It’s a really cold night in the same old town
Escrito por: Gotardo J. González en Sin categorÃaMe contó que habÃa soñado con él. Después de un par de años separados, varios meses ya sin verse y unas llamadas telefónicas cada vez menos frecuentes, él habÃa aparecido en uno de sus sueños sin haber una razón aparente: fue de improviso y, en cierto modo, a traición. Le dije que los sueños no significaban nada, la intenté engañar asegurando que el pasado, a través de los sueños, era arbitrario e insignificante.
Pero las finas hojas del sueño se habÃan diluÃdo como una infusión en el agua de la mañana. Al despertar, habÃa salido ella de la cama vacÃa para recorrer el pasillo azulado, descubriendo sin sorpresa que la lluvia surcaba con una falsa calidez las ventanas del amanecer. HabÃa vuelto a reparar en su soledad y todo era azul como el humo triste. No pudo en todo el dÃa olvidar la imagen de él.
AbrÃa el otoño, a través del sueño, aquella puerta de los inviernos pasados, de su densidad recurrente y agotadora. Era aquel el invierno de SÃsifo. Era aquella piedra la que hunde una y otra vez a los náufragos que nunca terminan de ahogarse, la que tornaba al aire frÃo y pesado como el viento de Sierra Nevada, la que lastraba los bidones incendiados de las viejas castañeras, la que humedecÃa todos los ocasos, que eran hundimientos anunciados e inevitables de la luz lÃquida del sol ruborizado.
Aquella noche, frente a frente, me contó que habÃa vuelto a soñar con él sin más consecuencia que un desconcierto nostálgico, aunque dulce. En qué lugar, entonces, estaba mi fantasma, que desaparecÃa siempre en el olvido y que jamás conseguÃa alcanzar la cima del recuerdo -en qué lugar, por tanto, estoy yo, que de mi cuerpo solo quedan unas cicatrices en el vientre-. Yo, que a esa hora de la noche empezaba a sentir cómo mis entrañas crecÃan -y con ellas el corazón-, quise marcharme, porque las veladas de otoño sólo son dulces en soledad.
Al salir a la calle, le expliqué que era el nuevo frÃo lo que hacÃa rodar a la memoria a través de los sueños, empujándonos hacia el recuerdo, para que más tarde volvamos a escalar la siempre incompleta cuesta del olvido. Me marché a casa -eramos dos, la noche que me acompañaba y yo- pensando por el camino qué cuerdas se estarÃan desprendiendo de mi cabeza en ese momento, vibrando intensamente a lo largo de kilómetros de distancia, para interferir en el sueño de alguien que me verÃa aparecer de repente, que volverÃa a hablar de mà a alguien mucho después de haberme creÃdo olvidado.


















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12 Noviembre 2007 a las 1:56 am
…aunque a veces no hace falta olvidar para soñar
12 Noviembre 2007 a las 2:53 pm
Me atrevo a comentar sólo en lo formal. En la primera lÃnea, después del tercer punto y aparte aparece “habia”, asÃ, sin tilde, error pequeño, pero existente.
Otra cosa, “sol ruborizado” me suena fatal. No sé que opinarán por ahÃ, pero a mà me parece chirriante. ¡Aunque por gustos…!
12 Noviembre 2007 a las 5:10 pm
Gracias, forense. Error corregido.
El sol sigue avergonzado. Cuénteme porqué chirria (y ya de paso, cuéntenme todos).
12 Noviembre 2007 a las 8:24 pm
pues a mà me gusta que el sol se ruborice, me parece más chirriante la palabra ‘chirriante’
28 Noviembre 2007 a las 9:06 am
El sol puede ruborizarse; uando cae la tarde y se tiñe de rojo. Quizás sea la vergüenza de tener que acostarse con alguien que le intimida un poco…