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Intento convertir, por compasión, la paz de la tarde en una habitación fugazmente umbría, si se me permite la expresión. Qué dulce sería dormir a la sombra de un jazmín, arropado por una gruesa camisa de franela, que recuerda a la de un leñador canadiense; qué dulce el café con leche que se empieza a enfriar al calor tibio del sol. Como aquí no hay jazmines tengo que echar la persiana, retorcerme en la horizontal tortuosa del sofá de dos plazas, apoyar la cabeza en dos cojines que intento horadar en busca de esa ergonomía que nunca tienen algunas cosas, determinadas sillas, ciertas camas, estos cojines. ¿Qué retorica habría en decir que me agosta lo angosto? La de un mameluco con la espalda dolorida, no más. Pero como soy una persona que consigue lo que se propone, al final me duermo; incluso a veces sueño, aunque no me acuerde después. Qué dulce es ese dormir retorcido y destemplado del sofá, ese dormir al fin y al cabo. Pero siempre hay algún ruido malnacido que perturba los escasos momentos de paz: una llamada telefónica inútil, un timbre imbécil -y yo despierto a Satán con rezos, que se lleve al infierno todos los sonidos vivos y me deje a mí en el paraíso terrenal-.

Así que me siento en la mesa, porque la tarde sigue siendo dulce y el sol brilla al otro lado de esa ventana que mira siempre hacia la Sabika, porque las ideas están reposadas y la lengua parece capaz de dictarle a la mano, y escribo: «Michele dijo que volvería…». Un jaleo de voces atraviesa las paredes, se cuela por debajo de la puerta como un gas venenoso y asesina a mi complemento circunstancial de tiempo. Sordera selectiva, imploro, ya, Dios. Qué dulce sería crear un clima acústico en la habitación con algún vinilo crujiendo en el viejo tocadiscos; qué dulce Chopin, hábil y sentido, sonámbulo ante el piano; qué bello es el sonido cuando vibra con ritmo matemático, con afinación delicada. Pero ya corren malos tiempos para los reproductores analógicos, así que pongo un CD en mi reproductor de MP3, que ya parece cavernícola, y me conecto a los auriculares como a una máquina de diálisis. Haría falta tener tercer riñón detrás de los ojos para evitarle al cerebro ciertos envenenamientos sensitivos.

Y, así, qué dulce suena Chopin, mon Dieu,  mon Amour, mon Cherie; qué paz hay por fin en la paz de la tarde. ¿Por dónde iba? Michele, cierto, a ver, dónde había ido Michele. Pero corren malos tiempos para la lírica, caracoles, la puerta se ha abierto a mi espalda y una voz fémina parlotea a discreción un terrorismo verbal, cogollos, y yo me rindo de rodillas con las manos en la nuca y la frente en el suelo, que me aspen, que le den viento en popa a todas las literaturas y a todas las paces del mundo y que me maten, o que se calle el mundo de una vez, cojones ya.

3 Respuestas a “Impromptus Nr. 1. op. 29 As-Dur/in A flat major, Allegro assai”
  1. Florie dice:

    Y Chopin ha nacido por una sola razón: para poder darte esos momentos de paz, para acompañarte mientras escribes -y creo que es más inspirador que Bach, que es el que ha nacido para mí…-.

  2. Adri dice:

    Torreta,la siesta es EL REGALO DIVINO. ¡Somos unos incomprendidos los siesteros empedernidos!Aprovechad, que luego aquí en las Francias intenta una echar la siesta a las 4 de la tarde y la gente ya está trabajando (maldito jardinero con su maldito cacharro de soplar hojas).Siento despertarte en horas de café (que no de siesta)jeje.Hasta pronto siesta mia, nos vemos en navidad.

  3. theBloomingDedalus dice:

    Fantásticao escrito sobre la Histeria impertinente e insistente y su egocéntrica visión de su falsamente desatendida voz ubicua y omnipresente (aún ida: la ida de las idas es siempre una venida que se queda en la cabeza: qué jaula de grillos, por Dios!).

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