ebrio y perdido en un bosque de negrura y riachuelos de luz, en lugar de ver a la luna pasajera, con su enigma nocturno, perderse en el páramo estrellado del cielo.

La mayoría de los poetas -y, por extensión, la mayoría de los hombres-, miramos hacia la luna como hacía Zhang Jiuling*, como quien se mira en un espejo de lágrimas: «soy como la luna llena, que cada día que pasa, ve como disminuye su resplandor». En el hechizo lunático, Zhang Jiuling buscaba el ensueño que le reuniera con su amada -es el mismo sortilegio del plenilunio que nace de la Sabika, por donde crece el humo vacío de los que ya no están-. Zhang terminará por darse por vencido, abandonando la vigilia y entregándose al sueño más profundo: «Afligido porque no puedo llenar mi mano de luz y ofrecértela, vuelvo al lecho y sueño que estoy de nuevo contigo».

* Traducido por C.G. Moral.

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Paul Bitternut me sorprendió ayer con un regalo que creo que va a ocupar un lugar de lujo, cerca del alcance solícito de mi mano, en alguna balda de mi estantería. Después de llevar tiempo buscando la traducción al español que Carmelo Elorduy hizo del Romancero Chino -habiendo tenido el tortuoso placer de manejar un ejemplar prestado- y que el dichoso libro no apareciera en ningún sitio, una especialista en sinología me aseguró, como quien confirma la pena capital, que la edición en español del que es posiblemente el libro más importante de la tradición literaria china está descatalogado. -Para qué editar un clásico, pensarán las editoriales, habiendo lo que hay en las listas de los más vendidos, entre los que se encuentran las últimas obras de Torquemada y Ansar-. Tuve que redirigir la ampliación china de mi pequeña biblioteca hacia otras obras. La última adquisición, hasta ayer, fue Wen xin diao long (El corazón de la literatura y el cincelado de dragones), traducido, introducido y anotado por Alicia Relinque.

Pero Paul Bitternut me sorprendió ayer con un obsequio que creo que va protagonizar muchas de mis lecturas durante mucho tiempo, una antología de poesía clásica china editada y traducida por Guojian Chen, de quien ya había leído Poemas de Tang, edad de oro de la poesía china, libro que recomiendo como todos los que lleven en el título la palabra Tang. Poesía clásica china da un repaso a lo más importante de la tradición literaria de los hijos de Han, desde el siglo XI a.C, antes de ser hijos de Han, hasta la caída de la dinastía Quing a principios del siglo XX. No podía celebrarlo de otra forma que recitando -por obsesión- a Li Bai con el permiso de Guojian Chen:

«No dejéis vuestras copas ni un momento.
Os voy a cantar una balada,
y escuchadme todos atentos:
Para mí no importan nada
gongs, tambores ni manjares.
Sólo deseo una ebriedad perpetua.
Los santos y sabios del pasado
se quedan todos en el olvido.»

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