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Quizás ahora más que nunca parezco estar despierto, desde la luz dulce de las mañanas hasta bien entrado el frío negro de la madrugada; no hay noche que no me rinda a un corto paseo por las aceras, que son mías en exclusiva, ni sueño que pueda conciliar sin haber sentido el aire helado de las madrugadas, que viene desde una Sierra Nevada negra como el firmamento. A través de las calles, examino mi conciencia como un católico convencido, como si hubiera un dios que me obligara a un juicio meticuloso, como si hubiera en el alma posibilidad de condena o de inocencia.

Recorro las calles como quien recorre un pensamiento y doblo las ideas como esquinas oscuras, buscando quizás respuestas a preguntas que no he formulado, sentencias que aún no soy capaz de dictar. En las calles de nuestras ciudades, como decía Teodoro Golfín en Marianela, al pasear por las grutas de las minas de Socartes, «parece que somos la intuición del malo, cuando penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad». Es así como puede uno buscarse en la sombra borrosa que, nacida de la luz anaranjada de las farolas excesivas, se proyecta en las aceras, donde caen las hojas caducas como livianas calumnias pisoteadas al pasar.

Es necesario refugiarse en esa soledad andante del noctámbulo, del transeúnte huidizo que abandera el paseo cabizbajo de los ebrios, de quien silencia el pasar grotesco de los camiones de basura con sus pisadas de gato pardo, como quien quisiera mecer en el silencio a un recién nacido, igual que el viento mece las hojas que suicidan sobre la acera, cayendo como calumnias que se deshacen al pasar. Y es por ello que ahora, más que nunca, parezco estar despierto, desde el portal gélido de mi casa hasta las esquinas más improbables de mis caminatas, porque intento abrir los ojos en la soberbia tiniebla de la madrugada, como un lobo que ávido abre la boca para lamer en el aire el olor de una presencia cercana que, de harto invisible, parece irreal.

Una Respuesta a “La intuición del malo”
  1. Florie dice:

    Y es que escribir no se hace solo escribiendo, sino también caminando. Me encanta trasladar esos paseos noctámbulos al mediodía de la gran cuesta, de camino a casa, sintiendo el frío a conciencia, en silencio o con la música demasiado alta, porque las cosas que veo, las calles que pasan, se me presentan como en un libro, al menos por un instante.
    Muy buena prosa, como siempre.

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