Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF

How many roads must a man walk down
before you call him a man

Bob Dylan

Tres días de lluvia -el extraño fantasma de un invierno que quizás quiera disfrutar de la primavera- me han llevado a ciertas asociaciones de ideas: Oxford, durante unos segundos, aquella calle en la que yo imaginé que Thom Yorke había compuesto Harrrowdown Hill; Bob Dylan (but it ain’t me babe, no, no, no); y por motivos obvios Dylan Thomas (Donde una vez las aguas de tu rostro giraron impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma). Hay reminiscencias en el viento, aromas de algo que no alcanzo a comprender, aunque esta vez no se trata del dulce vacío de los días de lluvia, sino de una presencia velada, tal vez inminente, tal vez intangible.

Ayer por la mañana vi por la calle a Clochard, ese vagabundo con el que nunca he hablado y cuyo nombre verdadero desconozco. Bajo el espeso nublo de abril, el oximorón Clochard caminaba grandullón y erguido, barbudo, con el pelo mugriento, y a la vez discreto. Clochard es uno de los fantasmas de Granada, un paseante primaveral más que tal vez muera un invierno hablando solo y apestando a licor. Caminaba por los soportales de Pedro Antonio de Alarcón, lento, sin mirar a nadie, y yo decidí seguirle.

Creo que al principio no me di cuenta, pero la necesidad de perseguir y espiar a Clochard respondía, más que a un capricho aleatorio, a una ineluctable necesidad: aquel hombre es un cristal más en el espejo de Granada. Camina meditabundo, lo sé porque murmura, porque tiene la mirada perdida, aunque no hace aspavientos, ni vitupera, ni se queja -más tarde le escuché en un bar, hacía cuentas en un idioma sin sentido que debía ser el puro lenguaje de los pensamientos, dosezas y dos, cuatro, y una, cinco, dirás si no, y tres y tres y tres y dos, luego negaba con la cabeza antes de seguir hablando solo, en voz baja-.

Clochard, aquel vagabundo con andares de hidalgo, o al menos con un ápice de elegancia peculiar, entró a un bar y yo tras él, sin discrección alguna, porque tenía la sensación de pasar inadvertido para él, del mismo modo que él parecía volverse transparente para mucha gente cuando caminaba por la calle. Pidió un whisky Dyc, el camarero le puso un Doble V y Clochard le dio las gracias. Bebió despacio, hablando solo, pero en voz baja, y cuando terminó pidió otra copa, y cuando terminó la segunda pidió una tercera que sería la última. Alguien comentó que olía a marihuana, pero él siguió impasible con sus cuentas. Me di cuenta de que sabía de memoria lo que había consumido cada persona que había en el bar y cuánto debía cada uno. Cada tres o cuatro minutos repasaba sus números y al terminar empezaba a divagar sobre cualquier otra cosa; tres o cuatro minutos después empezaba de nuevo. Me di cuenta de aquel espía barato que era yo se había visto sorprendido por un observador aún mejor: Clochard sabía exactamente qué había tomado mientras estaba en el bar, quizás también supiera cuánto tiempo había estado siguiéndole, incluso si una persona hubiese estado siguiéndome a mí, Clochard lo habría sabido sin lugar a dudas. Es una pena, pensé, que Clochard no escriba jamás una novela, porque tiene algo mucho más importante que la inspiración: detrás de su mirada difusa hay un interior observador y lúcido -aunque a su manera-.

Me levanté para irme antes que él. Al pasar por su lado escuché su voz, hablando esta vez de una forma más nítida en un inglés perfectamente pronunciado:
-Contrariwise, if it was so, it might be; and if it were so, it would be; but as it isn’t, it ain’t. That’s logic.

Sospecho -o quiero imaginar- que lo dijo a modo de despedida. Clochard, de esa forma, me dictaba el final de este artículo -que empezó con un recuerdo desvencijado de Oxford- con unas palabras escritas por Lewis Carroll -quien vivió en Oxford hasta que una polémica con la pederastia le obligó a trasladarse a Guilford-. Estaba en el aire aquella respuesta, aquel pensamiento, aquella piedra angular en la que yo no había reparado pero que el observador Clochard me había regalado, aquella presencia intangible pero cercana, Alicia, la única Alicia, hablándole al gato, But I don’t want to go among mad people‘. ‘Oh, you can’t help that,’ respondió el gato, ‘We’re all mad here.

Tags: , , , ,
Una Respuesta a “Había una respuesta en el viento (Clochard)”
  1. La chica del halo enigmático dice:

    Creo que cada uno de los vagabundo que he conocido tiene algo especial, pero el que más me sorprendió fue Gordon, un señor de 77 años que vive en Bournemouth (England).Había escuchado que cuando le preguntabas la hora te decía la hora exacta pero sin mirar el reloj, nunca lleva reloj. No me lo creía hasta que no lo vi. Una tarde iba paseando por el centro con una amiga, vimos a Gordon donde siempre, decidimos preguntarle la hora, pero se nos adelantó un chico,” What´s the time, Gordon?”, pudimos comprobar que es cierto, dijo la hora exacta sin mirar ningún reloj. :-O

Deja una Respuesta

XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>