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Ya sabes que tengo mala memoria, por eso te escribo, para que recuerdes todas y cada una de mis palabras, para que no se pierdan en ese limbo que es el pasado una vez que yo las haya olvidado, para que pervivan de alguna forma, incluso cuando yo ya te haya olvidado a ti. Por aquella época las palabras lo llenaban todo, quizás de una forma difusa -pero la niebla de las palabras jamás se disipa-, aunque colmadas de sonoridad, coloridas como los cuadernos de la infancia. Había colores chillones y palabras brillantes también en los años ochenta: la radiante sonrisa de Risi en la bolsa roja de triskis, las niñas y niñeras de añil que tañían las palmas, las finas faldas de la mesa y de las fenestras, el jolgorio y los juegos en la placeta con plastilina. Las letras eran jeroglíficos inexplicables, un lenguaje sin sentido para quienes empezábamos a vestir baberos a rayas azules y blancas -apenas sabíamos escribir nuestro propio nombre, quizás reconocerlo con dificultad-, de modo que las palabras reclamaban su presencia dilatándose en la boca con cada sílaba pronunciada: zángano, hogaza, abuelo.

Aquel era un precedente en la historia de mi vida como los ha habido en la historia de la humanidad. Igual que las canciones llenaban hace cientos y miles de años las bocas de los iletrados con un afán cronista y comunicativo, la música, el sonido y no otra cosa, debía convertirse en mi vida en una forma de expresión, y quien dice expresión, quiera o no quiera, dice comunicación. Aquellos fueron los primeros días sonoros, no recuerdo los anteriores, y de entonces apenas me quedan canciones infantiles, creo que ya había irrumpido el rock en mi corta existencia, si es que eso no es algo con lo que se nazca.

Tal vez todo resida en el movimiento ondulatorio: la vibración de la luz, la vibración del aire, la vibración de los miembros nerviosos por la emoción. Todo se resume en sonidos, llámense música, llámense poesía, llámense ritmo en la prosa, sean calculados por un poeta o pronunciados por un niño que tararea canciones mientras dibuja o que inventa palabras en el patio del colegio. No existe la sinestesia: el rojo bermellón es exactamente igual a un grito de felicidad emotiva -¿por qué, si no, iba a ser de la sangre de un color distinto al del agua?-.

Es a través de las vibraciones, físicas o imaginadas, como sentimos, como podemos asegurar que estamo vivos. Así, es posible que unos labios se abran, con la lengua rosada agitada porque eclosiona un nombre en la boca, como un manantial de almíbar o de miel o de amor caramelizado -quiero que lo recuerdes tú para combatir mi olvido-; así es posible que una persona cante tu nombre cada vez que lo pronuncia haciendo danzar cada brizna de aire. Por eso no debes dejar que tu boca se vacíe de palabras ni de canciones, de nombres florecientes y apelativos galantes; recuérdalo, recuérdalo al menos mientras yo lo haya olvidado.

6 Respuestas a “If it’d be your will to let me sing”
  1. ballroom dice:

    Recordando la infancia y, dime, ¿qué es mejor: el Paraíso Perdido o la Tierra Prometida? Hay quien dice que son el mismo lugar… yo no lo creo.

  2. Gotardo dice:

    Bueno ballroom, creo que debo trasladar la pregunta a los lectores, aunque no puedo evitar hacer un pequeño intento de respuesta.

    La Tierra Prometida no es más que una promesa y parece intangible. Así que por mí se la puede quedar quien crea en ella -el cuento de Never Never Land está bien para un rato, pero no me parece fidedigno-.

    Supongo que todo el mundo tiene un Paraíso Perdido o por perder. De estos dos el mejor es el Paraíso Perdido, porque la conciencia del fracaso siempre puede llevarte a tener un éxito en el intento de recuperarlo -aunque también recuerdo aquellas palabras de Gabo, al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, cosa que creo y ejerzo-. Esto nos llevaría a concebir la felicidad futura como una Tierra Prometida. Así que el Paraíso Perdido tampoco existe.

    El Paraíso por Perder es un fracaso en potencia que acabará por consumarse -porque todo lo que sube baja, todo da vueltas-. Quizás se deba a que habitar un Paraíso es sólo un producto de la imaginación.

    En conclusión, quedémonos con esa parte de la realidad que podemos ver con nuestros sentidos e intentemos descubrir aquello que no entendemos. Lo que vamos a descubrir puede ser agradable o no, pero creo que más vale buscar a algo a quedarse parado.

    A ver si el personal nos responde. Y si alguien sabe dónde está la Tierra Prometida, que nos lleve, o lo mandamos al loquero -o a la Iglesia-.

  3. Mayna dice:

    Eso es como preguntar ¿qué es mejor el pasado o el futuro?

  4. ballroom dice:

    No estoy segura; pero creo que el Paraíso Perdido y la Tierra Prometida tienen algo que ver con un lugar, ya sea físico (¿real?) o mental (¿imaginario?)… mientras que el futuro y el pasado se refieren solo al tiempo: todos tenemos un pasado y un futuro, pero puede que algunos no recuerden paraíso perdido ni puedan imaginar tierra prometida. De cualquier modo, tampoco lo tengo muy claro.

  5. Luna dice:

    Hola!!!
    Pues visto lo visto lo del Paraíso Perdido tiene k ser una putada- tú me dirás, encuentras el paraíso y vas y lo pierdes-, pero lo de la Tierra Prometida es casi peor, mira a los judíos la k tienen liá.
    De todas formas a título personal soy demasiado realista, prefiero el Presente Inexacto, k lo posible y lo probable al final son polladas…..8-)

  6. Florie dice:

    En mi opinión el pasado y el futuro son en cierta manera subjetivizaciones, es decir, productos de la mente, que necesita herramientas para expresar el tiempo; el tiempo se experimenta en forma de recuerdo y de creación imaginativa (no debe olvidarse que la palabra preocuparse viene de pre-ocuparse, y que hacer planes o recordar es una forma de ‘escritura’ aunque no se materialice en el papel).También lo es el presente, en la medida que no podemos ver nada de manera objetiva sino aplicando siempre un punto de vista, una perspectiva, o incluso un estado de ánimo. Así que aquí ahora mismo hablando yo contigo lo que veo es un tú y un yo y un instante real. Lo que vale es lo real; qué sentido tiene entonces la literatura? la ficción no está tan lejos, es solamente una manera de ordenar, desordenar, leer, transformar,soñar, desear, explicar la realidad; opino -ahora mismo aquí y ahora- que meter un dragón en una cocina no es solamente un elemento narrativo, sino una transformación lírica de la realidad tan fuerte como la metáfora de un despertar emocional mediante la imagen de un amanecer en un texto poético.
    En la misma línea, con respecto al paraíso perdido y la tierra prometida, pues pienso se acumulan en la memoria y en el tiempo potencial los túyoaquíahora -que en realidad son los puntos cardinales de la comunicación- hasta que se crea una cadena, cuando queda una huella, y empieza a haber algo tangible;entonces podemos hablar de pasado y futuro, de tierra perdida -en términos físicos, es decir, el ineludible paso del tiempo- y de paraíso prometido (proyectos, ilusiones, escritura: ganas de avanzar). Podemos hablar de pasado y futuro, de tierra prometida y paraíso perdido, aunque nuestra experiencia temporal sea inefable, simplemente porque son palabras y expresiones que han logrado trascender de modo que todos compartamos un sentido más o menos homogéneo de lo que pretenden expresar; ciertamente no aportan una realidad absoluta o tangible, o absolutamente expresable, es decir, no existen como tal; son puntos de orientación para la práctica de una las facetas más importantes de la vida humana: la comunicación, sea literaria, sea íntima cara a cara, o las dos cosas.

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