Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF

Alguien me dijo hace poco que tenía talento, lo que no especificó fue para qué. Yo me quedé con la duda: de qué sirve el talento, ese dios que consumen algunos como si de un ídolo de madera se tratara; qué queda del talento cuando todo lo que queda son cenizas. Alguien me dijo hace días que tenía talento; no dijo que lo tuviera ahora, quizás porque los fetiches, materiales o no, son perecederos.

Lo he recordado hoy, alguien me dijo que tenía talento, lo repitió varias veces como un mantra que debiera guiarme por el camino del éxito, el camino inexistente que nos enseñaron, el de los hombres de pro, el de las mujeres decentes, el que nos marcaban aquellos que nos decían «tienes talento», pero no decía para qué. Para qué sirve el talento, si uno no sabe lo que es, si lo identifican clarividentes acobardados, hombres engreídos convencidos de haber recorrido la senda del éxito. Éxito ergo existo. Mentira, digo.

Yo tenía talento, me lo decían, y ahora, tiempo después, hace unos días, me lo repitió una persona: «tenías talento», antes «tenías talento». Talento para qué, talento para quién. Ahora creo que fui un elegido: en el aula gris donde nos sentaban en bancas como banquillos ellos me dijeron «tú vales», pero no dijeron para qué, tampoco habló el crucifijo que había sobre la pizarra, ni el retrato de los Reyes de España, España con eñe de coño, interjección silenciada por las normas del decoro. Señorita, coño, para qué valgo; Señorita, coño, quién coño es usted, juez aún no jueza de promesas que jamás se cumplirán.

El futuro, nos decían, sois el futuro, el futuro de España con eñe de coño, los que valéis, las que valéis, los que no valéis iréis a barrer calles, a fregar portales, a parir niños y limpiar mierda, a ser la vergüenza de España con eñe de coño. Pero tú, tú vales, decían llamándome por el segundo apellido para no confundirme con el resto de Gotardos de la clase, tú vales, esfuérzate, no hables en clase, haz la tarea, eso no te pega.

Y el crucifijo seguía colgado, clavado, callado; eran ya muchos años con la misma cantinela.

He recordado hoy que alguien me dijo el otro día que tenía talento (antes), porque al cruzarme con algunos viejos profesores me han sonreído: creo que quieren ver en mí el hombre que ellos imaginaron que un día sería. Estudia y trabaja, trabaja y gana dinero, tú vales, gana dinero, tienes talento, trabaja, estudia para ser alguien el día de mañana. Fuimos la promesa que se hicieron así mismos, un intento desesperado por perpetuar el régimen de productividad; ellos fueron la criba, quienes decidían quién valía de verdad y quién estaba destinado a barrer calles.

Ellos no sabían que yo no tenía talento ni lo tendría nunca. Quién quiere en España con eñe de coño tener talento para nada. Tampoco sabían que el hombre que soy el día de mañana ya era alguien el día de ayer.

4 Respuestas a “Fuimos la promesa”
  1. Antonio Infante dice:

    No te lo tomes a pecho, amigo mío. Esa actitud del profesor lo único que demuestra es el lógico resentimiento de quien opta por una filosofía hacia quien se beneficia de sus frutos sin asumir responsabilidades. Hay personas que, por las circunstancias que sea, acumulan mayores dosis de resentimiento que otras. Quizás sea algo genético, pero a mí de ciencias no me preguntes… Yo respeto gustos y opiniones, pero en este caso disiento de tu postura. Ten en cuenta que eso que tú llamas “el sistema” no es más que la base de la civilización, y la civilización conlleva una serie de pactos que exigen esfuerzo y sacrificio, incluso dedicar parte de nuestra efímera existencia a tareas hasta cierto punto tediosas, para poder vivir mejor de lo que viviríamos en un mundo incivilizado (véase Hobbes y su famosa máxima: “el hombre es un lobo para el hombre” o el contrato social de Locke: ergo, si no quieres que el vecino de enfrente te muerda el culo, pacta: adquiere derechos y asume responsabilidades).

    A esto en el principio de los tiempos se le llamó justicia. Desde hace algún tiempo, por vergüenza torera, digo yo, decidieron sin embargo cambiarle tan pomposo nombre por el de Derecho (concepto ya bastante más terrenal). Algunos de los principios en los que se funda la civilización son, efectivamente, la meritocracia, el esfuerzo y la orientación productiva del talento (la RAE definirá este término como sus señorías decidieran en su momento, pero yo entiendo por tal una curiosidad e inquietud por saber más y un disfrute en el aprendizaje -que lo sean inducidos o innatos me es indiferente-). En España, con “ñ” de tantas palabras con ñ, el asumir responsabilidades quizás no esté muy de moda, pero las personas a las que más admiramos en nuestra breve historia democrática dedicaron tiempo, esfuerzo y energía a conseguir lo que hoy en día casi todos disfrutamos: libertad, una vida medianamente decente, en la que todos tenemos una educación básica gratuita, podemos ir al médico si enfermamos, y en la que si eres irreverente nadie te va a perseguir con un palo (y, si te persigue… ¡mándale a tu abogado!).

    Ahora bien, un sistema civilizado de convivencia requiere el esfuerzo de muchos. Insisto en lo de muchos porque el sistema perfecto exigiría el de todos. Como la perfección no es cosa de esta cueva, sino del mundo de las ideas, hay algunos que trabajamos por el bien común y otros que vamos a remolque. A mí sinceramente no es algo que me inquiete, porque creo que debería concederse a todo el mundo el derecho a remolonear durante ciertas etapas de su vida. Pero entiendo que a otros con la sensibilidad más a flor de piel (o quizás hasta con una intención bondadosa pero poco meditada) les irrite que haya quienes, aun renegando escandalizados del sistema, se aprovechen luego de sus ventajas. No es tan descabellado pensar que haya quien sostenga que, o se está en el sistema o se está fuera del sistema (trasladando el ejemplo a nuestros vecinos del norte: o se paga el billete de autobús o se quema el bus entero). Por eso, pienso que no deberías sulfurarte por ese tipo de comentarios (más aún viniendo de personas que seguramente no filosofen tanto como nosotros) porque pueden llevarte a rayar en argumentos poco sólidos o inmaduros.

    Ahora bien: ten presente en todo caso que quien esto escribe es un jurista y, en cuanto tal, se zambulle día si y día también en la Constitución Española, trabaja como un esclavo “por el sistema” y, si me apuras, raya en la pedantería por lealtad a sus principios.

    No te ofusques. Un abrazo y a ver si este fin de semana nos tomamos unos copazos.

  2. Gotardo J. González dice:

    Querido amigo, tan sólo voy a dar una breve respuesta fingiendo que quiero llevarte la contraria, pero lo cierto es que me has convencido, no sé si porque tienes toda la razón o porque te la dan tus habilidades profesionales. En cualquier caso es igual.

    Me voy por lo chino. Li Bai escribió “Ahora que Confucio ha muerto, ¿quién va a llorar por él?”, cuando muramos nosotros, ni siquiera nosotros lloraremos por nosotros mismos.

    Creo que Zhuanzi habría dicho que si no quieres que tu vecino te muerda el culo lo mejor que puedes hacer es largarte a un sitio donde no haya vecinos.

    La meritocracia me parece una maravilla, pero quizás haya sido sustituida por la burocracia (sin ánimo de ofender a aquellos que realmente han hecho méritos, a quienes admiro).

    Así que creo que como conclusión, lo más importante es que este fin de semana brindaremos.

  3. Ballroom dice:

    ¿Talento en el sentido aristotélico de “potencia”?

  4. Sebas L. dice:

    Amigo mío… Gotardo con el que tantos Gotardos he confundido… Con sólo 11 o 12 añitos un amigo de la infancia me dijo que “todos los superdotados acaban siendo unos fracasados”. Yo, en aquél momento no entendí esas palabras con ese resentimiento (Antonio Infante lo explica en su comentario en realidad).

    Tú, como yo, éramos lo que en esas aulas grises y dicho con toda la prepotencia del mundo, unos superdotados. Aunque los psicólogos nos tildarían más bien de talentosos seguramente. No son más que etiquetas sociales… y a mí, esas etiquetas ya no me pesan… ni me pesa que me pesaran.

    Y como dice A. Infante, aunque debiéramos tener remordimientos por quemar recursos sociales, qué coÑo, tenemos derecho a remolonear.

    Por otra parte, nosotros éramos “futuras promesas”… y este fin de semana, leyendo una crónica sobre mi deporte, un compañero dijo “¿Hay algo más triste que ser una futura promesa? Es no llegar ni a promesa, sino a prometer que serás promesa”

    ¡Viva el vino!

Deja una Respuesta

XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>