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En el breve tiempo en el que cuento esto, habrá atardecido por completo, porque ahora es sólo un breve resplandor, aquel que viene del sol que se deshace en la Vega, el que llega desde poniente a la Plaza del Realejo, donde la iluminación de Navidad ha empezado a lucir, no tanto como los colores aún vivos de la ciudad, mecida por una megafonía que desafina Adeste fideles con un sonido de gramola obsoleta. Por la calle Molinos camina la gente, entrando y saliendo de pequeños comercios, bares, antiguos establecimientos, como si correspondieran afables a la tesitura añeja del sonido del villancico; van todos embutidos en abrigos, bufandas flojas al cuello, algunos con guantes, otros con las manos desnudas sujetando bolsas de la compra, otros tantos, con finas ropas y helados hasta el alma, apenas alcanzan ya a levantar la mano vacía, ávidos de limosna o aguinaldo, para bajarla desierta aún, mientras los camiones apenas alcanzan a mitigar el canto del tenor que la megafonía desentona: «Pro nobis egenum et foeno cubantem / Piis foveamus amplexibus». El Teatro Alhambra sigue cerrado, pero hoy es demasiado tarde para escuchar el rumor de obra, que es lo más parecido a los aplausos que allí ha sonado en los últimos años -¡qué tiempos de Valle-Inclán! ¿son en verdad tan lejanos?-.

He caminado hacia la Cuesta de Escoriaza, he bajado mirando una Sierra Nevada que se apaga con la tarde, como plata oscura de luna, y he llegado a orillas del Genil como una sombra, no como un caminante de la tarde, como aquellos que hacían compras en la calle Molinos. Aunque ya no queda del sol nada sino un recuerdo que clarea en el horizonte, cruzo el río y subo por la ribera, mirando el agua del Genil que es agua de luna, de luna oscura como las nieves de la Sierra. Queda aún gente que pasea, gente que corre, gente que conversa, porque es una tarde sin viento y el frío no nos agrede, está quieto en el aire, acechante, empezando a agitarse con la huida del sol. Al fondo brillan ya las casas de la Bola de Oro, rodeando un descampado oscuro como la noche, y más allá se alza el Serrallo en su trono de arboledas. Esta noche, la luna vendrá tarde: debe estar desnuda tras la Sabika, pues su polisón de nardos está hecho jirones por doquier, en el Genil, en la Sierra, en mi alma de recién nacido, en la vieja fábrica de telas, en el nuevo puente que le pusieron al río como una grapa. Está la luna tan lejos y la noche es tan negra, que creo ver en la oscuridad, entre tanta gente como si no hubiera nadie, entre tantas luces en la negrura, en el vacío que está lleno de nada.

Al pie de la Cuesta de la Plata, se cruzan varias varios callejones, formando una pequeña plaza -seguramente sin nombre- en su confluencia, junto a la acequia, donde también desemboca, flanqueado por dos hileras de cipreses, un camino de adoquines que sube hasta la entrada del Serrallo. Es al comienzo de este camino donde humean con abundancia los restos húmedos de una fogata, tejiendo una nube, áspera en su mezcla con el frío, que huele candela y sabe a madera consumida, que suaviza con su velo gris la negrura profunda de la noche y las luces escasas de las viviendas del lugar, sin violar un ápice del himen malogrado del silencio, y en la oquedad morena de los callejones hay tres viejos que hablan a gritos de las ultimas mercas del día, a punto de recogerse cada uno al calor de su candela hasta la llegada del nuevo día.

A esta hora ya ha caído el sol por completo, se ha apagado tras la Vega como la fogata de los viejos, dando al frío un margen sin ley, las alas de un corcel negro que es el viento de la noche, que azotará mi cara y mi flequillo cuando llegue a lo alto del camino de adoquines, cuando decida regresar a casa con la sensación de haber recorrido mundos diferentes, como si me encontrara en medio de dos realidades distintas, la mía propia y la que me secuestra, sin saber cual es cual, como un fantasma perdido entre las luces de los hombres y el cobijo negro de la noche.

2 Respuestas a “Laeti triumphantes”
  1. Sebas L. dice:

    Es triste. Pero siendo granadino conozco más Granada por tus relatos descriptivos que por mis paseos por Granada. De hecho, aprendí que era esa cosa con nombre tan raro de “la Sabika”, por leer un texto tuyo…

  2. Florie dice:

    Jeje, yo también!

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