Me crié en un barrio tranquilo de una ciudad pequeña, quizás por eso siempre me fascinaron las grandes ciudades contempladas desde una distancia prudencial -estar lejos de Manhattan para tomar una buena panorámica de la isla, ir a Greenwich para ver Cannary Wharf, ver los coches pasar por la Gran VÃa de Madrid desde una ventana que me separe del ruido del bullicio-. Apenas recuerdo unos cuantos sueños de mi infancia, y en ellos sólo aparecÃan calles apenas transitadas, soleadas, cómodas.
Aún mantenÃa esa querencia por los espacios tranquilos en mi adolescencia, cuando fui por primera y última vez a Italia: volvà enamorado de Venecia y Florencia y con un recuerdo aturdido de Roma. Por aquella época imaginaba a mi yo adulto viviendo en algún pueblo de montaña de España, o en cualquier lugar de la costa mediterránea a condición de que hubiera vistas al mar y una carretera estrecha y con muchas curvas. HabÃa emprendido una búsqueda pasiva de un hogar porteño.
Debo reconocer que me costó mucho comprender lo que es una gran ciudad, encontrar ese encanto que hay detrás de tantas incomodidades y que, en parte, se basa en esas mismas incomodidades -a los veinte años apenas habÃa expresado cierta admiración por Barcelona, el resto de metrópolis me parecÃan sencillamente una tortura-. Tuve que dejarme seducir por Londres para comprender Madrid, y sólo ahora creo que empiezo saber leer en las calles de la capital. Aún no he llegado a sentir esa pasión por la gran ciudad que sienten mis amigos Sebas L. y A. Infante, apenas puedo pasar tres o cuatro dÃas cruzando semáforos que apenas duran y recorriendo pasadizos subterráneos, después empiezo a echar de menos las calles desiertas y a sentir cierto cansancio, cierto estrés y cierto aburrimiento.
Por más que haya curioseado en las grandes ciudades, quizás porque no me he zambullido en ninguna durante más de una semana o dos, jamás han calado en mà de la forma en que lo hicieron aquellas calles tranquilas y soleadas de los sueños plácidos de la infancia. Allá donde aprendà a montar en bicicleta, en un barrio que ya no es el que era, porque estos ojos que lo miran son diferentes y lo ven todo a distinta escala, allá donde hice rodar pelotas y canicas, donde me escondÃa de algún amigo para correr a sus espaldas y gritar «¡por mà y por todos mis compañeros!», allá fue donde ineluctablemente se construyeron algunas imágenes que aún no he llegado a comprender, que se cruzan con momentos del presente, ayudan a anclarlos de alguna forma y los arrastran desde la realidad al mundo de los sueños -o viceversa-.
Aunque no lo recuerdo, he debido soñar con Plasencia en los últimos dÃas, seguramente porque se presta a ser el escenario de ciertas sensaciones intensas -como las que durante el sueño dejan un sabor de boca que permanece después del despertar-. Plasencia tiene la arquitectura de lo onÃrico y la luz que fluÃa en los sueños que se repetÃan en las noches de mi niñez -la misma que tuve que buscar en alguna calle de Madrid-. Una de las cosas que recuperé en Plasencia fue la forma observar, la capacidad de contemplar buscando algo nuevo y descubrirlo.
Han tenido que pasar muchos años para poder volver a aquellas mañanas de sol que nunca fueron reales. Hay en esa luz un afán de exploración, un mapa incompleto cuyas lagunas se desfiguran hipnóticas dejando entrever el placer del descubrimiento, pero más allá, hay un bálsamo pacificador, un medicamento que sabe a calor y a somnolencia plácida. Encuentro, de cuando en cuando, en las escasas visitas del sueño, la paz irrecuperable de la niñez.
Tags: Granada, Londres, Madrid, Plasencia, Sueños

















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29 Abril 2008 a las 10:48 am
A veces creo que me esfuerzo demasiado en comentar algo que me ha gustado y es por que al intentar encontrar las palabras parece que pierdo esa “somnolencia plácida” que me ha traÃdo el recuerdo de aquella sensación de la infancia o adolescencia que parece estar grabada en cada persona y es por ello que me gusten tanto estos relatos.
1 Mayo 2008 a las 7:59 am
Mayna, estoy totalmente de acuerdo,que dificil poner por escrito sensaciones y sentimientos.
Gotardo, siento que te desprendes a capas, “archivos” que de algún modo te transmiten algo,ese algo que transformas en sentido y sensibilidad.
En algo conexo
6 Mayo 2008 a las 2:16 am
Ya te lo dije, pero querido amigo Gotardo, el secreto de la gran ciudad es comprender que el semáforo que dura poco, dura más que el de la pequeña Granada. Ese es el secreto para no estresarte con la gran ciudad, aprender a ‘manejar’ el estrés ficticio como Neo comprendió Matrix.
Lo que nos atrae de conocer nuevos sitios, descubrirlos y observarlos, no es el sitio en sÅ Son las personas que nos los descubren (o en su defecto, el poder enseñárselo a dichas personas)
Plasencia no serÃa nada sin Granada. Valencia no serÃa nada sin Madrid. Sin emociones, Manhattan sólo serÃa un cúmulo de hormigón y acero.