Archivo de la Categoría “Sebas L.”


Tras varios días de encierro en casa, a finales de la semana pasada me escapé unos días a la capital del Reino, por razones principalmente lúdicas. Durante estos días, momentos de soledad aparte -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado-, he podido disfrutar varias charlas con algunos amigos, conversaciones de bar, de sofá o de avenida, siempre alejadas de facultades, despachos, aulas y otros lugares en los que el conocimiento equivale, por lo general, a un lametón en el culo de una persona de dudosa autoridad.

En las cercanías del kilómetro cero, estuve recordando con Sebas L. algunos momentos de la adolescencia, cuando empezamos a hacer el payaso delante mi 386 y, cómo no, con su flamante 486, que tenía 8 megas de RAM, el doble que mi ordenador. La charla la tuvimos de madrugada, en el salón de su casa, guiados por las malas horas de la noche, perdiéndonos poco a poco en temas más presentes como las mujeres, el vino y alguna otra cosa más. De él he aprendido que la suerte juega un papel importante en la consecución del éxito, aunque mantengo el convencimiento de que la suerte no es un fantasma que se aparece, sino un tesoro que hay que buscar.

Con A. Infante me perdí paseando por algunas calles del centro, sometiendo al pobre hombre a la tortura de uno de los monólogos sobre mí mismo que suelo mantener. En esta ocasión, además de hablar de ciertos libros, de ciertos locales de Madrid que tengo en mi lista de pendientes y de algunos discos, estuve comentándole cierta conversación nefasta que tuve hace poco con una persona a quien preferiría no volver a oír hablar jamás. De él he aprendido que a los imbéciles, a los prepotentes y a los chulos hay que saber tratarlos, no todo lo contrario; y también llegué a una conclusión: sólo acepto recomendaciones bibliográficas de mis amigos.

Ya de vuelta en tierras provincianas, estuve compartiendo unas cañas con José L. Ballesteros. Aprovechando su condición de colchonero, nos vimos en un bar del Zaidín donde tienen mal fútbol y peor clientela, adonde vamos de vez en cuando a regar la garganta yo y a pasar un mal rato él. Pelotazos aparte, tuvimos tiempo de charlar y creo que se hizo una idea de lo que me ha rondado la cabeza estos últimos días -no sé si por elocuencia mía o por comprensión suya-. El relato de lo que ha acontecido los últimos días ha sido, en esencia, lo que han podido leer ustedes en estas páginas, por eso no hay necesidad de reproducirlo. El amigo y doctor José L. Ballesteros aseguró que yo soy de esas personas que prefieren hablar en un bar a hacerlo en cualquier otra lugar; yo estuve de acuerdo.

Fue horas más tarde cuando anuncié a Paul Bitternut mi retorno a la ciudad mora y decidimos vernos para debatir ciertos asuntos -en un bar, claro-. Entonces fue cuando todo encajó, cuando las conversaciones aisladas que mantuve con mis amigos se convirtieron en una sola y tuvieron una razón de ser, un hilo conductor: todas ellas habían ocurrido en lugares y momentos de ocio, lo que me ha llevado a pensar que realmente es en los bares donde se dicen las cosas importantes -es decir, donde sucede lo trascendental de nuestras vidas-, del mismo modo que en los momentos de soledad -recogimiento me parece excesivamente eclesiástico, meditación exagerado y demasiado budista, reflexión demasiado ordenado- es cuando asimilamos lo que hemos aprendido. De alguna forma he decidido que los próximos días de vacaciones los voy a pasar en casa trabajando, asimilando lo que varios días de escapada me han enseñado -sé que eso quizás contradiga el mandato celeste de santificar las fiestas, pero ya saben que Dios no es santo de mi devoción-, y cuando se me acaben las ideas, sin más remedio, volveré a salir a la calle, nos veremos en alguna taberna.


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He estado intentando echar cuentas del tiempo que hace que conocí a quien ahora firma como Sebas L., cuando ambos disfrutábamos de una niñez ya no tan temprana. Soy incapaz de calcular ese tiempo en años, debe ser más de década y media en la que la vida, por caminos diferentes, nos ha deparado muchas veces los mismos pasajes. Aunque vivimos en ciudades distintas -él se fue a Madrid, yo me quedé en Granada- solemos vernos de vez en cuando, nos ponemos al día de nuestras actividades mundanas y charlamos sobre cualquier cosa. Él es uno de esos hombres que se desenvuelve con total naturalidad en cualquier conversación, ya sea con frases precisas o con silencios necesarios.

Creo que la última vez que nos vimos quedamos para comer en uno de esos restaurantes mezquinos de la Gran Vía de Madrid. No alcanzo a recordar de qué hablamos, pero quizás fue aquel día, delante de una hamburguesa grasienta o de un trozo aceitoso de pollo frito, el primero en que le dije que quería que escribiera en Lenguas de Fuego, quizás porque desde siempre he adolecido de la impresión, probablemente errónea, de que a otros pueden tener interés en lo que a mí me interesa; es más, que otros puedan tener interés en leer lo que a mí me ha llegado por difusión oral. Desde entonces, recuerdo haber tentado en varias ocasiones a Sebas L.

Ha tenido que pasar mucho tiempo para que él se decida a abrir El bisturí eléctrico, precisamente ahora -y como él explica, me temo que habría sido imposible en cualquier otro momento-, espoleado por la necesidad de escribir que ha encontrado a través de la lectura y en unas circunstancias biográficas que, me temo, son comunes a todos los mortales. Dice que ahora necesita «un arma con la fuerza de un psicoanálisis, pero con la precisión de un bisturí», el arma de la palabra, que en palabras de Celaya es un arma cargada de futuro, necesaria «cuando ya nada se espera personalmente exaltante más se palpita / y se sigue mas acá de la conciencia / fieramente existiendo, ciegamente afirmando, / como un pulso que golpea las tinieblas»; el arma de la palabra, que es un arma que tiene mucho de medicamento, de instrumento quirúrgico que cose las más amargas aberturas en la piel del alma, sin saber, quizás, qué daños internos quedan ignorados por el diagnóstico léxico, por la mentira poética, que es su contraindicación.

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