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Les conté hace unos meses que había comenzado a ver la serie de televisión Doctor en Alaska y desde entonces, siempre que tengo tiempo, veo algún capítulo. Ando por la quinta temporada, con Joel Fleishmann encerrado aún en Cicely, Ed Chigliak ante la disyuntiva de su vocación como cineasta y su destino como chamán, Maggie O’Connell cada vez más sensual y Chris Stevens con su habitual verborrea erudita. Les cuento esto porque todo texto debe tener un principio y este es el principio del mío -aún no sé cuál será el final-, hoy que debería escribir un epílogo a 2007 que ya escribí hace más de un mes con la urgencia que requería acabar con semejante año.

Pero en vez de escribir un epílogo, uno verdadero, uno que quizás no merezca la pena, me he sentado a ver otro capítulo de Doctor en Alaska, en el que Ed Chigliak descubre una amarga verdad: tras haber sentido la llamada de ser chamán no se ha convertido en uno verdadero, así como tampoco ha dirigido ninguna película pese a su fuerte vocación y su claro talento. Chigliak no ha cumplido con las labores a las que su vocación le obligaba, del mismo modo la falta de inspiración supone para el escritor inexperto la ineluctable condena al papel en blanco. Digo esto porque tengo la sensación de que las distracciones mundanas y la carencia de un retiro eficaz han condenado a la mayoría de mis palabras a ahogarse en el tintero, esa fosa común de los silencios y las historias que jamás sucederán, de los sentimientos negados y las frases olvidadas que con más frecuencia de la deseable crecen venenosas como un cáncer, convirtiéndose en ocasiones en dejadez. Queda mucho por hacer; no sé si eso es un comienzo o un final.

En su crisis particular, Ed Chigliak llega a confesar a Minifield, el cacique de Cicely, que se siente estresado. Lo hace con la cara desencajada, sin esperar siquiera una respuesta. Minifield, insensible y siempre con una visión práctica de la vida, le recrimina su estrés, preguntándole cómo es posible, si no hace nada. Precisamente por eso, responde Ed Chigliak. Sucede que a veces uno se cansa de no poder hacer lo que realmente tiene que hacer -no lo que debe hacer- y ese compromiso con uno mismo es seguramente el único importante. He recordado algo que escribí hace tiempo para una canción que habían compuesto unos amigos, unos palabras que, cantadas a ritmo de blues, con mucho decían poco, pero que seguro que ahora todos comprenderán: «lo siento, cariño, me voy allá donde no estoy». Y lo siento, cariño, de verdad.

Pero Ed Chigliak recibe finalmente un consejo del chamán de su tribu: no importa a dónde se llegue, basta emprender el camino. Siguiendo el consejo, Chigliak termina el capítulo escribiendo el principio de un guión que aún ignoro si llegará a terminar. Por eso yo debía empezar contándoles esta historia sobre Doctor en Alaska -aunque este texto en realidad no tenga final-, porque es una historia en la que puedo apoyarme para justificar la inexistencia de un epílogo típico a 2007 en estas páginas, porque lo importante realmente es el camino que se emprende, ese que les relataré, lejos de postfacios y resúmenes. Sin duda habría que utilizar esta noche la palabra “prólogo”, cosa que dejo tal vez para mañana, uno de enero de 2008.

3 Respuestas a “Emprender el camino de 2008”
  1. carlota dice:

    Si, Doctor en Alaska, es una serie muy positivista, si puede decirse así.Yo esperaba con impaciencia los viernes noche cuando ponían la serie en la 2 después de media noche. A veces nos quedabamos dormidos y el final se quedaba en el aire,aunque en capítulos posteriores se desvelaban las incógnitas.Creo que ver el frio, la calma de estar en medio de la nada, hacía que fueran más creibles las historias que se hilaban..
    Gracias x hacerme recordar noches pasadas!!

  2. Gotardo J. González dice:

    Creo que lo que llama la atención es precisamente eso: las historias son creíbles, aún más, ¿no te gustaría vivir en Cicely? (Puede ser que yo sea muy pueblerino)

  3. carlota dice:

    Me encantaría…En mi infancia viví en Alemania y echo de menos el metro de nieve en la puerta de casa. Pasear por el bosque que teníamos tras la urbanización y oir el crujido de mis pisadas…el aire frio pero puro, quietud.

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