Me entristece no poder recordarlo, tener que intentar imaginarla allà y aun asà sentir sólo el tacto intenso del aire cuando me senté a su lado, porque apenas puedo fantasear con la suavidad blanca de la piel de su mano o con el aura fresca de su pelo, que jamás he acariciado en la sien ni en la nuca, aunque su perfil, iluminado ahora por el color blanco de la inmensa pantalla, parezca tan cercano en la estrechez del viejo cine, a la vez que el espacio interminable que hay entre nosotros nos separa como separa las butacas en las que estamos sentados. Despierto, he soñado que ella venÃa a la puerta del cine por el bulevar de la Carrera de la Virgen, que a esa hora de la noche está oscuro y desierto, surgiendo de entre la gente, con el rostro ruborizado de frÃo y de presura al mismo tiempo, porque la pelÃcula estaba a punto de empezar, mientras yo esperaba impaciente con la incertidumbre de su llegada, mirando intranquilo el reloj ante la posibilidad de que un retraso se cerniera sobre su llegada y ella no apareciera; pero mi inquietud se ha visto sorprendida al ver su rostro entre la gente, derrumbando la falsa certeza de su demora esquiva, quizás haciendo florecer en mi rostro un rubor de alivio y utopÃa que flanquea mi vista, fijándola en su abrigo verde y en su caminar ligero e irreal a la vez que me delata un gesto de avidez consumada y me embriaga la urgencia de besarla en los labios.
Tengo miedo de hablarle, porque en el silencio de la sala, antes de comience la pelÃcula, sólo parecen estar permitidos los murmullos lejanos; tengo miedo de bajar la voz y acercarme a ella y que las palabras queden adheridas a mi garganta seca, quizás emitiendo un sonido homogéneo y humillante que la haga pensar que he estado toda la tarde tan inquieto como al sentarme a su lado. Quizás ella gire hacia mà la cara, ahora iluminada por los colores cambiantes de los anuncios comerciales, y entonces yo venza la escasa distancia que separa su boca de la mÃa, o tal vez finja mirar hacia otro sitio en el vacÃo oscuro de la sala, o le hable del calor intenso que hace en el local aparentando la causalidad de nuestro cruce de miradas, o sencillamente se me incendie de nuevo la cara como cuando hemos entrado al cine, incapaz yo de mirarla a los ojos, fijando la vista solamente en el rectángulo de papel rugoso, azul y pequeño que tenÃa entre los dedos, buscando nuestros asientos, que estarán uno al lado del otro, tapizados del mismo tono rojo de las cortinas que cubren las paredes, pero con un tacto de terciopelo áspero impregnado de olor a rosetas y de ancianidad. Las cortinas que caen desde el alto techo hasta el suelo apenas se iluminan con las imágenes de la pantalla, apenas reclaman el volumen de sus pliegues, rendidos a la sombra de las oquedades que he convertido en un infinito al que mirar mientras imagino que ella me observa ahora que he vuelto la cara, dejando el cuello descubierto, que tal vez ella bese.
Pero apenas puedo sentir el tacto de su mano, quizás el del aire que nos separa, porque en él flotan algunas partÃculas de su jersey lila, impregnadas de un perfume que de ser real evocarÃa su presencia si sorpresivamente, al doblar cualquier esquina, lo encontrara perdido en el aire de la ciudad de Granada; o tal vez la penumbra de la sala, su olor a rosetas y a tela gastada, me ate por siempre a su perfil imaginado, atento e iluminado por el resplandor irregular de la pantalla. Apenas puedo pensar en el tÃtulo de la pelÃcula que vamos a ver, ésa que tal vez en un futuro también imaginado recordaremos, ésa que me harÃa aparecer en los posos de su memorÃa cuando la volviera ver, porque si esto no fuera una farsa inventada para los dos, para que nuestros recuerdos tuvieran un lazo imaginario con el que aferrarse el uno al otro, si existiera una cuerda floja y real con la que salvarnos del abismo del olvido, no tendrÃa sentido el fondo negro y vacÃo en el que aparece la palabra fin.
Tags: Cine, Granada

















Entradas (RSS)
19 Enero 2008 a las 12:07 pm
TenÃa olvidado que existieran los cines, esos lugares, antaño tan frecuentados por tórtolos.
Es una alegrÃa saber que siguen existiendo y dan cobijo a los enamorados. Estos gélidos dias apetece ir al cine y más si es con buena compañÃa.
¡Qué aproveche!
19 Enero 2008 a las 12:12 pm
Sà señor, siguen existiendo por fortuna. Quizás esté de acuerdo conmigo en que el cine de verdad tiene que parecerse al Cinema Paradiso. Lo demás son churros con McDonald’s.
19 Enero 2008 a las 1:14 pm
Inolvidable Cinema Paradise!
La verdad es que las salas de hoy en dia le quitan a uno las ganas de ir al cine. Se han convertido en algo parecido a comedores públicos.
Ganan más con las palomitas y las latas de refrescos que con lo que recaudan de la pelÃcula.
22 Enero 2008 a las 8:50 pm
No podrÃas haberlo soñado mejor :D
Cuál será el tÃtulo de la pelÃcula? estoy impaciente
27 Enero 2008 a las 11:32 pm
Ay!! que bonita escena, tan real que me parece mentira que aún no haya pasado… pero pasará y lo recordareis con la mejor de las sonrisas!! jajaja. Disfrutala que como ella hay pocas…