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He vuelto a rendirme una vez más al lujo de exiliarme un par de días. Las Chicas del Gineceo me arrancaron de las viles garras de la madre urbe para concederme un par de días de excursionismo, brindis y placeres gastronómicos; es decir, turismo rural, pero sin el tizne pijo de los todo terrenos y la gomina campera. Yo no pude resistirme. Como dice una canción, «propongan lo que propongan yo no me pienso negar, ellas serán las que dispongan y yo no me pienso negar». De modo que una mañana de sol en Granada, apuntando insoportables calores veraniegos, se convirtió en un mediodía jiennense con fresca brisa de sierra. Quizás por falta de memoria, quizás porque realmente suceda así, volví a tener la sensación de encontrar un lugar cambiado al regresar allí, a la sierra. Parece que los lugares extraños, una vez abandonados al ritmo constante del reloj, privados de la observación del ojo del caminante, siguen un curso oculto para el forastero, mutan de una manera sigilosa y, así, ofrecen una cara diferente a quien vuelve a ellos.

Del lado del visitante se da un efecto similar. Superadas las fronteras de la ciudad, para el viajero, igual que para un cosmonauta que escapa del vórtice de atracción terrestre, el tiempo parece detenerse, al menos transcurrir con ritmo de légamo, con suavidad de agua pantanosa y luz de atardecer. El ritmo lo marcan los coches que atraviesan el valle a lo lejos con su rugido de distancia, las rapaces que giran sobre los olivos y los cerezos, el viento que lame las montañas heridas de arroyos y acueductos. Uno se mira al espejo pensando que su cuerpo ha dejado de cambiar, los ojos se desprenden de las sombras que se hunden en el párpado inferior, las canas se oscurecen como la la caída de la noche y las células parecen dejar de envejecer. En las pupilas brilla la vida que las grandes urbes se encargan de absorber como vampiros, como jaurías invisibles de lobos hambrientos.

De regreso a la ciudad, se descubre el contraste del aire, soez en su composición de aromas fatales. Las luces dejan ciegos a los hombres, que ya no miran al cielo, y el viento hiriente reseca la piel insensible de los inhumanos. El fenómeno del tiempo guarda los edificios envilecidos y la mácula callejera con el celo de una urna parda y mezquina. Así descubrí que se compensaban las curvas irregulares de los relojes, al regresar a Granada, donde el tiempo se había detenido paciente, esperando mi regreso taciturno, para que yo lo encontrara todo igual.

Una Respuesta a “El tiempo más allá”
  1. Epi dice:

    Hay veces que gusta evadirse de la ciudad y ver un poco la montaña XD

    Me gusta mucho tu blog, nos leemos. TALUEGO

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