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I. Hace más o menos un año, pocas horas después de publicar el artículo Elvis está vivo -el más leído de este blog- recibí un correo electrónico de alguien que no sólo aseguraba haber localizado a Elvis Presley vivo en Argentina, sino tener pruebas viedográficas de ello, y además me las ofrecía en exclusiva para Lenguas de Fuego. Desde un principio me intrigó el supuesto el montaje, ni siquiera sentí una breve esperanza de ser el mecenas de un hallazgo conmocionante, sólo curiosidad por descubrir los límites del desequilibirio que había llevado a un hombre a urdir una farsa increíble pero narrada con convicción alucinógena, de modo que respondí el mensaje interesándome por el material, pensando que al menos podría marear la perdiz o reirme un rato, pero el confidente elvismaníaco no llegó a responder jamás. Por supuesto jamás llegué a recibir ningún video, el presunto buscador de Elvis no volvió a dar señales de vida, las imágenes que pueden ver más arriba son un sketch que he escogido al azar entre varios -tengo la convicción, como ustedes saben, de que creer en lo sobrenatural o lo magnífico es un chiste similar al del video-. Al día siguiente -por aquella época escribía casi todos los días- escribí sobre Django Reinhardt, aunque sin duda mi filtreo con la música de Elvis creció en pasión.

II. Este fin de semana, treinta y un años después de su muerte, los fans de Elvis rindieron homenaje a la memoria del Rey, mi amigo Ernesto, que es un «beatlemaníaco de Elvis», se habrá comprado algún otro objeto de coleccionista o el enésimo grandes éxitos, y sus herederos han dado una vuelta de rosca más al negocio celebrando el matrimonio de Presley con Barbie, se conmemora el cuadragésimo aniversario del especial del ‘68 con un monográfico en Graceland, imagino que además alguien habrá inventando una nueva versión de la leyenda de la resurección de Elvis, o de su ascensión a los cielos extraterrestres, o de un complot mafioso para simular su muerte.

III. El verano pasado, después haber escrito aquel artículo, leí un libro, cuyo título y autor no recuerdo, que narraba el comienzo de la carrera de Elvis Presley. El origen humilde del rey del Rock me recordó a aquella canción para el Jaro que cantaba Joaquín Sabina, «por maestra una mesa de billar», y me hizo pensar que quizás el destino o un golpe de suerte salvó a Elvis de una vida mediocre o quizás trágica, sustituyéndola por la fortuna y el éxito. He pensado esta tarde que la tragedia de Elvis -si descartamos la teoría de la abducción o del complot- fue causada precisamente por el éxito, la cara y la cruz de una existencia. Creo que fue el sacerdote que ofició el funeral de Presley quien dijo que la fama le había llevado a experimentar unas cotas de tentación inimaginables para los demás.

Hay en toda historia una verdad y una leyenda, detalles de una farsa que filtran a través de la voz del narrador o mentiras colosales pregonadas con el mayor de los descaros e incluso con convencimiento. La historia de Elvis, no sé si la verdadera o la legendaria, se me antoja ahora un cuento de hadas con final infeliz, quizás siempre al borde de la fatalidad del fracaso. Debe ser que Elvis, al fin y al cabo, era también un hombre como todos los hombres.

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