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Hoy seré breve. Ayer anunciamos que no habría más números de Lenguas de Fuego, lo que suponía la cancelación de todas las actividades pendientes, además de una serie de sensaciones a nivel personal de las que no voy a hablar.

Desde ayer, y hasta el día aún por fechar en que Lenguas de Fuego desaparezca definitivamente de la red, os mantendremos informados de las actividades que realicen los que fueron sus miembros y colaboradores. Mani Caldito y Sebas L. seguirán escribiendo en sus respectivos blogs.

Quien arriba firma se muda a otra dirección, http://gotardogonzalez.wordpress.com, donde seguirá escribiendo con más o menos asiduidad y en una línea aleatoria que parte de lo que aquí se hacía hasta ahora.

Gracias a todos los lectores, gracias a todos los compañeros, y sobre todo gracias a Bitternut.

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Blog Day 2008
Dicen que se escogió el 31 de agosto porque sus cifras, 3108, escritas de cierta forma, recuerdan a la palabra “blog”. Hoy, mientras celebramos el Día del Blog -la versión hispano hablante del blog day, que además contará dentro de unas horas con una serie de actividades muy interesantes-, no quería dejar pasar la oportunidad de dejar mi meme, mis cinco blogs favoritos, aquellos que leo con frecuencia, aunque ustedes ya los conocen de sobra, porque hablo de ellos de vez en cuando y porque están en los enlaces. Como siempre, obvio los de los colaboradores de Lenguas de Fuego, y les cuento los que leo de fuera:

Por último, hoy en un blog que no cito porque me da coraje que sea tan popular siendo tan mediocre, he leído esta cita: «lee libros, no blogs».

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Me fue concedido hace unos días una especie de galardón en forma de meme contagiado desde La linterna trágica. El galardón en sí es más bien una carga que un honor: carece de dotación en metálico y me obliga a premiar nada menos que a otros siete blogs a cuyos autores, como a mí, posiblemente se la traiga al fresco cualquier premio que no sean cantidades industriales de divisas o, en su defecto, ávidos lectores. Por coherencia, los premios fantasma que yo debería otorgar -y que no otorgo- deberían estar en mi blogroll además de no pertenecer al grupo de amigachos que escriben en Lenguas de Fuego -por eso y porque Sebas L. es un perro y ya no escribe ha quedado descartado el Bisturí Eléctrico-.

Dos blogs que siempre recomiendo, los únicos que miro con cierta frecuencia por poco tiempo que tenga, son El Chavalín y ProgramandoAndo, por una razón muy sencilla: si hay algo nuevo, hay algo interesante, además de ser de esos blogs que están hechos por alguien que realmente sí sabe de diseño.

De los premios habría descartado a los famosos que no necesitan publicidad, Eduard Punset (de quien recomiendo leer “Nos acercamos a la singularidad” junto a este artículo resumido sobre singularidad tecnológica) y Andreu Buenafuente, además de Orsai, que a veces flojea, pero que suele contar historias interesantes.

Pero como decía no voy a otorgar unos premios que no puedo pagar, menos aún sin son más de siete, menos aún si el que más y el que menos tendrá uno ya en su bolsillo, pero aprovecho la ocasión para resaltarles mis favoritos, que de vez en cuando viene bien hacer un poco de boca a boca.

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“¿Como reaccionaríais si una mañana os levantárais con el sexo cambiado?”

Un inocente deseo de su novio servirá a una chica para ponerse en la piel de los hombres, con todo lo que ello conlleva…

Con Celia de Molina y Álex O’dogherty.

DIRIGIDO POR Yolanda Macías Sauco; PRODUCCIÓN de María José Fernández Moreno; FOTOGRAFÍA DE Kike Ruiz; SONIDO DE Paco González Quevedo; CONTINUIDAD DE Salvador Domínguez Pérez.

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Cary Grant
Cary Grant. Fotografía: wikimedia.

Da la sensación de que la imagen de la seducción tiene un número indeterminado de vertientes, al menos eso deduzco de los comentarios que he recibido, en privado o en esta página, a raíz de lo que ayer escribí sobre el modo que tengo de entender la música. Parece que, cuando la insinuación toma la forma de un cuerpo humano, hay ciertos cánones que deben cumplirse. En la mujer se busca cierta delicadeza femenina, casi de una manera universal, mientras el macho ideal ha evolucionado de la hombría caballeresca a metrosexualidad cuidada al milímetro.

Siempre que hablo con cierto amigo acerca de la buena presencia, nos acordamos de un tercer hermano con el que compartimos una amistad de años, a quien hemos visto cultivar con el tiempo un porte que mucha gente suele comparar el de Felipe de Borbón, quizás por su trajeado impecable, su cuidado corte de pelo, su afeitado apurado y sin cortes, su postura siempre firme aunque afable. Quizás por herencia familiar, quizás por haber visto unas cuantas películas de George Clooney -del que dicen ser el único en equiparar en elegancia a Cary Grant-, nuestro amigo galán parece haber encontrado la envidiable manera de ponerse un traje con la naturalidad de una sudadera para salir a correr, a la vez que goza de la habilidad de vestir ropa deportiva con la elegancia de un traje de gala.

Pero los cánones de belleza cambian si nos movemos en el espacio y el tiempo. Mientras en la vieja Europa la virilidad se manifestaba con fuerza física, espada en mano, en la antigua china el hombre más hombre aprendía a recitar poesía, era un gran calígrafo y se adornaba y perfumaba con flores. Más aún, parece ser que en la antigua china había una estrecha relación entre la belleza física y la interior, lo que significaba que aquel hombre floreado y erudito era poco menos que una gran persona -pueden ustedes creerlo si así lo desean-. Importando esta idea a nuestro tiempo, a nuestro país, podemos descubrir que el porte es de una importancia vital en la seducción: por alguna razón que aún no llego a entender, siempre será más atractivo mi amigo el galán, aunque se vista de harapos, que yo calzado en un traje hecho a medida.

Tal vez el arte de la seducción consista en que el vigoroso mida sus impulsos, en que la delicadeza se huracane para abrazar con avidez la fuerza de lo que ya no se puede contenter -es una melodía que se aviva como un fuego sin control-. Debe ser que los cánones de belleza no son tan materialistas como parece, que la apariencia bien observada es, en el fondo, una ventana al alma más o menos virtuosa de quien nos quiere conquistar; da la sensación de que en realidad, lo importante es una pose seductora que juegue un buen engaño, que la música no importe y que los cuerpos sean poesías vacías -al menos cuando no se tiene el porte magnífico de mi amigo el galán, reservado a sólo unos pocos-. O tal vez sea, pensado de una forma más idealista, que la belleza verdadera , como si de un guitarrista se tratara -y lo seductor de la guitarra no está en sus curvas, sino en el tacto-, está en las manos que te acarician, en los labios que te buscan a un ritmo medido, en las miradas que bastan para desnudarte, en todos los centímetros de tacto que son capaces de acompasar los rimos vitales de dos cuerpos diferentes.

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Fue para mí inaudita la pasión con la que me adulaba una mujer a la que conocí hace ya tiempo, entre versos de Neruda y alguna novela de Muñoz Molina. Había pasado aquel verano ferviente de los dieciocho años, leímos durante el otoño a William Blake, a Paul Auster y a Martín Santos, escribíamos los dos con pasión desaforada, con un corazón que asfixiaba el talento que tal vez un día pude haber tenido, el mismo talento que ella veía en todas las páginas de mi cuaderno rojo, aquellas páginas que ella leía con emotividad, con admiración técnica, con un entusiamo que yo siempre supe falso por desmesurado: estaban cegados sus ojos por la fe en un amor imposible, grotesco de puro imaginado. Para entonces yo ya había aprendido que la adulación esconde un oscuro licor, como esconden una única bala las ruletas rusas; sabía también que la veneración a medias era despreciable, no sirve hablar como quien reza a un dios si los ojos no claman idolatría, si la atención no se queda ciega para todo lo demás; tenía la convicción de que las cosas a medias dejan el sabor de boca del vacío, de que el destino de los hombres debería ser siempre el más floreciente de los éxitos o la más honda de las derrotas. Acabé por despreciarla con todas mis fuerzas por vivir en una mentira y, durante mucho tiempo, su opinión contundente y halagadora se convirtió en un tormento vil. Juré por un dios en el que no creía que yo jamás sería así.

El tiempo me ha traído la certeza de que el verdadero destino de la humanidad es la equivocación. En la confusión previa a un error que con escasa frecuencia suelo cometer, adiviné en la figura de otra mujer una irradiación que difícilmente podría describir. Al principio fue a tavés de su actitud de enigma, a la manera de un visillo tejido como un nublo, como atisbé en ella un magnetismo resistible pero seductor; más tarde, había sucumbido de tal forma a las telas de su ecanto que, deshecho el enigma de su persona, su halo se intensificó, como si de ella manara un torretente que nutriera todo el Cosmos, desde la llama de vida que arde microscópica en cada una de mis células hasta la estrella más lejana de la Vía Láctea. Compuse unas palabras para ella -cuando son tan hondas las sensaciones, el sentimiento burbujea en el estómago y se escapa en sílabas a través de la boca-, un sintagma exagerado y dulzón que pudiera ella utilzar como quien usa un nombre secreto, sin perder en ningún momento su viva condición de angelito misterioso. Ella, sin embargo, se declaró humana, terrenal, combustible como la hojarasca y material como el sonido de sus pisadas, confesando que nunca nadie -ella misma tampoco- había visto aquella luz divina; así comprendí que el verdadero destino de un hombre como yo es la equivocación: había caído en la charlatanería aduladora que yo mismo había padecido tiempo atrás, en el tormento vil en que pueden convertirse los amantes no correspondidos. Decidí guardar silencio para siempre, porque ya entonces sabía que el dolor más crudo proviene de las palabras.

Pero el tiempo ha pasado y hoy la he vuelto a ver. Caminábamos los dos por la calle, doblegados por el peso de nuestras cabezas; ha sido al ver sus andares cuando he comprendido que el destino de los hombres es el error irremediable. No había en ella el más mínimo resto de brillo sublime, no quedaba en su piel luz divina alguna, porque no fue su halo -aquel que yo un día vi- emanación amorosa, sino el vivo reflejo de mis ojos, emocionados por la esperanza al mirarla. Y sé ahora con certeza que ha sido éste un reflejo similar al que en mí nadie había visto jamás, salvo una mujer a la que conocí el ferviente verano de los diecioho años, aquel brillo que perdí al alejarme de ella, apagándome como una vela consumida, como el más vil y tormentoso de los amantes no correspondidos.

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La confusión debe venir de las muecas erróneas del rostro, que se vuelven antónimos del pensamiento en ciertos lances de cariz tempestuoso. Así, el malestar se expresa mediante una sonrisa de tensión límite, mostrando los dientes menos como perlas que como fauces de falsedad; el rubor, tintura carmesí en los pómulos de una muchacha, es la molestia interpretada como halago; el silencio, negación rotunda aunque recatada, se interpreta como permiso otorgado. Por todo eso el buen humor levanta a veces la más incómoda taciturnidad.

Quienes hemos descubierto las más instintivas técnicas del engaño, sabemos que hay tropiezos correspondidos con zancadillas más o menos voluntarias: es la maldad del sentimiento, el pudor de los derrotados, la grandilocuencia aprendida del magnánimo, tristeza incontenible en el fondo. ¡Qué tentadora, aunque difícil y desesperada, es la lectura romántica en las palabras de odio! ¡Qué oscuro se vuelve el amor que por despecho vitupera o calla! ¡Qué grande es la incongruencia cuando se expresa con rotundidad! ¡Qué desesperante es expresar la desesperación, cuando al hablar con enojo huracanado las respuestas se ríen y ríen sin piedad!

Conozco a alguien que jamás ha llorado, si no es por la emoción de una alegría incontenible, y cuyos lloros, como un disparo avinagrado al hablar, se manifiestan en el rostro con una sonrisa trágica y torcida. Su nombre, como ya imaginarán, es Ernesto; su pena, como la de los hombres sin esperanza, es la epidemia atroz del mal uso de la palabra. Fue él quien me dijo que todo se le había dado la vuelta, como el mundo cuando gira para proyectarse en el interior del ojo, y que todo lo dicho quedaba expresado al revés. De sus muecas erróneas venía la confusión: cuanto peor hablaba, más se torcían las respuestas ininteligibles que le daba eso que, con tanta certidumbre, él llama realidad; cuanto más confuso se volvía el mundo para él, más incapaces se volvían las palabras.

Por eso, y nunca por otra razón imaginable, decidió no volver a hablar. Desde hace un tiempo, sonríe magnánimo a quienes le preguntan, a quienes se le acercan, a cuantos le sonríen y lloran. Ernesto calla; su silencio es una de las muecas erróneas del rostro.

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He hablado con muchas personas que aseguran que 2007 ha sido un año pésimo, que se sienten aliviados porque en sus últimos coletazos deja entrever lo que puede ser un esperanzador año nuevo, como si el uno de enero, más que un día de propósitos, fuera una jornada de olvido en la que desprenderse del lastre emocional dejado por los últimos doce meses. Dicen todos que los años impares son los de la buena suerte, pero que éste, extrañamente, se ha salido de madre varias veces por mes; y yo recordé que mi amigo Ernesto me dijo una vez, hablando de una novia que tuvo, que los años pares eran malos y los impares peores.

Ahora que empezamos a escribir el epílogo de este año -diciembre parece un mes fantasma, un catálogo de gran almacén- me pregunto qué sentido tienen esos números que ponemos a los días y a los meses, qué extraño origen tendrá la buena suerte que trae el primer día de cada año, si no será cierto que el tiempo no es más que una sucesión de primaveras y otoños. Me pregunto también si esa meditación navideña significa que hemos sido irreflexivos el resto del tiempo; tal vez nuestros días sean el fracaso de los propósitos de año nuevo.

Creo que coincido con los que afirman con cansancio plomizo que 2007 ha sido un año horrible, con el tiempo he aprendido que los epílogos son una sucesión de catástrofes. Sin embargo creo que durante estos meses tediosos me he situado justo donde quería estar, que no es una posición privilegiada, pero sí un momento por el que tenía que pasar. Es muy probable que sea el hastío de 2007 el que ha hecho que ustedes lean estas líneas y, sin duda, el responsable de que lean las que están por llegar.

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Hemos buscado refugio en un frío tan intenso que parece quemar, como si el dolor helado de nuestros rostros pudiera cauterizar las heridas del espíritu. Salimos a la calle, los que no encontramos dónde meternos, con los hombros encogidos y el nervio del paso tiritando. Hemos roto con la poca paz que quedaba en nuestra piel: miradla palidecer, transida y nívea, hasta odiarnos. Pero tú sabes que somos así, los que sentimos miedo a todos los sonidos y discursos que se alejan de la paz, y sólo en la calle encontramos descanso, allá donde se arremolinan los retazos caducos del otoño, donde las sombras rasan los muros y las calzadas en una tormenta fingida, donde mi pelo se desordena cabizbajo.

Por eso salí.

Los primeros ruidos que vinieron de la sala de estar doblegaron mis manos y las palabras levitaron, como humo que se pierde en el techo de una habitación cerrada. Yo escribía; los escuché reunirse poco a poco en la sala de estar en un murmullo creciente hacia el estruendo: cada vez eran más, reían, bebían, comían, conversaban sin que yo entendiera lo que hablaban. Mudo como estaba yo, pensé en escapar de allí: como en el relato de Julio Cortázar, la casa había sido tomada por personas desconocidas. Sin embargo, quienes ocupaban mi casa estaban en una habitación camino de la puerta de entrada. Tuve, por tanto, que atravesar la habitación infestada de gente, con la cabeza gacha para pasar desapercibido, deseando que tendieran poco más que un saludo tímido: aquel que apenas desmintiera mi invisibilidad. Ahora sé que tengo cuerpo, mas he de dudar de mi alma, pues alma no hay que me capture.

Así salí.

La calle era negra como un crimen, como mi chaquetón abotonado, como la noche cerrada. Como en el relato de Julio Cortázar, yo había salido de la casa tomada. Sin embargo, quien me acompañaba a mí no era sino el más puro nadie del otoño, que rodeaba con su brazo mi cintura. Qué inválida nostalgia la de las habitaciones cerradas, qué amarga añoranza la del silencio sepulcral, qué dulce el recuerdo de la soledad acompañada y maldita, qué oscura la sangre que parece vino, cuando es el otoño sino único.

Fue entonces cuando decidí no ir a verte, cuando pensé en lo amenazante de las miradas deliberadas y en el daño profundo de las presencias, cuando prometí callar todas las palabras que te guardaba, porque hemos vendido nuestra alma quienes tememos a lo ilusorio, con ella todas sus esperanzas. Nos han prometido el silencio, pero a cambio hemos obtenido el frío inútil de los otoños vagos, el que apenas sosiega el hambre callejera, como si el murmullo incesante del viento pudiera curar las heridas del espíritu.