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No recuerdo sus caras ni sus nombres, pero allí estaban los tres o cuatro niños, inventando algún juego para distraer las últimas horas de la tarde, que ya era una noche tan cerrada como la madrugada, en aquella calle desierta con forma óvalo, donde todas las casas eran de dos o tres plantas y tenían en la parte anterior un jardín inaccesible de madreselva, flores de pato, rosales y jazmines que apenas dejaban ver las fachadas sino a retazos. Ni un alma había en aquella calle residencial donde jugaban los niños, salvo los pocos que habíamos quedado después de que la noche cayera sobre la ciudad, sobre aquel lugar al que yo rara vez solía ir, aunque estaba en mi barrio, a un par de cruces de mi casa. Para mí, el lugar era desconocido hasta aventurarse en lo extraño, porque yo era un desconocido para aquellos niños -igual que ahora ellos lo son para mí- y porque la noche, en aquella temprana edad, eran horas de recogimiento hogareño.

Los niños del lugar me enseñaron la casa deshabitada, que era una de tantas, y encaramados a la verja me contaron cómo se veía a veces, a través de sus ventanas desvencijadas, la figura terrorífica de una mujer que atravesaba los corredores en camisón, con un cuchillo clavado en el pecho, según contaban algunos, a veces emitiendo gritos que se oían en todas las casas de alrededor si la noche era silenciosa. Decían algunos que habían saltado los muros de la casa y que allí dentro habían visto objetos que cambiaban de lugar cuando nadie los miraba: un sombrero que reposaba sobre una mesa después de haber estado en un perchero, un gabán que no volvieron a ver y que nadie podía haber sustraído, porque la casa estaba deshabitada. Al tener una edad en la que cualquier historia era verosímil, aunque fuera de propia invención, esperábamos los niños a este lado de la verja la aparición de algún espectro o el sonido escalofriante de un alma en pena, atrapados entre la urgencia aterrada de salir corriendo y la quietud irresistible de la curiosidad, asegurando algunos haber visto cierta sombra moverse a oscuras en el interior de la casa, y al mirar yo hacia el interior esperando ver a la extraña mujer asomarse a la ventana con un candelabro en la mano, alguien aseguró haber oído algo.

Me tuve que girar incrédulo para ver la cara de una niña que miraba curiosa la calzada, de espaldas a la casa, preguntando si nosotros habíamos escuchado ese sonido, porque ella tenía la certeza de que cerca había un caballito del diablo. Esperando ver aparecer una figura demoníaca, me quedé paralizado. A cierta edad las cosas no parecen ser nada distinto de lo que su nombre indica y, confuso por la incredulidad y el temor, de espaldas a la casa deshabitada que en ese momento podía estar vertiendo sobre mí la más horrible de las maldiciones, tardé en entender que lo que ellos llamaban con el nombre de Lucifer era esa extraña mariposa que yo siempre había conocido como libélula, un precioso y crecido insecto que pocas veces se dejaba ver, cuyas extrañas alas le permitían volar de manera diferente a todos los demás.

No había caído yo en la cuenta de que las maldiciones que pudieran surgir de debajo del asfalto no son sino cuentos para asustar a niños, historias inauditas de demonios que cabalgaban en las noches de la ciudad, mujeres muertas que perseguían a los allanadores de moradas malignas. Desde aquella noche no supe nada más de aquellos niños, cuyos rostros y nombres he olvidado, tampoco he tenido noticias de apariciones del espectro de la casa deshabitada, que posiblemente siga en pie, ni de la existencia tortuosa de un diablo que castigue a los infieles. Tal vez alguien me contó algo sobre una casa demolida o sobre algún niño desaparecido en una calle desierta que se rinde cada noche al primor oscuro de las tinieblas, pero yo no lo creí, quizás porque, cuando eché a correr aquella noche en busca del caballito del diablo, tropecé en mitad del asfalto cayendo al suelo primero con las rodillas, como un rendido, luego con los codos, como un vencido, quién sabe si del lado de la incredulidad o del de la maldición eterna de los negros misterios de la noche.

2 Respuestas a “El caballito del diablo”
  1. Florie dice:

    Lo que demuestra que no hace falta irse al cine para disfrutar de suspense del bueno.
    Parte de esta historia me recuerda algo que también he vivido; una casita abandonada junto al colegio de primaria, en que también había, según la leyenda, personajes escondidos, detrás de la puerta de una habitación en este caso. La puerta principal había desaparecido y podíamos asomarnos -nunca nos atrevimos a entrar-; objetos de la época de la primera guerra mundial -decían- cambiaban de sitio y desaparecían -solos, decían-. Esas historias alimentaban la parte de nuestra infancia que necesitaba misterio…

  2. Sebas L. dice:

    Sobre el “caballito del diablo”…
    y es que, lo que para ti es una “fábrica de ladrillo” (a la cual le pondrás chimenea y muchos obreros trabajando), para cualquier técnico relacionado con la construcción es una composición de ladrillos.

    Metalingüística.

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