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No solemos darnos cuenta, pero lo cotidiano se sucede de una manera ordenada y decisiva, tal vez incómoda en ocasiones, aunque siempre con un ritmo armónico que desencadena los acontecimientos sucesivos, como en una pieza musical que recorre alternativamente adagios y allegros -por eso Paul Auster puso a una de sus novelas por título de La música del azar-. Lo que nos sucede cada día en el marco de la trivialidad nos va guiando hacia ciertos momentos, pasajes de la novela de nuestras vidas, compases de nuestra melodía particular, que recordaremos como situaciones clave, sorprendentes giros argumentales.

Yo, que descreo del azar, con el tiempo he comprendido que la casualidad es un momento que escapa de nuestro control. Del mismo modo que podemos encontrarnos con un viejo conocido en una ciudad extranjera -del mismo modo que, sin darnos cuenta, podemos no encontrarnos nunca con un vecino-, las disyuntivas se suceden y las oportunidades se nos ofrecen. Basta estar alerta cuando aparecen; en caso contrario, quizás hayamos entonado notas disonantes que en algún momento pasado rompieron la armonía.

Las casualidades tejen junto a lo trivial una red de caminos en cuyos nudos, de manera consciente o no, escogemos los acordes que nos mecen al tempo que también nosotros elegimos. Resulta difícil conocer el talento propio, la capacidad que tenemos para no equivocarnos, porque sería ideal que nuestra vida transcurriera perfecta como el Canon de Pachelbel, sublime como una contemplación bucólica, pero la urgencia de cada segundo nos obliga a una improvisación -sería conveniente, aunque imposible, existir con la soltura intensa de John Coltrane y la dulce sutileza de Pete Funtaine-.

Somos una consecuencia de todos los capítulos del pasado, del mismo modo que cada nota de una composición condiciona la siguiente. Cada persona que conocemos nos lleva a otras personas, cada decisión nos catapulta a otra disyuntiva para que, finalmente, haciendo un poco de memoria, nos demos cuenta de que lo que ahora somos es un punto en el frágil brocado del tejido del tiempo. ¿Qué habría sido de nosotros si no hubiésemos conocido a aquella mujer, la que realmente cambió nuestra vida? ¿Y si por azar u orden alfabético no hubiésemos sido alumnos de ese profesor brillante que determinó nuestra forma de ver las cosas? ¿Qué casualidad ha hecho que nos conozcamos? Pero es imposible que haya un destino escrito, sencillamente porque de haber un escribano superior a nosotros sería alguien con talento, y Dios no entiende de música. Puede que la única manera de resonar de manera emotiva en las bóvedas de la existencia sea estar afinado a cada momento; carpe diem, por tanto.

Mientras pienso en la imposibilidad del acierto constante, escucho el Adagio en Sol menor de Albinioni, me distraigo. Es una pieza sencillamente perfecta: la cadencia de las cuerdas, la contundencia elegante del órgano, la sutileza de cada instrumento a la hora de imprimir la medida exacta de fuerza en cada momento. Creo que es una de las pocas composiciones que van más allá del arte para ser puramente emoción. Da la sensación de ser universal.

Si la identificación retórica entre el azar y la música está realmente justificada, podemos pensar que existe una forma de vivir perfecta -o cercana a la perfección-. Como dijo Santos Isidro Seseña: «y sólo quiero que la ola que surge del último suspiro de un segundo, me transporte mecido hasta el siguiente». Debe existir una manera de enlazar nuestros días y noches como se ligan las notas de una pieza emotiva y así vivir sólo lo que es esencial, lo sublime.

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5 Respuestas a “La música del azar desafina”
  1. Florie dice:

    Parece que no sólo Albinoni es capaz de crear emociones nuevas ; )
    amén

  2. Sebas L. dice:

    Cada decisión, por muy meditada y pensada que esté, tan sólo se decide en una décima de segundo, en esa décima en la que tu boca se abre para decir “sí” o “no”.

    Es imposible acertar siempre, porque es imposible predecir cual de tus errores desembocará en ese gran acierto final.

    El Canon de Pachelbel fue creado también a partir de un cúmulo de improvisaciones… la improvisación de la vida del autor, que aún sin yo (ignorante) conocerlo a fondo, su vida tuvo que ser improvisada, como todas las demás.

  3. Makiavelo John dice:

    Por experiencia propia, cuando mejor gozas es cuando te entregas a la improvisación y te dejas llevar, sea en la música o en cualquier otra labor.

  4. carlota dice:

    La vida y el azar, siempre intimamente ligados. Te sugiero que escuches a Erik Satie o en su defecto a Jaques Loussier que hace una interpretación genial de sus Gymnopedies(mi francés es solo de oidas!!)Satie es un maestro del silencio y la nota solitaria.

  5. Gotardo J. González dice:

    Entonces aconsejo a todos improvisar y, por supuesto, descansar a ratos de esa improvisación, quizás acompañándo el descanso con Satie.

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