Archivo de la Categoría “Personal”
En algún momento que no recuerdo, verano, seguramente, cuando yo aún tenÃa esa edad indefinida en la memoria, en ese pasado remoto en el que se mezclan los años y se desordena tiempo y uno tiene que recurrir a la imaginación para ordenar la cronologÃa su propia vida, cuando mi padre ya habÃa desatornillado y retirado una de las dos ruedecillas que mantenÃan el equilibrio de mi bicicleta, la derecha, quiero recordar, aunque pudo ser la izquierda, yo pasaba horas recorriendo la calle de mi abuela en el Cercado, desde el extremo de su casa hasta el extremo de la casa de Elba -me imagino en la escena con la equipación de listas horizontales rojiblancas que llevaba el Granada C.F. a mediados de los ochenta, en una bicicleta azul, aunque puede que esos detalles los haya tomado de fotografÃas de la época-. Rodaba sobre el asfalto, por aquella calle estrecha y sin tráfico, subiéndome a la acera cuando pasaba algún coche, saliendo de la calle para bajar a la Plaza de los Chinos o a la Calle de las Moreras si mi amigo José me acompañaba alguna mañana de julio.
Debió ser después de aquello -aunque yo lo recuerdo como anterior, ordeno los sucesos según la lógica, no según la memoria-, cuando mi padre retiró la segunda y última ruedecilla de la bicicleta, convirtiéndola por fin en un biciclo, dejándome a mà la responsabilidad del equilibrio y la posibilidad de caer al suelo. En aquella época también sembré aquella calle de retales de codo y rodillas, aprendà que el agua oxigenada escocÃa aunque no tanto como el alcohol y que la mercromina dejaba un espectacular tinte en las heridas.
De alguna forma, cuando aún quedaba una ruedecilla supletoria que evitaba la caÃda si basculaba más de la cuenta, yo ya habÃa adquirido un miedo infranqueable al momento en que perdiera aquel seguro, imagino que porque habÃa experimentado con la bicicleta de una de mis primas las mellizas, seguramente con mi padre sujetando el sillÃn para darme estabilidad, y en el momento en que descubrÃa que rodaba solo, aunque llevara haciéndolo con firmeza varios metros, era inevitable que me fuera al suelo. Entonces supe que el miedo era una barrera difÃcil y absurda, eso que luego supe que llamaban resistencia al cambio y que no tiene mucho sentido, pero no fui capaz de privarme del seguro de la tercera rueda y durante un tiempo que a mà me pareció más extenso de lo necesario realicé mis paseos, de la puerta de la casa de mi abuela a la de la casa de Elba, con aquella tercera rueda atornillada al eje de la trasera.
Creo que sólo hubo una forma de hacer desaparecer el miedo al equilibrio: el miedo al ridÃculo apareció una tarde en que mis padres estaban dentro de casa, charlando con mi abuela y con mi tÃa y yo en la calle con la bicicleta yendo y viniendo de nuestra puerta la puerta de la casa de Elba. Y allà estaba ella, Elba, con el pelo suelto, largo y liso más abajo de los hombros, pelirroja o de un castaño muy claro, con cierto aspecto de bruja blanca, como si tuviera en el rostro fragmentos de leyenda o de ficción, sentada en las escaleras, tal vez leyendo o solamente mirando la tarde o solamente mirándome a mà ir y venir, diciéndome con su voz dulce de meiga que quitara la tercera rueda de la bicicleta, «quÃtasela, si no la estás apoyando en el suelo», mientras yo me excusaba sin detenerme, en parte avergonzado, en parte atemorizado, «no puedo quitar la rueda, no tengo destornillador» o «no sé quitar la rueda, no puedo quitarla», excusas que no hacÃan a Elba abandonar su empeño de verme sobre tan sólo dos ruedas, «ven, que yo tengo llave inglesa», hasta que fui reduciendo mi recorrido, desde la puerta de la casa de mi abuela hasta la mitad de la calle, evitando cruzarme con la mujer misteriosa que vivÃa en el otro extremo de la calle, para finalmente guardar la bicicleta en el patio y no volver a salir en todo el dÃa.
No sé si al dÃa siguiente, o pocos dÃas después, humillado de alguna forma, le pedà a mi padre que quitara la tercera rueda, y después de hacer algunas pruebas sobre dos ruedas con él sujetando la bicicleta por el sillÃn, empecé a rodar solo, a ir de un extremo a otro de la calle y dar la vuelta sin poner los pies en el suelo, a bajar la cuesta de losetas rojas de la esquina. Tal vez, en aquel momento, no supe si fui yo quien venció al miedo o fue el propio miedo quien desistió de dominarme a través de la bicicleta -seguramente porque ya empezaba a descubrir otros puntos flacos-, porque en ocasiones somos abandonados incluso por lo aparentemente inerte.
Dejé de montar en bicicleta hace mucho tiempo. Mucho antes de eso, tuve mi peor caÃda en un carril bici en Granada que se saldó con una pequeña fisura en el escafoides. Ahora es la pereza lo que mantiene alejado de los pedales, tener que bajar al trastero para sacar la bicicleta de su nicho de cajas y enseres abandonados, allà abajo debe estar, en la oscuridad del cuartucho abandonada por mà y por el miedo que la utilizó como herramienta, quizás porque ese mismo miedo ha considerado más conveniente manifestarse a través de otros objetos, de otros lugares, de otras personas.
Tags: Granada, Personal
10 Comentarios »
Tal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al rÃo en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.
Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondÃamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efÃmera. Padi solÃa cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a LucÃa e Irene.
Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacÃo y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del rÃo -si aún vive allÃ-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subÃamos, Padi, LucÃa, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertÃa de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oÃdo la voz de un hombre, venÃa de allá, quizás haya alguien», decÃa Irene o LucÃa, y nos detenÃamos en seco agudizando el oÃdo, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansÃa descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.
Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos detenÃamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y LucÃa tenÃan unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mÃo propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.
Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mà y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creÃmos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.
Tags: Granada, memorias, serrallo
6 Comentarios »
Tiene el mismo rostro en esta foto reciente, la misma mirada ennegrecida de hachÃs, torcida de pena o tal vez de cansancio, quizás de impaciencia porque la agonÃa que siempre ha sido su vida se prolonga en los años como se dilatan las horas viles de una tortura intensificada sin sobrepasar la barrera de la muerte, torciendo el gesto de sus cejas y sus párpados inferiores para camuflar sin éxito y con fiereza la mÃsera marca de la penuria. Sé que él, que se llama Cebrián o eso dijo, ha sobrevivido porque el bálsamo del instinto y el fingimiento de la dignidad han frenado su caÃda como el agua cenagosa de un pantano amortigua el peso muerto y mineral de una pierda arrojada a sus profundidades, no con crueldad ni mala fe, sino con desidia e ignorancia. Por eso los rasgos de Cebrián eran y siguen siendo esclavos de unos párpados inflamados y unos ojos enrojecidos de hachÃs y una mandÃbula afilada como una navaja, a causa, tal vez, del hambre o de un agotamiento que le consume y quizás no entienda.
Tiene ese mismo rostro, el de aquel perro que era entonces, el dÃa que se me acercó en un bar al que yo habÃa entrado solo, la misma cara de zagal guapo desgastado por la erosión de unos pocos años duros, la camisa igualmente abierta y sin planchar, la cicatriz en el tabique nasal, el acento hiperbólicamente sevillano al decir «mostruo, me voy a sentá contigo, si no te molesta, vamo, camarero, pon una arbondiguita pa mi primo, asà no está tú solo y echamo un buen rato». Cebrián se sentó en mi mesa con otro hombre, de piel morena y pelo oscuro en los rizos y en el mentón, que vestÃa una camiseta rayas azules y negras ceñidas y me hizo pensar que para rematar su aspecto deberÃa lucir un ancla en su antebrazo musculado no por el deporte ni los gimnasios, sino por el trabajo o quizás la delincuencia. Cebrián comÃa con compulsión mientras el marinero desviaba la vista, compungida como en un pesar sobreactuado, y ese giro de la mirada era para Cebrián como una ausencia del oÃdo marino de su amigo, porque hablaba de él sin discreción, aparentando un grado creciente de compadrerÃa o fraternidad hacia mà similar al que se gasta en los confesionarios o en los despachos, «perdona si te he molestado», decÃa, «pero te hemos visto solo, y asà seguro que estamos mejor los tres, más a gusto, entre compadres», y alzaba la cabeza y pedÃa, «camarero, una cerveza pa mi primo», y yo remoloneaba entre trago y trago, en bocado y bocado, entre frase y frase, como si dilatar la conversación me hiciera ganar un tiempo que me permitirÃa marcharme sin ser descortés o desvelar mi desconfianza hacia Cebrián que sabrÃa fundada más tarde, cuando me dijo que tenÃa un problema, «anoche jodieron a mi amigo», hablaba Cebrián mientras el otro hacÃa como si no escuchara, «se fue con una puta y la puta le dio un palo, le quitó todo, todo el dinero, la documentación, la ropa, y yo estoy intentando ayudarlo, porque se tiene que ir a Madrid mañana, que acaba de nacer su primer hijo y no lo conoce todavÃa, asà que yo estoy pidiendo para juntar los cincuenta euros que le faltan para coger el autobús mañana», «qué putada», le dije, y mientras el marinero renegaba de la mendicidad de su compañero, «que no, hombre, que mañana me echo a la carretera y me voy a Madrid haciendo autostop», el pedigüeño daba trabajo al camarero, «camarero, ponte tres cervecitas más», y luego se giraba hacia nosotros haciendo gala de su ardor fraternal y de su generosidad, «si hace falta yo le pego un palo a alguien, por mi amigo lo que sea, de verdad, que yo soy todo corazón, porque ayer me fui a buscar a la puta y le di una somanta al cabrón del chulo, que era un moro culturista asû, decÃa separando los codos del tronco, «y yo soy capaz de coger a cualquiera, por mi amigo, y darle una paliza, pegarle un navajazo y quitarle lo que lleve para éste se vaya a conocer a su hijo, y si hace falta luego lo busco y le devuelvo el dinero, pero no quiero llegar a esos extremos, que te lo digo de verdad, que yo soy todo corazón, si tienes algún problema en Sevilla pregunta por Cebrián el de la Macarena, ¿de dónde eres tú? ¿de Granada? Yo conozco gente allÃ, en el barrio del PolÃgono, si tienes algún problema di que eres primo de Cebrián el de la Macarena, verás como no te tocan ni un pelo, y ahora estoy intentando ayudar a mi colega, ¿tú no lo harÃas?, por un amigo hay que dejarse la piel, ¿es o no es?, por un amigo lo que sea, lo juro por mis hijos que tienen uno tres meses y el otro cinco años, camarero, un par de cervezas más, tú nos dejas lo que lleves, y ya está, y esto lo pagamos nosotros, camarero, una tapita de merluza». Lo primero que pensé es que Cebrián no habÃa leÃdo un libro en su vida, seguramente tampoco habÃa visto demasiado cine y todas las historias que habÃa escuchado consistÃan en cuentos para chavales que las abuelas u otros chavales cuentan para tratar de construir algún tipo de mito a su alrededor, porque Cebrián tenÃa la habilidad de hilar frases que no llevaban a ningún sitio que no fuera mi cartera, construÃa una historia incoherente que se apoyaba tan solo en una vehemencia sobreactuada, en una pasión que no se correspondÃa con la presencia fiera de sus amenazas veladas, en una necesidad que se hundÃa en el derroche de platos y vasos, que a su vez pretendÃa darse un postÃn incoherente con el bar sucio en el que encontré a Cebrián y al Marinero. Cebrián no habrÃa sido nunca un buen novelista, no era ni siquiera un buen mentiroso, y seguramente el único rasgo cervantino que tenÃa era el hambre que le habÃa inspirado una picaresca que de puro vulgar no podÃa ser picaresca. No tardé en imaginar, aquella noche en que vi la cara ruda de Cebrián, la facilidad que tendrÃan los dos delincuentes barriobajeros en sacarme del bar o acompañarme cortésmente a la calle o darme charla hasta doblar la primera esquina de un callejón sevillano y luego limpiarme de un navajazo los cinco euros que llevaba en la cartera y el espacio que alojaba mi riñón derecho. Ni las novelas de Auster ni la poesÃa de Juan Ramón Jiménez contenÃan instrucciones o pistas sobre cómo defenderme de Cebrián y su amigo, tal vez Lorca habÃa escrito sobre el duende carmesà que brotarÃa a la luz de la luna cuando el resplandor amarillento de una navaja me desollara; quisiera creer que fue la inteligencia en lugar de la cobardÃa la cualidad que me incitó a entrar en su juego, aparentar que creÃa todas y cada una de las palabras que me contaban, fingir que me hermanaba con Cebrian de la Macarena y con su amigo el Marinero Putero, ocultar el desprecio que siento hacia la mentira y la prepotencia, aconsejarles y animarlos en su bella y falsa empresa de ir a cuidar un niño recién nacido hijo de putero, ayudar a un buena amigo, reparar los rasgos de unos rostros que ahora se mostraban compungidos, doblados, exagerados, deformados como si pertenecieran a un mundo diferente o como si fueran tan falsos como sus palabras. Fue cuando de manera más vehemente cuando me descubrà no odiando o temiendo a Cebrián, sino despreciándolo, sintiendo hacia él el desdén que se siente hacia una mala hierba o hacia la suciedad infecta de una vivienda y que, más tarde, descubrÃ, era el mismo desdén que Cebrián sentÃa hacia sà mismo.
En esta foto de CebrÃan que han publicado hoy en el periódico, aparece la misma mirada partida de desdén hacia sà mismo a la misma altura que la cicatriz de la nariz partida, con la cabeza alta y presuntuosa, saliendo de los juzgados con libertad condicional un dÃa antes de que lo mataran, según dice el pie de foto, los mismos que no supieron ajustarle las cuentas a través de los tribunales. No utilizaron más armas que sus brazos y sus piernas para tumbar a Cebrián a la salida de una taberna en una calle que desconozco y arrojarlo inconsciente al Guadalquivir, quizás con una fractura simbólica en la nariz, a la altura de la cicatriz que ya lucÃa la noche en que lo conocÃ, quizás después de buscar en sus bolsillos algunos gramos de cocaÃna, alguna china, algo de dinero, quizás acercándose a la barandilla del rÃo y alzándolo sin zarandeándolo, arrojándolo a las aguas como los narcos arrojan la carga para huir de la policÃa o como el destino arroja a algunos hombres al cieno de la vida -pero estoy seguro de que Cebrián, de haber estado despierto en el momento de morir ahogado, se habrÃa hundido alzando la barbilla y farfullando amenazas de muerte contra sus asesinos, porque lo único habÃa aprendido Cebrián para diferenciarse de un perro era el fingimiento de una dudosa o mal entendida dignidad-.
Ahora que Cebrián está muerto dudo de sus impulsos violentos, dudo de su facilidad para el asalto y el derribo y el robo violento, dudo de sus intenciones aquella noche, cuando lo conocà en aquel bar y le confundà con un perro de labia torpe, porque quizás no era más que un mendigo torpe. Al salir de aquel lugar les dejé a CebrÃan y al Marinero mi billete de cinco euros, «tu nos das lo que lleves y nosotros te invitamos», dijo Cebrián, y se despidieron dándome las gracias, el Marinero compungido como una plañidera haciendo ejercicios de calentamiento, Cebrián sonriente como si hubiera logrado algo más que cinco euros, como si hubieran encontrado algo realmente valioso al cruzarse conmigo, al irme de aquel lugar con la mano en el bolsillo buscando la cartera, el móvil, mis órganos vitales, mirando hacia a atrás más tarde, esperando que me siguieran para horadar en mi espalda un túnel que les llevara a un dinero que yo ni siquiera tenÃa. «Por un amigo lo que sea», habÃa repetido Cebrián una y otra vez, y ahora pienso yo que tal vez me equivoqué, que tal vez Cebrián murió defendiendo una causa tan justa como la amistad o el amor paternal, que no intentó pegarle a una puta en un recodo o en un portal, que frunció el ceño para asaltar a la gerencia de algún lupanar de mala muerte hallando allà precisamente la muerte mala que el mismo destino que le habÃa arrojado al légamo de la vida le habÃa deparado en un alegorÃa hiperbólica como su acento sevillano: morir hundido en fondo pantanoso de un rÃo sin tan siquiera bracear como un perro, quizás con un último estertor reflejo que inútilmente intentara evitar la asfixia, un estertor alegorÃa hiperbólica de aquel otro estertor metafórico del bar donde lo conocà mendigando, fingiendo torpemente, jugando a la dignidad sin mas destino que el cruel e insulso acto de morir.
Tags: cuento, Sevilla
3 Comentarios »
No vi el gol de Torres porque no vi la primera parte del Alemania - España, salà de aquel bar un minuto antes de que el árbitro pitara el final del partido, yo solo, sin vestir los colores rojos -llevaba una camiseta verde que me mantenÃa ajeno a la marabunta que arrasó cada ciudad española el domingo por la noche-, pero lo peor de todo es que me fui al final del partido como quien sale de una oficina después de largas horas de cola, de la sala de espera de un hospital abarrotado o de una boda aburrida y multitudinaria. Nunca habÃa visto a la Selección Española de Fútbol pasar de cuartos de final, escuché por la radio los penaltis contra Italia con una tensión contagiada a través de la histeria colectiva, temà a los rusos hasta el descanso de la semifinal, pero el domingo, cuando España se convirtió en campeona de Europa, pensé que por fin se habÃa cumplido el trámite de ver un partido más, pagué la cuenta, me levanté y me fui. Tampoco era para tanto.
Estos dÃas, ocupado más de la cuenta por asuntos que en realidad me importan un bledo y por otros que me interesan algo más, he recordado varios campeonatos que pasamos José L. Ballesteros, A. Infante y algún colega más vagando por el barrio, viendo los partidos en la casa de cualquiera de nosotros, comprando refrescos y snacks cochinos en el VIP que hay frente al instituto, intercalando los partidos de la televisión con los partidos en el ordenador. Tal vez el fútbol tuviera entonces algún sentido, puede que incluso la palabra patria tuviera significado -patria eran unas calles y unas personas que se reunÃan para ver el fútbol-.
Pero el domingo los rostros de los hinchas, con sus pinturas de guerra rojas y amarillas, eran extraños. Caminé entre ellos de madrugada, de vuelta a casa, ajeno su lenguaje de ruidos y salpicones. Aquel húmedo estruendo que arrasaba fuentes y calles y contenedores de basura era tan lejano como los once jugadores que yo sólo pude ver a través de un televisor en un bar. Y reconozco que tuve algo de miedo, el hombre suele envalentonarse en masa y en alguna ocasión temà que un piquete futbolero me obligara a celebrar una victoria que no me pertenece.
Quizás todo habrÃa sido diferente si yo hubiera formado parte de un grupo, aunque fuera pequeño, con José L. Ballesteros y A. Infante, porque seguramente el fútbol es cosa de once, seguramente las victorias no están hechas para los solitarios.
Tags: Eurocopa, Fútbol, Patria
No Hay Comentarios »
No me habÃa dado cuenta, pero sucedió el viernes pasado: este blog cumplió un año. Creo que por aquella época escribÃa sobre todo sobre polÃtica, fue tiempo después cuando la temática fue evolucionando hacia temas de menor intrascendencia a la vez que la plantilla que utilizamos evolucionó hacia diseños más o menos legibles.
De las 164 entradas publicadas en Vuelo 714, la mayorÃa en la categorÃa Personal, el texto más leÃdo hasta la fecha hablaba sobre Elvis Presley -el segundo más leÃdo sobre Rodolfo Chikilicuatre -, sin embargo, los textos que más les han gustado tenÃan una marcada temática personal y una total intención literaria. -Saco como conclusión que en esto de Internet hay que hablar de famoseo para captar visitantes y vender intimidad para mantenerlos, asà es la vida.-
Desde aquella primera entrada de hace un año hasta hoy, las cosas han cambiado -lo que parece suficiente-. Aún no sé en qué dirección, de modo que el aniversario de Vuelo 714 deberÃa servir para plantearse en qué dirección van estas páginas, tal vez la utilidad de su publicación, la necesidad de buscar la forma de vencer la barrera que forman ahora las palabras -llevo más de una hora escribiendo estas palabras entre llamadas telefónicas, café, correos electrónicos y una entrevista a Mariano Rajoy-. Quizás debiera prometerme y prometerles escribir no más que cuando sea estrictamente necesario, o quizás deberÃa prometerme y prometerles, a quienes quiera que sean ustedes cuyas caras no veo, que escribiré todos los dÃas, que trabajaré para que siempre encuentren algo nuevo en está página, pero seguramente no cumplirÃa ni lo uno ni lo otro.
De modo que inauguro el segundo año de vida de Vuelo 714 prometiéndome que escribiré sin pensar en ustedes, quienes me leen, pese a que eso suene a pose, a independencia artÃstica fingida, pero puedo demostrar que no es asÃ: piensen en mà y escriban un comentario en esta entrada, si aparecen más de cincuenta comentaristas distintos significará que tengo la suficiente presión mediática como para no considerarme independiente, en caso contrario ustedes me liberan del impulso de publicar lo que escribo.
4 Comentarios »
Ahora es de noche. Abajo, en el jardÃn, reinan las sombras entre las ramas del jazmÃn recién podado, junto al tronco del naranjo que comienza a florecer, tras las pequeñas zarzamoras que brotan al pie del muro, allá donde la salamandra posa sus ventosas mudas como si ya durmiera. Es aquÃ, en el dormitorio, donde podemos mirarnos a los ojos con la luz que se filtra por las cortinas del balcón -será su cara la luna llena en estas noches en las que el verano no parece un quimérico porvenir-. Hablamos al amparo del sigilo, con susurros tan ligeros como el humo de penumbra de habitación, mientras la abrazo y le cuento la historia de esta casa, de esta habitación, de esta cama a la que no volvÃa desde las noches de infancia, tantos años atrás que la memoria la ha circunscrito en un altar de recuerdo sedimentado.
Mañana, le digo, te enseñaré el barrio, las calles en las que nos escondÃamos y perseguÃamos, las esquinas que doblaba temerariamente con una bicicleta de la marca BH heredada de algún primo mayor con los frenos gastados y oxidados. Subiremos desde la Plaza de los Arcos hasta la Rosaleda, pasando por esa calle empedrada donde aún viven los árboles de morera que alimentaron a mis gusanos de seda. Verás mañana aquellas calles que casi habÃa olvidado, las verás tal y como las veÃa yo entonces, porque allà la luz parece estancarse, menguar los dÃas nublados, refulgir si sale el sol al cielo raso, pero es siempre la misma, partÃculas que vuelan en cÃrculos entre los nÃsperos desde mil novecientos ochenta y tres, tal vez impacientes, jamás inquietas, porque te esperaban a ti, ahora lo sé. En esta calle habÃa una carnicerÃa donde solÃa comprar mi abuela, aquella casa de allÃ, la que hay junto a la Rosaleda, era la de Trini, que también tenÃa un árbol de morera, y ésta de aquÃ, la que hay justo al doblar la esquina, es la casa, aquel el balcón donde yo me asomaba a escondidas de pequeño porque al atardecer se podÃan ver las primeras estrellas de las noches de verano y el humo de la fábrica de cervezas.
No le hablo de los discos de música clásica de mi abuela, de los archivadores con partituras impresas en papel amarillento, no le hablo de Juan, que tenÃa la misma edad que yo y al que no he vuelto a ver desde entonces, guardo silencio porque ahora se suspende el tiempo como las flores de azahar del jardÃn, se detienen los segundos concentrados en un solo pétalo blanco o en un mÃnimo ápice de olor a galán de noche, se confunden los años, la noche en que charlo con ella y la mañana soleada en que mi padre le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta, me callo ahora que intuyo en la noche que hay un doblez de tiempo en este preciso instante, el pasado nos mira como un tornasol crecido sólo para orientarse hacia nosotros y el futuro se abate en esta habitación para arroparnos con su perfume de recuerdos de infancia, tal vez porque es el momento, aquà y ahora, de encontrar el orden indescifrable que nos ha tendido abrazados en esta cama, junto a este balcón frente al que revolotean a ritmo de vals los murciélagos, los mismos o idénticos murciélagos cuyo vuelo he contemplado durante el último cuarto de siglo, desde aquellos atardeceres cercanos a mil novecientos ochenta y tres mientras mi madre me llamaba para cenar, en el presente exacto de esta habitación en la que he recuperado, con el olor a jazmÃn y azahar y limón que penetra por el balcón abierto, el gusto inexplicable por las noches de verano.
Mañana, empiezo a decir acariciando su flequillo y mirándola a los ojos, pero las palabras se detienen porque no encuentran sentido en esta extraña mezcla de tiempos, y caigo en la cuenta de que aquellas mañanas de sol sucedieron en un tiempo remoto que se me antoja presente, mucho antes de que yo aprendiera a leer, mucho antes de que el universo se nublara irremediablemente de palabras. Era entonces, cuando las letras parecÃan dibujos sin sentido, cuando la morera y los rosales no eran más que formas de color, quizás nombres expresados con sonidos, y es ahora cuando la miro a ella y digo su nombre en voz alta, sin calificativos ni adornos innecesarios, sin gramática ni oraciones completas, sin más palabras que las de sus ojos cansados y su sonrisa atenuada en la penumbra de la habitación, su nombre sin más necesidad que la de mirarla de cerca.
6 Comentarios »

Contiene spoilers.
Volvà a sobrecogerme cuando vi de nuevo Dancer in the Dark de Lars von Trier, igual que la primera vez, cuando después de varios años, con la curiosidad azuzada por la aparición de Björk, la vi una tarde en casa de José L. Ballesteros cerveza mediante. Supongo que lo que me gusta de Lars von Trier (Dogville, Rompiendo las olas) es la mirada abierta y trágica al lado más crudo del ser humano, ese lado animal que se resiste a una evolución hacia lo racional. Fue desagradable ver como ahorcaban el último ápice de esperanza que el personaje interpretado por Björk conservaba hasta segundos antes de morir condenada a muerte por un asesinato justo. La crudeza de la trama radica en parte en la ejecución de una justicia humana que castiga injustamente un comportamiento fiel los instintos maternal y de supervivencia.
Podemos pensar que al morir la protagonista estamos ante un final triste, una historia que mal acaba, con la crudeza necesaria para inocular cierto malestar duradero en el espectador. No todo el mundo lo entiende asÃ. Alguien me dijo que habÃa leÃdo positivamente la pelÃcula, porque el sacrificio que realiza la protagonista sirve finalmente para curar la enfermedad de su hijo -y puede ser que la canción final sea una seña de ese optimismo-. Esa persona habÃa hecho también una lectura postiva del terrible Ensayo sobre la ceguera de José Saramago según los mismos criterios, porque el grupo de ciegos aguanta estoicamente su maldición hasta que una suerte infusa les devuelve la vista al final de la novela. Del mismo modo, la protagonista de Dancer in the Dark muere viendo su empresa cumplida.
Pensé en quedarme con el lado bueno de esta moneda, desechar la cruz, pensar que las interpretaciones son dobles, que la parte positiva de cada acontecimiento está vigente y hay que aprovecharla, que el mal final para Dancer in the Dark habrÃa sido el fracaso de Björk en su empresa maternal. Sin embargo, al otro lado de la moneda estaba la muerte, el cadalso contemplado frÃamente por unos espectadores que deseaban la tortura para un personaje definido por rasgos puros. Incluso en la más bondadosa de las almas habÃa un resquicio animal porque se canalizaba la ira, habÃa capacidad de asesinato, habÃa instintos tan crudos como básicos, comportamientos que pueden, ante cualquier giro de esta moneda de la vida, hacerla caer por cualquiera de las dos cruces.
Tags: Björk, Dancer in the Dark, Lars von Trier
1 Comentario »
Now john at the bar is a friend of mine
He gets me my drinks for free
And he’s quick with a joke
or to light up your smoke
But there’s someplace that he’d rather be
He says, bill, I believe this is killing me.
As the smile ran away from his face
well I’m sure that I could be a movie star
if I could get out of this place
Billy Joel, Piano Man
A finales de 2003 pasamos varias semanas tocando en aquel pub del centro de la ciudad al que nunca iba nadie. Héctor, el camarero, nos puso en contacto con el dueño, que andaba buscando gente que sonara más o menos suave, que cobraran poco dinero y que estuvieran fuera del circuito de cantautores de Granada. Nosotros por entonces ensayábamos con un par de guitarras acústicas y sin apenas percusión, tocábamos los viernes y los sábados por la tarde delante de nuestros amigos y de curiosos que se colaban en el local pensando que veÃan a futuras estrellas, alimentando asà un ego que nos distanciaba de nuestras verdaderas formas humanas, fracasados, algo inquietos, buscadores de un grado de desigualdad que nos permitiera alzarnos un escalón por encima de quienes nos contemplaban como quien contempla figuras informes queriendo ver en ellas perfiles atractivos -también creÃamos que el rock estimulaba la libido de las chicas, aunque no conseguimos robar más que alguna mirada, alguna insinuación-; de modo que reunÃamos las condiciones idóneas para tocar allÃ, en el bar de Héctor, porque éramos unos chavales no demasiado ruidosos y dispuestos a actuar gratis o por poco dinero con tal de tocar delante de alguna cara desconocida, éramos las promesas que adoraban hacer sonar un par de canciones en un local pequeño, éramos artistas sin tablas pero con corazón, inspiración sin talento, exquisitez sin pulir. Unos mierdas.
Durante dos o tres semanas dábamos conciertos en dos pases, versionábamos alguna canción conocida y repetÃamos hasta la saciedad temas propios que creÃamos colmados de talento, después recogÃamos, el local se quedaba casi vacÃo y algunos de los del grupo nos quedábamos tomando una copa con Héctor, que solÃa pasearse por la barra, colocando vasos, abriendo bolsas de hielo, mirando hacia la puerta principal por la que no entraba nadie, quizás alguna pareja de treintañeros buscando un rincón discreto para consumar los preeliminares de una infidelidad, observados por Héctor con una mirada turbia de whisky y de humo blanco de tabaco negro, no con celos, en absoluto, sino con envidia, porque el camarero miraba a la puerta y a veces caminaba despacio hacia ella para asomarse y mirar la calle mojada esperando ver a lo lejos el paraguas de aquella chica morena que iba algunos jueves al bar, o al menos eso imaginé yo.
A Héctor le gustaba que tocáramos allÃ, no nuestra música, o eso pensaba yo, sino el hecho de que tocáramos, porque pensaba que tenÃamos alguna esperanza de salir de aquel rincón oscuro de aquel callejón negro del centro de la húmeda ciudad de Granada. Gracias a Héctor aprendà que no hay escapatoria, son ineluctables los tentáculos asesinos de esta ciudad. Han pasado cinco años y seguimos todos en el mismo sitio.
En el insondable destino del bar, Héctor esperaba que aquella chica apareciera con serena impaciencia, de una forma similar a la que tenÃa yo de esperar a la furcia de Mónica, que para entonces ya habÃa dejado de venir a vernos a los conciertos espantada por la antipatÃa que yo gastaba en las inmediaciones de la barra, «pareces más simpático en el escenario», me dijo la última vez que la vi, y yo le menté sus aptitudes de putón verbenero para confirmar mi incapacidad social. Llegó un momento en el que yo mismo empecé a confundirme con una fingida parte de mÃ, del mismo modo en que Héctor se confundÃa con su sombra cuando volvÃa a entrar en el bar, en silencio, caminando despacio, después de haber mirado callejón abajo sin ver a nadie aparecer en el horizonte nocturno. «Otro dÃa vendrá», le decÃa yo, y Héctor respondÃa en silencio, con un gesto de indiferencia que pretendÃa explicar que aquà no existen otros dÃas, porque en la burbuja impermeable de Granada sólo vale el aquà y ahora que se repite luna tras luna, apenas un resquicio vale soñar con un lugar más allá de los tentáculos asesinos de esta ciudad -era Héctor quien hablaba de tentáculos asesinos, siempre, dos whiskys después de las doce de la noche, cuando la chica morena aún no habÃa aparecido y él sentÃa la necesidad de hablar con ocurrencias tristes y cáusticas que luego yo copiaba para impresionar a Mónica y luego decirle que se fuera; es ahora, al escribir esto, cuando descubro que yo no fui una sombra de mà mismo, sino una sombra de la sombra de Héctor, aquel camarero al que conocà hace cinco años, con quien traté durante apenas tres o cuatro semanas-.
El tiempo, la falta de práctica, la desgana, me han robado aquel caparazón que logró engañar a alguien, mis dedos ya no pueden imitar aquellos movimientos torpes que hacÃan sonar alguna guitarra, algún bajo eléctrico. Cuando la furcia de Mónica dejó de llamarme sentà el amargo alivio de no tener que seguir viviendo, pensé que sólo me quedaba tocar algunas noches en el bar de Héctor y tomar un par de copas de Red Label antes de irme a casa, pero entonces llegó la Navidad y el dueño decidió suspender las actuaciones hasta el mes de febrero, y ya no volvió a llamarnos. El grupo se separó poco después y yo no he vuelvo a ver ni a Héctor ni a la furcia de Mónica, sin embargo he imaginado que me encontraba con aquella chica morena a la que Héctor esperaba con escasa paciencia en la puerta del bar, he imaginado que podrÃa reconocerla si la viera por la calle, porque era vÃvida aunque sencilla la descripción que Héctor hacÃa de ella, el pelo moreno y largo, ondulado, el flequillo cayendo de forma graciosa sobre los ojos, los brazos a veces separados de las caderas, como invitando a un corto abrazo, la camiseta siempre de manga francesa, la falda a rayas, vaqueros si hacÃa demasiado frÃo, sÃ, era vÃvida y sencilla aquella descripción que hacÃa Héctor como quien recuerda una figura vista sobre un escenario o sobre un altar, aquella descripción que ahora recuerdo como una receta médica, como una vacuna inoculada en el virus inoculado en las venas de esta ciudad que son las mÃas propias, porque era aquella la descripción de la mujer que todos los envenenados de Granada hemos soñado alguna vez.
Tags: Granada, Música
No Hay Comentarios »
De este modo podremos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vÃsceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimento en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador.
Luis MartÃn Santos, Tiempo de silencio.
Creo que tardé más de una hora en recorrer los veinte minutos que habÃa hasta mi casa; bordeé las calles que solÃa tomar de regreso mientras despuntaba por la Sabika el amanecer. Apenas recuerdo haberme cruzado con alguien: las cafeterÃas aún no habÃan abierto, los borrachos todavÃa no habÃan apurado la última copa. Dos esquinas atrás San AgustÃn se apuntaba en la sien con un revólver. Sé que fue culpa mÃa, el Santo supo que eso no tenÃa importancia. La ciudad era una noche enmarañada y remolona, los nublos retrasaban el alba ensuciando la primera luz como gotas de tinta china disolviéndose en una sangre sin corazón.
Nada de esto habrÃa visto si hubiera recuperado mi costumbre de cerrar los bares, de apurar hasta la humedad de la barra, de perder la consciencia hasta de la soledad. Tal vez si hubiese pasado por allà quince o treinta minutos después, habrÃa encontrado a San AgustÃn tendido en aquella esquina, durmiendo plácido y ebrio, quizás empapado en su propio lÃquido amniótico de bilis y babas, tal vez farfullando en sueños algunas palabras de paz agridulces y nostálgicas con sabor whisky barato y arcadas.
Pero llegué antes de tiempo y la impuntualidad es ese defecto de los hombres que en términos de azar se confunde con la inoportunidad. Pronto me anticipé con la imaginación al temblor de la mano amartillando del revólver, casi como si pudiera escucharlo, al estruendo del estallido de pólvora, a la bala perforando la cabeza del Santo, al golpe sordo, seco y fulminante del mártir ateo que fue Santo. Y me imaginé a mà de espaladas a él, huyendo sin mirar atrás y olvidando los colores corales ennegrecidos imaginados en segundo plano a través de los sonidos imaginados en primer lugar.
Cuando me crucé con él, San AgustÃn estaba borracho en una esquina. Me dijo que mi pensamiento no podrÃa recoger jamás aquel mar de calles, la marejada hombres en que nos ahogamos cada dÃa, la tormenta de mujeres que ha sacudido nuestras vergas, el fuego de San Telmo, el temblor más allá de la zozobra, el pánico del recuerdo, el miedo a la mar y el miedo a la tierra firme, el amor que en definitiva siempre se avista más allá del horizonte, añorados nudos de distancia, invisible más allá de lo invisible, lejano más allá de lo lejano. Me dijo el Santo que mi pensamiento no podrÃa recoger jamás ese orden de cosas que han escapado de lo trivial, lo dijo con palabras de estropajo y la mirada estrábica de ebriedad. Yo le respondà que eso no era importante. Él debió creerme.
Seguà caminando despacio, vÃsceras puestas del revés, sin luna, sin pies que sentir. Miré atrás. El Santo que sabÃa desde hace siglos que jamás comprenderÃa a Dios habÃa comprendido que no podÃa comprenderse a sà mismo y, peor aún, que semejante conclusión en buena parte paradójica tenÃa una trascendencia nula en el orden del Universo. En definitiva, San AgustÃn entendió que los lÃmites entre el bien y el mal se habÃan confundido como aquel alba nublada. Abrió la pistolera, sacó el arma, se apuntó a la sien -alguien me dijo que un hombre común no puede soportar la existencia sin la ayuda de Dios-. Yo me giré y seguà caminando, sin mirar atrás, consciente de que no importaba, disyuntiva absurda entre hacer bien o dejar hacer mal, agudo es el conflicto entre el hacer lo correcto o lo realmente divertido -y aunque conflictivo es intrascendente-.
Recuerdo que alguien me dijo una vez «de todas formas un dÃa morirás». Ahora me pregunto qué importa morir si vamos a morir. Doblé la esquina y el disparo con el que el Santo se iba a descerrajar la caja de Pandora no llegó a sonar. Creo que entendió que no merecÃa la pena, habiendo muerto hacÃa ya tanto tiempo. Debió dormirse llorando para despertar cuando el sol se colara por algún nublo sobre esta ciudad innecesaria.
Tags: Granada
1 Comentario »
Han debido apalzar el dÃa del estÃo: ahora el cielo viene trenzado de nubes, de cabellos envejecidos que lloran las lágrimas que yo no he tenido tiempo de derramar, fumigando las aceras, humedeciendo las mejillas cansadas de tanta sequedad. Me acompaña el caminar del peregrino que ya no está, el eco sordo de la voz que habla desde la distancia, la ausencia de las aves migratorias que se desvanecen en el horizonte, la hora insomne de las alimañas.
Sólo quedan los huecos de lo que antes fue: un solar donde hubo una estación; una quimera donde se forjó la esperanza; donde habitaron personas, no más que una ciudad.
Fue ayer cuando empecé a notar este incesante hormigueo entre las vÃsceras, el que deja una oquedad de órgano desaparecido, de función vital extirpada, de paz insatisfecha. Paseaba bajo el sol de medio dÃa e incluso las horas habÃan desaparecido, sólo quedaban agujas en el espacio de los minutos, en el tiempo que pasa convirtiéndonos a nosotros, a las promesas, en el vacÃo que espera un futuro que nunca llegará.
Cuando se marchó ella, entre el pulmón izquierdo y el derecho, sólo me quedó el pobre fruto de la retórica vacua.
2 Comentarios »
|