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El gusto español por el cotilleo supuso la importación de ese formato televisivo que ahora se llama reality, en el que millones de personas pueden contemplar hasta el lado más grotesco de la intimidad del ser humano y descubrir que, ciertamente, cualquier persona, dentro de casa y ajena a la mirada justiciera del prójimo, explora su nariz ávida de hallazgos, se pee y descuida su higiene personal cuando no tiene que lucir figura, ya sea para chulear de cuerpo o para arrastrar a alguien a la trilla. Otra pasión universal, la de ser más guapos que nadie, se fusionó con el concepto de reality para dar lugar a Supermodelo, una academia de víboras que pelean, al más puro estilo pava de instituto, por ser la barbie del año en España y luego participar en un certamen internacional de petisuises; todo un entretenimiento si no se nos olvida que sigue siendo un reality, que podemos ver a la pandilla de pericas desde que se levantan por la mañana con legañas -como yo, qué casualidad- hasta que se borran el rabo del ojo antes acostarse, pasando por todos los momentos en los que se sacan las uñas unas a otras o en los que lloran deprimidas porque un profesor guaperas les grita por no mover bien el culo al desfilar.

Si todo se quedara en una mera caricatura de la tontez pavisosa de las princesitas de barrio, podría ser incluso entretenido poner la tele y ver la metamorfosis, semana a semana, de pijas en pijísimas, mientras las que se quedan en semipijas van siendo eliminadas sin que falte de llanto morboso e insensible. Un drama del cuajo, osea. El problema es que la televisión es un medio divulgativo que emite ciertas ondas hipnóticas, más efectivas aún con tetas en la imagen, y a más de uno nos gusta encender esa pequeña hiroshima de estupidez. Como los hombres grises de Momo, la gilipollez nos va robando tiempo y, peor aún, va modelando nuestra manera de pensar. En este caso, la lección es que hay que ser muy guapo -por eso, en lugar de ‘perica común’, se llama ‘modelo’ a la gachí de la pasarela-, contra más mejor, que diría alguno de esos patrones ejemplificadores.

Tengo que hacer serios esfuerzos para no caer en la tentación de enumerar una lista de razones por las que, para estar en el candelabro, no hay que ser fashion de la mort -lo digo en francoespanglish, que queda más smart-, y para evitar que me digan que que generalizo, que no todas las rubias son tontas, que he visto poco mundo y todavía no me he cruzado con ninguna de las buenas. Que niegue el que se atreva que la cultura del rimmel y el pintalabios es una soplapollez de espanto.

Si además difundimos esa doctrina de la belleza como condición sine qua non para cumplir la condición gregaria del ser humano, nos las vemos enterrando a adolescentes apenas entradas en carnes o con más bozo de la cuenta atiborradas de antidepresivos. Si Frida Kahlo resucitara se cortaría las venas, fijo, toda una desgracia para quien sepa quién es, a otros les dará igual. Así nos vemos, ante un nazismo sutil -si se me permite la contradicción- que defiende la perfección física de una raza de imbéciles. Se me viene a la cabeza el recuerdo de una barbie con la que salí un tiempo que quedó tremendamente asombrada al ver mi pequeña biblioteca: cuántos libros, dijo, qué bien quedan, qué colores más chulos.

From lost to the river, que dirían las Chicas del Gineceo.

4 Respuestas a “La dictadura de la belleza”
  1. Florie dice:

    y precisamente, la barbie de plástico y su eterna cara sosa y maquillada (paradoja), ávida de estandarización -y la versión algo chillona y siliconada, es decir, la bratz- entra ‘voluntariamente’ en todos los tópicos y se sumerje de cabeza (de la mano de sus clones o aspirantes a clones de carne y hueso) en el mundo del rimmel, de las poses, de la perfección anímica de cara a la galería, del caniche rosa y del bisturí; intentan justificar -últimamente- esta imagen vendida en cajitas de color fuscia escribiendo en letras grandes: “barbie empresaria”, “barbie médico” y cosas así; pero mientras tanto las niñas de medio mundo crecen pensando que si no tienen un cuerpo rubio y artificial no son nada; y de ahí a programas como ’supermodelo’… (nótese precisamente que existe una barbie marilyn monroe, pero no una barbie frida kahlo)

  2. Ainhoa dice:

    ¡Hey! Que el otro día vi en “Sé lo que hicistéis” a una de esas aspirantes supermodelo que escribía “poesía y novelas y todas esas cosas” y que le encantaba pintar al óleo y “a la acuarela” y que “sabes, tía, a mí es que todo lo que tiene que ver con la creatividad y tal me mola mogollón”. A ver si vas a estar equivocado y resulta que esas medidas perfectas no te dejan apreciar su genialidad, comparable al parecer, a la del gran Leonardo da Vinci;-)Un saludo, y un placer leerte, por cierto, aunque este sea el primer comentario que dejo.

  3. gemurry dice:

    Respecto al tema “barbies” he de decir que se traslada tambien a los hombres, ya que las series tanto nacionales como foráneas incluyen en sus papeles principales a guaperas de turno que, como nos quedamos absortas viendo esos ojazos azul océano, no saben ni hacer la o con un canuto, pero nos eclipsan , que es lo importante.
    Este mundillo, atiborrado por la falsa apariencia, la seusosuntuosidad y el aparentar ser más y mejor que nadie sólo quiere atrapar nuestra atención para que no atisvemos la mediocridad de quien nos dirije, como en una de las novelas de Adolf Mars (creo que se escribe así).
    No les interesan que nuestras primordiales inquietudes sean prosperar en lo moral, social ,económico o en lo cultural, porque descubriríamos cuan grandiosa es su falacia.
    Por tanto, hacen de la tele un espejismo de nuestros sueños impuestos; domeñan hasta la esencia de nuestra idiosincracia como seres individuales y únicos.

  4. gemurry dice:

    Me gustaría rectificar sobre una referencia a un escritor que he hecho en el comentario anterior: me refería a Aldous Huxley, que escribió la novela “un mundo feliz” donde se manipulaba la genética de los fetos para crear una serie de castas o clases.

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