Según cuentan la Historia, la tradición y la leyenda, el Emperador Valeriano I empezó a perseguir a los cristianos en el año 258. El 6 de agosto de ese mismo año, el Papa Sixto II fue condenado a muerte. Camino de la crucifixión, se cruzó con Lorenzo, uno de los siete diáconos de Roma, hispano de nacimiento y santo de destino, quien compungido quiso seguirle hacia la muerte: «¿A dónde vas, querido padre, sin tu hijo? ¿A dónde te apresuras, santo padre, sin tu diácono? Nunca antes montaste el altar de sacrificios sin tu sirviente, ¿y ahora deseas hacerlo sin mÃ?»; la respuesta del Papa fue poco tranquilizadora: «En tres dÃas tú me seguirás». El 10 de agosto, el diácono Lorenzo se ganó el tÃtulo de mártir en una parrilla cerca de Roma.
El 10 de agosto de 1557, las tropas de Felipe V vencieron en la batalla de San QuintÃn. El Rey ordenó construir en El Escorial un Monasterio como conmemoración de la victoria y en agradecimiento a la ayuda divina que les habÃa llevado a la victoria. El homenaje al santo que les ayudó aparece en el nombre, Monasterio de San Lorenzo del Escorial, y en el propio edificio, que tiene la forma de una parrilla como en la que el diácono de Roma fue martirizado. El nombre San Lorenzo, tradicionalmente, reaparece cada año en torno al 10 de agosto para rebautizar a las estrellas fugaces que caen sobre la Tierra desde la constelación de Perseo.
Las Perseidas, popularmente más conocidas como lágrimas de San Lorenzo, caerán en mayor número esta noche, un poco antes del amanecer. La luna nueva y los cielos despejados del sur de la PenÃnsula facilitarán su avistamiento fuera de Granada, una ciudad que brilla cada noche como una constelación urbana -desgraciadamente lo digo sin retórica-, con un techo de ceguera astronómica. Por fortuna, el verano acompaña; habrá siempre alguna montaña, alguna cala apartada de esta parrilla de calles, desde la que contemplar el fuego del cielo, del mismo modo que San Lorenzo, quizás, alzó la cabeza mientras se abrasaba en la hoguera, con el sudor confundiéndose con sus glándulas lacrimales, clamando por última vez hacia el cielo, donde lo único que habÃa eran unas Perseidas invisibles, que aún no llevaban su nombre, sobrevolando su cabeza a miles de metros de altura.


















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16 Agosto 2007 a las 2:17 am
los meteoritos son fugaces, lo interesante es que, gracias a la escritura, se quedan en cierta manera. asà nacen los mitos, los sÃmbolos, la poesÃa. y si la poesÃa se desliza discretamente entre la información histórica, entonces cumple un poco la función, poética también, que otorgamos a las lluvias de meteoros desde hace siglos.
y yo sà que lo digo sin retórica, sueño con una lluvia de perseidas de agua que caiga sobre el paseo del salón
22 Agosto 2007 a las 9:30 pm
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