Ahora llegan voces desde la plaza, la que antes era sólo una intersección de calles viejas, donde enlosetaron apenas unos metros para poner un par de bancos y una farola que no se ve desde aquÃ. Llegan por la ventana, como la brisa de la última hora de la tarde y la luz anaranjada de un farol que me parece demasiado antiguo, demasiado débil para eclipsar la sombra de la Sabika que se vuelve mate casi en su totalidad, con la excepción de los coches que, como luciérnagas automáticas, recorren en lÃnea recta el nuevo acceso a la Alhambra que ya no es tan nuevo.
Granada ha cambiado con los años, se han introducido leves matices que la mantienen reconocible, aunque volviéndola extraña y tal vez inhóspita para un viajero del tiempo que remontara las décadas desde un momento del pasado. Derruyeron una de las viejas casas de dos plantas de lo que antes fue un callejón y ahora es una calle de adoquines, y en su lugar levantaron una vivienda aún más alta, con una pared blanca que ciega entre el mediodÃa y el atardecer. También han cambiado lugares que no se ven desde mi ventana: el solar ruinoso de la Avenida ahora se está convirtiendo en un centro cÃvico que nunca llega a estar terminado, renovaron los bancos de la rotonda y en su centro ahora han puesto una estatua que aún permanece tapada esperando, supongo, que un cargo del Ayuntamiento la descubra e inaugure para dividir el gusto de los vecinos en opiniones opuestas.
Antes sólo habÃa silencio en el callejón oscuro, apenas iluminado por ese farol moribundo que sigue sujeto a la pared, como aferrado a las arenas del tiempo. Cuando convirtieron esa esquina en una plaza, o en apenas un rincón aparecido entre las calles como un brote sin esperanza, vinieron personas a las que nunca habÃa visto, conversadores de verdulerÃa, conductores de ciclomotor trucado, voces que acompañan a la luz nocturna de Granada en su incursión en mi dormitorio a través de las flores de invierno, que ya empiezan a marchitarse. Se les escucha hablar de fondo, remontar la voz en gruñidos, barritar con una comicidad que no llego a comprender.
Cuando se disuelva este escándalo adolescente, antes de que venga el siguiente, ellos mismos dejarán de reconocer en esa plaza, la que antes era sólo un cruce entre dos calles oscuras, el tiempo que pasaron esperando al verano en los atardeceres. Dejarán de reconocerse a los unos en las caras de otros, serán distintos, incluirán en sus rostros, en sus cuerpos, matices que les distingan de quienes son ahora, se convertirán en extraños y de lo que ahora son sólo quedará una mixtura de recuerdo y olvido en los ojos de sus viejos amigos, esa mixtura del tiempo pasado que ahora somos nosotros para los demás.


















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31 Marzo 2008 a las 8:18 pm
Hoy mismo leà en “El mundo de ayer”, de Stefan Zweig, cómo en los años anteriores a la I Guerra Mundial la prosperidad y la riqueza hacÃa que una ciudad cambiara radicalmente en pocos años. Quizás esto ocurra con los barrios más lejanos del centro de la ciudad…