Archivo de la Categoría “Paul Auster”
No solemos darnos cuenta, pero lo cotidiano se sucede de una manera ordenada y decisiva, tal vez incómoda en ocasiones, aunque siempre con un ritmo armónico que desencadena los acontecimientos sucesivos, como en una pieza musical que recorre alternativamente adagios y allegros -por eso Paul Auster puso a una de sus novelas por tÃtulo de La música del azar-. Lo que nos sucede cada dÃa en el marco de la trivialidad nos va guiando hacia ciertos momentos, pasajes de la novela de nuestras vidas, compases de nuestra melodÃa particular, que recordaremos como situaciones clave, sorprendentes giros argumentales. (more…)
Tags: Música, Paul Auster
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«It was a wrong number that started it», que alguien tradujo como «todo empezó por un número equivocado», es el comienzo del primer volumen de la famosa TrilogÃa de Nueva York de Paul Auster -otra vez Auster-, conocido como el escritor que ha sabido hacer que parezca real el azar novelesco. Este azar, estos giros inesperados de la realidad que nos asaltan desafiando las leyes de la probabilidad, son los que, de alguna forma, han hecho que la humanidad invente conceptos como el de destino, con la certidumbre de que una fuerza superior mueve los hilos invisibles que nos llevan por la vida según un guión preestablecido miles de siglos atrás, escrito en las estrellas, en los genes o en los posos del café de un lunes por la mañana -es inimaginable la variedad de soportes donde podemos encotrar las pautas que condicionan nuestro futuro-.
Ustedes lo han vivido. Se acuestan cada noche con una persona a la que conocieron a través de otra, con la que entablaron amistad en un curso que les recomendó un viejo amigo con el que ya no hablan, a quien conocieron en un trabajo temporal porque un conocido les informó de aquel puesto vacante, y aquel conocido era familia lejana de aquel primer amor, del que no saben nada desde hace muchos años. Es fácil pensar que de no ser por aquel primer amor, a quien posiblemente ahora incluso desprecien, no estarÃan conviviendo felizmente hoy dÃa con su pareja; es más, quizá eso les obligue a tener cierto sentimiento de agradecimiento hacia esa persona a quien ahora recuerdan sin ternura ni nostalgia.
Vaticinaba mi compañero y amigo Paul Bitternut -no Paul Auster- la pronta reaparición de su nombre en estas páginas, creyendo que yo iba a hablar sobre una historia que otro dÃa les contaré, aunque lo que hoy me obliga a nombrarlo aquà es algo que me dijo hace un par de dÃas y que ha contribuÃdo a montar el puzzle de lo que quiero decirles: «cómo has cambiado desde que te conozco», pensó en voz alta, «por qué», le pregunté, «porque tus verdades absolutas ya no existen, las pocas que tuvieras antes». Es cierto que mi excepticismo, con el tiempo, ha ido creciendo degenerativamente -si me lo permiten-. No creo en nada. No se trata de una falta absoluta de fe o de esperanza -posiblemente sea todo lo contrario-, sino de un derrumbamiento total de lo que Bitternut llamaba verdades absolutas, ente abstracto que, si se fijan, adolece de una importante aluminosis. Quizás la suerte de la que habla Paul Auster sea una mascarada que esconde una serie de hechos en los que no hemos reparado, en absoluto una fuerza sobrenatural.
Las casualidades de las que habla Auster en sus libros, esas que nos circunscriben en un universo de tÃteres, han dado lugar a una máxima pusilánime y despreciable que hay quien se empeña en repetir constantemente: unos nacen con estrella y otros nacen estrellados, refrán absolutamente falso al menos en el primer mundo. Es entonces cuando me siento herido en el libre albedrÃo y me acuerdo del trabajo que a más de uno le ha costado encontrar su estrella. Y de esto hablé ayer con mi viejo amigo A. Infante -de quien espero hablar pronto para darles una feliz noticia-, que estaba de acuerdo conmigo en que es mezquino y cobarde considerarse una vÃctima de los tongos, de los pucherazos y de las elecciones a dedo, del cruel destino y de la suerte trágica que a veces nos golpea; no, acordamos, lo que hay que hacer es currárselo, no hay excusas, la derrota es consecuencia de los errores, el fracaso es falta de tesón. Eso mismo, pero al revés, decÃa Jacques Brel, más o menos: el talento son ganas de hacer algo, el resto es sudor. Por eso creo que hemos interpretado mal lo que Auster hace. No se trata de novelar el azar, sino de recoger directamente de la realidad acaeceres que creemos imposibles por su escasa probabildad. No hay un hecho en concreto que nos sirva de zancadilla, sólo una lectura errónea y reducida de la naturaleza.
Llevaba razón Paul Bitternut, no creo en las verdades absolutas, ni falta que me hace.
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DeberÃas parar, abotonarte esa vieja gabardina, levantarle el cuello y bajar a la calle, caminar con la cabeza baja pensando en Ella, que cada dÃa cambia de nombre sin que cambie su rostro -acaso será su cara el espejo de tu alma-. DeberÃas pasear por Brooklyn, entrar a esa nueva librerÃa, saludar a su dependiente oriental y comprar un nuevo cuaderno para empezar una nueva historia. DeberÃas descansar ahora que terminaron las persecuciones, las caminatas nerviosas hacia los andenes, quizás escondiendo un revólver debajo del brazo, quizás huyendo de las miradas de aquellos que esperaban el momento de precipitarse sobre tÃ, quizás delatado por una estrella amarilla en tu ropa. Tal vez sea el momento de pulsar de nuevo las cuerdas de tu guitarra e imaginar que inventas una canción, porque del mismo modo que acaricias el mástil te acariciaban la brisa y el salitre aquella mañana de agosto.
Es el momento de caminar de nuevo, sentado en tu sillón paseas por ParÃs, tal y como lo vio Cortázar, buscando a alguien, quizás a una mujer que ya no te importa, esperando que suceda algo que cambie tu vida para siempre. No importa que al otro lado de la ventana el sol resbale por las fachadas de Granada, el frÃo de Nueva York te llevará de madrugada hacia una melodÃa en Clinton Street; pasearás por Manhattan con Woody Allen y por Londres con Monet. Después de ver morir a los húsares franceses en AndalucÃa, los puentes volados de la antigua Yugoslavia, el rojo y el negro de la ruleta en el casino más famoso de una ciudad ficticia; después de correr hacia las montañas con un grupo de republicanos, huyendo de los sublevados, llegaste a despertar una mañana convertido en un horrible insecto. Escapaste del estómago del lobo para morir con Grenouille, devorado por aquellas fauces hambrientas que te ajusticiaron por todos tus crÃmenes -quizá también por todos los trabajos que hiciste a encargo de don Vito Corleone-. Aterrorizado en tu sillón, escucharás unos golpes en la puerta que revelan la visita de un cuervo de mal agüero y sólo podrás desahogar el terror con aquel grito de Munch.
DeberÃas parar, yo te esperaré aquÃ, entonando sones que hasta a mis padres les parecen antiguos, y luego seguiremos escribiendo historias que nadie más vivirá. Dicen que el arte es lo que te hace sentir algo, lo que te puede llevar a algún lugar. ¿A tÃ, adónde te ha llevado?.
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Pese a que podrÃa desmoronarse con apenas soslayar las historias de subsaharianos ahogados en el estrecho o de judÃos huÃdos, la idea romántica de la migración es como un dolor crónico que se agudiza en función de las condiciones atmosféricas, como una vieja lesión de la adolescencia. Nos resultan atractivas, incluso hipnóticas, las imágenes de caminantes que cargan con un fardo a la espalda, navegantes que sujetan firmemente un timón en medio de una tempestad, hombres que esperan impacientes la llegada de un tren en el andén transitado de una estación, viajeros que pegan la cara a la ventanilla del avión mirando el sol reflejado en un mar plateado, mercados porteños en los que se mezclan lenguas y enseres de cada rincón del mundo, comensales que buscan solitarios un menú barato en algún bar de pueblo, con el pelo alborotado y la mirada perdida en algún pensamiento lejano. Son, en definitiva, ideales extraños que se contemplan como si alguien los hubiera colocado dentro de una urna de cristal y rodeados por un cordón rojo.
Hace poco, desde esta rutina inmersa en noticieros de agosto, isoflavonas de soja y comida china, fantaseaba con pasar varios meses en Madrid, investigando sobre alguna materia que ahora no viene al caso y que en cierto modo me empieza a obsesionar. También cruzaban Chueca y Fuencarral por mi fantasÃa, por parecer tener esa arquitectura literaria de los poetas evadidos, la misma que hay en los ferrocarriles o en las casas de campo. Lo hablaba ayer con Antonio Muñoz, incansable explorador de literaturas, músicas y espacios urbanos; no hay que dejar que lo ilusorio contagie de confusión los estrechos lÃmites de la probabilidad. No me veo viviendo como M.S. Fogg en el parque del Retiro, con una chaqueta húmeda de inmundicia y, seguramente, un perenne cartón de vino debajo del brazo. Y es una pena, concluÃmos, porque al final las ligaduras laborales y estudiantiles tienen atada a la mayorÃa de la población mundana. La pela es la pela, dirÃa alguno; o la pelas, sencillamente, dirÃa otro. ¿Cuántas novelas habrá sin escribir, cuantos cuadros sin pintar, cuantos temas sin investigar porque el autor estaba perdiendo el tiempo en un trabajo aburrido o en un aula mugrienta?.
Al sur de Granada (Fernando Colomo, 2002) es una adaptación de la obra homónima de Gerarld Brenan (1894 - 1987) en la que el escritor tiene una conversación con un granadino de la Alpujarra, quien dice que quiere viajar. Tiene la idea romántica de la migración, ha mitificado una ciudad, en su caso Buenos Aires, y la ve como una vÃa de escape, una salida de ese pueblo pequeño y en cierto modo aislado. El granadino dice que no puede viajar, porque para eso hacen falta perras, y lo asegura con una melancolÃa llena de frustración. Es una de las mutaciones de esa epidemia llamada fracaso. Gerarld Brenan, ‘don Geraldo’, alimenta su ilusión con una respuesta tan descabellada como cierta: le contesta que para viajar no hacen falta perras, sólo hace falta caminar.
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