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“Relax, said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
But you can never leave!”

Pese a que hablo cada vez con menos gente -del mismo modo que escribo menos cada vez- y las conversaciones y disertaciones se confunden, es posible que ya les haya hablado de esto alguna vez -pero las mismas palabras, creemos los que tendemos a repetirnos, suenan diferentes en función del momento-.

Últimamente tengo la costumbre de pasar entre las doce y las dos de la madrugada por un garito que se llama Blus, perdido en un callejón de Granada, oscuro, tan americano como la caritura de un bar de carretera en Alabama: uno de los camareros luce una melena lisa que llega más allá de los hombros un bigote que desentona con sus treinta y tantos años -al menos en una ciudad como Granada-, el otro, que se afeita dejando unas gruesas patillas de roquero, es una mezcla entre Loquillo y Morrisey. Suele sonar algo de rhythm & blues, rock con olor a años sesenta, tal vez punk si es sábado y la clientela llega a cubrir la mitad del aforo del local. Voy por allí buscando un sitio con poca gente para tomarme una jarra de cerveza muy fría y escuchar canciones que casi nunca reconozco -salvo algún tema de los Rolling, algo de Marvin Gaye, Las malas lenguas cuando un amigo mío necesita escuchar a Auserón-, aunque los hombres que se apoyan en la barra como en la caricatura de un pub americano -camisa a cuadros, barba espesa, pelo largo- parecen conocer todos y cada uno de los temas, incluso recordar las digitaciones de todos los punteos.

Suelo sentarme allí acompañado. Escuchamos música, bebemos cerveza y no hablamos.

Entre acordes de blues, anoche empezó a sonar el Si menor de Hotel California, On a dark desert highway, cool wind in my hair, warm smell of colitas, rising up through the air. Como el universo que contiene, esa canción parece ser en sí algún tipo de lugar, tal vez un recipiente, en el que caben no sé si cosas o personas -no en vano es la canción favorita de mi madre-. El mayor de los silencios que se puede obtener a las dos de la madrugada en un garito en el que hay instalada una mesa de billar llega sin duda con Hotel California.

Llevo toda la vida escuchando esa canción. En casa teníamos el disco grabado en una cinta con el título escrito en bolígrafo azul que siempre creí una reliquia de la juventud de mis padres -la cinta en realidad no era más vieja que yo-. No sé por qué, desde pequeño me gustó sobre todo el solo final, escuchaba la canción una y otra vez, volvía al solo, a los acordes de la intro, y del mismo modo que yo pasaba por la canción la canción iba y venía por mi vida, desaparecía unos años, volvía a aparecer porque rescataba la vieja cinta de mis padres, se iba de nuevo y casi la olvidaba.

Cuando tenía catorce o quince años yo estaba empezando a tocar un poco la guitarra. Mi amigo Fer a la vez había rescatado una vieja guitarra de su abuelo y a veces quedabamos en su casa para tocar un poco, enseñarnos un par de acordes y escuchar algo de música -ya pegaban fuerte Lenny Kravitz, Radiohead, Placebo-. Fue Fer quien rescató Hotel California de aquel extraño estado de memoria en que se había convertido -soleadas mañanas de sábado, interminables viajes en coche por carreteras tortuosas-, abrió el estuche de madera, cogió la vieja guitarra española y empezó a rasgar con más pasión que técnica los dos o tres primeros acordes de la canción. Estuvimos toda la tarde pegados al radiocassette, sacando la canción y disfrutando de la música.

Fue tres o cuatro años más tarde cuando empecé a tocarla de vez en cuando con Agustín Soler con la esperanza infundada de versionarla algún día en directo. La canción era distinta ahora: no era ya el tema adictivo de los ochenta, tampoco el deleite instrumental de mediados de los noventa, además se había convertido en un imposible, una canción sencilla e imposible de interpretar. Decidimos no tocarla nunca fuera de casa.

Hotel California despareció una temporada, hasta que me hice con el CD y empecé a esucharlo con una asiduidad que creía perenne, leyendo a la vez la letra de la canción, leyendo algunas teorías -quizas desvaríos- sobre significados ocultos de la letra; no obstante, casi había olvidado que la canción existía hasta que anoche reapareció en el Blus, entera, precisa, desde el primer rasgueo hasta el fade out del punteo final, como una diosa que al aparecer enmudece a todos los presentes.

No fue hasta entonces cuando entendí el verdadero sentido de Hotel California, el mismo que había hilado diferentes momentos de mi vida -la vieja cinta de mi madre, la habitación de Fer, la acústica azul de Agustí Soler, la negrura perdida del Blus-, se trataba de una puntada que iba y venía sobre los mismos agujeros en la tela del tiempo, igual que van y vienen las notas en la parte final del solo -porque creo que Hotel California es el camino hacia esa melodía final que queda atrapada en compases repetidos, una melodía que uno puede detener en cualquier momento pero que no se puede abandonar-.

Ése era nuestro final: una repetición melliza de momentos anteriores, un bucle del que no podemos escapar, porque recuerdo que aquellos sueños de los años ochenta -que deben ser los mismos de ahora-, fueron los que de alguna forma se repetían y compartía con Fer, con Agustín Soler y ahora con ustedes, porque tiendo a repetirme, porque Hotel California volverá para recordarme que esto no tiene salida, se repiten los mismos compases en tonos diferentes, historias que se cuentan una y otra vez añadiendo ardides narrativos, ilusiones repetidas a las que añadimos pizcas de novedad. Cuando empezó a sonar Hotel California, los hombres del Blus guardaron un silencio fúnebre, porque la canción volvía a sonar para recordarnos que empezaba un nuevo compás en nuestras vidas, una nueva repetición, y no había escapatoria alguna.

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Una Respuesta a “Hotel California”
  1. José L. Ballesteros dice:

    Ayer me encontré en la televisión una película que hacía tiempo no veía: El Gran Lebowski, de los Coen. Entre sus apariciones estelares que vienen y van sobre la pantalla (Julianne Moore como una feminista extremista, Flea hecho un matón de tres al cuarto, P. S. Hoffmann de secretario gay, Peter Stormare haciendo de gangster alemán y actor de películas porno o su acompañante en Fargo, Buscemi, haciendo de las suyas) es sobresaliente la de John Turturro como Jesús Quintana, el jugador de bolos. Cuando aparece en escena le acompaña la versión de los Gipsy Kings de Hotel California, que es una versión estupenda, pero que aquí no es sino una nota más de hilaridad. Además, El Nota (Jeff Bridges), dice odiar a los Eagles, lo que le vale la expulsión del taxi en el que va.
    Cómo hacer chistes constantes sobre una gran canción que puede convertirse en parodia de ella misma.

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