Archivo de la Categoría “Televisión”
Una mujer llora silenciosamente, a intervalos, mientras pronuncia unas palabras, «estamos esperando, no sabemos nada», como si lo hiciera sin convicción, sin un significado determinado o la intención de un eufemismo, sollozando de forma imprevisible y con los ojos arrasados por la certeza impronunciable de una muerte cercana, «lo llamamos pero no coge el teléfono, por eso lo sabemos», añade, como si un golpe de realidad la hiciera confesarse consciente de la catástrofe. Aún no ha podido asumir la muerte de un familiar, quizás varios, en un accidente aéreo, el vuelo JK 5022 acaba de estrellarse y la caja mágica retransmite el dolor de esa mujer a través de un micrófono a todos los televidentes, porque las historias que confluyeron en aquel avión y que finalizaron súbitamente tienen su secuela en los encargados de recoger e identificar los restos mortales de decenas de personas, en los retales de fuselaje casi desintegrados, en los retazos de realidad que se guardan en la caja negra y que prolongan la existencia fantasmal de los fallecidos a través de aquellas otras personas que viven la catástrofe desde la angustiosa orilla del desastre: hermanos, padres, hijos, amigos, buenos vecinos y compañeros rencorosos, antiguos amantes o viejos conocidos. Es la muerte, mostrándose cercana o magnánima, irreversible y todopoderosa, los que nos hace sentirnos vivos.
Necesitamos del sufrimiento a la vez que esquivamos con torpeza su presencia ineluctable. Aquella mujer que lloraba por televisión la muerte certera y sin confirmar de su hermano desea de una forma irracional, instintiva, despertar de la pesadilla, suspirar profunda y violentamente y abrir los ojos con un grito ahogado que disuelva la realidad, o que el argumento de su vida gire convirtiendo la tragedia en algo irreal; pero los que somos ajenos a ello nos podemos acercar a la angustiosa orilla del desastre a través de la televisión, fingir unas condolencias que nos vuelvan más humanos. Bordeamos el dolor ajeno con cautela, como quien se asoma a un precipicio manteniéndose a unos pasos de distancia del borde, en una comprobación rutinaria de nuestra humanidad. Sentimos, o eso fingimos o deseamos, porque somos capaces de dolernos por lo ajeno.
Una reportera de televisión se encarga de proporcionarnos un suntuoso banquete de catástrofe. Más allá de los restos del avión incendiado, más allá de las cifras o de las vÃctimas anónimas, la reportera alarga el brazo sosteniendo un micrófono, acercándolo a la boca torcida de una mujer que llora esperando la noticia de la muerte de su hermano, asà podemos poner rostro al dolor, podemos comprar una dosis de tragedia e identificarnos, condolernos para ser felices, porque nuestra felicidad depende del sufrimiento ajeno, ése y no otro es el motor del informativo televisivo que negocia con el llanto ahogado de una mujer angustiada, del dolor y no de la información vive la reportera que alza el micrófono como quien alza una mano y vierte vinagre sobre una herida abierta y doliente, padecimiento sobre el padecimiento que construye una televisión que observamos embobados, la repugnancia de la era de la información que degeneró en el placer por el chascarrillo.
Hablaremos de dolor ajeno, hablaremos de negligencias ajenas, los medios sabrán conmovernos y conmocionarnos, nos hará recordar el once de marzo, nos harán temer la aviación y el pánico nos hará sentirnos vivos en cada despegue, en cada sacudida de una turbulencia, en cada despedida en cada terminal, porque con cierta frecuencia aparecerá en la pantalla del televisor una mujer con los ojos arrasados, agotada de sufrimiento, padeciendo la peor de las formas de la ignorancia, ésa que está entre la incertidumbre y el lÃmite de la fatalidad, y una reportera la hará recrearse en su propio dolor, como en una especie de herramienta de tortura verbal, porque nuestra felicidad, empiezo a pensar, depende en muchas ocasiones sentir en otros el dolor.
Tags: Dolor, JK 5022
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Les conté hace unos meses que habÃa comenzado a ver la serie de televisión Doctor en Alaska y desde entonces, siempre que tengo tiempo, veo algún capÃtulo. Ando por la quinta temporada, con Joel Fleishmann encerrado aún en Cicely, Ed Chigliak ante la disyuntiva de su vocación como cineasta y su destino como chamán, Maggie O’Connell cada vez más sensual y Chris Stevens con su habitual verborrea erudita. Les cuento esto porque todo texto debe tener un principio y este es el principio del mÃo -aún no sé cuál será el final-, hoy que deberÃa escribir un epÃlogo a 2007 que ya escribà hace más de un mes con la urgencia que requerÃa acabar con semejante año. (more…)
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El gusto español por el cotilleo supuso la importación de ese formato televisivo que ahora se llama reality, en el que millones de personas pueden contemplar hasta el lado más grotesco de la intimidad del ser humano y descubrir que, ciertamente, cualquier persona, dentro de casa y ajena a la mirada justiciera del prójimo, explora su nariz ávida de hallazgos, se pee y descuida su higiene personal cuando no tiene que lucir figura, ya sea para chulear de cuerpo o para arrastrar a alguien a la trilla. Otra pasión universal, la de ser más guapos que nadie, se fusionó con el concepto de reality para dar lugar a Supermodelo, una academia de vÃboras que pelean, al más puro estilo pava de instituto, por ser la barbie del año en España y luego participar en un certamen internacional de petisuises; todo un entretenimiento si no se nos olvida que sigue siendo un reality, que podemos ver a la pandilla de pericas desde que se levantan por la mañana con legañas -como yo, qué casualidad- hasta que se borran el rabo del ojo antes acostarse, pasando por todos los momentos en los que se sacan las uñas unas a otras o en los que lloran deprimidas porque un profesor guaperas les grita por no mover bien el culo al desfilar.
Si todo se quedara en una mera caricatura de la tontez pavisosa de las princesitas de barrio, podrÃa ser incluso entretenido poner la tele y ver la metamorfosis, semana a semana, de pijas en pijÃsimas, mientras las que se quedan en semipijas van siendo eliminadas sin que falte de llanto morboso e insensible. Un drama del cuajo, osea. El problema es que la televisión es un medio divulgativo que emite ciertas ondas hipnóticas, más efectivas aún con tetas en la imagen, y a más de uno nos gusta encender esa pequeña hiroshima de estupidez. Como los hombres grises de Momo, la gilipollez nos va robando tiempo y, peor aún, va modelando nuestra manera de pensar. En este caso, la lección es que hay que ser muy guapo -por eso, en lugar de ‘perica común’, se llama ‘modelo’ a la gachà de la pasarela-, contra más mejor, que dirÃa alguno de esos patrones ejemplificadores.
Tengo que hacer serios esfuerzos para no caer en la tentación de enumerar una lista de razones por las que, para estar en el candelabro, no hay que ser fashion de la mort -lo digo en francoespanglish, que queda más smart-, y para evitar que me digan que que generalizo, que no todas las rubias son tontas, que he visto poco mundo y todavÃa no me he cruzado con ninguna de las buenas. Que niegue el que se atreva que la cultura del rimmel y el pintalabios es una soplapollez de espanto.
Si además difundimos esa doctrina de la belleza como condición sine qua non para cumplir la condición gregaria del ser humano, nos las vemos enterrando a adolescentes apenas entradas en carnes o con más bozo de la cuenta atiborradas de antidepresivos. Si Frida Kahlo resucitara se cortarÃa las venas, fijo, toda una desgracia para quien sepa quién es, a otros les dará igual. Asà nos vemos, ante un nazismo sutil -si se me permite la contradicción- que defiende la perfección fÃsica de una raza de imbéciles. Se me viene a la cabeza el recuerdo de una barbie con la que salà un tiempo que quedó tremendamente asombrada al ver mi pequeña biblioteca: cuántos libros, dijo, qué bien quedan, qué colores más chulos.
From lost to the river, que dirÃan las Chicas del Gineceo.
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Tres muertes han acaparado la atención de los medios en las últimas horas, las de Emma Penella, Paco Umbral y Antonio Puerta.
La primera, la actriz Emma Penella, falleció ayer tras una carrera de casi sesenta años, de la que se ha recordado principalmente su última etapa, en la serie televisiva Aquà no hay quien viva y en su versión en la competencia, La que se avecina. Su papel en pelÃculas como El verdugo o La estanquera de Vallecas se ha quedado en meras menciones, mientras que otras pelÃculas como La busca (1966), dirigida por Angelino Fons y protagonizada por un jovencÃsimo Jacques Perrin, parecen olvidadas hasta en la Wikipedia.
Siguiendo con la inercia mediática de justificar la metamorfosis de la muerte en noticia del dÃa con cualquier estupidez, la figura de Francisco Umbral, fallecido hoy, se veÃa ensalzada en los periódicos, que hablaban de su calidad literaria e independencia, mientras la televisión recordaba como momento cumbre de su carrera aquel de la década pasada en el que se quejaba, con toda la razón del mundo, de estar haciendo el ‘paria’ en un programa de televisión con Mercedes Milá.
El fondo fangoso del morbo más mezquino y carroñero, cómodo ecosistema televisivo, ha vuelto a ser alcanzado con la muerte de Antonio Puerta, fallecido esta tarde a causa de los daños cerebrales causados por las sucesivas paradas cardiorespiratorias que sufrÃo el sábado, cuando disputaba el Sevilla - Getafe de la primera jornada de liga. La suerte rastrera propició que las cámaras pudieran grabar la escena de la reanimación del jugador y que, en consecuencia, se hayan podido emitir las imágenes de Antonio Puerta al borde de la muerte las veces necesarias para memorizar cada uno de sus gestos agónicos. Ya de paso, familiares y amigos tendrán un video más que poner junto a los de las bodas, bautizos y comuniones. Es el gusto que tenemos por el morbo, por la contemplación del sufrimiento innecesario.
Estos tres han sido ejemplos de noticias desviadas que nos ayudarán a recordar a una buena actriz por una coletilla comercial, a un buen escritor por un arrebato de genio -que se prepare Fernando Fernán Gómez, que me apuesto a que media España aún no sabe que escribe, ni le importa-, y a un futbolista cuya hazaña más popular ha sido morir en público para ser exhibido en televisión como una enfermiza atracción circense.
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Pese a que soy un carroñero de la caja tonta, últimamente he empezado a ver Doctor en Alaska, que en su momento, por el mal trato que se le dio en la parrilla televisiva, no tuve oportunidad ni ganas de seguir. La serie retrata a una serie de personas, cada cual más excéntrica, que habitan un lugar miserable de Alaska. Son mezquinos, histéricos, inseguros, garrulos; uno casi dirÃa que huelen mal. Hoy he visto, en una escena, una boda en la que sonaba como música de fondo, en el solemne órgano, una versión ceremonial de My Way, de Sinatra -and now the end is near and so I face the final curtain, ya saben cómo sigue-. Imagino que en el rodaje pensaron que grabar el enlace con The End de The Doors habrÃa resultado soez. Se pueden imaginar ante semejante panorama que al final los novios no se casan: el futuro esposo no aparece y, más tarde, en un segundo intento nupcial, deciden de mutuo acuerdo no contraer matrimonio. El capÃtulo termina con Fleischman, el doctor en Alaska en cuestión, en mitad de la calle, mirando estupefacto a los ojos de un alce o un cuadrúpedo cornudo similar. El pueblo está tan bien dibujado, los perfiles de los personajes tan bien definidos, que a uno le apetecerÃa encerrarlos en un sanatorio para los restos, candar la puerta y tirar la llave bien lejos.
Igual de grotesca era la visión de los Estados Unidos de La conjura de los necios del malogrado John Kennedy Toole. El panorama americano que describe es desmesuradamente enfermizo. Su protagonista, Ignatius Reilly, reune en su persona un amalgama de los peores calificativos: es ruin, obeso, pestilente, egoÃsta, pedante y, lo peor de todo, un fracasado integral. El gran mérito de John Kennedy Toole no consiste en haber definido al personaje con tanta contundencia, consiguiendo que el lector sienta una repulsión inmediata y asesina hacia él. Toole fue más allá con esta novela, supo envolver al lector en esa atmósfera animal y hacer que se sintiera identificado.
En la ficción uno puede reconocer lo grotesco de nuestra existencia, ese burdo pasear por la vida que reconocemos en quienes nos rodean como si fuera algo meramente ajeno. Estos reflejos, a veces cómicos, del ser humano, nos sirven para ver la paja en el ojo propio, para reconocernos en el doctor Fleischman y en su odio ególatra hacia todo lo que le rodea, en Ignatius Reilly, tan imperfecto y a la vez tan inconsciente de su propia imperfección, y no en una especie de deidad virtuosa de la que todo el mundo está alejando. Nadie merece estar en los altares. La ficción pergeña en ocasiones una visión de la sociedad que no está tan alejada de nuestra verdadera rutina, de ese lado frágil, repulsivo y escatológico. La comedia, en conclusión, parece ser la fotografÃa dramática de aquello que en realidad somos, pero nunca quisimos ser.
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