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Intentar retomar una rutina significa levantarse temprano, con una bruma de finales de agosto pergeñando un falso presagio de otoño, con las altas temperaturas que aún madrugan escondidas en la oblicuidad matinal del sol. Leo los titulares del último lunes calmado del verano mientras la ciudad espera ansiosa su bullicio perdido, el ir y venir de los estudiantes, el olor a café de los barrios que suena a tazas y cucharillas. Me levanto por bulerías con Pansequito, «y si er sielo es sielo como debe ser, en el mejor sitio tiene que está usté», con una taza de café heredada de los inviernos madrugados y de la presura laboral.

Las entregas pendientes y las tareas diarias se aletargan con el calor prematuro, que ilumina la joven encina inclinada de mi ventana. Improviso una indumentaria maltrecha con una vieja camiseta desteñida y una barba mal arreglada, quizás más larga de lo conveniente, una pasada de la mano por el pelo como peinado y una dulce lentitud a modo de caminar. Apenas trajinan los vecinos por la avenida, en los comercios aún de vacaciones y en los semáforos de desocupados. La llegada prematura del otoño es una hoja caduca somatizada, como una primavera torcida de somnolencia. Cruzo las calzadas, bajo las aceras, atravieso puertas de cristal empapeladas de anuncios fotocopiados. En la carnicería pende las viandas sobre los frigoríficos, entre los estantes repletos de latas conserva y cartones de leche. Nico, la carnicera, sonríe con esa calma parsimoniosa de los tenderos del barrio, «qué le pongo, bueno, qué te pongo, que a tí te hablo de tú, que te conozco desde chico, aunque ahora te hayas dejado esa barba». Algún vecino me pregunta inquisidor por el trabajo, por los estudios, por mi nueva casa, porque lleva tanto sin verme que cree que me he mudado, dónde te metes, que ya no te veo. «En la noche», le digo, «me he metido en la noche», y me callo un comentario soez inspirado por su indiscreción aburrida y anciana. Cruzo al otro lado de la calle, donde la quiosquera farfulla maldiciones a todos sus clientes. Cargo hacia el banco con las bolsas de la carnicería y algunos papeles arrugados, ruborizado porque la cajera reprimirá una sonrisa cuando vea los ochenta céntimos que tengo en la cuenta, por eso intento hablar con ella lo mínimo, mirar hacia otro lado para no fijarme en el vulgar logotipo de Pedro del Hierro que luce en la obesa camiseta, así descubro a otra mujer vestida de negro, adornada con brillantes horteras que forman el logotipo de Carolina Herrera. Podría ser la madre de alguno de mis antiguos alumnos, alguna maruja pretenciosa y grandilocuente, analfabeta, infeliz al fin y al cabo, y con un gusto en las antípodas de la exquisitez.

De vuelta al escritorio, Pavarotti y Dolores O’Riordan cantan Ave María. Me esperan varios textos: sobre la mesa un dossier sobre la batalla de Waterloo, en la mesita de noche una biografía inacabada de Elvis, en la estantería un libro sobre lingüística y traducción, en la cabeza una apatía pusilánime y distraída, porque llevo despierto tres horas y sigo moviéndome como un muerto viviente, y en el calendario días preocupantemente caducos, con una bruma de finales de agosto pergeñando un falso presagio de otoño, con la temperatura alzando la cabeza hacia el medio día, mientras yo intento inyectarme la rutina, que se inocula siempre a través del cartílago más doloroso: el tedio.

3 Respuestas a “La calma parsimoniosa de los carniceros”
  1. Gotardo dice:

    Que tengan ustedes un leve síndrome postvacacional y una feliz vuelta al cole.

  2. Florie dice:

    Lo curioso es que el final del mes de agosto parece una última estación en la que pararse, una última isla a la que agarrarse, pero la rutina siempre se presenta antes de tiempo, y entonces el verano comienza a parecer una fantasía onírica más que una realidad. Al mismo tiempo el otoño sigue siendo un espejismo. Son días que no están en ninguna parte…

  3. Paula dice:

    Pues no se qué decir. Yo siempre afronto el otoño de una manera positiva. Para mi es como vida nueva, cargado siempre de posibilidades, el comienzo de nuevos y apasionantes proyectos. Puede que sea porque trabajo en agosto y mi síndrome postvacacional está ya lejano.

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