Quién te ha visto, amigo, y quién te ve
Escrito por: Gotardo J. González en A. Infante, Granada, José L. Ballesteros, Madrid, Paul Bitternut, Personal, Sebas L.Tras varios dÃas de encierro en casa, a finales de la semana pasada me escapé unos dÃas a la capital del Reino, por razones principalmente lúdicas. Durante estos dÃas, momentos de soledad aparte -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado-, he podido disfrutar varias charlas con algunos amigos, conversaciones de bar, de sofá o de avenida, siempre alejadas de facultades, despachos, aulas y otros lugares en los que el conocimiento equivale, por lo general, a un lametón en el culo de una persona de dudosa autoridad.
En las cercanÃas del kilómetro cero, estuve recordando con Sebas L. algunos momentos de la adolescencia, cuando empezamos a hacer el payaso delante mi 386 y, cómo no, con su flamante 486, que tenÃa 8 megas de RAM, el doble que mi ordenador. La charla la tuvimos de madrugada, en el salón de su casa, guiados por las malas horas de la noche, perdiéndonos poco a poco en temas más presentes como las mujeres, el vino y alguna otra cosa más. De él he aprendido que la suerte juega un papel importante en la consecución del éxito, aunque mantengo el convencimiento de que la suerte no es un fantasma que se aparece, sino un tesoro que hay que buscar.
Con A. Infante me perdà paseando por algunas calles del centro, sometiendo al pobre hombre a la tortura de uno de los monólogos sobre mà mismo que suelo mantener. En esta ocasión, además de hablar de ciertos libros, de ciertos locales de Madrid que tengo en mi lista de pendientes y de algunos discos, estuve comentándole cierta conversación nefasta que tuve hace poco con una persona a quien preferirÃa no volver a oÃr hablar jamás. De él he aprendido que a los imbéciles, a los prepotentes y a los chulos hay que saber tratarlos, no todo lo contrario; y también llegué a una conclusión: sólo acepto recomendaciones bibliográficas de mis amigos.
Ya de vuelta en tierras provincianas, estuve compartiendo unas cañas con José L. Ballesteros. Aprovechando su condición de colchonero, nos vimos en un bar del ZaidÃn donde tienen mal fútbol y peor clientela, adonde vamos de vez en cuando a regar la garganta yo y a pasar un mal rato él. Pelotazos aparte, tuvimos tiempo de charlar y creo que se hizo una idea de lo que me ha rondado la cabeza estos últimos dÃas -no sé si por elocuencia mÃa o por comprensión suya-. El relato de lo que ha acontecido los últimos dÃas ha sido, en esencia, lo que han podido leer ustedes en estas páginas, por eso no hay necesidad de reproducirlo. El amigo y doctor José L. Ballesteros aseguró que yo soy de esas personas que prefieren hablar en un bar a hacerlo en cualquier otra lugar; yo estuve de acuerdo.
Fue horas más tarde cuando anuncié a Paul Bitternut mi retorno a la ciudad mora y decidimos vernos para debatir ciertos asuntos -en un bar, claro-. Entonces fue cuando todo encajó, cuando las conversaciones aisladas que mantuve con mis amigos se convirtieron en una sola y tuvieron una razón de ser, un hilo conductor: todas ellas habÃan ocurrido en lugares y momentos de ocio, lo que me ha llevado a pensar que realmente es en los bares donde se dicen las cosas importantes -es decir, donde sucede lo trascendental de nuestras vidas-, del mismo modo que en los momentos de soledad -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado- es cuando asimilamos lo que hemos aprendido. De alguna forma he decidido que los próximos dÃas de vacaciones los voy a pasar en casa trabajando, asimilando lo que varios dÃas de escapada me han enseñado -sé que eso quizás contradiga el mandato celeste de santificar las fiestas, pero ya saben que Dios no es santo de mi devoción-, y cuando se me acaben las ideas, sin más remedio, volveré a salir a la calle, nos veremos en alguna taberna.

















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