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Me contó que había soñado con él. Después de un par de años separados, varios meses ya sin verse y unas llamadas telefónicas cada vez menos frecuentes, él había aparecido en uno de sus sueños sin haber una razón aparente: fue de improviso y, en cierto modo, a traición. Le dije que los sueños no significaban nada, la intenté engañar asegurando que el pasado, a través de los sueños, era arbitrario e insignificante.

Pero las finas hojas del sueño se habían diluído como una infusión en el agua de la mañana. Al despertar, había salido ella de la cama vacía para recorrer el pasillo azulado, descubriendo sin sorpresa que la lluvia surcaba con una falsa calidez las ventanas del amanecer. Había vuelto a reparar en su soledad y todo era azul como el humo triste. No pudo en todo el día olvidar la imagen de él.

Abría el otoño, a través del sueño, aquella puerta de los inviernos pasados, de su densidad recurrente y agotadora. Era aquel el invierno de Sísifo. Era aquella piedra la que hunde una y otra vez a los náufragos que nunca terminan de ahogarse, la que tornaba al aire frío y pesado como el viento de Sierra Nevada, la que lastraba los bidones incendiados de las viejas castañeras, la que humedecía todos los ocasos, que eran hundimientos anunciados e inevitables de la luz líquida del sol ruborizado.

Aquella noche, frente a frente, me contó que había vuelto a soñar con él sin más consecuencia que un desconcierto nostálgico, aunque dulce. En qué lugar, entonces, estaba mi fantasma, que desaparecía siempre en el olvido y que jamás conseguía alcanzar la cima del recuerdo -en qué lugar, por tanto, estoy yo, que de mi cuerpo solo quedan unas cicatrices en el vientre-. Yo, que a esa hora de la noche empezaba a sentir cómo mis entrañas crecían -y con ellas el corazón-, quise marcharme, porque las veladas de otoño sólo son dulces en soledad.

Al salir a la calle, le expliqué que era el nuevo frío lo que hacía rodar a la memoria a través de los sueños, empujándonos hacia el recuerdo, para que más tarde volvamos a escalar la siempre incompleta cuesta del olvido. Me marché a casa -eramos dos, la noche que me acompañaba y yo- pensando por el camino qué cuerdas se estarían desprendiendo de mi cabeza en ese momento, vibrando intensamente a lo largo de kilómetros de distancia, para interferir en el sueño de alguien que me vería aparecer de repente, que volvería a hablar de mí a alguien mucho después de haberme creído olvidado.

5 Respuestas a “It’s a really cold night in the same old town”
  1. Florie dice:

    …aunque a veces no hace falta olvidar para soñar

  2. forense de guardia dice:

    Me atrevo a comentar sólo en lo formal. En la primera línea, después del tercer punto y aparte aparece “habia”, así, sin tilde, error pequeño, pero existente.
    Otra cosa, “sol ruborizado” me suena fatal. No sé que opinarán por ahí, pero a mí me parece chirriante. ¡Aunque por gustos…!

  3. Gotardo dice:

    Gracias, forense. Error corregido.
    El sol sigue avergonzado. Cuénteme porqué chirria (y ya de paso, cuéntenme todos).

  4. Florie dice:

    pues a mí me gusta que el sol se ruborice, me parece más chirriante la palabra ‘chirriante’

  5. luis dice:

    El sol puede ruborizarse; uando cae la tarde y se tiñe de rojo. Quizás sea la vergüenza de tener que acostarse con alguien que le intimida un poco…

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