Archivo de la Categoría “Navidad”

Ahora escribo para intentar entenderlo, porque a veces el pensamiento sin palabras es una marejada de sensaciones ininteligibles, restos de tiempos y espacios que se diluyen, que parecen algo que jamás ha existido. Recuerdo aquella tarde en la que no sucedió nada, en la que el tiempo transcurría pastoso y sereno, como las nubes de diciembre, como el ligero humo que escapaba del tiro de la chimenea, como la presencia quieta y queda de una persona cuyo único propósito es esperar. No importa dónde estuviera aquel caserón frío y antiguo en el que comimos, del que salimos a media tarde, bajo la amenaza de la lluvia, cuando los últimos rayos de sol aún recortaban desde poniente las nubes frías del ocaso, llegando cansados a la vega de Granada, como si fueran las ultimas luces de mi adolescencia, reflejadas en los árboles y en los campos esmerilados. En la carretera disminuía el trajín, como si la humanidad retrocediera ante el frío, al mismo ritmo que en la radio del coche sonaba la canción de un grupo sueco al que acababa de descubrir Fer, aunque yo aún no entendía lo que decía la letra:
Jag är rädd att man glömmer
glömmer allt
Som vi glömde att vi
älskade varandra
Quizás aquella sinestesia fuese el primer signo de madurez de mi vida, tal vez el hilo conductor de todos los pasajes que he atravesado, porque tenía la sensación de ver en la música el mismo sonido del atardecer nublado, de escuchar en la vibración de la luz acordes que aún hoy día me parece exóticos, como idiomas extranjeros que construyen versos imposibles, palabras ininteligibles que me obligan ahora, tantos años después, a escribir para entender. En tantos lugares he encontrado la sensación azul de aquella canción de sonidos limpios, la melodía dulce de la luz que se enfría al atardecer, en tantas ciudades se ha impregnado mi cuerpo de este brocado celeste, que en ocasiones he creído diluirme en el aire hueco de quien espera sin más, como esperaba yo aquella tarde de finales de siglo, viajando en coche por la vega de Granada, alejado de casa a través del sonido de una banda extranjera. Creo que ya en aquel momento sabía que se pueden olvidar los lugares, las épocas y las personas, pero no las sensaciones.
Aquella tarde, cuando entré al apartamento vacío, ya no entraba apenas luz por las ventanas, pero brillaban en el salón las luces del árbol de Navidad y el reloj digital del equipo de música, así supe que aún quedaba más de una hora para verla a ella, aquella chica morena y enigmática que se hacía llamar Alicia Adler, a la que llevaba toda la tarde esperando conforme pasaba el tiempo, a quien tendría que seguir esperando un rato más en la penumbra fina de la sala de estar, como quien espera en la más absoluta nada vacía incluso de palabras.
No importa todo lo que sucedió después, todo aquello que ya terminó y que hemos olvidado de la misma forma en que, con la facilidad que nos ha dado la holgura del tiempo, casi hemos olvidado nuestros nombres. Importa sólo el presente, este mes de diciembre en el que escribo para entender el significado de la luz de las aceras cuando casi al atardecer se han vuelto azules, quedas y expectantes como el frío edulcorado por los nublos. Escribo porque la espiral del tiempo me ha devuelto, a través de los colores y de los sonidos que un día no comprendí, aquel invierno en que no encontré palabras, cuando no tenía herramientas para intuir que aquella voz escandinava lloraba con resignación, «me apena que olvidemos las cosas, que se olvide todo, como olvidamos nosotros que nos habíamos amado el uno al otro». Escribo -porque aquello que escribo es todo lo que puedo entender o prometer- con la certeza de que la luz venenosa de las tardes de invierno se ha inoculado en mis retinas como el color de las lágrimas, que es el color de las esperas que no terminan nunca más, porque casi una década después, al entrar al apartamento con las luces apagadas, el árbol de Navidad brillaba como la torre de Pharos albergando a un guardián muerto y el reloj digital, parpadeando en el equipo de música, marcaba la hora absurda de un tiempo en el que no hay nadie a quien esperar.
2 Comentarios »
Vía Arsenio Escolar, leí el pasado sábado una entrevista a Pieter Remmens publicada en La Vanguardia. Remmens es experto en antiludopatía y asegura que jugamos a la lotería de Navidad «por envidia y celos». Según dice, sus «estudios demuestran que la gente, aunque sabe que es casi imposible que le toque, compra lotería para evitar que le toque al vecino y a ellos no».
Quizás por ingenuidad, siempre había pensado que seguir pobre mientras se ve al vecino enriquecido era causa de desdicha por haber perdido la ocasión, por la amarga sensación de ver partir ese tren que nunca volverá a pasar; jamás pensé que lo desagradable de ver a un vecino premiado fuera precisamente el vecino premiado, en el que vemos realizados con envidia nuestros mejores sueños de fortuna. Quizás me corroa la envidia dentro de unos días si me entero que algún allegado, conocido o prójimo cualquiera ha ganado un pellizco, por pequeño que sea, y más teniendo en cuenta que no compro, no porque no guarde esa estúpida esperanza de ser premiado, sino porque me da pereza ir a comprar y dolor de corazón pagarle a alguien para hacer algo diferente de accionar un grifo de cerveza; peor aún, todavía tendré que pasar por ese trance cuando se sortee el niño.
Parece que seguimos creyendo en la suerte aunque no hagamos uso de ella, porque sirve para restar méritos a aquellos a quienes envidiamos, porque justifica nuestros fracasos sin obligarnos a ser conscientes de nuestras carencias. Una amiga mía, vieja compañera de correrías y bolos, me comentaba el otro día que había estado leyendo el horóscopo de 2007 y que, sorprendentemente, el horóscopo clavaba todo lo que le había sucedido a lo largo de este año -que para ella ha sido nefasto, como para tanta gente-. Yo apelé a la razón asegurando que los falsos oráculos nunca fallan -aunque parezca contradictorio-, porque nunca dicen nada, y que del mismo modo que el horóscopo de 2007 acertó lo que sucedía en 2007, el horóscopo de 1998 -por poner un ejemplo cualquiera- también habría acertado lo que le ha sucedido en 2007. Bastaría con que el horóscopo asegurara el día 22 de diciembre: «dinero: no te va a tocar la lotería». Les invito a que hagan la prueba y luego me cuenten.
La credulidad de la gente es asombrosa. Después de pasar varios días maldiciente, quejándome a todo el mundo porque por dejadez no he comprado ningún décimo, el día del sorteo de lotería de Navidad proclamé a los cuatro vientos que me ha tocado. Aunque todo el mundo sabe que es mentira, siempre queda entre mis allegados un ápice de duda que les lleva a preguntar por mi nueva fortuna. Yo siempre he pensado que muchos de quienes me preguntan asombrados, al enterarse de mi nueva condición de ricachón son compadres que vienen a darme una palmada en la espalda -suelen coincidir estos con los que me acompañan en las largas noches de jarras y ronda a tabernas-; por otro lado, estoy seguro de que quedan los que maldicen mi suerte, por envidia y por celos, del mismo modo que yo maldigo la suya cuando el horóscopo les augura salud, dinero y amor.
3 Comentarios »
Mientras la gente prepara sus décimos de lotería para seguir mañana el Sorteo de Navidad, mientras los niños del Colegio de San Ildefonso ensayan sus gorgoritos multimillonarios -en euros para desgracia de más de uno nostálgico-, mientras los colegios van cerrando y los niños terminan sus funciones de navidad, mientras la gente canturrea villancicos, yo me acabo de sorprender leyendo a ese gran escritor, Anónimo -de quien no recuerdo el segundo apellido-, «se abalanza el pobre ciego como cabrón y de toda su fuerza arremete», y escuchando a Nacho Vegas, «hay cerca del Damm cuatro putas que bailan un vals detrás de un cristal». Me consta que quedan agraciados capaces de sentir el espíritu de la Navidad, ya sea por conmemoración del advenimiento mundano de Su Alteza Celestial el Niño Jesús (en adelante SAC), por exaltación del cariño familiar, amoroso y amistoso, o por la ilusión nacida de una creencia en seres sobre naturales; aunque otros nos entretenemos más refugiados del rostro frío que la perra vida nos enseña en estos días de diciembre, escuchando canciones paganas, puteras y satánicas, contando los días para quitar el árbol de Navidad, que estorba, haciendo una porra de los kilos que vamos a ganar en las comidas, cenas y demás compromisos detestables, buscando una proporcionalidad en el crecimiento del abdomen y de la alopecia. Parece obvio, ahora que lo pienso, que quien no siente el espíritu de la Navidad es bombardeado con los tópicos más miserables; en cualquier caso, bienaventurados los pobres de espíritu, cheers, aunque no sé porqué.
La gran mayoría de la gente frota sus manos, baraja las papeletas con los rótulos de la pescadería, la carnicería, el colegio de niños tonticos, aprende de memoria las terminaciones de sus números. Precisamente hoy empieza el invierno, hoy empieza la Navidad, fun, fun, fun, en estos días en que ya todos estamos cansados de anuncios, adornos, comidas. Cuando ya parece que estamos llegando al cansancio de los últimos días, los primeros reportajes sobre los niños de San Ildefonso nos recuerdan que todo esto no ha hecho más que empezar -y yo me acuerdo de cierta canción que hablaba de cagarse en cierta fiesta tradicional-. Ahora es cuando tienen que venir las sonrisas forzadas, porque vas a volver a ver en una cena al primo de tu primo que ni siquiera recuerdas cómo se llama, y porque el advenimiento de SAC nos redimió a todos, caciques e hijos de puta incluídos, sin menospreciar a asesinos y especuladores.
Yo no quiero joderte la fiesta, cariño, pero te recuerdo que lo más probable es que no te toque la lotería, que cabe la posibilidad de que la mahonesa te revuelva las tripas, sobre todo si se te va un poco la mano con el vinazo, y que el cotillón de Nochevieja al que vas a ir es una mierda de fiesta en la que sólo te van a poner garrafón, como todos los años, llena de imbéciles que adolecen de un insensato buen humor por inercia. Es importante, cariño, que recuerdes que nadie está obligado a ser feliz.
3 Comentarios »
En el breve tiempo en el que cuento esto, habrá atardecido por completo, porque ahora es sólo un breve resplandor, aquel que viene del sol que se deshace en la Vega, el que llega desde poniente a la Plaza del Realejo, donde la iluminación de Navidad ha empezado a lucir, no tanto como los colores aún vivos de la ciudad, mecida por una megafonía que desafina Adeste fideles con un sonido de gramola obsoleta. Por la calle Molinos camina la gente, entrando y saliendo de pequeños comercios, bares, antiguos establecimientos, como si correspondieran afables a la tesitura añeja del sonido del villancico; van todos embutidos en abrigos, bufandas flojas al cuello, algunos con guantes, otros con las manos desnudas sujetando bolsas de la compra, otros tantos, con finas ropas y helados hasta el alma, apenas alcanzan ya a levantar la mano vacía, ávidos de limosna o aguinaldo, para bajarla desierta aún, mientras los camiones apenas alcanzan a mitigar el canto del tenor que la megafonía desentona: «Pro nobis egenum et foeno cubantem / Piis foveamus amplexibus». El Teatro Alhambra sigue cerrado, pero hoy es demasiado tarde para escuchar el rumor de obra, que es lo más parecido a los aplausos que allí ha sonado en los últimos años -¡qué tiempos de Valle-Inclán! ¿son en verdad tan lejanos?-.
He caminado hacia la Cuesta de Escoriaza, he bajado mirando una Sierra Nevada que se apaga con la tarde, como plata oscura de luna, y he llegado a orillas del Genil como una sombra, no como un caminante de la tarde, como aquellos que hacían compras en la calle Molinos. Aunque ya no queda del sol nada sino un recuerdo que clarea en el horizonte, cruzo el río y subo por la ribera, mirando el agua del Genil que es agua de luna, de luna oscura como las nieves de la Sierra. Queda aún gente que pasea, gente que corre, gente que conversa, porque es una tarde sin viento y el frío no nos agrede, está quieto en el aire, acechante, empezando a agitarse con la huida del sol. Al fondo brillan ya las casas de la Bola de Oro, rodeando un descampado oscuro como la noche, y más allá se alza el Serrallo en su trono de arboledas. Esta noche, la luna vendrá tarde: debe estar desnuda tras la Sabika, pues su polisón de nardos está hecho jirones por doquier, en el Genil, en la Sierra, en mi alma de recién nacido, en la vieja fábrica de telas, en el nuevo puente que le pusieron al río como una grapa. Está la luna tan lejos y la noche es tan negra, que creo ver en la oscuridad, entre tanta gente como si no hubiera nadie, entre tantas luces en la negrura, en el vacío que está lleno de nada.
Al pie de la Cuesta de la Plata, se cruzan varias varios callejones, formando una pequeña plaza -seguramente sin nombre- en su confluencia, junto a la acequia, donde también desemboca, flanqueado por dos hileras de cipreses, un camino de adoquines que sube hasta la entrada del Serrallo. Es al comienzo de este camino donde humean con abundancia los restos húmedos de una fogata, tejiendo una nube, áspera en su mezcla con el frío, que huele candela y sabe a madera consumida, que suaviza con su velo gris la negrura profunda de la noche y las luces escasas de las viviendas del lugar, sin violar un ápice del himen malogrado del silencio, y en la oquedad morena de los callejones hay tres viejos que hablan a gritos de las ultimas mercas del día, a punto de recogerse cada uno al calor de su candela hasta la llegada del nuevo día.
A esta hora ya ha caído el sol por completo, se ha apagado tras la Vega como la fogata de los viejos, dando al frío un margen sin ley, las alas de un corcel negro que es el viento de la noche, que azotará mi cara y mi flequillo cuando llegue a lo alto del camino de adoquines, cuando decida regresar a casa con la sensación de haber recorrido mundos diferentes, como si me encontrara en medio de dos realidades distintas, la mía propia y la que me secuestra, sin saber cual es cual, como un fantasma perdido entre las luces de los hombres y el cobijo negro de la noche.
2 Comentarios »
|