El verano que estuvimos en Peñacoba, Burgos, leí casi todos los tomos de Tintín -excepto El asunto Tornasol-, descubrí qué aspecto tenía un cruce entre pastor alemán y lobo, aprendí que en una aldea de cincuenta habitantes no hay cura, pero sí hay bar, y empecé a sentir atracción por los lugares desiertos, pueblos fantasma con calles soleadas y vacías, transeúntes que observan curiosos a los extraños, vecinos que alimentan a perros que viven en las calles y reconocen como amos a toda una comunidad -había en esos lugares, a la vez, una balsa pacífica donde escapar y un resquicio de recelo, una oscuridad velada que se escondía tras los postigos cerrados, secretos que se guardan con el celo de lo inconfesable-.

Lo he recordado, aunque estoy en un lugar diferente, en una época distinta, porque no hay nadie en la plaza de este pueblo pacense; tan sólo una mujer ha salido del ayuntamiento para fregar el zócalo de la entrada. El sol sucio de finas nubes ha dormido esta tarde hasta al campanario de la iglesia, donde anidan cigüeñas que velan por la buena ventura como santos pacientes. En este lugar no existe el ruido, apenas el de un coche que pasa por una calle cercana sin dejarse ver.

De Burgos a Badajoz hay una distancia abismal, de un verano de la niñez al presente hay un universo, y sin embargo siempre encuentro similitudes descabelladas entre lugares dispares, entre épocas distanciadas, en definitiva, entre todo lo inconexo. Suelo pensar que yo soy el único factor común.

Ayer por la tarde, cuando fuimos a la sierra, el farmacéutico nos condujo a una sima algo alejada del camino que tenía la mejor vista de Los Santos de Maimona. Pensé que a veces las cosas más interesantes no se nos muestran explícitamente, y sin embargo están ahí, basta con andar quince metros hacia la derecha en lugar de seguir recto el sendero; debería yo haber tomado el desvío para subir al castillo de Feria, pero no lo hice, y quizás nunca vaya, igual que no me acerqué a Santo Domingo de Silos aquel verano que estuve en Peñacoba. Quizás  lo estático sea lo más cómodo, y puede que más allá de este banco de piedra donde se me duermen las nalgas no haya más que calor sofocante, a lo sumo café con hielo, del mismo modo que ayer no había más que sendero en la sierra hasta que vino el farmacéutico y nos dijo que la mejor vista estaba un poco más allá, a quince metros del sendero, como aquel verano que pasé en Peñacoba, cuando una tía mía me enseñó que unos periquitos podían aprender la tabla de multiplicar, que un perro lobo no es un personaje de un cuento, sino un animal fiel y tranquilo que pasea por el campo, al revés que aquel otro perro, el loco, que se lanzaba ladrando hacia todos los coches que pasaban por la carretera.

Había leído El bosque animado poco antes de ir aquel verano a Peñacoba y el recuerdo de la Santa Compaña estaba vigente en las noches, porque aquel cortejo fantasmal de los gallegos seguramente tendría un homólogo burgalés que quizás se aventurara dentro del caserón, con pasos fríos y silenciosos, por los recodos de los pasillos, y sólo los periquitos, que no sabían lanzar llamadas de socorro, les sentirían pasar y de puro miedo recitarían la tabla de multiplicar. Imaginaba la fila de almas en pena acercándose a la puerta de mi habitación, girando el picaporte apunto de entrar, como veo ahora a un hombre que pasea por la plaza, bajo el sol sucio de esta primavera incómoda, y pienso que tal vez sea un espíritu vagabundo -me aburre profundamente pensar que los hombres son hombres-. Tal vez sea necesario que alguien me tome de la mano y me muestre ese camino alternativo, la guía servil que va más allá de la orilla de un sendero, que traspasa los límites en que los hombres ya no son hombres, los perros son más que perros y los libros se confunden con nuestras vidas.

Sé que ahora me levantaré de este banco de piedra que está junto al Ayuntamiento, olvidaré los recuerdos de aquel verano en Peñacoba e iré a buscarla a ella. Imaginaré que el tiempo para nosotros es de una naturaleza sobrenatural, como la eternidad lenta de la Santa Compaña, porque en realidad en este pueblo de Badajoz el extraño soy yo y tal vez los vecinos me confundan con un fantasma, o con un hombre lobo acalorado y somnoliento. Las cigüeñas me vigilan desde lo alto de los campanarios, como lejanos buitres de la sierra burgalesa o como fantasmas vigentes de una niñez lejana. Quizás esta sea la paz que esperaba encontrar en la lejanía de Granada, la tranquilidad espectral del ahora, el momento presente en que voy a buscarla a ella, el instante en que me ve doblar la esquina como un espectro y, justo al sonreír, desvanecerme como un ectoplasma efímero, porque los recuerdos transitan como los fantasmas y todo ha sido una imaginación, un texto, una simulación de la paz que esconden las cigüeñas bajo las alas, una farsa de secretos y mentiras que equilibran la fantasía para hacerla más creíble, un potenciador de la amargura para el último trago del recuerdo, que es como el último trago de una copa obligada para el olvido, por eso hay bares incluso en las aldeas de cincuenta habitantes, porque se puede ser lobo y perro a la vez, incluso siendo hombre.

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2 Respuestas a “La paz al amparo de las cigüeñas”
  1. carlota dice:

    El verano que pasé en Pancorbo, Burgos, leí un tomo con cinco de los Episodios Nacionales de Galdos,(bellamente ilustrados con reproducciones de los cuadros de Goya) descubrí que en lo alto de un monte puedes desenterrar la quijada de una oveja, encontrar restos de una fortaleza y bañarte en una piscina llenada con el agua del rio,helada.Sensaciones que, como comentaste en tu anterior relato te acompañan y buscas en cada nuevo lugar que visitas. Me haces pensar que uno tiende a olvidar, se quedan con mi adolescencia, perdidos en el entramado de mi vida pasada. Es bonito rescatar y recrearse en estas sensaciones. Gracias!!

  2. La chica del halo enigmático dice:

    Ahora hay muy pocas cosas que me den tranquilidad, una de ellas es observar a las cigüeñas, seguirlas cuando vuelan tan cerca , y otra escuchar tu voz.

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