Dales sólo paz y una sonrisa, cielo abierto y aire para respirar
Escrito por: Gotardo J. González en Blog Action Day, Granada
En una ocasión subà con mis abuelos a aquella colina de nombre desconocido y ubicación remota. Yo tendrÃa apenas seis años; entonces todo lo que iba más allá de la Avenida de Cervantes y sus bocacalles parecÃa un universo paralelo, un paraje ignoto, ya fuera de Ãndole urbana o bucólica -de aquellos años conservo, por ejemplo, una fotografÃa imaginaria de Madrid, que es la que mi memoria dibuja siempre que tengo que ir a la capital, del mismo modo que muchos de mis recuerdos parecen haber sido incapaces de suplantar a las imaginaciones previas a cada viaje-. El paisaje era un campo abierto y, para mÃ, extranjero que ahora veo difuso en la memoria, después de tantos años. Ascencimos una tarde por la ladera entre matorrales, esquivando retales de tierra convertidos en barrizales por las lluvias recientes; al inicio de la cuesta, señalando un edificio en obras, me enseñaron el que años después serÃa mi instituto, el Miguel de Cervantes. Yo conocà aquel lugar como ‘las conejeras’; ese nombre quedó plasmado en una joven calle del lugar años después, cuando todo aquello se convirtió en una zona residencial.
Aquella colina a que no volvà a pisar hasta mucho tiempo después -pese a estar tan cerca del lugar donde yo vivÃa- habÃa sido el princpio de la ruta que emprendÃan quienes tenÃan por tarea prensar la nieve acumulada en los pozos de Sierra Nevada para traerla a la Granada; por eso la calle en la que se emplaza hoy dÃa el instituto Miguel de Cervantes se llama Camino de los Neveros, ruta que, en su inicio granadino, ahora está flanqueada por una creciente barrera de edificaciones que ya llega hasta los lÃmites municipales.
Entre esa colina y la Sabika -que es el suelo de la Alhambra-, corre el rÃo Genil, y en su margen izquierdo un camino que los paseantes utilizan para estirar las piernas en una tierra ajena a asfalto y adoquines. Este camino que partÃa del Puente Verde -tendido sobre el Genil para unir la Avenida de Cervantes y la Carretera de la Sierra-, remontaba hasta el cercano manantial de la Fuente de la Bicha, empequeñecido ahora, convertido en un par de tubos metálicos. El sendero vio con el tiempo como se convertÃa en un paseo de tierra apisonada en su segmento más cercano a la urbe, sobre los matorrales que lo separaban del barrio de la Bola de Oro se construyó un polideportivo que hace poco ha sido ampliado. Un poco más arriba el camino se cruza con un nuevo puente, de moderna construcción y que ha sido causa de polémica entre vecinos y consistorio; pero muchos años atrás, ya se habÃa reducido el ancho de la senda, se cambiaron sus recodos umbrÃos y silenciosos por un suelo cuidado que discurre paralelo a la nueva carretera de Sierra Nevada. Ahora el sendero es un ecosistema en el que conviven en perfecto equilibrio los caminantes y los ruidos de los viajeros motorizados. -Y yo aún recuerdo las noches de verano, en las que la brisa que subÃa del rÃo traÃa un rumor de aguas que se perdÃan como perdido está ahora el silencio-.
Pero volvamos a aquel camino de los viejos neveros, al que yo no volvà hasta muchos años después, cuando empecé la secundaria en el instituto Miguel de Cervantes y tenÃa compañeros que vivÃan en aquella nueva zona residencial. Para entonces todo estaba edificado hasta la curva de entrada al Residencial El Serrallo. Se cruzan por lo que un dÃa fue aquel campo abierto y remoto calles que se llaman como algunas lagunas de una Sierra Nevada que parece cada vez más lejana. SolÃamos pasar las tardes de los viernes en la parte baja de aquella cuesta de los neveros. Matábamos las horas y el frÃo dando vueltas a la manzana y comiendo frutos secos, con las manos en los bolsillos de un anorak mullido y hablando frases de vaho. Por aquella época, o quizás un poco después, empecé a subir un poco más arriba con un amigo. Nos montábamos en su viejo Vespino y vagábamos por un barrio nuevo que habÃa cerca del Palacio de Deportes, rondando la casa de alguna chavala, y otras veces subÃamos por el Camino de los Neveros, nos colábamos por una bocacalle en mitad de la cuesta y nos sentábamos en un murillo, entre dos edificios, que daba a una ladera desnuda de ladrillo, a la Vega y al Barrio del ZaidÃn, desde allà se podÃa abrazar con la mirada un paisaje que se extendÃa desde la falda de Sierra Nevada hasta casi la Catedral, allà podÃamos pasar las horas muertas hablando, desde el atardecer temprano de los inviernos hasta la hora de la cena, transidos de frÃo, uniendo las brasas de los primeros cigarros de la adolescencia a aquellas otras que brillaban en la noche de Granada. Allà construyeron también: vinieron las gruas y las máquinas a vaporizar su niebla de ladrillo y dejaron ciego aquel sitio, cerca de donde hoy se alza la antena de la emisora de RTVA.
Habrá que ir cada vez más lejos. Quizás podrÃamos divisar algunas estrellas por encima de Granada subiendo a los lÃmites de la ciudad, pero hoy dÃa todo aquello se ha convertido en una zona residencial que brilla con una luz anaranjada y árida. DecÃan que incluso aquel observatorio de Sierra Nevada, que se divisa desde algunas calles bien orientadas de la ciudad, se estaba quedando ciego porque brilla Granada con esa otra niebla, la del alumbrado público, convirtiéndose en una borrasca de luces que parece condensarse en nuestros ojos, igual que los ladrillos anaranjados y el hormigón gris y el granito sucio de las paredes, formando unos grumos harinosos que ciegan nuestros ojos entristecidos.




















Entradas (RSS)
15 Octubre 2007 a las 12:55 am
Madre mia!!! q recuerdos de aquellos tiempos, en los q al menos mis padres me llevaban a las conejeras a aprender a montar en bici por el campo. Cómo va cambiando todo….
Besos
16 Octubre 2007 a las 1:26 pm
Observar el paso del tiempo en el entorno arquitectónico da una perspectiva única; los edificios se superponen de manera que en cada memoria se crea una ciudad más compleja, aderezada además por todos por los matices del recuerdo y de la experiencia vivida. Me ha gustado la manera tan nÃtida en que has descrito los cambios de la zona en la que has crecido, me he sentido como el ciego de ‘Amélie’ en la escena en que le describe todo el barrio. Y comentar que he estando observando cómo en mi barrio muchas casas antiguas han estado cayendo, no por el paso del tiempo sino por los intereses económicos, y no exagero si digo que me duele de verdad cada vez que demolen una de ellas.
17 Octubre 2007 a las 8:13 pm
¡Qué nostalgia!
Cuando tenÃa tres años y miraba boquiabierta por la ventana de la cocina los rebaños de ovejas pasando por el camino de la Bicha no imaginaba lo que iba a echarlos de menos, lo que iba a extrañar escuchar el ‘tolón tolón’ de sus cencerros en lugar de las motos enloquecidas de los niñatos.
¡Me encanta este post!